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Full text of "Contra esto y aquello"

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CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


OBRAS  DEL  AUTOR 

Pesetas. 


PAZ  EN  LA  GUERRA  (novela).— Madrid,  Fer- 
nando Fé,  1897     4,00 

DE  LA  ENSEÑANZA  SUPERIOR  EN  ESPA- 
ÑA.—Madrid,  Revista  Nueva,  1899   1,50 

TRES  ENSAYOS:  ¡Adentro i-La  ideocracia.-La 
fe.— Madrid,  B.  Rodríguez  Serra,  1900   1,00 

EN  TORNO  AL  CASTICISMO.— Madrid,  Fer- 
nando Fé.  Barcelona,  Antonio  López,  1902. . .  2,00 

AMOR  Y  PEDAGOGÍA  (novela).— Barcelona, 

Henrich  y  Comp.a,  1902   3,00 

PAISAJES .  —  «  Colección  Colón» .  — Salamanca, 

1902  .   0,75 

DE  MI  PAÍS  (descripciones,  relatos  y  artículos 

de  costumbres). — Madrid,  Fernando  Fé,  1903.  3,00 

VIDA  DE  DON  QUIJOTE  Y  SANCHO  según 
Miguel  de  Cervantes  Saavedra,  explicada  y 
comentada. — Madrid,  Fernando  Fé,  1905. . . .  4,00 

POESÍAS.  —  Fernando  Fé,  Victoriano  Suárez, 
Madrid,  1907. . .   3,00 

RECUERDOS  DE  NIÑEZ  Y  DE  MOCEDAD. 

Madrid,  Fernando  Fé,  V.  Suárez,  1908   3,00 

MI  RELIGIÓN  Y  OTROS  ENSAYOS.— Biblio- 
teca Renacimiento,  V.  Prieto  y  Comp.a,  Ma- 
drid, 1910   3,50 

POR  TIERRAS  DE  PORTUGAL  Y  DE  ES- 
PAÑA.— Biblioteca  Renacimiento,  V.  Prieto 
y  Comp.a,  Madrid,  191 1   3,5° 

ROSARIO  DE  SONETOS  LÍRICOS.-Madrid, 

Fernando  Fé,  Victoriano  Suárez,  191 1   3,00 

SOLILOQUIOS  Y  CONVERSACIONES.— Bi- 
blioteca Renacimiento,  V.  Prieto  y  Compañía, 
Madrid,  1912   3,5° 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 

CONTRA 
ESTO  Y  AQUELLO 


MADRID 
RENACIMIENTO 

SOCIEDAD   ANÓNIMA  EDITORIAL 
Pontejos,  3. 
1912 


ES  PROPIEDAD 


ESTABLECIMIENTO  TIPOGRÁFICO  EDITORIAL. — PONTEJOS,  3. 


A D VER  1  ENCIA  PREVIA 


Los  artículos  que  componen  esta  colección 
no  son  propiamente  ensayos  críticos,  ni  pre- 
tende su  autor  que  lo  sean.  Tan  sólo  son  no- 
tas de  un  lector.  En  rigor,  un  pretexto  para 
ir  el  autor  entretejiendo  sus  propias  ideas 
con  las  que  le  dan  aquellos  otros  escritores  á 
que  lee. 

Escritos  á  vuela  pluma  y  para  satisfacer 
exigencias  de  labor  periódica,  no  se  endere- 
zan á  llevar  á  cabo  un  trabajo  de  erudición, 
que  debe  quedar  para  otros  ingenios  mejor 
dotados  á  tal  respecto.  El  autor  de  estos  en- 
sayos no  lee  para  citar  lo  leído ,  sino  más  bien 
para  encender  y  enriquecer  su  propio  pensa- 
miento. 

Hay,  además,  en  la  colección  ésta  algunos 
trabajos  que  no  se  refieren  expresamente  á 
obra  alguna  literaria,  sino  que  son  reflexio- 
nes generales  sobre  temas  literarios  y  uno 
sobre  la  crítica.  En  éste  trata  el  autor  de  sin- 
cerarse en  cierto  modo  para  que  no  se  le  tome 
por  un  crítico,  por  lo  que  se  llama  corree  la- 
mente un  crítico,  á  cuyo  oficio  renuncia,  lo 
mismo  que  al  de  erudito,  por  no  sentirse  con 
aptitud  para  ninguna  de  esas  dos  tan  útiles 
y  tan  nobles  funciones. 


ALGO  SOBRE  LA  CRÍTICA 


No  me  gusta  recoger  las  alusiones  que  se  me  di- 
rigen ni  protestar  de  los  juicios  que  sobre  mi  labor 
se  vierten.  Los  que  escribimos  para  el  público  de- 
bemos ser  sufridos.  Pero  como,  por  otra  parte, 
tampoco  me  gusta  someterme  á  rígidas  normas  de 
conducta,  alguna  vez  quebranto  el  propósito  de  no 
comentar  los  comentarios  que  sobre  mi  obra  se 
hagan.  Y  esta  es  una  de  las  veces.  La  quebranto  á 
propósito  de  una  página  que  en  el  número  2  de  la 
Verdad,  revista  mensual  de  arte,  ciencia  y  crítica, 
que  se  publica  en  Santiago  de  Chile,  me  dedica  el 
señor  don  Ernesto  Montenegro. 

Chile  es  hoy,  después  de  la  Argentina,  el  pueblo 
americano  en  que  con  más  y  mejores  amigos  cuen- 
to; en  cada  correo  me  llegan  expresiones  de  alien- 
to y  de  simpatía.  Es  uno  de  los  pueblos  en  que 
creo  contar  con  más  lectores,  y  dentro  de  su  nú- 
mero tal  vez  con  los  más  atentos  y  los  más  reflexi- 
vos. Claro  está  que  no  todos  los  que  de  allí  me  es- 
criben aplauden  sin  reservas  mi  labor,  sino  que 
con  frecuencia  me  oponen  reparos  y  censuras  de 
buena  fe;  así  es  y  así  debe  ser. 


8 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Hace  pocos  años,  muy  pocos,  mis  relaciones 
epistolares  con  chilenos  eran  escasísimas;  hoy  son 
muchas.  Y  esto  lo  he  logrado  «con  unas  cuantas 
lanzadas  del  género  crítico»,  como  dice  el  s^ñor 
Montenegro,  con  unos  ensayos  ásperos  y  duros, 
tal  vez  despiadados,  sobre  las  obras  de  dos  escri- 
tores chilenos.  «Entre  nosotros  —  añade  el  señor 
Montenegro — es  casi  un  hombre  célebre  y  sólo  por 
sus  diatribas  contra  algunos  de  nuestros  compa- 
triotas célebres.  Esto  ha  bastado  para  sustraer  su 
nombre  al  silencio;  ese  respetuoso  silencio  en  que 
se  transmiten  al  oído  un  nombre  de  maestro  sus 
admiradores,  y  hoy  llevan  el  suyo  de  boca  en  boca 
con  más  curiosidad  que  cariño  las  gentes  de  ca- 
marilla literaria  ó  le  rebajan  su  prestigio  los  perió- 
dicos para  vengar  pasiones  de  banderías.» 

Esto  es  la  pura  verdad  —  debo  declarar  «  con  la 
modestia  queme  caracteriza»  y  empleando  esta 
frase  que  he  aprendido  en  Sarmiento ,  aquel  noble 
y  desinteresado  egotista — y  yo  me  tengo  la  cul- 
pa, si  es  que  la  hay,  por  haberme  metido  en  corral 
ajeno.  Y  es  que  el  ejercer  la  crítica  á  tanta  distan- 
cia tiene  el  mal  de  que  quien  la  ejerce  ignora  la 
actuación  pública  de  los  criticados,  y  ios  prestigios 
literarios  suelen  muchas  veces  no  ser  más  que  re- 
flejos de  prestigios  de  otro  género. 

Añade  luego  el  Sr.  Montenegro  que  hay  quienes 
me  estiman  crítico  rabioso  porque  desconocen  mis 
obras.  ¿Rabioso  yo?  Así  Dios  me  perdone  mis  de- 
más pecados,  pero  hombre  más  blando  y  más  con- 
descendiente dudo  que  lo  haya. 

«Para  nosotros  los  que  de  veras  le  estimamos— 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


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sigue  diciendo  el  Sr.  Montenegro  —  no  puede  ser 
un  mérito  más  su  campaña  devastadora,  que  tanto 
parece  complacer  á  los  envidiosos  y  fracasados,  y 
á  esa  casta  especial  que ,  no  pudiendo  hacer  nada 
serio,  vive  para  burlarse  del  trabajo  ajeno.» 

Tengo  que  dar  las  gracias  al  Sr.  Montenegro  por 
esta  noble  declaración  y  declarar  yo ,  por  mi  par- 
te, que  tampoco  á  mí  me  parece  que  me  añade 
mérito  esa  que  llama  mi  campaña  devastadora  y 
que  lamento  el  que  complazca  envidias.  No  lo  hice 
para  eso. 

Es,  sin  duda,  una  de  las  amarguras  que  acibaran 
el  ánimo  de  cuantos  combaten  por  la  verdad  y  por 
la  justicia  y  por  la  cultura  el  encontrarse  con  que 
se  tergiversa  el  sentido  de  su  labor.  Las  mezqui- 
nas pasiones  de  los  hombres  lo  convierten  todo  en 
sustancia  venenosa.  Yo  fui  en  cierta  ocasión  so- 
lemne de  mi  vida  ruidosamente  aplaudido  por 
ciertas  duras  reconvenciones-que  dirigí  á  quienes 
más  quiéro,  y  lo  triste  fué  que  el  espíritu  que  mo- 
vió las  más  de  aquellas  manos  á  aplaudirme  fué 
un  espíritu  contrario  al  que  sacaba  mis  palabras 
de  mi  corazón  á  mi  boca.  Y  algo  así  puede  haber- 
me pasado  en  Chile. 

«También  este  Chile  —  agrega  el  señor  Monte- 
negro —  tan  maltratado  en  su  patrioterismo  por  el 
fogoso  libelista,  le  da  un  buen  contingente  de 
adeptos.  De  los  que  comulgan  en  su  ferviente 
idealismo  somos  nosotros.»  Lo  creo,  y  creyéndolo 
espero  de  ellos  la  justicia  de  que  me  crean  que  es 
un  interés  real  y  vivo,  que  es  una  profunda  simpa- 
tía hacia  ese  Chile  que  tanto  se  parece  en  espíritu 


10  MIGUEL  DE  UNAMUNO 


á  mi  pueblo  vasco,  lo  que  me  ha  movido  en  más 
de  una  ocasión  á  fustigar  la  irreflexiva  patriotería 
de  alo-unos  de  sus  hijos,  como  fustigo  siempre  que 
se  presenta  coyuntura  la  patriotería  ciega  de  mis 

paisanos. 

Los  escritores  chilenos,  cuyas  obras  he  tratado 
de  desmenuzar  sin  compasión  alguna  hacia  el  es- 
critor —  el  hombre  merece  mis  respetos  —  son  de 
esos  escritores  que  ponen  en  ridículo  á  su  propio 
país.  Y  bueno  es  advertir  que  á  los  hijos  de  esas 
jóvenes  naciones  que  prosperan  en  riqueza  y  en 
cultura  y  adoptan,  desde  luego,  los  mejores  pro- 
gresos de  Europa,  no  les  vendría  mal  en  ciertas 
ocasiones  una  más  discreta  moderación  de  juicio 
al  compararse  con  otros  pueblos.  La  cultura  es 
algo  muy  íntimo  que  no  puede  apreciarse  tan  sólo 
en  un  paseo  por  las  calles  de  una  ciudad  y  tal  la 
hay  que  teniéndolas  mal  encachadas,  llenas  de 
baches  y  tal  vez  de  fango,  y  careciendo  de  refina- 
mientos, de  comodidad  y  de  policía,  puede  ence- 
rrar tormas  de  espíritu  de  muy  elevada  y  muy  no 
ble  prosapia. 

La  patriotería  —  lo  que  los  franceses  llaman 
«chauvinisme» — es  una  especie  de  enfermedad  del 
patriotismo,  cuando  no  un  remedio  de  éste,  y  en 
Chile,  donde  el  patriotismo  sano,  el  normal  ó  si  se 
quiere  llamarle,  forzando  la  metáfora,  fisiológico, 
tiene  tan  hondas,  fuertes  y  viejas  raíces,  es  en 
uno  de  los  países  en  donde  menos  debían  consen- 
tir los  patriotas  que  los  patrioteros  explayasen  su 
manía. 

En  la  ocasión  solemne  de  mi  vida  á  que  antes 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


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me  he  referido,  dije  á  mis  paisanos  que  «gran  po- 
quedad de  alma  arguye  tener  que  negar  al  próji- 
mo para  afirmarse»,  y  esta  mi  sentencia  de  enton- 
ces, con  lamentablemente  harta  frecuencia  suelo 
tener  ocasión  de  repetir.  La  repito  siempre  que 
algún  patriotero  cree  necesario  para  exaltar  á  su 
patria,  deprimir  alguna  ó  algunas  otras  patrias;  la 
repito  siempre  que  me  encuentro  con  patrioterías 
por  exclusión,  siendo  así  que  el  sano  patriotismo 
es  inclusivo.  Ejemplo  de  éste  tenemos  en  aquel 
soberano  final  del  discurso  de  la  bandera  del  gran 
Sarmiento,  cuando  llamaba  á  los  pueblos  todos  de 
la  tierra,  empezando  por  los  más  afines,  á  consti- 
tuir la  futura  República  Argentina. 

No;  yo  no  he  maltratado  jamás  á  Chile  en  su 
patriotismo— esto  sería,  además  de  una  mezquin- 
dad, una  locura  y  una  injusticia; — lo  que  sí  he 
hecho,  ha  sido  arremeter,  en  la  medida  de  mis 
fuerzas,  contra  la  patriotería  de  algún  chileno, 
sobre  todo  cuando  ésta  iba,  de  rechazo,  en  desdo- 
ro y  rebajamiento  de  otros  pueblos. 

«Estos  artículos  que  han  venido  á  revolver  la 
bilis  de  unos  cuantos  —  sigue  el  señor  Montene- 
gro— más  bien  quisiéramos  no  conocerlos.»  Y  yo 
más  bien  quisiera  no  haber  tenido  que  escribirlos. 
Haber  tenido  que  escribirlos,  digo,  porque  al  leer 
ciertas  cosas  no  suelo  poder  resistir  la  tentación 
de  arremeter  contra  ellas.  ¿De  qué  me  serviría 
predicar  á  los  cuatro  vientos  el  evangelio  de  Don 
Quijote,  si  llegada  la  ocasión  no  me  metiese  en 
quijoterías  por  los  mismos  pasos  porque  él  se 
metió?  Encontrarse  él  con  algo  que  le  parecie- 


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MIGUEL  DE  UNAMUNO 


se  desmán  ó  entuerto  y  arremeter,  era  todo  uno. 

«El  autor  de  la  Vida  de  Don  Quijote  y  S ancho  ¡ 
el  admirable  revelador  del  símbolo  caballeresco, 
se  basta  para  merecer  toda  nuestra  admiración.  Lo 
demás  de  su  obra  que  ha  llegado  hasta  nosotros 
lo  es  de  pasiones  momentáneas,  y  como  . ellas, 
pasa  sin  dejar  rastro.»  Yo  siento  mucho,  claro 
está,  que  fuera  de  mi  Vida  de  Don  Quijote  no 
haya  llegado  á  manos  del  señor  Montenegro,  cu- 
yos son  también  esos  dos  párrafos,  otra  cosa  que 
los  frutos  que  en  mí  hayan  podido  dar  pasiones 
momentáneas;  pero  espero  que  tanto  él  como  aque- 
llos de  sus  paisanos  que  como  él  sientan  á  mi  res- 
pecto —  honrándome  con  ello  no  poco,  — habrán 
de  comprender  que  quien  predica  el  quijotismo 
quijotice. 

¿Y  por  qué  —  me  preguntarán  acaso  —  has  ve- 
nido á  dar  precisamente  contra  dos  escritores  chi- 
lenos? Aparte  de  que  más  de  una  vez  he  tratado 
con  igual  dureza,  si  no  en  tan  prolongado  ataque,  á 
otros  escritores  no  chilenos,  la  pregunta  tiene  una 
fácil  contestación.  He  ido  á  topar  precisamente 
contra  escritores  chilenos,  por  la  razón  misma  que 
suelo  aquí  combatir  de  preferencia  los  que  creo 
defectos  de  mis  paisanos,  por  interés.  De  otros,  ó 
no  me  entero,  ó  si  me  entero  me  encojo  de  hombros. 

Don  Quijote  salía  por  los  caminos  á  busca  de  las 
aventuras  que  la  ventura  del  azar  le  deparase,  y 
jamás  dejó  una  con  el  fin  de  reservarse  para  más 
altas  empresas.  Lo  importante  era  la  que  de  mo- 
mento se  le  presentase.  Hacía  como  Cristo,  que 
yendo  á  levantar  de  su  mortal  desmayo  á  la  hija 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


13 


de  Jairo,  se  detenía  con  la  hemorroidesa.  No  se- 
leccionó el  caballero  sus  empresas.  Y  no  gusto  yo 
de  seleccionarlas. 

Tal  es  la  razón  de  que  haya  ido  dejando  el  ofi- 
cio de  crítico,  sin  renunciar  á  la  crítica  por  ello. 
Imponerme  la  obligación  de  hacer  critica  de  éstas 
ó  las  otras  obras  con  regularidad,  á  plazos  fijos,  por 
vía  de  profesión,  me  parece  algo  así  como  si  me 
impusiera  la  obligación  de  escribir  un  soneto  ó  una 
oda  cada  sábado.  Eso  me  obliga  á  leer  para  criti- 
car, y  me  gusta  más  bien  criticar  por  haber  leído, 
atento  á  aquella  sutil,  á  la  vez  que  profunda  dis- 
tinción establecida  por  Schopenhauer  entre  los 
que  piensan  para  escribir  y  los  que  escriben  por- 
que han  pensado. 

Esta  razón  por  una  parte,  y  por  otra  la  de  que 
una  crítica  suelta  de  una  obra  aislada,  rara  vez 
tiene  valor  permanente,  me  han  ido  apartando  del 
oficio  de  crítico  en  que  estuve  á  punto  de  caer,  y 
hoy  me  reservo  el  ir  leyendo  las  obrar  americanas 
que  caen  en  mis  manos,  para  hacer  más  adelante 
un  trabajo  de  conjunto  sobre  la  literatura  contem- 
poránea hispanoamericana,  en  que  todas  ellas  sean 
examinadas  en  relación  y  colectividad,  prestándo- 
se luz  mutua  y  sirviendo  cada  una,  según  su  res- 
pectivo mérito,  de  ejemplo  de  una  tendencia  ó  de 
un  valor  generales. 

Pero  esto  no  empece  el  que  si  alguna  vez  un  li- 
bro americano  me  llama  poderosamente  la  aten- 
ción, ó  siquiera  me  sugiere  algunas  consideracio- 
nes, rompa  mi  propósito  y  le  dedique  algunas 
cuartillas. 


14 


MIGUEL  DE  UNAMÜNO 


En  los  dos  ataques  de  crítica  agresiva,  según  el 
señor  Montenegro  la  llama,  que  he  dirigido  á  dos 
libros  chilenos,  fué  que  en  ambos  me  tocaron  en 
dos  de  mis  puntos  doloridos,  en  dos  que  estimo  dos 
fatales  errores  de  no  pocos  hispanoamericanos,  y 
no  sólo  chilenos.  Es  el  uno  la  fascinación  que  so- 
bre ellos  ejerce  París,  como  si  no  hubiese  otra 
cosa  en  el  mundo  y  fuera  el  foco,  no  digo  ya  más 
esplendente,  sino  único,  de  civilización.  Es  manía 
que  he  combatido  muchas  veces,  encontrando  para 
ello  fuerzas  en  la  manía  contraria  de  que  acaso  es- 
toy aquejado.  Pues  no  he  de  ocultar  que  padezco 
de  cierto  misoparisienismo,  que  reconociendo  lo 
mucho  que  todos  debemos  en  el  orden  de  la  cultu- 
ra á  Francia,  estimo  que  lo  parisiense  ha  sido,  en 
general,  fatal  para  nosotros. 

Y  el  otro  error,  y  más  que  error  injusticia,  que 
estallaba  en  el  otro  libro  á  que  embestí  sin  compa- 
sión, es  el  de  creer  que  los  pueblos  llamados  lati- 
nos son  inferiores  á  los  germánicos  y  anglosajones 
y  están  destinados  á  ser  regidos  por  éstos.  Es  me- 
nester que  acabemos  con  esa  monserga  de  inferio- 
ridad y  superioridad  de  razas,  como  si  la  hubiese 
genérica  y  permanente,  y  no  fuera  más  bien  que 
quien  en  un  respecto  supera  á  otro  le  cede  en  otro 
respecto,  y  quien  hoy  está  encima  estuvo  ayer  de- 
bajo y  tal  vez  volverá  á  estarlo  mañana  para  em- 
cumbrarse  de  nuevo  al  otro  día.  Acaso  lo  que  hace 
á  unos  menos  aptos  para  el  tipo  de  civilización  que 
hoy  priva  en  el  mundo,  sea  eso  mismo  lo  que  les 
haga  más  aptos  para  un  tipo  de  civilización  futura. 
Cuando  se  nos  moteja  á  los  españoles  de  africanos, 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


15 


suelo  recordar  que  africanos  fueron  Tertuliano, 
San  Cipriano  y  San  Agustín,  almas  ardientes  y  vi- 
gorosas. 

Los  autores  de  esos  libros  á  que  tan  sin  compa- 
sión traté,  me  son,  como  escritores,  indiferentes  y 
sólo  me  sirvieron  como  casos  de  dos  enfermeda- 
des generales.  Ellos  me  servían  para  ejemplificar 
doctrina  y  á  la  vez  como  representantes  de  la  pa- 
triotería irreflexiva.  Si  mis  ataques  les  han  dolido 
lo  siento,  porque  no  gozo  en  molestar  á  nadie;  pero 
es  el  caso  que  las  censuras  en  abstracto,  al  modo 
de  los  moralistas  que  tronaban  contra  los  vicios, 
tienen  poca  eficacia.  La  cosa  es  triste,  bien  lo  veo; 
pero  una  censura  á  un  vicio  apenas  tiene  valor 
sino  especificándola  en  un  vicioso.  Y  lo  mismo  su- 
cede con  los  vicios  intelectuales.  Don  Quijote 
pudo  haber  tronado  en  la  plaza  pública  contra  los 
amos  que  tratan  mal  á  sus  criados,  pero  prefirió  so- 
correr al  de  Juan  Haldudo  el  Rico,  y  en  todo  hizo 
lo  mismo.  La  campaña  dreyfusista  en  Francia  ha 
sido  mucho  más  eficaz  que  habrían  sido  predica- 
ciones sin  base  de  aplicación  individual. 

Lo  malo  es  cuando  se  ataca  á  uno  por  pasiones 
personales,  por  mala  voluntad,  por  ganas  de  ha- 
cer reir  á  su  costa  ó  por  mezquindad  de  espíritu  ó 
envidia,  no  tomándole  como  un  mero  caso  de 
ejemplificación.  Y  he  aquí  por  qué  en  las  líneas 
que  el  señor  Montenegro  me  dedica,  tan  benévo- 
las, tan  respetuosas  y  desde  el  punto  de  vista  en 
que  se  coloca  tan  justas,  sólo  hay  una  cosa  que  me 
desplace  y  de  la  que  he  de  protestar,  y  es  lo  de 
llamar  á  esas  mis  duras  críticas  «panfletos  á  lo  Val- 


16  MIGUEL  DE  UNAMÜNO 


buena>.  No;  no  quiero  parecerme  á  Valbuena,  ni 
quiero  que  mi  crítica  tenga  nada  de  la  suya.  Yo 
podré  ser  duro,  pero  hago  esfuerzos  por  no  sergro 
sero  y  burdo,  y  sobre  todo,  nunca  he  buscado  ha- 
cer reir  á  los  papanatas  con  chocarrerías  sacrista- 
nescas  y  á  costa  del  prójimo.  No;  nunca  me  he  ins- 
pirado en  el  bachiller  Sansón  Carrasco,  patriarca 
de  los  Valbuenas,  ni  he  hecho  de  mi  incompren- 
sión la  medida  de  las  cosas.  Muchos  serán  mis  de- 
fectos, pero  el  caer  en  crítico  á  lo  Valbuena  con- 
sideraría como  una  de  las  mayores  desgracias  que 
pudieran  afligirme. 

En  todo  lo  demás  debo  confesar  que  estoy  mu- 
cho más  de  acuerdo  con  el  señor  Montenegro  de 
lo  que  pudieran  creer  los  que  me  tengan  por  un 
crítico  displicente  y  rabioso. 


LEYENDO  A  FLAUBERT 


Todo  tiene  sus  ventajas  y  sus  inconvenientes, 
dijo  el  gran  Perogrullo,  que  es  uno  de  mis  clásicos, 
y  á  quien  acaso — ó  sin  acaso,  como  él  diría — se  le 
ha  calumniado  más  de  lo  debido.  Hace  años  ya, 
cuando  empezaba  á  escribir  para  el  público,  dije 
que  «repensar  los  lugares  comunes  es  el  mejor 
modo  de  librarse  de  su  maleficio»,  y  un  semanario 
madrileño,  el  Gedeón^  que  por  entonces  me  dis- 
tinguía con  sus  frecuentes  cuchufletas,  dijo  que  la 
tal  sentencia  era  una  paradoja  enrevesada  que  no 
había  modo  de  entender.  Como  el  que  se  empeña- 
ba en  no  entender  eso  y  otras  cosas  tan  claras  como 
ello  se  murió,  yo  no  sé  si  sus  compañeros  que  hoy 
quedan  lo  entenderán  ó  no.  A  mí  sigue  parecién- 
dome  tan  claro  como  cuando  lo  formulé,  hace  años. 
Y  ese  viejo  lugar  común  perogrullesco  de  que  todo 
tiene  sus  ventajas  y  sus  inconvenientes,  pierde  el 
maleficio  de  todo  lugar  común,  que  es  el  de  fo- 
mentar nuestra  pereza  de  pensamiento  sustitu- 
yendo una  idea  por  una  frase,  si  volvemos  á  pen- 
sar en  él. 

El  vivir,  como  yo  vivo,  en  una  antigua  y  retira- 

2 


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MIGUEL  DE  UNAMUNO 


da  capital  de  provincia,  apartado  de  las  grandes 
vías  de  comunicación  y  donde  es  relativamente 
fácil  aislarse  metiéndose  en  casa,  tiene  sin  duda 
sus  inconvenientes,  pero  creo  que  sus  ventajas  son 
mayores  aún. 

Nunca  le  falta  á  uno  la  media  docena  de  amigos 
con  quienes  departir;  en  buenos  días  de  vacacio- 
nes están  el  campo,  la  sierra,  el  encinar,  y  hay 
luego  los  chismes  de  ciudad  y  las  cosas  del  ayun- 
tamiento. Y  francamente,  vale  más  hablar  de  ellas 
que  no  de  los  problemas  nacionales  é  internacio- 
nales, sobre  todo  cuando  éstos  apestan.  Y  queda 
en  todo  caso,  y  más  en  estos  días  cortos,  destem- 
plados y  lluviosos  del  otoño,  el  meterse  en  casa  á 
vivir  con  los  propios  hijos  y  con  los  muertos.  Con 
los  grandes  muertos;  con  los  genios  de  la  huma- 
nidad. 

Y  así  hago  ahora.  Leo  á  Tucídides,  leo  á  Tácito, 
para  no  enterarme  de  lo  que  está  pasando  en  Eu- 
ropa. Dejo  el  periódico  que  me  habla  de  las  nego- 
ciaciones franco-alemanas,  de  la  guerra  turco- 
italiana  ó  de  la  revolución  en  China,  para  enterar- 
me de  la  expedición  de  los  Atenienses  á  Sicilia  ó 
de  la  muerte  de  Germánico.  Así  he  leído  ú'  tima- 
mente  la  Historia  de  la  República  Argentina,  de 
Vicente  F.  López,  á  la  que  debo  no  pocas  ense- 
ñanzas, cuyo  efecto  alguna  vez  saldrá  en  estas 
correspondencias. 

El  buen  lector  debe  leer  á  la  vez  tres,  cuatro  ó 
cinco  libros,  descansando  de  cada  uno  en  la  lectu- 
ra de  los  otros,  Así  estos  días,  á  la  vez  que  leo  á 
Jenofonte,  á  Tácito,  una  historia  de  la  religión 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


19 


cristiana,  alemana,  un  libro  portugués,  un  libro  de 
historia  del  gran  historiador  norteamericano  Park- 
man,  he  leído  y  releído  á  Flaubert.  Sobre  todo,  los 
cinco  volúmenes  de  su  correspondencia. 

Flaubert  es  una  de  mis  viejas  debilidades.  Por- 
que yo,  que  no  pienso  volver  á  leer  ninguna  no- 
vela de  Zola,  he  leído  hasta  tres  veces  alguna  de 
Balzac,  repetiré  acaso  alguna  de  los  Goncourt  y 
he  repetido  las  de  Flaubert.  Y  es  que  Zola,  como 
hace  notar  muy  bien  Flaubert,  apenas  se  preocupó 
nunca  del  arte,  de  la  belleza.  La  pretensión  de 
hacer  novela  experimental  y  su  cientificismo  de 
quinta  clase  le  perdían.  Tenía  una  fe  verdadera- 
mente pueril  en  la  ciencia  de  su  tiempo,  sin  acabar 
de  comprenderla.  Pero  este  Flaubert,  este  enorme 
Flaubert,  este  puro  artista,  está  henchido  de  en- 
tusiasmo por  el  arte  y  á  la  vez  de  escepticismo,  de 
íntima  deseperación. 

He  releído L ]  Education Sentimentale ,los  Trois 
Contes,  me  propongo  releer  Madame  Bovary , 
ayer  terminé  Bouvard  et  Pecuchet.  ¡Pero,  sobre 
todo,  la  Correspondance!  Aquí  está  el  hombre,  ese 
hombre  que  dicen — lo  decía  él  mismo— que  no 
aparece  en  sus  obras.  Lo  cual  no  es  cierto,  ni  pue- 
de serlo  tratándose  de  un  gran  artista. 

Sólo  en  obras  de  autores  mediocres  no  se  nota 
la  personalidad  de  ellos,  pero  es  porque  no  la  tie- 
nen. El  que  la  tiene  la  pone  donde  quiera  que 
ponga  mano,  y  acaso  más  cuanto  más  quiera  Ve- 
larse. A  Flaubert  se  le  ve  en  sus  obras,  y  no  sólo 
en  el  Federico  Moreau  de  La  Educación  Senti- 
mental, sino  hasta  en  la  misma  Erna  Bovary,  y  en 


20 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


San  Antonio  y  en  Pecuchet  mismo.  Si,  en  Pe- 
cuchet, 

El,  Flaubert  mismo,  decía  que  el  autor  debe  es 
tar  en  sus  obras  como  Dios  en  el  Universo,  pre- 
sente en  todas  partes,  pero  en  ninguna  de  ellas 
visible.  Hay,  sin  embargo,  quienes  aseguran  verá 
Dios  en  sus  obras.  Y  yo  aseguro  ver  á  Flaubert,  al 
Flaubert  de  la  correspondencia  íntima,  en  muchos 
personajes  de  sus  obras. 

¡Cómo  me  atraía  estos  días  seguir  las  vicisitu- 
des sentimentales  de  este  hombre  de  altos  y  bajos, 
de  entusiasmos  y  abatimientos,  de  eterna  decep- 
ción y  desencanto!  Hay  una  cosa  sobre  todo  que 
siempre  me  ha  atraído  hacia  él,  y  es  lo  que  sufría 
de  la  tontería  humana. 

Sí,  comprendo,  más  que  comprendo,  siento  ese 
sentimiento  que  en  Bouvard  y  Pecuchet  le  hace 
decir:  «Entonces  se  les  desarrolló  una  lamentable 
facultad  («une  faculté  pitoyable»),  la  de  ver  la  es- 
tupidez y  no  poder  ya  tolerarla».  En  francés  tiene 
más  fuerza  la  palabra  «bétise».  Y  en  1880  escribía 
á  su  amiga  Madama  Roger  des  Genettes:  «He  pa- 
sado dos  meses  y  medio  absolutamente  solo,  como 
el  oso  de  las  cavernas,  y,  en  suma,  perfectamente 
bien;  verdad  es  que  no  viendo  á  nadie  no  oía  de- 
cir tonterías.  La  insoportabilidad  de  la  tontería 
humana  ha  llegado  á  ser  en  mí  una  «enfermedad», 
y  aun  me  parece  débil  la  palabra.  Casi  todos  los 
humanos  tienen  el  don  de  «exasperarme»  y  no 
respiro  libremente  más  que  en  el  desierto».  Lo 
comprendo  y  aun  diré  más,  aunque  se  me  tome  á 
petulancia:  conozco  esa  enfermedad, 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


21 


Ello  es  doloroso,  muy  doloroso,  bien  lo  com- 
prendo, y  acaso  no  es  bueno;  tiene  una  raíz  de 
soberbia,  de  lo  que  se  quiera,  pero  me  ocurre  lo 
que  al  pobre  Flaubert:  no  puedo  resistir  la  tontería 
humana,  por  muy  envuelta  en  la  bondad  que  apa- 
rezca. Dios  me  perdone  si  ello  es  algo  perverso, 
pero  prefiero  el  hombre  inteligente  y  malo  al  tonto 
y  bueno.  Si  es  que  caben  bondad,  verdadera  bon- 
dad, y  tontería,  verdadera  tontería,  juntas,  y  no 
es  más  bien  que  todo  tonto  es  envidioso,  necio  y 
mezquino.  Su  tontería  le  impide  acaso  al  tonto 
hacer  mal,  pero  no  desea  bien. 

Antes  perdono  una  mal  pasada  que  se  me  juegue 
que  una  ramplonería  ó  una  sonara  vulgaridad  que 
se  me  diga  como  algo  que  vale  la  pena  de  ser  oído. 
La  mediocridad  y  la  rutina  mentales  me  duelen 
hasta  físicamente.  Hay  amigos  á  quienes  he  deja- 
do de  frecuentar  por  no  oírles  los  mismos  eternos 
y  sobados  lugares  comunes,  ya  sean  católicos  ó 
anarquistas,  creyentes  ó  incrédulos,  optimistas  ó 
pesimistas.  Y  la  vulgaridad  más  moderna,  la  de 
moda,  me  molesta  más  que  la  antigua,  la  tradicio- 
nal. El  lugar  común  de  mañana  me  es  más  irritan- 
te que  el  de  ayer,  porque  se  da  aires  de  novedad 
y  de  originalidad.  Por  eso  la  tontería  anarquista 
me  es  más  molesta  que  la  tontería  católica. 

Ese  libro  de  las  simplezas  y  las  decepciones  de 
Bouvard  y  Pecuchet  es  un  libro  doloroso.  Hasta 
su  manera  de  estar  escrito,  seca,  cortada,  á  saltos, 
con  feroces  sarcasmos  de  vez  en  cuando,  es  dolo- 
rosa.  Y  hay  en  esos  dos  pobres  mentecatos  —  no 
tan  mentecatos,  sin  embargo,  como  á  primera  vis- 


22 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


ta  parece  — algo  de  Don  Quijote,  que  era  uno  de 
los  héroes  y  de  las  admiraciones  de  Flaubert,  algo 
de  Flaubert  mismo.  Y  como  Don  Quijote  y  San- 
cho, Bouvard  y  Pecuchet,  —  inspirados  en  parte, 
no  me  cabe  duda,  por  aquéllos  —  no  son  cómicos, 
sino  á  primera  vista  y  sobre  todo  á  los  ojos  de  los 
tontos,  cuyo  número  es  según  Salomón  infinito, 
siendo  en  el  fondo  trágicos,  profundamente  trá- 
gicos. 

El  Quijote  era.  una  de  las  grandes  admiraciones 
de  Flaubert.  En  1852,  á  sus  treinta  y  un  años,  es- 
cribía á  Luisa  Colet,  la  Musa:  «Lo  que  hay  de  pro- 
digioso en  el  Don  Quijote,  es  la  ausencia  de  arte 
y  la  perpetua  fusión  de  la  ilusión  y  de  la  realidad, 
que  hace  de  él  un  libro  tan  cómico  y  tan  poético. 
¡Qué  enanos  todos  los  demás  al  lado  de  él!  ¡Qué 
pequeño  se  siente  uno,  Dios  mío,  qué  pequeño!» 
El  Quijote  dejó  indeleble  marca  en  el  espíritu  de 
Flaubert;  su  producción  literaria  es  profundamen- 
te quijotesca.  Cervantes  era  con  Shakespeare  y 
Rabelais,  con  Goethe  acaso,  el  genio  que  más  ad- 
miraba. Y  íué  acaso  Cervantes  quien  lo  llevó  á 
contraer  aquella  «enfermedad  de  España»  de  que 
en  una  de  sus  cartas  habla:  «Je  suis  malade  de  la 
maladie  de  l'Espagne».  No  acabó  nunca,  en  cam- 
bio, de  sentir  bien  al  Dante,  á  este  formidable  flo- 
rentino ,  que  es  una  de  mis  debilidades.  Pero  me 
lo  explico  por  lo  mismo  que  sentía  hacia  Voltaire 
una  admiración  de  que  no  puedo  participar,  aun 
reconociendo  toda  su  grandeza.  Es  cuestión  de 
sentimiento,  ó  mejor  dicho,  de  educación,  y  la  de 
Flaubert  no  fué  muy  católica. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


23 


Pero  sentía  la  fuerza  del  catolicismo.  En  1858 
escribía  á  la  señorita  Leroyer  de  Chantepie,  una 
mujer  trabajada  por  inquietudes  religiosas — «¡rara 
avis!» — diciéndole:  «De  aquí  á  cien  años  Euro- 
pa no  contendrá  más  que  dos  pueblos:  los  católi- 
cos de  un  lado  y  los  filósofos  del  otro.» 

Y  él,  el  pobre  Flaubert,  no  podía  irse  ni  de  un 
lado  ni  del  otro.  Le  faltaba  la  fe  religiosa,  pero 
no  era  tampoco  uno  de  esos  espíritus  simples  que 
pueden  entusiasmarse  con  la  filosofía,  la  ciencia, 
el  progreso  ó  la  ingeniería.  Comprendo  su  posi- 
ción; ¡no  la  he  de  comprender!  Mejor  aún,  la  sien- 
to; ¡no  he  de  sentirla! 

En  1864  escribía  á  la  señora  Roger  des  Genet- 
tes:  «La  rebusca  de  la  causa  es  antifilosófica,  an- 
ticientífica, y  las  religiones  me  desagradan  aún 
más  que  las  filosofías,  porque  afirman  conocerla. 
¿Qué  es  una  necesidad  del  corazón?  ¡De  acuerdo! 
Esta  necesidad  es  lo  respetable,  y  no  dogmas  efí- 
meros.» ¡Cuántas  veces  he  dicho  lo  mismo! 

Pero  oid  este  otro  párrafo  de  una  carta  de  1861 
á  la  misma  señora:  «Tiene  usted  razón;  hay  que 
hablar  con  respeto  de  Lucrecio;  no  le  encuentro 
comparable  sino  Byron,  y  Byron  no  tiene  su  gra- 
vedad ni  la  sinceridad  de  su  tristeza.  La  melanco- 
lía antigua  me  parece  más  profunda  que  la  de  los 
modernos,  que  dejan  entender  todos  más  ó  me- 
nos la  inmortalidad  más  allá  del  «agujero  negro». 
Pero  para  los  antiguos  este  agujero  era  el  infinito 
mismo;  sus  ensueños  se  destacan  y  pasan  sobre  un 
fondo  de  ébano  inmutable.  Nada  de  gritos,  nada 
de  convulsiones,  nada  más  que  la  fijeza  de  un  ros- 


24 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


tro  pensativo.  Los  dioses  no  existían  ya  y  Cristo 
no  existía  aún,  y  hubo  desde  Cicerón  á  Marco  Au- 
relio un  momento  único,  en  que  el  hombre  se  en- 
contraba solo.  En  ninguna  parte  hallo  esta  gran- 
deza, pero  lo  que  hace  á  Lucrecio  intolerable  es 
su  física,  que  da  como  positiva.  ¡Es  débil  porque 
no  lia  dudado  bastante;  ha  querido  explicar,  con- 
cluir!» ¿Veis  al  hombre?  Yo  no  sólo  lo  veo,  lo 
siento,     lo  siento  dentro  de  mí. 

Y  este  hombre,  á  quien  se  ha  creído  impasible  y 
hasta  frío  por  aquella  añagaza  artística  de  la  im- 
personalidad, este  hombre  escribía  en  1854,  ¡á  sus 
treinta  y  tres!  ála  Colet:  «¡Creo  que  envejecemos, 
nos  enranciamos,  nos  agriamos  y  confundimos  mu- 
tuamente nuestros  vinagres!  Yo,  cuando  me  son- 
do, he  aquí  lo  que  siento  hacia  tí:  una  gran  atrae» 
ción  física,  ante  todo,  después  una  adhesión  de 
espíritu,  un  afecto  viril  y  asentado,  una  estimación 
conmovida.  Pongo  al  amor  por  encima  de  la  vida 
«posible»  y  no  hablo  nunca  de  él  en  uso  propio. 
Has  abofeteado  delante  mío  la  última  noche  y 
abofeteado  como  una  burguesa  mi  pobre  ensueño 
de  quince  años,  acusándole  una  vez  más  de  «¡no 
ser  inteligente!»  Estoy  seguro,  ¡vaya  silo  estoy! 
¿es  que  no  has  comprendido  nunca  nada  de  lo  que 
escribo?  ¿no  has  visto  que  toda  la  ironía  con  que 
en  mis  obras  me  ensaño  contra  el  sentimiento,  no 
era  sino  un  grito  de  vencido,  á  menos  que  no  sea 
un  canto  de  victoria?»  Grito  de  vencido,  sí,  grito 
de  vencido,  ¡y  no  canto  de  victoria!  grito  de  ven- 
cido, del  que  cinco  años  más  tarde,  en  1859,  escri- 
bía á  Ernesto  Feydeau,  con  ocasión  de  haber  éste 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO  25 


enviudado:  «No  te  revuelvas  ante  ia  idea  del  ol- 
vido. ¡Llámala  más  bien!  Las  gentes  como  nos- 
otros deben  tener  la  religión  de  la  desesperación. 
Hay  que  estar  á  la  altura  del  destino,  es  decir, 
impasible  como  él.  A  fuerza  de  decirse:  «ello  es, 
ello  es»,  y  de  contemplar  el  agujero  negro,  se  cal- 
ma uno».  ;Se  calma?  ¿De  veras,  se  calma?  No,  no  se 
calma.  Lo  que  hay  que  hacer  es  sacar  de  la  deses- 
peración misma  esperanza  y  mandar  á  paseo  á  to- 
dos esos  estúpidos  cientificistas  que  se  os  vienen 
con  la  cantilena  de  que  nada  se  aniquila,  sino  que 
todo  se  transforma,  de  que  hay  un  progreso  para 
la  especie  y  otras  necedades  por  el  estilo. 

Leed  la  correspondencia  de  Flaubert  y  veréis  al 
hombre,  al  hombre  cuya  terrible  ironía  era  un 
grito  de  vencido,  al  hombre  que  sufrió  con  Mada- 
me  Bovary,  con  Federico  Moreau,  con  Madame 
Arnoux,  con  San  Antonio,  con  Pecuchet...  Veréis 
al  hombre,  cuya  religión  era  la  de  la  desesperanza 
y  cuyo  odio  era  el  del  burgués  satisfecho  de  sí  mis 
mo,  que  cree  conocer  la  verdad  y  gozar  la  vida,  y 
os  suelta  una  necedad  cualquiera,  á  nombre  de  la 
fe  ó  á  nombre  de  la  razón,  amparándose  en  la  re- 
ligión ó  amparándose  en  la  ciencia.  Es  extraño  que 
un  hombre  así,  como  el  hombre  Flaubert,  el  soli- 
tario de  Croisset,  padeciese  la  dolencia  de  la  inso- 
portabilidad  de  la  tontería,  de  la  «bétise»  huma- 
na? Y  para  no  tener  que  soportarla  se  enterraba 
entre  libros,  á  desahogar  su  dolencia  en  sus  in- 
mortales obras. 

¡Y  le  dolían  los  males  de  su  patria,  vaya  si  le 
dolían!  No  hay  sino  leer  sus  cartas  de  1870,  cuan 


26 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


do  la  invasión  prusiana  y  el  sitio  de  París.  Llegó  á 
decir  que  creía  era  el  único  francés  á  quien  de 
veras  le  dolía  Francia.  Y  se  encerraba  en  Croisset, 
á  cumplir  el  que  estimaba  su  deber,  á  trabajar  en 
sus  obras.  Creyó  hacer  en  «La  Educación  Senti- 
mental» una  obra  altamente  patriótica  y  la  hizo. 
Más,  mucho  más  que  tantos  otros  que  peroraban 
en  el  parlamento.  Hizo  una  obra  de  profunda  po- 
lítica, él,  que  detestaba  eso  que  comúnmente  se 
llama,  por  autonomasia,  política.  ¿Y  cómo  no  va  á 
detestar  la  política  el  que  sufre  de  insoportabili- 
dad  de  la  tontería  humana? 

¿Cómo  voy  á  salir  de  casa  estos  días?  ¿A  qué? 
¿A  ponerme  malo  de  oir  la  tontería  monárquica  ó 
la  tontería  republicana,  la  conservadora  ó  la  libe- 
ral, la  carlista  ó  la  socialista?  ¿Voy  á  salir  á  oir  el 
consuelo  del  tonto  creyente  que  nunca  ha  dudado 
ó  el  del  no  menos  tonto  libre  pensador  que  tam- 
poco duda?  ¡No,  no,  no;  mejor  meterme  en  casa  á 
fortificarse  contra  el  destino,  leyendo  á  los  gran- 
des desengañados  y  á  los  grandes  engañadores,  á 
los  apóstoles  de  la  desesperación  y  á  los  de  la  in- 
mortal esperanza,  á  los  que  quieren  dejar  de  ser  y 
á  los  que  quieren  ser  siempre.  Y  que  los  «vivos» 
entretanto  se  burlen  de  los  locos;  ¡que  siga  el 
«macaneo»  de  los  que  se  creen  avisados! 

¡  Oh ,  santa  soledad ! 


LA  GRECIA  DE  CARRILLO 


Tengo  aquí,  á  la  mano,  el  libro  Grecia,  de  Gó- 
mez Carrillo,  con  el  cual,  á  la  vez  que  he  dado  una 
vuelta  por  la  Grecia  de  hoy,  he  refrescado  mis  es- 
tudios clásicos.  En  una  de  sus  páginas  el  autor  me 
pide  perdón — no  puedo  dar  lo  que  no  tengo  —  por 
si  dice  una  herejía  al  traducir  la  prudencia  griega 
por  don  de  mentir  ó  virtud  de  engañar.  De  hecho 
los  griegos  se  jactaban  de  engañar  al  enemigo;  su 
moral  no  era,  ciertamente,  la  moral  caballeresca. 

Pero,  ¿por  qué  Carrillo  se  dirige  especial  y  se- 
ñaladamente á  mí?  Sin  duda  por  ser  yo  un  cate- 
drático de  lengua  y  literatura  griegas.  Sí,  lo  soy, 
como  lo  fué — y  Carrillo  lo  recuerda — Nietzsche; 
pero  no  soy  un  erudito  helenista.  Y  aun  hay  más; 
y  es  que  por  esa  erudición  siento  una  mezcla  de 
repugnancia  y  de  miedo.  Para  un  erudito  que  co- 
nozca con  alma,  conozco  veinte  que  no  la  tienen. 
Si  en  la  oficina  en  que  se  está  comentando  á  Ho- 
mero entrara  de  pronto  Homero  mismo  redivivo, 
cantando  en  lenga  moderna,  lo  echarían  de  allí  á 
empellones  por  inoportuno. 

No  es  esto,  sin  embargo,  desdeñar  la  erudición, 


2S 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


no.  Carrillo  dice  una  vez  en  su  libro,  hablando  de 
la  geografía,  que  es  una  demoledora  de  leyendas 
casi  tan  absurda  como  la  filología.  Pero  es  que  la 
filología  ha  creado  tantas  ó  más  leyendas  que  ha 
tratado  de  destruir.  Sucede  como  con  todos  los 
problemas:  de  la  solución  de  uno  cualquiera  de 
ellos  surgen  nuevos.  La  filología  nos  ha  dado  una 
nueva  antigüedad  helénica,  pero  no  menos  legen- 
daria que  la  antigua.  Y  ¡qué  suma  de  poesía  no  se 
ha  puesto  muchas  veces  en  doctos  comentos  filo 
lógicos!  Tanta  cuanto  ha  podido  poner,  y  no  es 
poca,  Carrillo  en  sus  notas  de  viaje. 

Y  él,  el  mismo  Carrillo,  ha  ido  provisto  de  sus 
eruditos  guías,  de  sabios  comentaristas,  ¿cómo  no? 
y  á  través  de  ellos  ha  visto  Grecia.  A  través  de 
ellos  y  á  través  de  su  propio  temperamento. 

Esos  comentaristas  que,  le  han  servido  de  guías 
son,  y  es  natural,  franceses  los  más,  y  así  resulta 
que  la  Grecia  de  Carrillo  está  vista  y  sentida  álas 
veces  muy  á  la  francesa,  pero  no  menos  también 
á  la  española  otras  veces,  y  muy  á  la  española.  Y 
siempre  muy  á  lo  Cárrillo.  Cada  cual  ve  donde- 
quiera que  va  aquello  que  más  le  preocupa,  y  pro- 
pende á  no  fijarse  en  lo  que  no  le  interesa. 

Dejo  para  más  adelante  el  discernir  la  parte  de 
francesidad  que  haya  en  esta  nueva  obra  de  Ca- 
rrillo, y  voy  á  lo  otro,  á  lo  personal. 

Carrillo  es  un  curioso,  curioso  como  un  griego; 
un  hombre  que  recorre  países  y  tierras  á  la  busca 
de  nuevas  sensaciones,  de  visiones  nuevas,  de  no- 
vedades, en  fin.  Y  ésta  fué  siempre  una  pasión, 
una  verdadera  pasión  de  los  griegos:  la  pasión  del 


CONTRA  ESTO  Y  ÁQUííLLO 


29 


conocimiento ,  el  ansia  de  saber.  La  hermosa,  la 
hermosísima  palabra  «filosofía»,  amor  del  saber  y 
no  estrictamente  sabiduría,  sólo  en  Grecia  pudo 
nacer.  Leed  los  poemas  homéricos,  y  allí  veréis 
con  qué  complacencia  se  detienen  los  héroes  á 
contar  y  oír  contar  historias.  Recréanse  con  ello 
como  con  la  comida.  Parece  como  que  el  fin  de  la 
vida  es  para  estos  hombres  hablar  de  ella  y  comen- 
tarla. 

En  el  discurso  —  los  héroes  homéricos  hablan  en 
discurso  todos  —  que  Alcinoo,  el  rey  de  los  feacios, 
dirige  á  su  corte,  luego  que  Ulises  se  delata  al  oir 
á  Demódoco  cantar  las  hazañas  del  caballo  de 
madera  por  aquél  ideado,  dice  que  los  dioses  tra- 
man y  cumplen  la  destrucción  de  los  hombres  para 
que  los  venideros  tengan  argumento  de  canto.  Las 
calamidades,  las  guerras,  las  hazañas,  todo  ocurre 
para  que  de  ello  se  hable.  El  fin  de  la  acción  es  su 
conocimiento;  pero  su  conocimiento  poético.  Pa- 
san siglos,  muchos  siglos,  y  al  contarnos  el  autor 
del  libro  de  los  Hechos  de  los  Apóstoles  la  visita 
de  San  Pablo  á  Atenas,  nos  dice  que  los  griegos 
pasaban  el  tiempo  en  hablar  de  la  última  novedad. 
¿Y  no  es  ésta  acaso  la  labor  de  Carrillo,  el  contar- 
nos la  última  novedad,  aunque  esta  novedad  pa- 
rezca antigua?  ¿No  es  con  vertirlo  en  novedad  todo 
y  entretenernos  de  la  vida  y  de  la  muerte,  como  se 
entretenían  aquellos  héroes  homéricos? 

Y  esto,  que  podrá  parecer  á  algún  espíritu  vul- 
gar y  mentidamente  serio  algo  fútil,  algo  superfi- 
cial, es,  sin  embargo,  una  de  las  cosas  más  pro- 
fundamente serias,  porque  puede  ser  una  cosa 


30 


MIGUüL  DE  UNAMUNO 


profundamente  apasionada.  La  pasión  por  el  cono- 
cimiento era  avasalladora  entre  los  griegos. 

Recordad  la  hermosa  leyenda  de  las  sirenas. 
«  Es  la  mala  sirena  que  atrae  á  los  náufragos  de  la 
voluntad  para  envenenarlos  con  el  perfume  de  su 
seno;  es  la  diabólica  divinidad  de  la  lujuria  y  del 
engaño»,  dice  el  Remo  de  la  Galaíea  de  Basilia- 
dis,  de  que  Carrillo  nos  habla.  Y  sin  embargo,  las 
dos  sirenas  de  la  Odisea ,  las  sirenas  homéricas, 
no  envenenan  con  el  perfemu  de  su  seno,  no  es  la 
lujuria  su  aliciente.  Las  sirenas  no  le  llaman  á  Uli- 
ses  ofreciéndole  deleite  carnal,  sino  que  le  dicen: 
«  Ven  acá,  famoso  Ulises,  gloria  delosaqueos;  de- 
tén  la  nave  para  oir  nuestro  relato.  Nunca  pasó 
nadie  por  aquí  de  largo  en  su  negra  nave  sin  ha- 
ber antes  oído  el  dulce  canto  de  nuestras  bocas, 
recreándose  con  él  y  marchándose  sabiendo  más 
que  sabía.  Sabemos  cuanto  sufrieron  los  argivos  y 
los  troyanos  en  la  ancha  Troya  por  decreto  de  los 
dioses ;  sabemos  cuanto  ocurre  en  la  fecunda  tie- 
rra. »  Para  un  griego,  para  Ulises,  la  tentación  era 
terrible;  ¿cómo  pasar  de  largo  sin  detenerse  á  oir 
cuanto  ha  sucedido  en  la  tierra?  Fué  una  de  sus 
mayores  proezas  ésta  de  vencer  la  tentación  del 
conocimiento,  la  curiosidad,  la  terrible  curiosidad, 
que  es  la  principal  fuente  del  pecado. 

Por  curiosidad  cayó  Eva,  por  curiosidad  más 
que  por  lascivia  caen  las  más  de  sus  hijas.  La  caí- 
da de  nuestros  primeros  padres  en  el  paraíso  de  la 
inocencia  fué  por  probar  el  fruto  del  árbol  de  la 
ciencia  del  bien  y  del  mal.  Seréis  como  dioses,  sa- 
bedores del  bien  y  del  mal — les  dijo,  tentándolos 


CONTRA  ESTO  Y  AQUüLLO 


31 


1  demonio.— Y  por  anhelo  de  saber,  por  ardien- 
te curiosidad,  pecaron,  cayendo  en  la  «feliz  cul- 
pa», según  la  llama  la  Iglesia  misma  en  su  liturgia. 

Y  esta  ardiente  curiosidad,  este  anhelo  de  ver, 
de  oir,  de  saber  cosas  nuevas,  de  atesorar  cuentos 
y  leyendas,  esto  llevó  á  Carrillo  á  Grecia. 

Y  él,  el  cronista,  el  curioso,  el  amante  de  no- 
vedades, fué  á  dar  en  ese  pueblo  eternamente  cu- 
rioso, perennemente  joven,  siempre  charlatán. 
«Ser  orador,  parecer  orador — nos  dice  Carrillo — , 
es  más  honroso  que  ser  hijo  de  un  general  ilustre 
ó  nieto  de  un  héroe  legendario».  Toda  la  vida  de 
Atenas — nos  cuenta  Carrillo  que  le  decía  un  grie- 
go— está  en  el  café,  y  toda  nuestra  energía  mental 
se  disipa  en  diálogos  de  café...  La  palabra  entre 
nosotros  es  la  más  fuerte  bebida,  el  opio  más  po- 
deroso, la  morfina  más  alucinante.»  De  aquí,  de 
este  pueblo,  salió  el  místico  platonizante,  que  en 
el  proemio  al  cuarto  Evangelio  escribió  aquello  de 
que  en  el  principio  era  la  palabra,  el  verbo,  que 
estaba  junto  á  Dios,  y  la  palabra  era  Dios  y  por 
ella  se  hizo  todo.  ¡La  palabra  era  Dios! 

Los  griegos  son,  según  decía  Stanley,  retóricos 
y  filósofos,  no  lógicos  y  juristas  como  los  romanos; 
los  griegos  hicieron  con  retórica,  con  oratoria, 
dialogando  libremente,  en  dialéctica,  la  filosofía, 
así  como  los  romanos  hicieron  el  derecho.  Los 
griegos  fueron  los  verdaderos  filósofos,  los  verda- 
deros amantes  del  saber,  amantes,  mejor  dicho, 
de  la  caza  del  saber.  En  los  inmortales  diálo- 
gos del  divino  Platón  se  siente  el  placer  de  perse- 
guir la  verdad,  más  aún  que  el  de  sorprenderla;  la 


32 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


inteligencia  goza  en  la  gimnasia  de  sus  facultades. 
«Porque  de  lo  que  se  trata  no  es — como  nos  dice 
Carrillo — de  hallar  la  verdad,  sino  de  correr  tras 
ella  para  no  alcanzarla  nunca.» 

¿No  recordáis  aquellas  tan  mentadas  palabras  de 
Lessing,  el  germano  helenizante,  uno  de  los  tu- 
descos más  empapados  en  el  alma  helénica?  Decía: 
«Si  Dios  tuviera  encerradas  en  su  mano  derecha 
toda  la  verdad  y  en  la  izquierda  no  más  que  el 
siempre  vivo  anhelo  de  la  verdad,  aunque  con  el 
añadido  de  errar  por  siempre  y  me  dijese:  ¡escoje!, 
caería  yo  humilde  ante  su  izquierda,  y  le  diría:  ¡Pa- 
dre, dame  esto!,  la  pura  verdad  no  es  más  que 
para  ti  solo.»  Era,  sin  duda,  el  temor  de  que  la 
pura  verdad  le  matase.  Quien  á  Dios  ve,  se  mue- 
re, dicen  las  Escrituras. 

Esta  pasión,  esta  desenfrenada  pasión  por  la 
caza  de  la  verdad,  más  aún  que  por  la  verdad 
misma;  este  loco  amor  de  jugar  la  inteligencia, 
consumía  á  Sócrates.  Aquello  de  «viejo  pedante 
que  todo  lo  razona  y  nada  siente»,  que  Carrillo 
nos  cita,  es  una  calumnia  de  Filadelo,  como  lo  de 
«hombre-teoría»  es  otra  calumnia  de  Nietzsche, 
que  era  maestro  en  ellas,  pues  se  pasó  la  vida  ca- 
lumniando. Calumnió  á  Sócrates,  lo  mismo  que 
calumnió  á  Cristo,  él,  que  quiso  ser  un  Sócrates  y 
un  Cristo. 

El  griego  fué  siempre  un  curioso.  Y  tengo  para 
mí  que  si  Elena  siguió  á  París,  provocando  la  gue- 
rra de  Troya,  fué  arrastrada,  más  que  por  Afrodi- 
ta, la  diosa  del  deleite,  por  la  misma  Atena,  la 
diosa  del  saber,  de  la  curiosidad,  así  como  de  la 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


33 


prudencia.  Cuando  Ulises  entró  á  hurtadillas,  dis- 
frazado de  mendigo,  en  Troya,  á  ejercer  espionaje 
y  maquinando  sus  tretas,  Elena  fué  la  única  que 
le  conoció.  Revelóle  el  héroe  sus  propósitos  bajo 
juramento  que  ella  prestó  de  no  revelarlos,  y  cuan- 
do metieron  los  aqueos  el  caballo  de  madera,  ¿qué 
hizo  Elena?  ¿Qué  iba  á  hacer?  Ir  verlo,  á  dar 
tres  vueltas  al  derredor  de  él,  llamando  á  los  hé- 
roes, á  comprometer  el  éxito  de  la  treta.  Y  no  más 
que  por  curiosidad. 

¡Curiosidad,  divina  fuente  del  saber  desintere- 
sado!, ¡madre  de  la  filosofía!  También  el  estómago, 
la  necesidad  de  vivir,  engendra  ciencia;  pero  esta 
ciencia  que  brota  del  estómago  es  abogacía,  no 
filosofía.  La  filosofía  es  saber  por  el  saber  mismo. 

¿Y  esto  no  satisface?  No,  no  satisface. 

Carrillo  nos  confiesa  su  desilusión  ante  la  Aeró 
polis  de  Atenas.  Recordando  la  famosísima  oración 
ante  la  Acrópolis  de  aquel  eterno  curioso,  que  fué 
Renán,  de  aquel  goloso  de  saber,  escribe  Carrillo 
un  capítulo,  el  último  de  su  obra,  que  se  titula 
así:  «La  oración  en  el  Acrópolis».  Y  allí  nos  cuenta 
su  desilusión. 

«Aun  las  almas  románticas,  en  efecto — dice  Ca- 
rrillo— ,  sienten  al  encontrarse  en  presencia  de  la 
diosa  ateniense  una  infinita  inquietud  y  un  infinito 
malestar.  ¿Es  esto?,  parecen  preguntar.  ¿Es  esto 
nada  más?»  Y  yo  digo:  las  almas  románticas,  las 
almas  apasionadas,  más  aún  que  las  otras.  Y  nos 
cuenta  Carrillo  la  frialdad  de  Chateaubriand,  de 
Lamartine,  de  Gautier  ante  la  Acrópolis. 

«Entre  el  Acrópolis  y  nosotros,  en  efecto — aña- 

3 


34 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


de  Carrillo—,  hay  muchos  siglos  y  muchas  ideas.» 
Lo  que  hay  entre  la  Acrópolis  y  nosotros  es  el  cris- 
tianismo, la  terrible  verdad  del  cristianismo,  la 
desesperación  resignada  del  cristianismo.  Entre 
nosotros  y  la  Razón  helénica  está  la  Cruz,  la  subli- 
me locura  de  la  Cruz. 

A  esa  Atena,  á  esa  Razón,  «nadie  la  ve  de  re- 
pente— dice  Carrillo,  añadiendo: — .  La  cordura  no 
surge  cual  una  aparición.  Suavemente,  paso  ápaso, 
sin  prisas,  sin  sobresaltos,  va  acercándose.  El  hom- 
bre la  ve  venir,  y  duda,  y  no  la  reconoce.  ¿Una 
divinidad  esa  dama  altiva  que  no  se  esconde  entre 
velos  y  agita  palmas  enigmáticas?  Más  bien  parece 
una  estatua  anima-la.  Pero  poco  á  poco  la  estatua 
se  trueca  en  imagen.  Y  la  imagen  continúa  su  ca 
mino  tranquila  hasta  que,  después  de  mucho  tiem- 
po, mucho  tiempo,  pone  en  nuestra  frente  su  dedo 
niveo,  y  nos  sonríe,  Entonces  volvemos  la  vista 
atrás.  El  Acrópolis  aparece  de  nuevo  ante  nues- 
tros ojos  llenos  de  luz.  Una  magnífica  apoteosis 
alumbra  el  templo  blanco.  De  nuestros  labios,  al 
fin,  brota  la  oración  definitiva. » 

¿Muy  sereno,  no  es  así?  Muy  gracioso.  Y,  sin 
embargo,  no ;  esa  oración  no  nos  brota  del  corazón 
mismo.  La  cordura  surge  cuando  vamos  á  morir; 
la  cordura  es  la  muerte.  Nuestro  Señor  Don  Qui- 
jote se  volvió  cuerdo  para  morir.  El.  caballero  de 
la  Fe,  si  hubiera  llegado  al  Acrópolis,  habría  en- 
trado lanza  en  ristre  á  desencantar  á  la  pobre  Ate- 
na, allí  presa  del  número,  la  proporción,  el  ritmo 
y  la  medida. 

¡Atena,  Minerva,  la  de  los  ojos  de  lechuza!  Pe- 


CONTRX  ESTO  Y  AQUELLO 


35 


netra,  sí,  con  su  mirada  en  lo  oscuro;  pero  no 
llega  á  las  entrañas  de  las  cosas,  donde  se  asienta 
el  misterio.  La  razón  no  llega  al  misterio.  La  ra- 
zón es  inhumana. 

Llevo  veinticuatro  años  ya  en  trato  con  los  anti- 
guos genios  de  la  Grecia,  oyendo  la  voz  de  su  sa- 
biduría; llevo  más  de  veinte  explicándolos  en  la 
cátedra.  Me  aquietan,  me  serenan,  me  apaciguan; 
cada  vez  creo  comprenderlos  mejor,  pero  no  me 
satisfacen.  Y  lo  que  en  ellos  más  me  gusta  es  la 
inquietud,  la  eterna  inquietud  que  á  cada  paso  no 
pueden  menos  que  dejar  descubrir.  Al  fin  eran 
hombres.  Y  así  que  llegó  el  Cristo  y  se  bautizaron, 
brotó  su  más  íntima  naturaleza. 

No  es  verdad  que  no  tuvieran  «vanos  temores 
(¿vanos?  ¿por  qué  vanos?)  de  tenebroso  más  allá»; 
no  es  verdad  que  aceptaran  «la  idea  divina  sin 
vanas  angustias». 

«Entre  todos  los  pueblos  del  mundo,  este  es  el 
menos  místico  »  —  escribe  Carrillo.  Y  el  misticismo 
cristiano  nació  en  Grecia,  no  en  Palestina;  el  mis- 
ticismo cristiano  procede  de  Platón  más  que  del 
Evangelio.  ¿Qué,  no  es  místico  el  pueblo  de  Ploti- 
no,  de  Porfirio,  de  Proclo,  de  Jámblico,  de  San 
Clemente,  de  Orígenes,  de  tantos  otros?  Me  dirán 
que  muchos  de  éstos  no  eran  griegos  aunque  en 
griego  escribían.  De  esto  habría  mucho  que  hablar. 

Hay  algo  en  que  me  parece  que  Carrillo  ha  pe- 
netrado menos  que  en  lo  demás,  y  es  tal  vez  por 
no  interesarle  gran  cosa,  y  es  en  lo  que  á  la  reli- 
giosidad helénica  se  refiere  Y,  sin  embargo,  la 
teología  católica  es  casi  toda  ella  de  origen  grie- 


36 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


go.  Precisamente  cuando  me  puse  á  leer  la  Grecia 
de  Carrillo  acababa  la  lectura  de  las  lecciones  de 
Penrhyri  Stanley  sobre  la  Iglesia  ortodoxa.  Si  Ca- 
rrillo se  hubiese  alguna  vez  interesado  por  proble- 
mas teológicos,  habría  visto  en  Grecia,  de  seguro, 
muchas  cosas  que  no  vió. 

Hay  en  el  libro  que  me  sugiere  estas  líneas  un 
capítulo  titulado  « El  alma  pagana»,  que  merece 
especial  comento.  Es  tanto  lo  que  se  habla  de  pa- 
ganismo y  de  alma  pagana,  que  conviene  detener- 
se un  poco  de  cuando  en  cuando  á  esclarecerlo  en 
lo  posible.  Carrillo  no  cae  en  los  errores  y  preci- 
pitaciones de  otros,  no;  y  por  eso,  por  ser  lo  suyo 
más  comedido,  más  razonable,  más  sereno  que 
cuanto  de  ordinario  dicen  los  paganizantes,  por 
eso  merece  comentarlo. 

Pero  esto  merece  especial  atención  y  más  espe- 
cial tratado.  Bueno  será,  pues,  dejarlo.  Pero  an- 
tes de  cerrar  estas  líneas,  quiero  decir  que  para 
mí,  un  libro  que  me  sugiere  reflexiones,  así  sean 
contrarias  á  las  del  autor  de  él,  es  un  libro  bueno, 
y  cuantas  más  reflexiones  me  sugiera  es  el  libro 
mejor.  Y  Carrillo  con  su  Grecia  me  ha  hecho  via- 
jar, no  tan  sólo  por  Grecia  misma,  lo  que  vale  mu- 
cho, sino  por  mis  propios  reinos  interiores,  lo  que 
vale  mucho  más. 


JOSÉ  ASUNCIÓN  SILVA 


Alguna  otra  vez  he  hecho  notar  desde  estas 
mismas  columnas,  el  hecho  de  que  mientras  los 
americanos  todos  se  quejan,  y  con  razón,  de  lo 
poco  y  lo  mal  que  se  les  conoce  en  Europa  y  de 
las  confusiones  y  prejuicios  que  respecto  á  ellos 
por  aquí  reinan,  se  da  el  caso  de  que  no  se  conoz- 
can mucho  mejor  los  unos  á  los  otros  y  abriguen 
entre  sí  no  pocas  confusiones  y  prejuicios. 

Lo  vasto  de  la  América  y  la  pobreza  y  dificul- 
tad de  sus  medios  de  comunicación  contribuye  á 
ello,  ya  que  Méjico,  v.  gr.,  está  más  cerca  de  Es- 
paña ó  de  Inglaterra  ó  Francia  que  de  la  Argen- 
tina. 

Me  refería  hace  poco  un  escritor  argentino,  Ri- 
cardo Rojas,  que  de  los  ejemplares  que  remitió  de 
una  de  sus  obras  desde  Buenos  Aires  á  lugares  de 
las  «tierras  calientes»,  apenas  si  llegó  alguno  á  su 
destino. 

Por  otra  parte,  el  sentimiento  colectivo  de  la 
América  como  de  una  unidad  de  porvenir  y  frente 
al  V  iejo  Mundo  europeo,  no  es  aún  más  que  un 
sentimiento  en  cierta  manera  erudito  y  en  vías  de 


38 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


costosa  formación.  Hubo,  sí,  un  momento  en  la  his- 
toria en  que  toda  la  América  española,  por  lo  me- 
nos toda  Sur  América,  pareció  conmoverse  y  vivir 
en  comunidad  de  visión  y  de  sentido,  y  fué  cuan- 
do se  dieron  la  mano  Bolívar  y  San  Martín  en  las 
vísperas  de  Ayacucho;  pero  pasado  aquel  momen- 
to épico,  y  una  vez  que  cada  nación  suramericana 
queda  á  merced  de  los  caudillos,  volvieron  á  un 
mutuo  aislamiento,  tal  vez  no  menor  que  el  de  los 
tiempos  de  la  colonia. 

En  ciertos  respectos  sigue  todavía  siendo  Euro- 
pa el  lazo  de  unión  entre  los  pueblos  americanos, 
y  el  panamericanismo,  si  es  que  en  realidad  exis- 
te, es  un  ideal  concebido  á  la  europea,  como  otros 
tantos  ideales  que  pasan  por  americanos. 

Todo  esto  se  me  ocurre  á  propósito  de  la  recien- 
te publicación  en  un  volumen  de  las  Poesías  del 
bogotano  José  Asunción  Silva,  que  acaba  de  edi- 
tarse en  Barcelona. 

Apenas  habrá  lector  de  estas  líneas,  con  tal  de 
ser  algo  versado  en  literatura  americana  contem- 
poránea, que  no  haya  leído  alguna  vez  alguna  de 
las  poesías  de  Silva  que  andaban  desparramadas  y 
perdidas  por  antologías  y  revistas.  Hasta  hay  al- 
guna, como  el  Nocturno,  que  ha  llegado  á  hacer- 
se femosa  en  ciertos  círculos. 

Si  hablamos  de  eso  que  se  ha  llamado  modernis- 
mo en  literatura,  y  respecto  á  lo  cual  declaro  que 
cada  vez  estoy  más  á  oscuras  acerca  de  lo  que 
sea,  preciso  es  confesar  que  de  Silva,  más  que  de 
ningún  otro  poeta,  cabe  aquí  decir  aquello  de  que 
fué  quien  nos  trajo  las  gallinas.  Se  ha  tomado  de 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


39 


él,  más  acaso  que  de  otro  alguno,  no  tan  sólo  to- 
nalidades, sino  artificios,  no  siempre  imitables. 

Silva  se  suicidó  en  su  ciudad  natal,  Bogotá,  el 
24  de  Mayo  de  1896,  á  los  treinta  y  cinco  años  y 
medio,  sin  que  hayamos  podido  averiguar  los  mó- 
viles de  tan  funesta  resolución.  Aunque  leyendo 
sus  poesías  se  adivina  la  causa  íntima,  no  ya  los 
motivos  del  suicidio.  Pues  sabido  es  con  cuanta 
frecuencia  los  motivos  aparentes  á  que  se  cree 
obedece  una  determinación  grave,  y  á  los  que  la 
atribuyen  los  mismos  que  la  toman,  no  son  sino 
los  pretextos  de  que  se  vale  la  voluntad  para  reali- 
zar su  propósito.  La  voluntad,  en  efecto,  busca 
motivos.  Y  hay  voluntad  suicida,  voluntad  reñida 
con  la  vida.  O  que  tal  vez  huye  de  esta  vida  por 
amor  á  una  vida  más  intensa. 

Leyendo  las  obras  de  los  escritores  suicidas  se 
descubre  casi  siempre  en  ellas  la  íntima  razón  del 
suicidio.  Tal  sucede  entre  nosotros  con  Larra,  en 
Francia  con  Nerval  y  en  Portugal  con  Antero.  Y 
tal  sucede  con  Silva. 

A  Silva,  de  quien  no  cabe  decir  que  fuese  un 
poeta  metafísico,  ni  mucho  menos,  le  acongojó  el 
tormento  de  la  que  se  ha  llamado  la  congoja  me- 
tafísica, y  le  atormentó,  como  ha  atormentado  á 
todos  los  más  grandes  poetas,  cuyas  dos  fuentes 
caudales  de  inspiración,  han  sido  el  amor  y  la 
muerte,  de  los  que  Leopardi  dijo  que 

Fratelli  a  un  tempo  stesso  amore  e  morte 
ingenero  la  sorte. 

La  obsesión  del  más  allá  de  la  tumba;  el  miste- 


40 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


I 


rio  detrás  de  la  muerte,  pesó  sobre  el  alma  de  Sil- 
va, y  pesó  sobre  ella  con  un  cierto  carácter  infan- 
til y  primitivo.  No  fué,  creo,  ese  peso  resultado  de 
una  larga  y  paciente  investigación;  no  fué  conse- 
cuencia del  desaliento  filosófico,  sino  que  fué  algo 
primitivo  y  genial.  La  actitud  de  Silva  me  parece 
la  de  un  niño  cuando  por  fin  descubre  que  nace- 
mos para  morir. 

«Al  dejar  la  prisión  que  las  encierra 
¿qué  encontrarán  las  almas?» 

se  preguntó  el  poeta,  pero  se  lo  preguntó  como  un 
niño. 

Un  ambiente  de  niñez,  en  efecto,  se  respira  en 
las  poesías  de  Silva,  y  las  más  inspiradas  de  ellas 
son  á  recuerdos  de  la  infancia,  ó  mejor  dicho,  es  á 
la  presencia  de  la  infancia,  á  lo  que  su  inspiración 
deben.  Basta  leer  las  cuatro  composiciones  que  en 
ésta,  la  primera  edición  de  sus  Poesías  completas, 
figuran  bajo  el  título  común  de  «Infancia». 

Tal  vez  se  cortó  Silva  por  propia  mano  el  hilo 
de  la  vida  por  no  poder  seguir  siendo  niño  en  ella, 
porque  el  mundo  le  rompía  con  brutalidades  el 
sueño  poético  de  la  infancia.  Y  aquí  cabe  recordar 
aquellas  palabras  de  Leopardi  en  uno  de  sus  can- 
tos: ¿Qué  vamos  á  hacer  ahora  en  que  se  ha  despo 
jado  á  toda  cosa  de  su  verdura? 

Cuando  Silva,  saliendo  de  la  niñez  fisiológica, 
pero  siempre  niño  de  alma,  como  lo  es  todo  poeta 
verdadero  se  encontró  en  el  duro  ámbito  de  un 
mundo  de  combate,  y  presa  debió  de  sentirse  su 
alma  delicadísima,  como  se  encontraría  un  Adán 


CONTRA  ESTO  Y  AQULLEO 


41 


al  verse  arrojado  del  Paraíso.  Fuera  del  Paraíso  y 
á  la  vez  con  la  inocencia  perdida, 

Y  esa  angustia  metafísica  se  expresa  en  los  ver- 
sos de  Silva  del  modo  más  ingenuo,  más  sencillo, 
más  infantil  y  hasta  balbuciente,  no  con  las  frases 
aceradas  con  que  se  manifiesta  en  los  esquinosos 
sonetos  de  Antero  de  Quental,  llenos  de  fórmulas 
que  acusan  la  lectura  de  obras  filosóficas. 

No  digo  que  Silva  careciera  de  cultura,  antes 
más  bien  se  ve  claro  en  sus  poesías  que  era  un  es- 
píritu cultísimo;  pero  dudo  mucho  de  que  su  inte- 
ligencia se  hubiese  amaestrado  en  una  rígida  disci- 
plina mental.  Sus  estudios  universitarios,  nos  dice 
Gómez  Jaime  que  fueron  breves  y  luego  parece  se 
dió  á  leer  por  su  cuenta,  y  sospecho  que  más  que 
otra  cosa,  literatura,  y  literatura  francesa.  No  pa- 
rece, sin  embargo,  que  careciese  de  un  cierto  bar- 
niz de  cultura  filosófica,  y  tengo  motivos  para  su- 
poner que  había  leído  á  Taine,  por  lo  menos,  y 
algo  de  Schopenhauer,  á  quien  cita  en  una  de  sus 
composiciones  llamándole  su  maestro. 

Y  no  digo  que  Schopenhauer  le  suicidase  ó  con- 
tribuyera á  hacerlo,  porque  estoy  convencido  de 
que  no  son  los  escritores  pesimistas  y  desesperan- 
zados los  que  entristecen  y  amargan  á  almas  como 
la  de  Silva,  sino  que  más  bien  son  las  almas  des- 
esperanzadas y  tristes  las  que  buscan  alimento  en 
tales  escritores. 

En  la  poesía  titulada  «El  mal  del  siglo»,  es  Silva 
mismo  quien  nos  habla  del  desaliento  de  la  vida 
que  nacía  y  se  arraigaba  en  lo  íntimo  de  él,  del  mal 
del  siglo;  el  mismo  mal  de  Werther,  de  Rolla,  de 


12 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Manfredo,  de  Leopardi,  «un  cansancio  de  todo,  un 
absoluto  desprecio  por  lo  humano,  un  incesante 
renegar  de  lo  vil  de  la  existencia.,,  un  malestar 
profundo  que  se  aumenta  con  todas  las  torturas 
del  análisis.  Y  á  esto  le  responde  el  médico: 

«Eso  es  cuestión  de  régimen;  camine  de  maña- 
nita; duerma  largo;  báñese;  beba  bien;  coma  bien; 
cuídese  mucho;  ;lo  que  usted  tiene  es  hambre!» 

Y  hambre  era,  en  efecto;  hambre  de  eternidad. 
Hambre  de  eternidad,  de  vida  inacabable,  de  más 
vida,  que  es  lo  que  á  tantos  los  ha  llevado  á  la  des- 
esperación  y  hasta  al  suicidio. 

Porque  es  cosa  curiosa  el  observar  que  es  á  los 
más  enamorados  de  la  vida,  á  los  que  la  quieren 
inacabable,  á  los  que  se  acusa  de  odiadores  de  la 
vida.  Por  amor  á  la  vida,  por  desenfrenado  amor 
á  ella,  puede  un  hombre  retirarse  al  desierto  á  vi 
vir  vida  pasajera  de  penitencia  en  vista  de  la  con- 
secución de  la  gloria  eterna,  de  la  verdadera  vida 
perdurable,  y  por  hastío  de  la  vida,  por  odio  á  ella, 
se  lanza  más  de  uno  á  una  existencia  de  placeres. 
Podrá  estar  equivocado  el  anacoreta,  y  ó  no  existir 
para  nosotros  vida  alguna  después  de  la  muerte 
corporal,  ó  aun  en  caso  de  que  exista,  no  ser  el 
camino  que  él  toma  el  mejor  para  conseguirla  fe- 
liz, pero  acusarle  de  odiador  de  la  vida,  no  es  más 
que  una  simpleza. 

El  paganismo,  el  hoy  tan  decantado  paganismo 
por  los  que  hacen  profesión  de  anticristianos,  vino 
en  sus  postrimerías  á  dar  en  un  hastío  y  desencan- 
to de  la  vida,  en  un  tétrico  pesimismo.  Pocas  co- 
sas hay  más  sombrías  que  el  crepúsculo  del  paga- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


43 


nismo.  Y  si  la  religión  de  Cristo  prendió,  arraigó 
y  se  extendió  tan  pronto,  fué  porque  predicaba  el 
amor  á  la  vida,  el  verdadero  amor  á  la  verdadera 
vida  y  la  esperanza  de  la  resurrección  final.  Más 
agudo  y  perspicaz  era  Schopenhauer  al  combatir  el 
cristianismo  por  optimista,  que  aquellos  espíritus 
ligeros  que  le  acusan  de  haber  entenebrecido  la 
vida.  La  esperanza  de  resurrección  final  fué  el 
más  poderoso  resorte  de  acción  humana,  y  Cristo 
el  más  grande  creador  de  energías. 

Ese  amor  á  la  vida,  mamado  por  Silva  en  el  apa- 
cible remanso  de  Bogotá,  en  aquella  encantada 
Colombia,  la  de  los  días  iguales  y  la  perenne  pri- 
mavera, la  de  las  costumbres  arraigadas;  ese  amor 
debió  de  padecer  sobresaltos,  merced  al  sosiego 
mismo  y  á  las  brisas  heladas  que  desde  Europa  le 
llegaban. 

Hay  una  circunstancia  además  que  nos  explica 
el  que  se  exacerbara  su  tristeza  ingénita,  y  es  que 
un  año  antes  de  haberse  despojado  voluntariamen- 
te de  la  vida,  en  el  naufragio  de  UAmerique,  ocu- 
rrido en  las  costas  de  Colombia  en  1895,  se  perdie- 
ron los  más  de  los  escritos  de  Silva,  tanto  en  verso 
como  en  prosa.  Se  puede,  pues,  decir  que  el  libro 
ahora  editado  es  el  resto  de  un  naufragio.  Y  es 
menester  haber  pasado  años  vertiendo  al  papel  lo 
mejor  de  la  propia  alma  para  comprender  lo  que 
haya  de  afectarle  á  uno  al  verse  de  pronto  sin  ello. 

Hay  un  fragmento  en  prosa  de  Silva,  el  titulado 
«De  sobremesa»,  que  nos  hace  sospechar  si  acaso 
no  presintió  á  la  locura  y  para  huir  de  ella  se  quitó 
la  vida.  Concluye  así: 


44 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


«¿Loco?...  ¿y  por  qué  no?  Así  murió  Baudelaire, 
el  más  grande  para  los  verdaderos  letrados  de  los 
poetas  de  los  últimos  cincuenta  años;  así  murió 
Maupassant,  sintiendo  crecer  alrededor  de  su  espí- 
ritu la  noche  y  reclamando  sus  ideas...  ¿Por  qué  no 
has  de  ~  orir  así,  pobre  degenerado,  que  abusaste 
de  todo,  que  soñaste  con  dominar  el  arte,  con  po- 
seer la  ciencia,  toda  la  ciencia,  y  con  agotar  todas 
las  copas  en  que  brinda  la  vida  las  embriagueces 
supremas?» 

En  este  párrafo  hay,  entre  otras  cosas  significa- 
tivas, una  que  lo  es  mucho,  cual  es  la  de  llamar  á 
Baudelaire  el  más  grande,  «para  los  verdaderos 
letrados»,  de  los  poetas  de  los  últimos  cincuenta 
años,  cuando  en  esos  años  hubo  en  Francia  otros 
poetas  á  quienes  suele  ponerse  por  encima  de 
Baudelaire.  Y  digo  en  Francia,  porque  de  los  poe- 
tas de  otros  países,  ingleses,  italianos,  alemanes, 
escandinavos,  rusos,  etc.,  no  era  cosa  de  pedir  á 
Silva,  dado  el  ambiente  americano  de  su  tiempo, 
un  regular  conocimiento.  Es  muy  fácil  que  de 
Browning  ó  de  Walt  Whitman,  pongo  por  caso,  no 
conociera  ni  el  nombre  —no  andaban,  ni  anda  aún 
más  que  en  parte  uno  de  ellos,  traducido  al  fran- 
cés— y  de  Carducci  acaso  poco  más  que  el  nombre. 

Y  fué  lástima.  Porque  es  seguro  que  de  haber- 
los conocido,  de  haberse  familiarizado  algo  con  la 
maravillosa  poesía  lírica  inglesa  del  pasado  siglo 
— tan  superior  en  conjunto  á  la  lírica  francesa,  en 
el  fondo  lógica,  sensual  y  fría — habría  encontrado 
otros  tonos.  ¿Qué  no  le  hubieran  dicho  á  Silva 
Cowper,  Burns,  Wordsworth,  Shelley,  lord  By- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


45 


ren — á  éste  lo  conocería — Tennyson,  Swinburne, 
Longfellow,  Browning,  Isabel  Barret  Browning, 
Cristina  Rossetti,  Thomson  (el  del  pasado  siglo,  no 
el  otro),  Keats,  y  en  general,  todo  el  espléndido 
coro  lírico  de  la  poesía  inglesa  del  siglo  xix?  Es 
muy  fácil  que  le  hubieran  levantado  el  ánimo  tan 
to  como  Baudelaire  se  lo  deprimió  y  abatió . 
¡Pobre  Silva! 


LA  IMAGINACIÓN  EN  COCHABAMBA 


Hoy  vuelvo  al  precioso  libro  Pueblo  enfermo , 
del  boliviano  Alcides  Arguedas.  Ya  os  dije  que 
e>te  libro,  rico  en  instrucciones  y  en  sugestiones, 
había  de  darme  pie  para  más  de  una  de  estas  con- 
versaciones, que  no  otra  cosa  son  estas  mis  co- 
rrespondencias. 

En  el  capítulo  III  de  su  obra,  capítulo  que  se  ti- 
tula Psicología  regional,  nos  dice  el  señor  Argue- 
das, hablando  del  pueblo  cochabambino,  que  lo  que 
se  observa  en  él,  «desde  el  primer  momento  en  que 
se  le  estudia,  es  un  desborde  imaginativo  amplio, 
fecundo  en  ilusiones,  ó  mejor,  en  visiones  de  ca- 
rácter sentimental».  Es  esta  afirmación  de  ser  los 
cochabambinos  imaginativos,  la  que  voy  á  estu- 
diar y  á  rectificar  con  datos  que  el  mismo  señor 
Arguedas  ha  de  proporcionarnos. 

Necesito,  ante  todo,  establecer  un  principio,  y  es 
el  de  que,  generalmente,  se  confunde  la  imagina- 
ción con  la  facundia,  con  la  memoria,  ó  con  la 
vivacidad  de  expresión.  Imaginación  es  la  facul- 
tad de  crear  imágenes,  de  crearlas,  no  de  imitar- 
las ó  repetirlas,  é  imaginación  es,  en  general,  la 


48 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


facultad  de  representarse  vivamente,  y  como  si 
fuese  real,  lo  que  no  lo  es,  y  de  ponerse  en  el  caso 
de  otro  y  ver  las  cosas  como  él  las  vería.  Y  así  re- 
sulta que  llaman  imaginativos  á  los  individuos  y  á 
los  pueblos  que  menos  lo  son. 

Aquí,  en  España,  pongo  por  caso,  es  corriente 
oir  decir  que  los  andaluces  tienen  mucha  imagina- 
ción, y,  sin  embargo,  todos  os  cuentan  los  mismos 
cuentos  y  chascarrillos,  y  de  la  misma  manera,  y 
?Á  les  quitáis  el  gesto,  la  mímica,  el  acento,  apenas 
os  queda  cosa  de  sustancia  imaginativa.  Sus  poe- 
tas, pareciéndose  en  esto  á  los  arábigos,  están 
dándoles  vueltas  siempre  á  las  mismas  metáforas, 
las  del  acervo  común. 

Hay  quien  dice  que  Zorrilla  era  un  poeta  de  po 
derosa  imaginación,  y  yo  os  invito  á  que  lo  leáis 
todo  entero,  si  es  que  tenéis  paciencia  para  tanto, 
y  veáis  cuántas  imágenes  creó  aquel  hombre  en 
tantas  estrofas,  y  tan  hojarascosas  y  palabreras, 
como  compuso  en  su  vida.  Sus  metáforas  son,  por 
lo  común,  las  del  común  acervo. 

Es  más  aún,  y  es  que  en  este  pueblo  que  se  ciee 
imaginativo,  porque  es  redundante  y  palabrero, 
la  imaginación  cansa  y  molesta.  Difícilmente  se 
resiste  el  más  genuino  producto  de  la  imaginación; 
la  paradoja.  La  monotonía  y  la  ramplonería  en  el 
pensar  son  aplastantes. 

Y  ahora  volvamos  á  Cochabamba,  ya  que  esta 
remota  ciudad  boliviana  me  parece  para  el  caso 
una  ejemplificación  de  la  América  española. 

Porque  también  los  hispano-americanos  presu- 
men de  imaginativos,  á  mi  parecer,  sin  gran  fun- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


49 


damento.  Son,  en  general,  como  nosotros  los  es- 
pañoles, más  palabreros  que  imaginativos. 

Dice  Arguedas  que  los  cochabambinos  aman  la 
música  de  fácil  comprensión,  «de  giros  suaves,  la 
crimosos»,  es  decir,  añado  yo,  la  que  exige  menor 
esfuerzo  imaginativo,  menos  colaboración  activa 
del  que  oye.  Luego  habla  de  pueblos  de  «imagina 
ción  seca,  meditativos  y  observadores».  ¡Aquí  está 
el  punto!  ¡Imaginación  seca!  ¡Seca!  Siendo  seca, 
muy  seca,  puede  ser  mucho  más  imaginación  que 
la  mojada,  que  la  hojarascosa.  Lo  seco  no  se  opone 
á  lo  imaginativo.  Seca  y  ardiente  es  la  imagina-  , 
ción  robusta  y  no  húmeda  y  fría.  La  poesía  seca, 
escueta,  sobria,  concentrada,  exige  mayor  esfuer- 
zo de  imaginación  que  no  la  húmeda,  ampulosa  y 
exuberante.  ¡Pueblos  meditativos  y  observado 
res!...  Meditar  es  cosa  de  imaginación  y  observar 
también.  Los  pueblos  que  no  saben  recogerse  á 
meditar  y  expansionarse  á  observar,  es  por  falta 
de  imaginación,  no  por  sobra  de  ella. 

En  Cachabamba  más  que  en  ningún  otro  pueblo 
se  observa  la  intemperancia  religiosa ,  nos  dice  el 
señor  Arguedas,  añadiendo:  «Las  masas,  entera- 
mente devotas,  no  consienten  ni  aceptan  ninguna 
creencia  fuera  de  la  suya;  adoran  sus  dogmas  con 
enérgico  apasionamiento  y  les  parece  que  consin- 
tiendo la  exterionzación  de  otros  ofenderían  gra- 
vemente su  divinidad.  Son  fáciles  á  exaltarse  en- 
frente de  los  disidentes  y  los  indiferentes.  Aun  las 
elevadas  clases  sociales  son  intolerantes.»  ¿Y  esto 
que  es  sino  pobreza  imaginativa?  ¿De  dónde  si  no 
de  falta  de  imaginación  proviene  la  intolerancia? 

4 


50 


MIGUEL  DE  UNA  MU  NO 


El  intolerante  lo  es  no  porque  se  imagine  con  gran 
vigor  sus  propias  creencias,  no  porque  se  las  ima- 
gine con  tanto  relieve  que  excluyanlas  demás,  sino 
por  ser  incapaz  de  ponerse  en  la  situación  de  los 
otros  y  ver  las  cosas  como  ellos  las  verían.  El  po- 
deroso dramaturgo  siente  con  igual  fuerza  las  si- 
tuaciones más  opuestas;  el  autor  de  un  diálogo 
polémico  ahora  opina  esto  y  luego  lo  contrario. 
Los  más  grandes  imaginativos  son  los  que  han  sa- 
bido ver  el  fondo  de  verdad  que  hay  en  las  más 
opuestas  ideas.  Los  dogmáticos  lo  son  por  pobreza 
imaginativa.  La  riqueza  imaginativa  le  lleva  al 
hombre  á  contradecirse  á  los  ojos  de  los'  pobres  en 
imaginación. 

Luego  el  autor  nos  habla  de  los  jóvenes  cocha- 
bambinos  «cuya  especialidad  consiste  en  el  apren- 
dizaje casi  memorial  de  las  disposiciones  de  los 
códigos»  jóvenes  que  «hablan  siempre  con  absolu- 
ta segundad  de  lo  que  dicen »,  jóvenes  «aficiona- 
dos á  evocar  épocas  remotas,  citar  nombres  de 
héroes  griegos  ó  romanos  y  narrar  con  sus  detalles 
los  culminantes  episodios  de  la  revolución  fran- 
cesa». Y  todo  esto  ¿qué  es  sino  pobreza  imagina- 
tiva? Pobreza  imaginativa  es  aprenderse  códigos 
de  memoria,  y  obra  también  de  memoria,  y  no 
de  imaginación,  es  evocar  nombres  y  fechas  glo- 
riosas. 

«Además,  en  Cochabamba  —  sigue  diciéndonos 
Arguedas — por  su  situación  aislada,  poco  cambian 
las  costumbres,  y  no  se  renuevan  casi  nunca.» 
¿Para  qué  les  sirve  entonces  la  imaginación?  «Los 
hombres  crecen  y  se  desarrollan  bajo  una  modali- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


51 


dad  uniforme,  y  para  ellos  es  casi  un  crimen  rom- 
per, de  hecho,  con  lo  tradicional...»  Es  decir,  falta 
de  imaginación.  Y  á  falta  de  imaginación,  y  no  á 
otra  cosa  que  á  falta  ó  pobreza  de  ella  hay  que 
atribuir  el  que  el  cochabambino  «  no  conciba  otro 
cielo  mejor,  otro  clima  más  bondadoso,  otros  aires 
más  puros,  que  el  cielo,  el  clima  y  los  aires  de 
Cochabamba».  No  es  en  rigor  que  no  lo  conciba; 
es  que  no  se  lo  imagina.  Y  no  se  lo  imagina  por 
falta  de  imaginación,  que  no  por  sobra  de  ella.  Los 
pueblos  que  se  creen  los  mejores  suelen  serpueblos 
inimaginativos. 

«Cochabamba  es  pueblo  esencialmente  medi- 
terráneo: procede  de  la  raza  quechua,  raza  soñado- 
ra, tímida,  profundamente  moral,  poco  ó  nada  em- 
prendedora...» ¿Soñadora?  ¿Qué  quiere  decir  eso  de 
soñadora?  ¿La  raza  quechua  es  que  soñaba  ó  que 
dormía?  Y  además,  hay  muchas  maneras  de  soñar 
y  hay  pueblos,  pueblos  imaginativos  que  se  pasan 
la  vida  soñando,  pero  siempre  el  mismo  sueño  y  de 
la  misma  manera.  Para  el  imaginativo  la  vida  es 
sueño  y  es  para  él  la  vida  sueño  porque  el  sueño 
es  vida,  porque  sus  sueños  tienen  realidad  de  cosas 
vivientes.  El  imaginativo  sueña,  reproduce,  re- 
construye, hace  propio  lo  mismo  que  ve  y  es  em- 
prendedor. Un  hombre  de  negocios  emprendedor 
sueña  los  negocios,  y  en  cambio  no  puede  decirse 
que  sueña  el  que  se  tiende  sobre  la  hamaca  á  fu- 
mar pensando  en  los  ojos  de  su  novia.  No  hay  nada 
más  pobre,  desde  el  punto  de  vista  de  la  imagina 
ción,  que  la  poesía  erótica. 

Nos  dice  luego  el  autor  hablándonos  no  ya  de 


52 


MIGUEL  DE  ÚNAMUNO 


Cochachamba,  sino  de  Chuquisaca  que  «un  joven 
chuquisaqueño  sabe  cuando  está  bien  hecha  la 
raya  de  su  pantalón,  y  para  él  es  cosa  grave  y 
transcendental  el  saber  partir  en  dos,  matemáti- 
camente, su  cabellera».  Y  esto  no  es  tampoco  más 
que  falta  de  imaginación. 

Al  final  del  capítulo  dice  el  autor:  «  Todo  lo  de 
aspecto  pomposo,  sinuoso,  festoneado,  enguirnal- 
dado, bonito,  fácil  de  comprender,  nos  seduce  y 
entusiasma.  En  arquitectura,  lo  rococó;  en  músi- 
ca, la  melodía  sentimental;  en  pintura,  los  paisa- 
jes ó  escenas  de  caza  ó  guerra,  si  no  el  desnudo; 
en  escultura,  de  igual  modo,  el  desnudo,  pero  no 
el  clásico,  sereno  y  púdico.  La  simplicidad  de 
rasgos  ó  de  líneas,  jamás  nos  dice  nada.  En  medio 
de  esta  civilización  europea,  permanecemos  impa- 
sibles por  falta  de  comprensión,  y  sólo  sentimos 
entusiasmo  por  esas  brillantes  exterioridades  que 
se  ofrecen  á  la  sensualidad  y  son  comprensibles 
sólo  en  su  grosera  apariencia,  y  aun  esto  por  poco 
tiempo,  pues  despierta  en  nosotros  el  espíritu  tar 
tarinesco,  y...  ¡adiós  entusiasmo!  ¡adiós  admira- 
ción! permanecemos  irreductibles  firmemente  con- 
vencidos de  que  por  acá  podrá  haber  todo  menos 
un  «cielo»  como  aquél,  un  «aire»  tan  puro,  ni 
«bosques»  tan  frondosos,  ni  «aves»  tan  pintadas, 
ni  «ríos»  tan  caudalosos,  ni  «montañas»  tan  ele- 
vadas.» 

Acabé  de  leer  esto,  y  me  dije:  ¿Pero  es  que  esto 
se  escribe  sólo  en  Bolivia?  Y  luego  me  fijé  en 
aquello  de  que  buscan  lo  «fácil  de  comprender»  y 
más  adelante. en  lo  de  permanecer  impasibles  por 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


53 


«falta  de  comprensión».  Yo  pondría  lo  «fácil  de 
imaginar»  y  «falta  de  imaginación».  Es  falta  de 
imaginación,  en  efecto,  lo  que  hace  que  uno  per- 
manezca impasible  ante  los  exquisitos  tesoros  ar- 
tísticos en  que  ha  cuajado  la  historia  y  delante  de 
un  templo  románico  no  piense  sino  en  la  incomodi- 
dad del  empedrado. 

En  el  capítulo  V  y  bajo  el  título  de  «Una  de  las 
enfermedades  nacionales» — ¿de  Bolivia  sólo? — 
trata  el  autor  de  la  megalomanía,  é  inserta  frag- 
mentos de  un  folleto  titulado  La  Palabra,  que  en 
1906  publicó  un  candidato  á  diputado  por  la  ciudad 
de  la  Paz.  «Hombre  torrente»  le  llama  el  autor,  y 
este  hombre  torrente,  palabrero  y  altisonante,  re- 
vela la  mayor  pobreza  imaginativa.  Todo  eso  de 
que  la  voz  del  pueblo  es  como  el  rugido  de  los 
leones  en  el  desierto,  y  que  si  se  encoleriza  brama 
en  grandes  oleajes  que  se  levantan  rugiendo  espi- 
rales tremendas  y  caen  mugiendo  en  las  rocas  de 
los  mares,  todo  lo  de  la  caverna  de  Eolo,  donde  se 
oye  el  rugir  vertiginoso  de  los  grandes  huraca- 
nes», todo  eso  [se  ha  dicho  miles  de  veces,  todo 
eso  es  una  mera  repetición  de  los  decrépitos  luga- 
res comunes  que  vienen  hace  siglos  rodando  de 
pluma  en  pluma  y  de  boca  en  boca,  todo  eso  ar- 
guye pobreza  imaginativa.  La  poderosa  imagina- 
ción es  sobria,  ceñida,  precisa. 

«La  oratoria  es  preocupación  general — añade 
Arguedas, — se  ha  visto  que  la  palabra  eleva  y  da 
prestigio;  hoy  son  oradores  todos.  Faltan  ideas, 
pero  desborda  el  verbo.»  Y  si  faltan  ideas  y  des- 
borda el  verbo,  es  porque  falta  imaginación,  de 


54 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


de  donde  las  ideas  brotan3  y  sobra  memoria,  don- 
de las  palabras  se  almacenan. 

En  otro  pasaje  dice  el  Sr.  Arguedas  de  sus  pai- 
sanos, que  son  ágiles  de  cerebro.  Y  yo  pregunto: 
¿Agiles  de  cerebro  ó  ágiles  de  lengua?  Porque  la 
agilidad  de  cerebro  no  se  compadece  con  el  apego 
á  la  rutina  que,  según  el  mismo  autor,  les  carac- 
teriza. 

No;  en  esto  de  la  imaginación  reinan  grandes 
confusiones.  Se  toma  por  imaginación  lo  que  no 
es  sino  facundia  y  una  perniciosa  facilidad  de  ha- 
blar ó  de  escribir.  La  afluencia  de  palabra  no  su- 
pone imaginación.  Ahí,  en  esa  América  española, 
como  aquí,  en  muchas  regiones  de  esta  nuestra 
España,  apenas  hay  á  cierta  edad  joven  que  no 
haya  perpetrado  algunas  rimas  á  su  novia,  á  su 
madre  ó  á  unos  supuestos  primeros  desengaños; 
pero  eso  no  arguye  imaginación ,  eso  no  arguye 
más  que  una  funestísima  facilidad  para  rimar  pa- 
labras con  todos  los  lugares  comunes  de  la  entre 
nosotros  llamada  poesía.  No  creo  que  haya  una 
tal  facilidad  entre  los  jóvenes  ingleses,  y  sin  em 
bargo,  es  dudoso  que  haya  una  poesía  lírica  más 
verdaderamente  poética,  más  exquisita,  más  ima- 
ginativa, más  verdaderamente  imaginativa  que  la 
poesía  lírica  inglesa,  que  la  poesía  lírica  de  ese 
pueblo  al  que  muchos  de  nuestros  papanatas  tie- 
nen por  poco  imaginativo.  Para  descubrir  las  leyes 
de  Newton,  para  inventar  la  máquina  de  vapor  ó 
el  telar  mecánico  hace  falta  enormemente  más 
imaginación — imaginación,  así  como  suena,  imagi- 
nación y  no  sólo  ciencia  ni  paciencia — que  para 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


55 


escribir  las  oquedades  fonográficas  del  folleto  La 
Palabra.  Si  no  tenemos  ni  filosofía  ni  ciencia  pro- 
pias, es  por  no  tener  imaginación  suficiente  para 
hacerlas,  y  por  esta  insuficiencia  imaginativa  es 
tan  hueca,  tan  vacíamente  sonora,  tan  vulgar,  tan 
monótona,  nuestra  literatura  de  lugares  comunes. 

No  es  sólo  en  Cochabamba,  en  casi  toda  la  Amé 
rica  española,  en  casi  toda  España  se  dice  que  tie- 
ne mucha  imaginación  un  caballero  que  se  sabe 
todos  los  más  retumbantes  y  los  más  floridos — con 
flor  de  trapo — lugares  comunes  retóricos  y  los 
zurce  con  gran  facilidad  en  un  momento  dado. 
Pero  cuando  surge  algo  verdadera  y  hondamente 
imaginativo,  algo  que  nos  obliga  á  detenernos 
para  imaginarlo,  casi  todos  estamos  pronto  á  deni- 
grarlo como  extravagancia  ó  paradoja. 

No,  ni  el  verboso  y  rimbombante  es  imaginati- 
vo, ni  el  vivo,  el  listo,  es  inteligente.  Hay  que 
temer  á  los  hombres  de  comprensión  rápida;  los 
que  parecen  comprender  algo  pronto,  lo  compren 
den  casi  siempre  mal.  Entre  nosotros,  y  creo  que 
ahí  más  aún,  sustituye  á  la  sana  comprensión,  á 
la  que  se  funda  en  simpatía  humana,  una  cierta 
malicia.  Somos  pueblos  maliciosos,  recelosos,  pro 
pensos  á  la  burla,  siempre  con  miedo  de  que  se 
nos  tome  de  primos,  siempre  temiendo  una  embos- 
cada ó  un  engaño.  Nuestra  preocupación  ante  un 
desconocido  es  buscarle  el  flaco.  Y  luego  el  em- 
peño de  no  admirarnos.  El  admirarse  es  cosa  de 
patanes. 

¿Que  viene  acá  X.,  una  celebridad  allá  en  su 
tierra?  Vamos  á  oirle,  es  decir,  vamos  á  verle.  Lo 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


mismo  da  que  sea  un  gran  químico  que  un  gran 
ñlósoío,  que  un  literato,  que  un  tenor,  que  una 
bailarina,  que  un  trapecista;  lo  que  importa  es  po- 
der decir  que  se  ha  visto  al  oso  blanco.  Y  ver  si 
es  rubio  ó  moreno  y  si  viste  mejor  ó  peor,  y  cómo 
lleva  la  corbata,  y  qué  tal  acciona,  y  qué  tal  voz 
tiene.  ¿Lo  que  dice?,  y  eso,  ¿á  quién  le  importa?  A 
lo  sumo  como  lo  diga.  Pero  sobre  todo  y  ante  todo 
poder  decir  que  le  hemos  tenido  aquí,  contratado, 
al  famoso  «divo»,  sea  de  la  ciencia,  sea  del  arte, 
sea  de  la  religión.  Y  luego,  en  el  fondo,  no  hay 
que  admirarse.  Eso  de  admirarse  es  cosa  de  pobres 
provincianos.  El  que  tiene  que  admirarse  es  él, 
el  «divo»,  de  que  le  hayamos  traído  y  le  hayamos 
escuchado  y  le  hayamos  aplaudido.  Y  que  no  se 
crea  que  nos  sorprende.  No,  no  hay  que  dejarse 
sorprender;  el  dejarse  sorprender  es  cosa  de  inge- 
nuos, y  la  ingenuidad... 

A  nada  hay  más  miedo  entre  nosotros;  á  nada 
hay  más  miedo  entre  vosotros  que  á  pecar  de  in- 
genuo. Desde  niños  nos  educan  á  ser  maliciosos,  á 
ser  suspicaces.  Y  pasa  por  más  vivo,  por  más  listo, 
el  más  suspicaz  y  más  malicioso.  Se  admira  un  ar- 
tículo felino,  reticente,  en  que  el  autor  procuró 
reventar  á  alguien  con  las  más  corteses  formas. 
Esa  indecente  y  repugnante  costumbre  de  lo  que 
aquí  llamamos  tomar  el  pelo,  del  choteo,  del  maca- 
neo ó  como  queráis  llamarlo — todo  lo  indecoroso 
tiene  muchos  nombres — esa  costumbre  es  un  es- 
tigma. 

Un  muchacho  que  había  pasado  tres  años  en  un 
colegio  inglés  venía  maravillado  de  la  ingenuidad, 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


57 


de  la  simplicidad  de  los  muchachos  ingleses.  Son 
de  lo  más  infantiles  —  me  decía; — cada  uno  de 
nosotros  á  los  doce  años  les  damos  cien  vueltas:  no 
sospechan  que  se  les  esté  tomando  el  pelo;  lo  creen 
todo;  les  falta  malicia.  Y  al  oir  á  este  joven  espa- 
ñol estas  cosas,  pensé  en  esa  poderosa  é  íntima 
lírica  inglesa,  tal  vez  el  más  rico  tesoro  de  imagi- 
nación de  los  tiempos  modernos. 

Hay  que  desacreditar  esa  imaginación  que  se- 
gún el  señor  Arguedas  distingue  á  los  cochamba- 
binos  y  hay  que  repetir  una  y  mil  veces  que  eso  no 
es  imaginación;  hay  que  desacreditar  esa  viveza  de 
nuestros  vivos  y  de  vuestros  vivos,  esa  viveza  hija 
de  malicia  y  que  florece  en  burlas  y  en  tomaduras 
de  pelo.  La  verdadera  imaginación  es  seria  y  gra- 
ve; la  más  honda  inteligencia  desconoce  las  burlas 
hábiles  y  las  habilidades  felinas.  Esa  torpe  viveza, 
hija  del  recelo  y  de  la  invidia,  es  productora  de 
mala  fe,  de  donde  fluyen  las  perfidias.  Y  no  quie- 
ro aquí  recordar  las  terribles  palabras  de  Bolívar, 
que  el  Sr.  Arguedas  estampa  al  principio  del  ca- 
pitulo IX  de  su  obra. 

Ahora  quiero  hablaros  de  otro  vicio  de  que  el 
autor  del  libro  Pueblo  enfermo  nos  habla  varias 
veces,  de  otro  vicio  que  no  deja  de  tener  íntimas 
afinidades  con  esa  viveza  maliciosa,  de  un  vicio 
de  que  habló  terriblemente  en  Chile,  Lastarria,  de 
un  vicio  que  carcome  á  los  pueblos  habladores  é 
imaginativos.  Me  refiero  á  la  envidia,  á  la  terrible 
envidia,  compañera  inseparable  de  la  vanidad. 


DE  CEPA  CRIOLLA 


Cuando  me  disponía  á  ordenar  las  notas  que  so 
bre  la  religión  y  la  religiosidad  griegas  íuí  forman- 
do mientras  leía  la  tan  sugestiva  «Grecia»  de  Gó- 
mez Carrillo,  hete  aquí  que  viene  á  dar  en  mis 
manos  el  libro  de  Martiniano  Leguizamón  que 
lleva  por  título  el  mismo  que  esta  corresponden- 
cia: «De  cepa  criolla». 

Hace  años  que  conozco  á  Leguizamón  como  es- 
critor y  cuando  publicaba  en  La  Lectura  de  Ma- 
drid notas  bibliográfico-críticas  sobre  libros  hispa- 
noamericanos publiqué  alguna  sobré  algunos  de 
sus  libros. 

Una  circunstancia  especialísima  hizo  que  me 
fijase  en  él,  y  fué  su  apellido.  Este  apellido  Legui 
zamón,  que  creo  recordar  es  también  el  de  un 
gaucho  famoso  que  figura  ó  en  Ja  historia  de  Juan 
Moreira  ó  en  otra  análoga  —  pues  escribo  esto  sin 
tener  los  libros  delante  —  es  uno  de  los  apellidos 
más  genuinos  de  mi  tierra  vasca.  Los  Leguizamón 
figuran  entre  los  más  célebres  banderizos  que  en- 
sangrentaron con  sus  luchas  fratricidas  á  Vizcaya 
allá  en  las  postrimerías  de  la  Edad  Media,  y  aun 


60 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


hoy  día  quedan  restos  de  la  antigua  casa-torre  de 
los  Leguizamón  á  orillas  del  río  Nervión  ó  Ibaiza- 
bal,  el  que  atraviesa  Bilbao,  y  no  lejos  de  ésta, 
mi  villa  nativa.  Y  es  por  cierto  el  rincón  solariego 
de  los  Leguizamón  uno  de  los  más  apacibles  y  más 
recogidos  rincones  de  que  en  los  alrededores  de 
Bilbao  puede  gozarse. 

Este  atractivo  de  su  nombre  me  ha  hecho  leer 
los  libros  de  Martiniano  Leguizanión,  y  la  lectura 
de  ellos  me  ha  movido  á  leer  este  nuevo.  Y  ade- 
más, lo  mucho  que  me  interesa  eso  que  llaman 
criollismo. 

En  las  breves  y  algo  dispersas  notas  que  van  á 
seguir  he  de  recalcar  forzosamente  sobre  concep- 
tos que  antes  de  ahora  he  expuesto  en  estas  mis- 
mas columnas;  pero  soy  de  los  que  creen  que  la 
repetición  es  lo  único  eficaz  en  la  vida,  ya  que  la 
vida  misma  no  es  sino  repetición. 

Si  bien  se  mira,  se  observará  que  los  escritores 
y  pensadores  que  más  profunda  traza  han  dejado 
sobre  el  espíritu  humano  han  sido,  por  lo  general, 
hombres  de  muy  pocas,  pero  muy  hondas  y  arrai- 
gadas ideas,  y  que  sus  obras  giran  en  derredor  de 
unos  cuantos,  muy  pocos,  conceptos  fundamenta- 
les, aunque  conceptos  muy  comprensivos.  Y  por 
algo  enseñaba  Santo  Tomás  que  según  se  asciende 
en  la  escala  de  las  inteligencias  se  comprende  el 
universo  con  menos  ideas  hasta  llegar  á  Dios  que 
lo  ve  en  una  sola,  la  de  sí  mismo. 

Me  he  propuesto,  pues,  siempre  reducir  mis  con- 
cepciones á  unas  pocas  ideasy  de  aquí  el  que  tienda 
á  una  cierta  monotonía  y  repetición  de  conceptos. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


61 


Y  dejando  todo  esto  voy  á  ir  pasando  en  revista 
algunas  de  las  afirmaciones  de  Leguizamón,  en  su 
libro  de  cepa  criolla. 

Hablando  del  lenguaje  de  Hidalgo  nos  dice  Le- 
guizamón (pág.  12)  que  aunque  el  tal  lenguaje  no 
es  nuevo  ni  original  por  derivar  del  antiguo  ro- 
mance castellano,  no  puede  negarse  que  el  asunto 
regional  ya  le  da  una  fisonomía  distinta  y  que  la 
adopción  de  modismos  del  país  —  en  que  el  guara 
ni,  el  quichua  y  el  araucano  contribuyeron  con 
gran  aporte  de  voces  nuevas  —  ha  concluido  por 
marcar  diferencias  entre  el  lenguaje  popular  en  la 
madre  patria  y  el  del  criollo  ríoplatense.  Y  en  la 
página  siguiente  añade  que  «como  eran  diametral  - 
mente  diversas  las  tendencias  del  criollo  y  del 
peninsular,  no  podía  ser  idéntico  su  lenguaje». 

¿Diametralmente  diversas?  ¿Pero  es  que  acaso 
Leguizamón  conoce  bien  al  campesino  peninsular? 
¿Es  que  ha  estado  alguna  vez  en  España — y  no  sólo 
en  Madrid — y  ha  estudiado  el  pueblo  de  que  pro- 
cede el  pueblo  criollo?  Pues  yo  le  digo  que  quien 
quiera  encontrar  en  la  literatura  criolla  algo  pro- 
fundo y  netamente  español  debe  ir  á  buscarlo, 
como  yo  lo  he  hecho,  en  Hidalgo  mismo,  en  Asca- 
subi,  en  Estanislao  del  Campo,  en  José  Hernán- 
dez. Todo  ello  es  profunda  é  intensamente  espa- 
ñol, incluso  el  lenguaje.  Como  dije  en  un  estudio 
que  hace  ya  años  dediqué  al  «Martín  Fierro»,  pa- 
rece que  al  encontrarse  los  españoles  ahí  en  con- 
diciones sociales  y  de  lucha  análogas  á  las  que 
aquí  produjeron  nuestros  viejos  romances,  el  alma 
del  romancero  resucitó. 


62 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Cierto  es  que  el  mismo  Leguizamón  llama  poco 
antes  á  la  guitarra  «guitarra  nacional»  y  llamarle 
en  la  Argentina  nacional  á  la  guitarra  es  un  des- 
ahogo del  mismo  género  que  llamarle  idioma  na- 
cional al  idioma  castellano  ó  español  que  en  ella 
se  habla. 

Sí,  nacionales  son  una  y  otro,  ambos  argenti- 
nos, pero  es  porque  ambos  son  españoles.  Me  figu- 
ro que  en  los  Estados  Unidos  llamarán  lengua  in- 
glesa á  la  lengua  que  allí  se  habla. 

Y  cuanto  más  se  estudia  el  habla  criolla,  tanto 
más  se  convence  uno  de  que  muchas  voces  y  giros 
que  en  América  se  estiman  de  origen  guaraní,  qui- 
chua ó  araucano,  son  genuinamente  españoles.  Y 
son  voces  y  giros  que  no  están  anticuados  en  Es- 
paña en  el  habla  popular  de  los  campos,  diga  lo 
que  quiera  el  Diccionario  de  la  Academia,  al  cual 
nadie  le  hace  aquí  más  caso  que  en  América  pue- 
da hacérsele.  No,  «ramada»,  v.  gr.,  en  el  sentido 
en  que  Leguizamón  nos  la  presenta,  no  es  voz  an- 
ticuada en  España,  La  he  oído  yo. 

Recuerdo  que  hablando  un  día  en  mi  cátedra  de 
gramática  histórica  de  la  lengua  española— oficial- 
mente se  le  denomina  de  «filología  comparada  de 
latín  y  castellano»  —  de  la  yoz  «brincar»  ind  qué 
corno  en  portugués  significa  «jugar  ó  juguetear 
con  algo»  y  se  llama  «brinco»  á  un  iuguete,  siendo 
su  acepción  primitiva  la  de  pendiente  de  la  oreja 
ó  arracada,  derivándose  del  latín  «vinculu»,  que 
con  pérdida  de  la  vocal  postónica  interna  dió  «vin- 
clo»  con  el  tan  frecuente  cambio  de  1  en  r  «vin- 
ero» y  con  la  no  menos  frecuente  metátesis  de  la  r 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


63 


«brinco».  Y  añadí:  «si  la  palabra  latina  «vínculu» 
lazo,  atadero,  y  su  plural  neutro  «vincula»  hubie- 
ran pasado  al  castellano,  habrían  tomado  la  forma 
«vincho,  vincha»  como  «cingulu»  dió  «cincho, 
trunculu»  troncho,  «mancula»  (y  no  macula)  man- 
cha, «conchula»  concha,  etc.».  Y  agregué:  «y  no 
podemos  decir  que  la  tal  palabra,  con  algún  sen- 
tido derivado  del  sentido  del  «vinculu»  latino,  no 
subsista  en  alguna  parte».  Y  poco  después  la  leía 
en  el  hermosísimo  libro  de  Ricardo  Rojas  «En  el 
país  de  la  selva»  y  cuando  aquí  estuvo  Rojas  hablé 
con  él  del  caso, 

Y  por  cierto,  ya  que  he  citado  á  Rojas,  he  de 
decir  que  este  intensísimo  escritor,  con  Lugones, 
con  Larreta — el  autor  de  «La  gloria  de  don  Rami- 
ro», admirabilísima  pintura  de  la  España  de  Feli- 
pe II,  y  de  la  que  os  hablaré — y  con  otros,  al  mar- 
car una  tendencia  hacia  el  casticismo  castellano, 
no  sólo  no  renuncian  á  lo  castizo  criollo,  sino  que 
lo  realzan  y  ahondan.  Es  que  las  raíces  de  uno  y 
otro  son  comunes  y  no  hay  nada  de  eso  de  lo 
«diametralmente»  diverso.  Si  Leguizamón  viaja- 
ra por  pueblos  y  lugares  de  España,  y  sobre  todo 
de  Andalucía  y  Extremadura,  se  convencería 
de  ello. 

«¿Charamuscas?...  palabra  insurgente,  barbaris- 
mo  criollo,  exclamará  con  desdén  el  lector  espa- 
ñol», nos  dice  Leguizamón.  No,  amigo,  no;  el  lec- 
tor español  no  exclamará  semejante  cosa  y  menos 
con  desdén.  Y  además,  el  lector  español  lo  que  no 
dirá  es  lo  de  «insurgente»,  porque  esta  palabra, 
que  por  lo  demás  está  muy  bien  y  es  muy  corree- 


04 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


ta,  no  la  usa  el  pueblo  español  ni  creo  que  la  use 
el  pueblo  argentino  y  sí  sólo  los  escritores.  Y  es 
en  esto,  en  los  neologismos  que  inventan  los  escri- 
tores, no  en  los  del  pueblo,  en  lo  que  se  distinguen 
un  poco,  muy  poco  y  nada  diametralmente,  el  es- 
pañol que  se  escribe  en  España  y  el  que  se  escribe 
en  la  Argentina.  Es  la  lengua  de  la  política,  de  la 
banca,  del  deporte,  la  lengua  délas  clases  acomo- 
dadas, la  que  se  distingue  un  poco  más. 

Esa  voz  charamusca  tiene  una  fisonomía  muy 
netamente  castellana  y  no  me  extrañaría  que  se 
conservase  aún  por  acá — aunque  yo  no  la  he  oído — 
y  parece  haber  nacido  de  una  acción  de  influencia 
analógica  entre  las  voces  «chamarasca»  y  «cha- 
muscar» lo  mismo  que  aquí,  en  Salamanca,  la  voz 
«uña»  ha  influido  en  «arañar»,  convirtiéndola  en 
«aruñar».  Y  respecto  á  la  metátesis  de  «chamaras- 
ca» en  «charamusca»  no  hay  sino  recordar,  entre 
otros  casos,  que  «chiribitil»  pasando  por  «chibiri- 
til»  deriva  de  «chibitiril»,  que  es  diminutivo  de 
«chibitero»  que  es  como  llaman  los  campesinos, 
por  lo  menos  los  de  esta  tierra,  al  cobertizo  en  que 
se  guardan  los  chivos. 

«Ella — es  decir,  la  Real  Academia  ™  sigue  encas- 
tillada en  sus  vetustas  interpretaciones,  sorda  á 
toda  voz  que  venga  óe  más  allá  de  las  fronteras 
peninsulares;  mientras  nosotros,  desde  que  nos 
«independizamos»  —  dando  vida  á  este  verbo  in- 
surgente, como  dice  con  no  poca  gracia  Ricardo 
Palma-— no  nos  cuidamos  mucho  en  averiguar  si 
tal  ó  cual  locución  está  en  el  diccionario,  bastán- 
donos saber  que  es  de  uso  corriente  y  que  respon- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


65 


de  á  una  necesidad  idiomática,  para  emplearla». 
Así  escribe  Leguizamón. 

Aquí  hay  dos  cosas.  La  primera  es  la  de  que  la 
Real  Academia  Española  se  haya  resistido  á  in- 
cluir en  su  diccionario  voces  ó  acepciones  ameri- 
canas, y  esto  es  inexacto.  Más  oído  ha  prestado  á 
voces  venidas  de  más  allá  de  las  fronteras  penin- 
sulares que  no  á  voces  regionales  y  locales  de  Es- 
ña  misma;  más  vocablos  de  uso  americano  acogió 
en  su  última  edición,  que  no  provincialismos  espa- 
ñoles. Y  así  sucede  que  algunas  de  esas  voces  ó 
algunas  de  esas  acepciones,  que  como  americanas 
registra,  son  voces  y  acepciones  corrientes  en  al- 
guna región  de  España,  aunque  la  Academia  lo 
ignore. 

Lo  segundo,  es  eso  de  que  los  americanos  de 
lengua  española  no  se  cuiden  mucho  en  averiguar 
si  tal  ó  cual  locución  está  en  el  diccionario.  En 
esto  no  están  solos:  nos  sucede  lo  mismo  á  nos- 
otros. Tampoco  los  españoles — fuera  de  algunos 
mentecatos,  cada  vez  menos,  por  fortuna — cuando 
hablamos  ó  escribimos  nos  cuidamos  de  averiguar 
si  la  Academia  ha  sancionado  ó  no  las  voces  de 
que  nos  servimos. 

Eso  de  la  Academia  es  para  muchos  un  coco, 
algo  así  como  la  inquisición  ó  el  jesuitismo  ó  la  in- 
tolerancia. Y  el  caso  es  que,  hoy  por  hoy,  España 
es  uno  de  los  países  menos  inquisitoriales  y  menos 
académicos  de  Europa;  desde  luego,  mucho,  mu- 
chísimo menos  que  Francia. 

Acaban  de  pasar  por  esta  ciudad  de  Salamanca 
cuatro  distinguidos  profesores  de  la  Universidad 

5 


G6 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


de  Burdeos,  y  entre  ellos  su  rector,  M.  Thamin. 
Y  una  de  las  cosas  de  que  más  se  han  sorprendido 
es  de  la  grande,  de  la  grandísima,  de  la  casi  ili- 
mitada libertad  de  que  goza  el  catedrático  español 
en  su  cátedra.  En  la  vecina  república  se  cuidará 
muy  mucho  un  profesor  oficial  de  combatir  en  su 
cátedra  las  instituciones  fundamentales  del  estado 
ó  de  explicar  la  historia  de  Francia  con  tenden- 
cias legitimistas,  y  cosas  análogas  se  hacen  aquí 
sin  peligro  alguno.  Al  rector  de  la  Universidad  de 
Burdeos  le  sorprendió  ver  fijado  en  la  esquina  de 
una  calle  un  cartel  convocando  á  una  reunión  para 
el  día  de  hoy — 11  de  Febrero — para  conmemorar 
el  aniversario  de  la  proclamación  de  la  república 
española  en  1873.  «¿Pero  es  que  no  hay  monarquía 
en  España?»,  preguntaba,  añadiendo:  «¿Y  cómo 
consiente  esto  el  gobierno?»  Y  hube  de  explicar 
cómo  en  España  lo  más  liberal  que  hay  son  los  go- 
biernos ,  incluso  los  conservadores — y  acaso  éstos 
no  menos  que  los  otros  —  es  el  Estado.  Si  alguna 
intolerancia  hay — y  es  mucha  menos  de  lo  que  se 
dice — será  en  las  costumbres:  en  la  aplicación  de 
las  leyes  reina  el  espíritu  de  más  amplia  libertad. 

Y  en  cuanto  al  academicismo ,  dudo  que  haya 
país  menos  académico.  Y  la  reacción  contra  la  am- 
pulosidad lírica  quintanesca,  de  que  también  nos 
hablaLeguizamón,  no  fué  en  España  menor  que  en 
América.  Cuando  el  quintanismo  dominaba  en  Es- 
paña, dominaba  también,  y  no  con  menos  fuerzas, 
en  la  América  española,  y  es  difícil  encontrar  aquí 
un  poeta  más  quintanista  que  Olmedo ,  pongo  por 
caso  de  poeta  hispanoamericano. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


67 


Los  movimientos  literarios  han  sido  sincrónicos 
en  España  y  en  la  América  española.  Cuando  aquí 
se  quintanizaba,  se  quintanizaba  allí;  cuando  Larra 
hacía  aquí  furor,  Alberdi  le  imitaba  en  la  Argen- 
tina: Núñez  de  Arce  reinó  algún  tiempo  en  uno  y 
otro  hemisferio.  Y  más  recientemente ,  la  influen- 
cia de  Rubén  Darío  no  ha  sido  aquí  menor  que 
allende  el  océano.  El  mismo  afrancesamiento  de 
las  letras  americanas — mucho  menor  y  mucho  más 
superficial  de  lo  que  se  cree  comunmente — ha  sido 
un  afrancesamiento  mediato  ,  á  través  de  traduc- 
ciones y  de  imitaciones  españolas. 

Y  ahora,  para  concluir  «por  ahora»  con  esto,  he 
de  permitirme  dirigir,  más  que  un  consejo,  una  in- 
dicación al  autor  «De  cepa  criolla».  Y  es  que  cuan- 
do quiera  hacer  comparaciones  entre  las  cosas  de 
su  tierra  y  las  cosas  de  España  buscando  diame- 
trales divergencias  entre  ellas,  ni  haga  gran  caso 
de  lo  que  lea  en  los  más  de  los  escritores  españo- 
les que  se  dirigen  á  los  lectores  americanos  —  el 
lector  dirá:  ;pues  tú  eres  uno  de  ellos! — ni  de  lo 
que  oiga  á  los  emigrantes.  Que  no  haga  gran  caso 
de  lo  que  lea  en  los  corresponsales  españoles  de 
diarios  americanos,  porque  los  españoles  tenemos, 
con  raras  excepciones,  la  manía  de  calumniarnos 
y  de  creer  que  son  peculiares  nuestros  males  y  de 
exagerarlos.  Y  que  no  haga  gran  caso  de  lo  que 
oiga  á  los  emigrantes,  porque  éstos  no  proceden, 
por  lo  común ,  y  esto  no  es  denigrarlos  ni  mucho 
menos,  de  las  clases  más  cultas.  El  emigrante,  sea 
de  donde  fuere,  no  es  el  que  mejor  representa  á 
su  patria. 


68  MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Es  más  que  prooable  que  si  alguna  vez  se  en- 
cuentra un  criollo  con  un  español  le  critique  un 
vocablo  ó  un  giro  genuino  y  castizamente  español. 
Corren  en  boca  del  pueblo  argentino  muchedum- 
bre de  vocablos  y  de  giros  de  origen  andaluz  ó  ex- 
tremeño que  no  habrá  oído  en  su  vida  un  vasco, 
un  asturiano,  un  montañés,  un  gallego  ó  un  cata- 
lán. Precisamente  hasta  hace  poco  la  emigración 
á  la  América  partía,  sobre  to.io,  de  las  regiones 
españolas  en  que  no  tiene  tradición  el  lenguaje 
castellano,  de  las  regiones  en  que  aún  se  conserva 
el  vascuence,  el  bable,  el  pasiego,  el  gallego  ú 
otra  habla  no  genuínamente  castellana.  Y  esta 
emigración  se  encontraba  con  un  pueblo  cuya  más 
primitiva  y  más  genuína  cepa  popular  era,  sobre 
todo,  de  origen  andaluz  y  extremeño,  como  pro- 
cedente de  aquellos  tiempos  en  que  era  de  Sevilla 
de  donde  partían  los  más  de  los  aventureros  que 
se  embarcaban  para  las  Indias  Occidentales.  Y 
esta  primitiva  cepa  criolla,  la  cepa  andaluza  y  ex- 
tremeña, no  ha  sido  borrada  en  mucho  tiempo  por 
los  sucesivos  aluviones  de  gentes  del  litoral  can- 
tábrico. 

Créame  Leguizamón:  cuanto  más  leo  á  los  es- 
critores americanos  que  critican  el  criollismo,  más 
me  convenzo  de  que  en  ese  criollismo  entra  lo  es- 
pañol andaluz,  extremeño  y  castellano  casi  por 
todo,  y  casi  por  nada  lo  guaraní,  quichua  ó  arauca- 
no. Aunque  tampoco  me  extrañaría  que  hubiese 
secretas  é  íntimas  afinidades  entre  andaluces,  ex- 
tremeños y  castellanos  de  un  lado  y  de  otro  lado 
guaraníes,  quichuas  y  araucanos.  Muy  representa- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


69 


tivos  me  parecen  aquel  Almagro  hijo,  el  mestizo, 
que  tanto  papel  jugó  en  las  primitivas  guerras  ci- 
viles del  Perú  y  aquel  historiador  Garcilaso  de  la 
Vega,  mestizo  también  como  él  y  que  narró  sus 
hazañas.  Uno  y  otro  tan  españoles  como  indios. 


EDUCACION  POR  LA  HISTORIA 


Tengo  aquí,  á  la  vista,  el  último  libro  de  Ricar- 
do Rojas,  «La  restauración  nacionalista.  Informe 
sobre  Educación»;  siento  necesidad  íntima  de  ha- 
blar sobre  él,  ó  mejor  dicho,  de  hablar  sobre  los 
problemas  que  suscita  y  sobre  la  manera  de  susci- 
tarlos, y  no  sé,  ciertamente,  por  dónde  empezar. 
¡Son  tantas  las  cosas  que  este  libro  contiene  y  de 
tanto  alcance  todas  ellas!  Veamos,  sin  embargo. 

El  presidente  de  esa  República  Argentina  comi- 
sionó á  Rojas  para  que  estudiase  el  régimen  de  los 
estudios  de  historia  en  Europa,  y  de  esta  comisión 
ha  salido  el  libro. 

Debo  empezar  por  declarar  que  mi  gusto  por  la 
historia  es  muy  tardío;  me  ha  ido  entrando  con  los 
años.  Siendo  yo  mozo  tenía  una  decidida  afición 
por  los  estudios  filosóficos  y  por  la  literatura,  pero 
la  historia  me  hastiaba.  Y  me  hastiaba  sin  haberla 
realmente  probado.  Abrigaba  en  contra  de  ella 
todas  Jas  prevenciones  que  han  abrigado  otros  mu- 
chos, entre  ellos  Schopenhauer.  Creía  con  éste 
que  la  historia  nos  enseña  á  conocer  más  bien  á 
los  hombres  que  no  al  hombre;  nos  da  noticias  em- 


72 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


píricas  respecto  á  la  conducta  de  los  unos  para  con 
los  otros,  más  bien  que  una  visión  de  su  esencia, 
y  que  quien  ha  leído  á  Heródoto  no  tiene  mucho 
más  que  aprender  de  la  historia.  La  historia  nos 
muestra  más  bien  sucesos  que  no  hechos:  tal  era 
mi  noción. 

Leía,  sin  embargo,  á  los  historiadores  artistas,  y 
sobre  todo,  á  los  que  nos  presentan  retratos  de 
personajes.  Me  han  interesado  siempre  las  almas 
humanas  individuales  mucho  más  que  las  institu- 
ciones sociales.  Un  historiador  como  Oliveira  Mar- 
tins,  verbigracia,  gran  pintor  de  almas,  ó  como 
Carlyle — á  quien  he  traducido — ,  me  encantan. 

Empecé  después  á  comprender  que  la  historia 
nos  da  materiales  para  eso  que  se  llama  la  socio- 
logía, pero  á  esta  tan  decantada  y  asendereada 
sociología  le  tengo  una  fuerte  manía.  Apenas  hay 
para  mí  cosa  más  insoportable  que  los  libros  lla- 
mados de  sociología,  conjunto  de  perogrulladas  y 
vaciedades,  mezcladas  con  síntesis  fantásticas  por 
lo  general.  Me  figuro  que  dentro  de  medio  siglo 
caerá  sobre  esta  flamante  sociología  un  descrédito 
tan  grande  como  el  que  hoy  pesa  sobre  la  filosofía 
de  la  historia  desde  hace  medio  siglo. 

Se  me  hacían  y  siguen  todavía  haciéndoseme 
insoportables  esos  eruditos  de  historia  á  que  Rojas 
se  refiere  en  la  nota  de  la  página  25  de  su  obra, 
eruditos  que  se  limitan  á  publicar  textos,  atenién- 
dose á  la  letra  y  fingiendo  desdeñar  la  imagina- 
ción, ya  que  no  les  ha  sido  concedida.  Esta  pedan- 
tería vino,  como  otras  muchas  pedanterías,  de  Ale- 
mania. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


73 


Pero  según  he  ido  entrando  en  años,  y  eso  que 
no  soy  viejo,  he  ido  poco  á  poco  aficionándome  á 
la  historia,  y  ahora  los  libros  históricos  forman  una 
buena  parte  de  los  que  leo.  Son  los  que  mejor  me 
hacen  matar  el  tiempo.  Si  son  buenos,  quiero  de- 
cir, artísticos,  los  prefiero  con  mucho  á  las  novelas. 
Las  obras  históricas  de  Taine,  de  Michelet,  de 
Saint-Beuve  (su  «Port- Royal»),  de  De  Barante, 
de  Gastón  Boissier,  para  no  atenerme  ahora  más 
que  á  los  franceses,  me  resultan  mucho  más  entre- 
tenidas que  cualquier  novelista  de  los  suyos,  y  no 
digo  de  Zola,  porque  las  novelas  de  éste  tienen 
mucho  más  de  historia  mala  que  de  novela  buena. 

Y  he  comprendido  por  fin  cuán  profunda  verdad 
encierra  la  sentencia,  expresada  también  por  Ro- 
jas, de  que  la  historia  es  educativa,  no  instructiva. 
«Decir  que  no  pueden  extraerse  de  ella  principios 
permanentes  de  conducta  —  escribe  Rojas  — ,  es 
sólo  decir  que  la  historia  no  es  la  moral.» 

Y  como  Rojas  parece  que  se  preocupa,  con  ex- 
celente acuerdo,  de  la  educación  cívica  más  bien 
que  de  la  instrucción  técnica  de  su  pueblo,  de  ahí 
que  exalte  la  importancia  de  la  enseñanza  adecua- 
da de  la  historia. 

Mi  joven  amigo,  ese  tan  hondo  y  tan  noble  y  tan 
penetrante  patriota  argentino,  me  parece  que  ve 
en  esto  muy  claro.  Conozco  hombres  nada  esca- 
sos de  instrucción  técnica — que  es  la  que  da  dine- 
ro— en  el  ramo  á  que  profesionalmente  se  dedican 
y  aun  en  oíros  y  los  conozco  también  que  no  ca- 
recen de  una  cierta  ilustración  general,  principal- 
mente literaria  y  de  las  novedades  en  moda,  que 


1 


74  MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Les  permite  hacer  regular  papel  en  sociedad,  pero 
faltos  unos  y  otros  de  sólida  educación  humana, 
de  íntima  religiosidad  de  la  vida,  de  elevadoras 
preocupaciones.  Son  gentes,  como  Rojas  dice  de 
las  nuevas  generaciones  argentinas,  de  un  innoble 
materialismo  que  les  lleva  á  confundir  el  progreso 
con  la  civilización.  Yo  diría  más  bien  con  la  cultu- 
ra. Y  sin  esa  nueva  idea — como  dice  muy  bien  mi 
noble  amigo,  vuestro  gran  patriota— «no  consegui- 
remos ni  fundar  una  patria  ni  servir  con  nuevos 
dones  á  la  humanidad». 

¿Cómo  no  he  de  aplaudir  estas  predicaciones 
idealistas  de  Rojas  yo,  que  apenas  hago  aquí  otra 
cosa  que  predicar  idealismos? 

¿Y  cómo  no  he  de  aplaudir  su  nacionalismo  yo 
que  como  él,  he  hecho  cien  veces  notar  todo  lo  que 
de  egoísta  hay  en  el  humanitarismo?  He  de  repe- 
tir una  vez  más,  lo  que  ya  he  escrito  varias  veces, 
y  es  que  cuanto  más  de  su  tiempo  y  de  su  país  es 
uno  más  es  de  los  tiempos  y  de  los  países  todos  y 
que  el  llamado  cosmopolitismo  es  lo  que  más  se 
opone  á  la  verdadera  universalidad. 

El  tan  decantado  cosmopolitismo  bonaerense 
creo  sea  el  mayor  obstáculo  para  la  universaliza- 
ción de  la  patria  argentina,  para  que  ésta  llegue  á 
cumplir  una  misión  en  la  historia  humana.  No  me 
parece  que  se  deban  tomar  muy  á  la  letra  las  pala- 
bras de  Sarmiento  en  su  discurso  déla  bandera. 

Los  verdaderos  y  buenos  patriotas  se  entienden 
mejor  á  través  de  sus  respectivas  patrias  que  no 
los  antipatriotas,  los  humanitaristas  de  una  huma- 
nidad abstracta  y  utópica.  Así  Rojas  y  yo,  él  ra- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


75 


dicalmente  argentino  y  radicalmente  aspañol  yo, 
nos  etendemos  muy  bien. 

He  aquí  unas  palabras  de  él,  de  Rojas,  que  hago 
mías:  «El  cosmopolitismo  en  los  hombres  y  las 
ideas,  la  disociación  de  viejos  núcleos  morales,  la 
indiferencia  para  con  los  negocios  públicos,  el  ol- 
vido creciente  de  las  tradiciones,  la  corrupción 
popular  del  idioma,  el  desconocimiento  de  nuestro 
propio  territorio,  la  falta  de  solidaridad  nacional, 
el  ansia  de  la  riqueza  sin  escrúpulos,  el  culto  de 
las  jerarquías  innobles,  el  desdén  por  las  altas  em- 
presas, la  falta  de  pasión  en  las  luchas,  la  venali- 
dad del  sufragio,  la  superstición  por  los  nombres 
exóticos,  el  individualismo  demoledor,  el  despre- 
cio por  los  ideales  ajenos,  la  constante  simulación 
y  la  ironía  canalla — cuanto  define  la  época  ac- 
tual— comprueban  la  necesidad  de  una  reacción 
poderosa  en  favor  de  la  conciencia  nacional  y  de 
las  disciplinas  civiles». 

¡Bien,  amigo  Rojas,  bien,  muy  bien!  Y  si  la  iro- 
nía canalla  se  ceba  en  usted,  como  alguna  vez  se 
ha  cebado  en  mí,  y  en  una  ú  otra  forma  le  llaman 
macaneador,  lírico  ó  cristo,  mejor  para  usted.  No 
haga  caso  á  la  envilecida  malicia  metropolitana. 
Aspiremos  á  que  se  nos  pongan  bajo  «el  divino 
nombre  de  Quijote».  Bien,  muy  bien,  amigo  Ro- 
jas, y  firme  y  duro  en  la  pelea,  que  siempre  se 
gana. 

No  pocos  de  esos  males  que  Rojas  señala  en  las 
páginas  88  y  89,  de  su  obra,  los  padecemos  tam- 
bién por  acá,  donde  no  hace  menos  falta  que  ahí 
una  restauración  nacionalista.  Los  destrozos  de 


76 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


toda  clase  de  anarquismo — y  el  peor  es  el  de  los 
poderosos  y  bien  acomodados,  que  rechazan  el 
nombre,  pero  abrigan  la  cosa — han  sido  y  siguen 
siendo  aquí  enormes.  Aquí,  como  ahí,  una  litera- 
tura plebeya  y  una  filosofía  egoísta,  que  disimula- 
ba bajo  manto  de  filantropía  su  regresión  hacia 
los  instintos  más  oscuros,  ha  causado  algún  daño, 
en  estos  últimos  tiempos,  á  la  idea  de  patriotismo; 
aquí,  como  ahí,  el  innoble  veneno,  profusamen- 
te difundido  en  libros  baratos  por  ávidos  edito- 
res, ha  contaminado  á  las  turbas  ignaras  y  á  la 
«adolescencia  impresionable».  Tiene  mucha  razón 
Rojas  al  decir  que  «ha  sido  una  de  las  aberracio- 
nes democráticas  de  nuestro  tiempo  y  de  nuestro 
país,  que  la  obra  de  alta  y  peligrosa  filosofía  cir- 
culase en  volúmenes  económicos,  más  asequible 
que  el  libro  nacional  ó  que  los  Manuales  de  es- 
cuela». 

¡Cuánto  no  vengo  yo  predicando  contra  esas 
malas  bibliotecas  baratas,  de  obras  mutiladas  y 
pésimamente  traducidas,  que  aquí  explotó  sobre 
todo  un  ávido  editor  no  español  y  creo  que  de 
ninguna  otra  patria  tampoco!  Pobres  obreros,  que 
ignoran  los  rudimentos  de  las  ciencias,  que  desco- 
nocen el  teorema  de  Pitágoras  y  la  ley  de  la  caída 
de  los  graves,  que  no  distinguen  los  pistilos  de  los 
estambres,  ni  el  páncreas  del  bazo,  y  se  meten 
á  leer  libros,  no  de  ciencia,  sino  de  pseudo-filoso- 
fía  pseudo-científica,  en  que  se  nos  afirma  muy 
seriamente  que  ya  no  hay  en  el  Universo  enigmas, 
ni  misterios,  ni  alma,  ni  patria,  ni  Dios. 

Sí,  tiene  razón  Rojas;  «se  hace  necesario  pro- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


77 


clamar  de  nuevo  la  afirmación  de  los  viejos  idea- 
les románticos  y  decir  que  «en  las  condiciones  ac- 
tuales de  la  vida  esa  fórmula  contraria  á  la  pa- 
tria implica  sustituir  el  grupo  humano  concreto 
por  una  humanidad  en  abstracto,  que  no  se  sa- 
bría cómo  servir».  Y  véase  lo  que  son  las  cosas; 
el  más  conspicuo  y  saliente  de  los  ácratas  ó  anar- 
quistas españoles  no  hace  todavía  muchos  años, 
anda  haciendo  ahora  de...  catalanista!  Después  de 
haber  combatido  las  patrias  todas  en  nombre  de 
la  humanidad,  se  entretiene  ahora  en  trazar  ri- 
dículos y  desatinados  paralelos  entre  los  castella- 
nos y  los  catalanes.  Y  he  conocido  otros  anar- 
quistas así,  llenos  de  prejuicios  localistas  y  de 
campanario. 

Hay  en  la  pintura  que  Rojas  traza  del  estado  ac- 
tual de  su  patria  una  observación  en  que  me  he 
detenido,  porque  responde  á  una  de  mis  más 
arraigadas  preocupaciones,  y  es  donde  dice  que 
falta  á  los  argentinos  aquella  aptitud  metafísica 
que  salvó  del  desastre  á  los  alemanes. 

Sin  entrar  á  tratar  ahora  si  fué  ó  no  la  aptitud 
metafísica  lo  que  á  los  alemanes  calvara,  aunque 
conforme  en  el  fondo  de  ello  con  Rojas,  sí  he  de 
hacer  notar  que  siempre  me  ha  llamado  la  aten- 
ción el  desvío,  disgusto  ó  poca  aptitud,  no  ya  sólo 
de  los  argentinos,  sino  de  los  hispano  americanos 
todos,  para  con  los  estudios  metafísicos  y  genui- 
ñámente  filosóficos.  La  filosofía  que  por  ahí  priva 
suele  ser  una  filosofía  dilettantesca,  con  rtiás  de 
literatura  que  de  filosofía,  ó  una  cierta  pseudo- 
filosofía  cientificista  y  no  científica.  Se  conoce 


78 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


mejor  á  Spencer  que  á  Stuart  Mili,  y  se  lee  más  á 
Nietzsche  que  á  Kant  ó  á  Hegel.  Y  así  sucede  que 
un  hombre  como  el  doctor  Carlos  Vaz  Ferreira,  el 
profesor  de  Filosofía  de  Montevideo,  uno  de  los 
hombreá  de  pensamiento  filosófico  más  penetran- 
te, hondo  y  robusto  que  yo  conozca,  apenas  tenga 
el  prestigio  y  predicamento  que  merece,  mientras 
privan  otras  elucubraciones  más  agradables  tal 
vez,  más  amenas  ó  más  brillantes,  pero  en  exceso 
literarias  y  vagas. 

Y  me  he  preguntado  muchas  veces  si  esa  falta 
de  aptitud  metafísica  de  que  nos  habla  Rojas  no 
tendrá  una  cierta  relación  con  el  escaso  interés 
que  me  parece  despiertan  ahí  los  eternos  proble- 
mas religiosos,  el  de  la  finalidad  última  del  uni- 
verso, el  de  la  persistencia  de  la  conciencia,  el  de 
la  inmortalidad  del  alma,  el  de  la  comprensión  de 
Dios. 

Por  mi  parte,  no  acierto  á  explicarme  un  sólido 
patriotismo  sin  una  cierta  base  religiosa.  Claro 
está  que  no  quiero  decir  precisamente  base  dog- 
mática de  una  iglesia  determinada,  sino  que  no 
me  explico  una  patria  que  sea  tal,  un  pueblo  que 
t-nga  un  cierto  vislumbre  de  su  misión  y  papel  en 
el  mundo  no  siendo  que  su  conciencia  colectiva 
responda,  aunque  sea  por  manera  oscura,  á  los 
grandes  y  eternos  problemas  humanos  de  nuestra 
finalidad  última  y  nuestro  destino.  Lo  que  da  más 
fuerza  al  ardiente  y  místico  patriotismo  de  un 
Mazzini,  pongo  por  caso,  es  su  fuprte  base  reli- 
giosa. El  problema  religioso  fué  el  que  más  le 
preocupó  siempre. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO  79 


No  digo  yo  que  este  problema  no  preocupe  ahí 
á  nadie.  Precisamente  estos  días  he  estado  repa- 
sando las  obras  de  Francisco  Bilbao,  el  chileno, 
el  entusiasta  de  Lammenais  y  de  Edgardo  Quinet, 
y  en  él  se  ve  bien  clara  la  preocupación  religiosa. 
Ni  creo  tampoco  que  sea  tan  aislado  el  caso  del 
sacerdote  peruano  VigiL  Pero  se  me  antoja  que 
todo  esto  es  por  ahí  mucho  más  raro  que  en  estos 
pueblos  europeos.  Así  como  se  me  antoja  también 
que  alcanza  ahí  mucha  más  extensión  que  aquí  lo 
de  confundir  el  progreso  con  la  civilización—se- 
gún la  fórmula  de  Rojas — y  un  cierto  supuesto  po- 
sitivismo práctico,  á  base  de  cientificismo  barato 
y  de  última  edición  popular,  que  cree  pisar  en  fir- 
me terreno  de  realidades  concretas.  Un  estudio 
del  pensamiento  del  gran  Sarmiento  nos  ilustraría 
mucho  á  este  respecto. 

Y  he  ahí  otra  razón  por  qué  me  parece  lauda- 
ble y  fecunda  la  labor  por  Rojas  emprendida.  El 
patriotismo  de  éste  tiene  una  cierta  exaltación, 
aunque  serena  y  contenida,  y  á  las  veces  frisa  con 
una  especie  de  religión  de  la  patria.  Descansa  en 
cimiento  de  íe.  Se  ve  en  él  un  constante  anhelo 
de  dar  á  conciencia  la  americanidad— permitidme 
esta  palabra,  que  no  equivale  á  americanismo,  voz 
que  lleva  esa  fea  coleta  del  ismo — un  esfuerzo  por 
hacerla  consciente. 

Toda  su  labor  conspira  á  eso,  á  fundarla  verda- 
dera^ durable  independencia  de  su  pueblo,  la  in- 
dependencia espiritual.  Independencia  relativa, 
claro  está,  ya  que  en  rigor  no  hay  nadie  indepen- 
diente. Todos  vivimos  dependiendo  los  unos  de 


80 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


los  otros;  he  aquí  un  incontrovertible  lugar  co- 
mún. Pero  llamamos  independiente  á  aquel  que  se 
apropia  y  asimila  lo  que  los  otros  le  dan,  que  lo 
toma  como  alimento  que  en  propia  sustancia  y  á 
imagen  y  semejanza  de  ella,  lo  elabora.  Y  es  un 
pueblo  espiritualmente  independiente  el  que  crece 
orgánicamente,  por  asimilación  de  materia,  y  no 
mecánicamente  por  yuxtaposición  de  ella. 

Con  las  ideas  ocurre  como  con  los  hombres,  y 
es  que  así  como  un  país  puede  crecer  por  inmi- 
gración de  gentes,  poco  orgánicamente,  por  apor- 
te de  elementos  extraños  que  no  se  asimila  del 
todo,  así  un  espíritu  con  las  ideas.  Y  así  también 
un  espíritu  colectivo.  El  que  la  Argentina,  pongo 
por  caso,  no  acabe  de  asimilarse  todas  esas  «colo- 
nias» que  acuden  á  explotarla,  no  me  parece  que 
es  mal  mayor  que  el  mal  de  que  el  espíritu  colec- 
tivo de  su  clase  ilustrada  no  acabe  tampoco  de 
asimilarse  las  colonias  de  ideas — algunas  de  dese- 
cho— que  acuden  ahí.  Me  parece  que  dice  muy 
bien  Rojas  al  decir:  «Vivimos  á  la  espera  del  barco 
de  ultramar,  que  antes  venía  cada  tres  meses  con 
noticias  de  Cádiz,  y  que  ahora  llega  cada  día  con 
noticias  de  Francia  ó  de  Inglaterra». 

Y  Rojas  ha  tomado  el  problema  por  donde  debe 
tomársele,  por  la  enseñanza  pública.  Quiere  que 
las  escuelas  sean  nacionales,  propias,  y  que  en 
ellas  se  fragüe  la  «argentinidad»  espiritual.  Mas 
como  esta  voz  es  de  mi  cosecha,  y  aun  me  queda 
no  poco  que  decir,  lo  dejaré  para  otro  artículo. 


SOBRE  LA  ARGENTINIDAD 


En  mi  correspondencia  anterior,  primera  de  las 
que  dedico  al  libro  de  Ricardo  Rojas,  La  restau- 
ración nacionalista,  libro  henchido  de  sugestio- 
nes, usé  de  dos  palabras  que  ignoro  si  han  sido  ó 
no  usadas  ya,  pero  que  ciertamente  no  corren  mu- 
cho. Son  las  palabras  americanidad  y  argentini- 
dad.  Ya  otras  veces  he  usado  la  de  españolidad  y 
la  de  hispanidad.  Y  los  italianos  emplean  bastante 
la  voz  «italianitá». 

Fué  leyendo  al  gran  historiador  y  psicólogo  por- 
tugués Oliveira  Martins  como  me  hirió  la  imagi- 
nación la  voz  «hombridade»  que  aplican  á  los  cas- 
tellanos. Tenernos,  es  cierto,  la  voz  hombría  en 
el  gii o  «hombría  de  bien»,  pero  hombridad  me 
pareció  un  hallazgo.  No  es  lo  mismo  que  humani- 
dad, voz  que  siendo  de  origen  erudito,  se  halla 
estropeada  por  aplicaciones  pedantescas  y  secta- 
rias. Y  no  es  tampoco  uno  de  esos  terribles  ter- 
minachos en  ismo,  tal  como  humanismo,  termina- 
chos que  huelen  á  secta  y  á  doctrina  abstracta. 
Hombridad  es  la  cualidad  d£  ser  hombre,  de  ser 
hombre  entero  y  verdadero,  de  ser  todo  un  hom- 

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MIGUEL  DE  UNAMUNO 


bre.  Decir,  pues,  de  uno  que  tiene  hombridad, 
equivale  á  decir  de  él  que  es  todo  un  hombre.  ¡Y 
son  tan  pocos  los  hombres  de  quienes  pueda  de- 
cirse que  sean  todo  un  hombre! 

Al  hablar,  pues,  de  americanidad  ó  de  argenti- 
dad,  quiero  hablar  :de  aquellas  cualidades  espiri- 
tuales, de  aquella  fisonomía  moral — mental,  ética, 
estética  3'  religiosa — que  hace  al  americano  ame- 
ricano y  al  argentino  argentino.  Y  si  no  me  enga- 
ño, á  eso  tiende  la  labor  de  Rojas,  á  sacar  á  flor  de 
conciencia  colectiva  la  argentinidad  para  que  se 
robustezca  y  defina  y  acreciente  al  aire  de  ]a  vida 
civil  y  de  la  historia. 

Rojas,  continuador  de  la  obra  de  los  Sarmiento, 
Alberdi,  Mitre  3^  otros  grandes  conductores  de  su 
pueblo,  cita  aquellas  palabras  del  primero  de  és 
tos:  «¿Somos  nación?  ¿Nación  sin  amalgama  de  ma 
teriales  acumulados,  sin  ajuste  ni  cimiento?  ¿Ar- 
gentinos? Hasta  dónde  y  desde  cuándo  bueno  es 
darse  cuenta  de  ello.» 

Y  aquí  un  alto. 

Es  fácil  que  alguno  de  mis  lectores  criollos,  so- 
bre todo  alguno  de  los  que  estén  tocados  de  la 
«ironía  canalla»  de  que  Rojas  nos  habla,  imagi- 
nándose que  estoy  macaneando  me  interrumpa  por 
lo  bajo,  diciéndome:  «Pero,  ¿y  á  usted  quién  le 
da  vela  en  este  entierro  ? »  ó  en  el  giro  correspon- 
diente que  ahí  se  use.  A  usted — se  dirá — ¿qué  le 
va  ni  le  viene  en  este  pleito?  Voy  á  ello. 

Aquí  podría  yo,  en  propia  apología,  presentar 
los  memoriales  que  me  acreditan  como  uno  de  los 
pocos,  de  los  poquísimos  europeos  que  se  han  in- 


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teresado  por  el  conocimiento  de  las  cosas  de  Amé- 
rica, y  algunos  de  esos  memoriales  podría  sacar- 
los de  la  obra  misma  de  Rojas,  que  me  sirve  de 
tema  para  estos  mis  actuales  comentos. 

Tiene  mucha  razón  Rojas  cuando  acusa  á  los 
europeos  de  poca  curiosidad  cosmopolita,  y  cuan- 
do, no  sin  cierto  dejo  de  modestia,  se  queja  de 
que  por  acá,  por  Europa,  hay  gentes  que  pasan 
por  cultas,  que  apenas  si  saben  hacia  dónde  cae 
Buenos  Aires.  Esto  es  muy  cierto,  y  es  tanto  más 
cierto  cuanto  el  país  europeo  sea  más  adelantado. 

Puede  asegurarse  que  en  ciertos  respectos  el 
máximo  de  ignorancia  alcanzan  las  clases  medias, 
la  burguesía  de  la  cultura  en  París,  Londres  y 
Berlín.  La  insipiencia  del  parisiense  de  buena 
cepa,  respecto  á  lo  que  pasa  más  allá  de  Batigno- 
lles,  es  proverbial.  Lo  reconocen  ellos  mismos  y 
hasta  se  jactan  de  semejante  cosa. 

Creo  ser  una  excepción  á  esta  incuriosidad  eu- 
ropea. No  sólo  me  han  interesado  y  me  interesan 
las  cosas  de  toda  América,  sino  que  soy  una  de 
las  excepciones  á  la  profunda  ignorancia  que  aquí 
reina  respecto  á  la  historia,  literatura  y  arte  de 
Portugal.  Esta  mi  incurable  plurilateralidad  de 
atención,  este  espíritu  curioso  por  todo  lo  que  en 
todas  partes  pasa,  me  llevó  á  aprender  danés — ó 
noruego,  que  es  lo  mismo,  —  para  poder  leer  sobre 
todo  á  un  hombre,  á  Kierkegaard,  y  he  estado  á 
punto  de  aprender  rumano  para  leer  á  otro.  Y  de 
cada  país  me  interesan  los  que  más  del  país  son, 
los  más  castizos,  los  más  propios,  los  menos  tra- 
ducidos y  menos  traductibles. 


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MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Hay,  por  ejemplo,  poetas  ingleses  que  han  lle- 
gado á  hacerse  poetas  cosmopolitas  por  así  decir- 
lo, á  quienes  se  traduce  é  imita,  tal,  en  primer 
lugar,  lord  Byron.  Y  con  él,  aunque  menos,  se  ha- 
bla de  Shelley  y  de  Tennyson,  y  de  otros.  Pero  yo 
prefiero  á  los  más  indígenas,  á  los  más  propios,  á 
los  de  más  anglicanidad.  Debo  confesar  que  una 
de  las  cosas  que  más  me  llevó  á  engolfarme  en 
Wordsworth  es  el  que  apenas  se  le  cite  fuera  de 
Inglaterra,  y  sobre  todo,  el  que  los  franceses 
que  conocen  literatura  inglesa,  sientan  un  cierto 
desvío  hacia  él.  Y  me  recrea  Browning,  á  pesar 
de  sus  oscuridades. 

Y  así  de  los  escritores  y  pensadores  argentinos 
he  buscado,  no  á  esos  sociólogos  traducidos,  ó  á 
esos  poetas  en  un  tiempo  modernistas,  y  hoy  no  sé 
qué,  que  me  dicen  mejor  ó  peor  —  generalmente 
peor,  —  lo  mismo  que  estoy  harto  de  oir  aquí,  sino 
á  aquellos  más  de  la  tierra,  más  verdaderamente 
nativos,  pero  nativos  de  verdad,  y  no  tampoco  por 
moda  de  criollismo  literario  y  macaneante,  á  aque- 
llos que  me  revelan  la  argentinidad  latente.  Y  he 
aquí  por  qué  he  sido  tan  devoto  lector  y  tan  entu- 
siasta panegirista  de  Sarmiento.  Sin  mucha  efica- 
cia aquí. 

Sin  mucha  eficacia,  repito.  A  raíz  de  una  confe- 
rencia que  di  en  el  Ateneo  de  Madrid,  y  en  que 
hablé  como  suelo  siempre  hacerlo  del  gran  Sar- 
miento, surgió  entre  algunos  jóvenes  ateneístas  la 
idea  de  dirigir  á  la  Junta  de  aquel  Centro  de  cul- 
tura una  instancia  pidiendo  que  adquiriera  para 
su  biblioteca  las  obras  de  aquél.  Y  no  debieron  de 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


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haberse  adquirido,  por  cuanto  al  ir  á  dar  uno  ó  dos 
años  después  otra  conferencia  en  aquel  mismo 
Centro  Rojas,  tuvo  que  procurarse  el  Fecundo,  los 
Recuerdos  de  provincia  y  los  Viajes  de  mi  libre- 
ría particular,  pues  en  Madrid  no  pudo  obtenerlos. 
Hace  pocos  días  ha  pronunciado  un  discurso  en 
ese  mismo  Centro  Belisario  Roldán:  ha  sido  estre- 
pitosamente aplaudido,  y  la  prensa  toda  se  ha  des- 
hecho en  elogios  á  su  elocuencia.  En  ese  discurso 
habló  de  Sarmiento,  según  mis  noticias,  con  la 
conmovida  devoción  con  que  debe  hablar  todo 
argentino  de  aquel  genio  á  quien  tantas  veces  se 
le  trató  de  loco  en  vida  por  la  ironía  canalla.  Pues 
bien,  os  aseguro  que  no  ha  conseguido  Roldán  el 
que  uno  solo  de  sus  oyentes  se  haya  decidido  á 
pedir  una  siquiera  de  las  obras  de  Sarmiento. 

Además — y  vaya  esto  por  vía  de  digresión,  —  es 
tan  difícil  encontrar  aquí  libros  americanos...  Y  la 
gente  que  no  se  molesta.  Por  recomendación  mía 
ha  habido  quienes  han  buscado  en  las  librerías  de 
Madrid  las  Conferencias  y  discursos  del  gran 
poeta-orador  Zorrilla  de  San  Martín  y  el  libro  Ideas 
y  observaciones  del  gran  pensador  y  pedagogo  Vaz 
Ferreira,  orientales  ambos,  y  al  no  encontrarlos, 
no  han  hecho  gestión  alguna  ulterior  para  procu- 
rárselos. 

Ahora  sí,  parece  como  que  aquí  escritores,  po- 
líticos, literatos  y  artistas  agitan  un  poco  más  eso 
Ae  la  fraternidad  hispano-americana  y  hablan  de 
a  comunidad  de  raza,  pero  no  les  hagáis  caso.  Co- 
nozco á  mi  gente.  En  el  fondo  se  trata  de  egoís- 
mos mercantiles.  Dicen  que  ahí  hay  campo;  dicen 


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MIGUEL  DE  UNAMUNO 


que  tal  ó  cual  se  ha  traído  tantos  y  cuantos  miles 
de  pesos ;  dicen  que  nuestros  dramaturgos  y  sai- 
neteros empiezan  á  cobrar  trimestres  de  América; 
dicen  que  ese  tiene  que  ser  nuestro  mercado  de 
libros;  dicen  que  lo  que  importa  es  calzarse  algu- 
na corresponsalía  en  un  diario  americano,  que  son 
los  que  pagan.  Y  de  todo  eso  de  la  confraternidad 
la  mitad  es  macaneo. 

Y  esto  jos  lo  digo  yo,  yo  que  por  lo  que  hace  á 
mi  pluma,  vivo  más  de  la  América  que  de  España, 
y  os  lo  digo  con  este  noble  cinismo  y  con  esta  que 
dicen  mi  displicencia,  que  me  ha  rodeado  de  una 
protectora  muralla  de  antipatía;  os  lo  digo  yo,  el 
egotista  según  los  otros.  Y  os  lo  digo  porque  es- 
toy harto  de  farsas  ahí,  aquí  y  en  todas  partes. 

Y  volviendo  á  mi  tema  —  si  es  que  le  tengo  y 
no  es  esto  una  sarta  de  reflexiones  sin  cuerda, — 
os  diré  que  la  argentinidad  me  interesa  porque  mi 
batalla  es  que  cada  cual,  hombre  ó  pueblo,  sea  él 
y  no  otro,  y  me  interesa  además  como  español  re- 
calcitrante y  preocupado  de  mantener  aquí  la  es- 
pañolidad. 

Al  final  del  informe  que  me  pidió  Rojas  y  que  en 
su  obra  inserta,  informe  en  quehacíayo  constar  que 
ahí,  en  la  Argentina,  empiezan  á  dar  fruto  gérme- 
nes que  vsiendo  muy  castizos  y  peculiares  nuestros, 
aquí  se  han  malogrado,  y  en  que  decía  como  es- 
toy convencido  de  que  cuando  se  quiera  ver  la 
historia  argentina  en  argentino,  en  nativo,  se  aca- 
bará por  verla  en  español ;  al  final  de  este  informe 
escribe  Rojas:  «Cree  el  señor  Unamuno  que  cuan- 
do los  argentinos  veamos  nuestra  propia  historia 


CONTRA  ESTÓ  Y  AQUELLO 


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en  argentino,  concluiremos  por  verla  en  español, 
y  yo  creo  que  cuando  los  españoles  la  vean  con 
esa  clarividencia,  terminarán  por  verla  en  argen- 
tino, coincidiendo  unos  y  otros  en  sus  apreciacio- 
nes.» Conformes  de  toda  conformidad. 

Y  he  aquí  por  qué  me  parece  muy  bien  cuanto 
Rojas  escribe  respecto  á  las  colonias,  como  me  pa- 
reció muy  bien  lo  que  respecto  á  ellas  escribió 
«Abul-Bagi». 

Lo  que  Rojas  escribe  sobre  la  pedagogía  de  las 
estatuas  es  acertadísimo.  Es  verdad,  las  estatuas 
de  Garibaldi  y  de  Mazzini — y  lo  mismo  diría  si  se 
tratase  de  las  de  Castelar  ó  de  Riego — parecen 
decir  á  sus  paisanos:  «no  venís  á  una  patria,  sino 
á  una  colonia».  (Son  palabras  de  Rojas).  Y  luego 
tiene  mucha  razón  al  añadir  que  «en  cuanto  á  Ga- 
ribaldi y  Mazzini,  su  significado  es  actual  y  políti- 
co, grande  dentro  de  Italia,  pero  fuera  de  Italia 
depresiva  para  nosotros,  ó  reducido  á  las  propor- 
ciones de  una  época  ó  de  un  partido.»  Y  tiene  ra- 
zón, mucha  razón,  en  decir  que  como  testimonio 
de  fraternidad  correspondíale  ese  honor  al  Dante 
«símbolo  de  la  Italia  nueva  y  de  la  vieja  y  de  la 
italianidad  imperecedera.»  Y  todo  lo  que  luego  es- 
cribe Rojas  sobre  Garibaldi  y  sobre  Mazzini — y 
cuenta  que  éste  es  uno  de  los  hombres  á  quien 
más  admiro— es  de  una  gran  justeza.  Pero  es  que 
el  Dante  está  por  encima  de  los  entusiasmos  sec- 
tarios; es  que  el  Dante  fué  católico,  en  el  más  no- 
ble, más  alto,  más  imperecedero  3'  más  hondo  sen- 
tido de  la  catolicidad.  Fué  católico  y  gibelino. 

¿Y  nosotros,  los  españoles?  Como  homenaje  de 


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MIGUEL  DE  UNAMUNO 


fraternidad  debería  bastarnos  con  la  estatua  de 
Cervantes,  el  creador  de  El  Quijote,  que  es  tan 
americano  como  español.  Y  luego,  con  que  se  cum- 
pliese el  voto  de  Rojas  de  que  sobre  el  pedestal  en 
que  hoy  se  alza  ahí  Mazzini  se  alzase  Juan  de  Ga- 
ray,  ¿para  qué  queríamos  más?  Porque  Garay,  que 
fué  español  y  muy  español,  doblemente  español 
por  ser  de  sangre  vasca,  no  es  de  colonia,  sino  que 
es  el  nexo  entre  la  españolidad  y  la  argén tinidad, 
que  en  su  fondo  primitivo  ha  brotado  de  aquélla. 

Todo  cuanto  Rojas  escribe  de  la  necesidad  de 
angentinizar  á  la  Argentina  frente  á  las  colonias 
es  de  una  justicia  evidente.  Yo  lo  traduzco  á  nues- 
tro problema  español  y  veo  su  justicia.  Las  pala- 
bras del  inspector  general  don  Victor  M.  Molina 
dirigidas  al  ministro  Wilde,  y  que  en  la  página  317 
de  su  obra  reproduce,  son  acertadísimas. 

Y  muy  bien,  muy  bien,  muy  bien,  lo  que  sobre 
la  limitación  de  la  libertad  de  enseñanza  en  prove- 
cho de  los  altos  intereses  patrios  escribe.  Es  tam- 
bién aquí  mi  batalla;  es  mi  constante  predicación. 
Y  creo  haber  contribuido  no  poco  á  una  cierta  re- 
acción en  sentido  estadista,  de  suprema  imposición 
del  Estado,  que  aquí  entre  los  liberales  empieza  á 
notarse,  á  una  reacción  en  favor  del  Estado  do- 
cente. 

Aquí,  aunque  mucho  menos  que  en  la  Argenti- 
na, dada  nuestra  mayor  homogeneidad,  también 
es  la  escuela  privada  factor  de  disolución  nacio- 
nal, en  cuanto  lo  es  de  fanatismo,  sea  católico,  sea 
laico. 

La  restauración  nacionalista  con  que  Rojas  sue- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


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ña,  como  toda  restauración  nacional — y  aquí  la 
nuestra,  la  española,  tan  amenazada  por  lo  torci- 
damente que  se  entiende  eso  de  la  europeiza- 
ción— ,  tiene  que  empezar  por  la  escuela,  la  escue- 
la debe  ser  ahí  la  cuna  de  la  argentinidad,  como 
la  escuela  debe  aquí  ser  la  cuna  de  la  españo- 
lidad. 

Y  en  la  argentinidad  es  donde  tiene  que  buscar 
la  Argentina  su  universalidad.  «No  olvidemos — es- 
cribe Rojas — que  si  el  país  ha  abierto  sus  puertas 
al  extranjero,  ha  sido  por  un  doble  movimiento  de 
patriotismo  y  de  solidaridad  humana:  necesitába- 
mos crear  económicamente  la  nacionalidad  cuya 
conciencia  ya  existía  en  tiempos  de  la  Constitu- 
yente y  entregar,  en  generosa  compensación,  la 
tierra  virgen  al  trabajo  humano.  Pero  nosotros  no 
abrimos  las  puertas  de  la  nación  al  italiano,  al  fran- 
cés, al  inglés  en  su  condición  de  italiano,  de  fran- 
cés, de  inglés;  se  las  abrimos  en  calidad  de  «hom- 
bre» simplemente.  Cuando  ese  hombre  que  invoca 
sentimientos  de  solidaridad  humana  al  llamar  á 
nuestras  puertas,  conviértese,  después  de  haber 
entrado,  en  campeón  de  sus  prejuicios  políticos  de 
italiano,  de  francés  ó  de  inglés,  ese  hombre  trai- 
ciona nuestra  hospitalidad.»  Esto  está  muy  bien, 
muy  bien,  muy  bien.  Y  nótese  que  lo  que  moral- 
mente  no  le  es  lícito,  ni  ai  italiano,  ni  al  francés, 
ni  al  inglés,  ni  al  español,  es  convertirse  ahí  en 
campeón  de  los  prejuicios  políticos  de  su  país,  no 
de  su  italianidad,  galicanidad,  anglicanidad  ó  es- 
pañolidad en  lo  que  éstas  tienen  de  eternas,  de 
culturales  y  no  de  políticas.  El  fuerte  contingente 


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MIGUEL  DE  UNAMUNO 


italiano  de  la  República  Argentina  ha  podido  y  de- 
bido llevar  algo  de  la  italianidad  eterna  á  la  argen- 
tinidad,  pero  habrá  de  llevarlo  en  argentino.  En 
argentino,  tanto  en  lengua  como  en  espíritu. 

Aun  quedan  en  las  obras  de  Rojas  otros  puntos 
que  merecen  ser  dilucidados,  como  es  el  referente 
al  estudio  de  la  lengua  y  de  su  gramática.  Pero 
éste  merece  capítulo  aparte. 


UN  FILÓSOFO  DEL  SENTIDO  COMUN 


Entre  los  libros  que  formaban  la  modestísima, 
pero  no  mal  escogida  biblioteca  de  mi  padre,  es- 
taban las  obras  de  Jaime  Balmes,  el  centenario  de 
cuyo  nacimiento  se  celebrará  dentro  de  pocos  días 
en  su  pueblo  nativo,  Vich.  Y  siendo  yo  un  mozo, 
á  mis  catorce  años,  cuando  estudiaba  en  el  Insti- 
tuto de  este  mi  Bilbao  la  asignatura  de  psicología, 
lógica  y  ética,  dediqué  no  pocas  horas  á  la  lectura 
y  estudio  del  publicista  catalán.  No  puedo,  pues, 
negar  que  Balmes  contribuyera  tanto  ó  más  que 
otro  cualquiera  á  despertar  mi  curiosidad  filo- 
sófica. 

Cierto  es  que  no  cabe  formarse  una  regular  idea 
de  lo  que  fueron  los  portentosos  sistemas  de  Kant, 
Hegel,  Fichte,  Schelling,  etc.,  por  lo  que  de  ellos 
nos  dice  Balmes  en  su  Filosofía  fundamental. 
Balmes  no  los  comprendió,  ni  podía  en  rigor  com- 
prenderlos. Pero  á  través  de  sus  pálidas  traduccio- 
nes, deformadas  casi  siempre,  se  adivina  el  origi- 
nal. ¡Qué  de  vueltas  no  les  di  yo  en  aquellos  mis 
años  juveniles  á  las  para  mí  entonces  misteriosas 
fórmulas  de' Fichte,  A~A  y  yo~  yo!  Mi  pobre 


02 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


espíritu  andaba  peloteado  entre  tautologías  y  pa- 
radojas. 

Después  no  volví  á  leer  á  Balmes  hasta  que  á 
mis  veinticinco  años  fui  á  opositar  una  cátedra  de 
psicología,  lógica  y  ética.  Y  entonces  lo  leí  más 
para  atemperarme  al  ambiente  intelectual  de  los 
que  habían  de  juzgarme,  que  por  otra  cosa.  Y  lue- 
go no  he  vuelto  á  leerle.  No  es  autor  cuya  lectura 
se  repite. 

Y  ahora,  en  la  proximidad  de  su  centenario, 
tengo  aquí,  á  mi  vista  y  á  mi  mano,  y  en  este  mis- 
mo cuarto  en  que  hace  más  de  treinta  años  los  leía, 
los  libros  de  Balmes,  que  fueron  compañeros  de 
las  melancolías  trascendentes  de  mi  pubertad  de 
cuerpo  y  de  espíritu. 

De  todas  estas  obras  de  Balmes  era  su  filoso- 
fía fundamental  la  que  más  me  inquietaba,  pug- 
nando por  penetrar  en  sus  entonces  para  mí  subli- 
mes oscuridades,  pero  era  su  libro  El  Criterio  el 
que  más  me  encantaba.  Todo  aquello  de  el  tinto- 
rero y  el  filósofo,  el  jugador  de  ajedrez,  Sobieski 
en  el  sitio  de  Viena,  las  víboras  de  Aníbal,  los 
cambios  políticos  de  Don  Marcelino,  las  pinturas 
de  el  aborrecido,  el  arruinado,  el  instruido  que- 
brado y  el  ignorante  rico,  el  cotejo  entre  el  orgu- 
llo y  la  vanidad,  el  hombre  riéndose  de  sí  mismo, 
las  mudanzas  de  Don  Nicasio  en  breves  horas..., 
todo  esto  hacía  mis  delicias  por  lo  anecdótico. 

Se  ha  dicho  muchas  veces  que  uno  de  los  me- 
jores modos  de  conocer  á  una  persona  es  por  los 
pasajes  que  subraya  y  señala  en  las  obras  que  lee, 
y  esta  observación  me  ha  guiado  á  no  subrayar  ni 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


93 


señalar  pasaje  alguno  en  mis  libros  para  quitar  al 
que  los  lea  luego  asideros  por  donde  juzgarme. 
Pero  ahora  aquí  me  encuentro  con  los  pasajes  que 
señaló  en  este  libro  de  Balmes  aquel  que  fui  yo 
hace  más  de  treinta  años.  Y  es  significativo  para 
mí  encontrar  que  mi  antepasado  —  es  decir,  yo 
mismo  á  mis  catorce  ó  diez  y  seis  años  —  señaló 
este  pasaje  del  párrafo  I  del  capítulo  XXI  de  El 
Criterio ,  donde  dice:  «La  vida  es  breve,  la  muer- 
te cierta;  de  aquí  á  pocos  años  el  hombre  que 
disfruta  de  la  salud  más  robusta  y  lozana,  habrá 
descendido  al  sepulcro,  y  sabrá  por  experiencia  lo 
que  hay  de  verdad  en  lo  que  dice  la  religión  sobre 
los  destinos  de  la  otra  vida».  ¡Qué  «mío»  era  ese 
mi  antepasado  que  señaló  ingenuamente,  en  sus 
preocupaciones  juveniles  este  pasaje! 

Pero  después,  como  digo,  no  he  podido  volver 
á  leer  á  Balmes.  Cuando  lo  he  intentado  me  ha 
saltado  al  punto  á  la  vista  la  irremediable  vulga- 
ridad de  su  pensamiento,  su  empacho  de  sentido 
común.  Y  el  sentido  común  es,  como  dicen  que 
decía  Hegel,  bueno  para  la  cocina.  Con  sentido 
común  no  se  hace  filosofía. 

«Sentido  común,  he  aquí  una  expresión  suma- 
mente vaga»,  dice  el  mismo  Balmes  al  empezar  el 
capítulo  xxxil,  dedicado  al  criterio  del  sentido 
común,  del  libro  primero  de  su  «Filosofía  funda- 
mental». ¡Y  tan  vaga!  Pero  luego  entra  Balmes  en 
el  análisis  de  este  sentido  de  que  tanto  usó  y  abu- 
só, y  nos  dice  que  sentido  excluye  reflexión,  ex- 
cluye todo  raciocinio,  toda  combinación,  que  «cuan- 
do sentimos  el  espíritu  se  halla  más  bien  pasivo 


94 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


que  activo,  nada  pone  de  sí  propio;  no  da,  recibe; 
no  ejerce  una  acción,  la  sufre».  Y  añade  que  hay 
que  separar  del  sentido  común  todo  aquello  en 
que  el  espíritu  ejerce  su  actividad,  y  que  con  res- 
pecto al  criterio  de  sentido  común  el  entendimien- 
to no  hace  más  que  someterse  á  una  ley  que  siente, 
á  una  necesidad  instintiva  que  no  puede  declinar. 
Y  luego  dice:  «común:  esta  palabra  excluye  todo 
lo  individual  é  indica  que  el  objeto  del  sentido 
común  es  general  á  todos  los  hombres».  Y  por  úl- 
timo, concluye  definiendo  así:  «yo  creo  que  la  ex- 
presión sentido  común  significa  una  ley  de  nues- 
tro espíritu,  diferente  en  apariencia  según  son 
diferentes  los  casos  á  que  se  aplica,  pero  que  en 
realidad  y  á  pesar  de  sus  modificaciones,  es  una 
sola,  siempre  la  misma,  y  consiste  en  una  inclina- 
ción natural  de  nuestro  espíritu  á  dar  un  asenso  á 
ciertas  verdades  no  atestiguadas  por  la  conciencia, 
ni  demostradas  por  la  razón  y  que  todos  los  hom- 
bres han  menester  para  satisfacer  las  necesidades 
de  la  vida  sensitiva,  intelectual  y  moral». 

Fijémonos  en  esta  tan  característica  definición 
y  en  el  análisis  que  le  precede  y  veremos  como 
Balmes,  el  filósofo  (??)  del  sentido  común,  sentía 
todo  lo  que  de  instintivo  y  pasivo,  todo  lo  que  de 
irreflexivo  é  irracional  tiene  e^e  sentido  que  se 
endereza  á  satisfacer  necesidades,  es  decir,  á  un 
fin  pragmático.  ¿No  dijo  acaso  este  mismo  sacer- 
dote católico  catalán  que  al  mundo  real  hay  que 
considerarle  y  tratarle  tal  como  es  en  sí,  positi- 
vo, práctico,  prosaico?  («El  Criterio»,  capítu- 
lo XXII,  libro  III). 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


95 


Yo  diría,  y  lo  he  dicho  antes  de  ahora,  que  el 
sentido  común  es  el  que  juzga  con  los  medios  co- 
munes de  conocer  y  en  vista  de  una  finalidad  prác- 
tica, y  que  así  en  un  paraje  donde  sólo  un  sujeto 
conociese  y  usase  el  telescopio  y  el  microscopio 
rechazarían  los  demás  sus  afirmaciones,  por  con- 
trarias al  sentido  común,  juzgando  ellos  á  simple 
vista,  y  que,  por  otra  parte,  el  sentido  común  de- 
muestra ó  cree  demostrar  todo  lo  que  nos  hace 
falta  para  vivir. 

Entre  los  ejemplos  que  Balmes  presenta  de  sen- 
tido común  es  el  de  que  si  uno  pretendiese  sacar 
de  un  gran  montón  de  arena  un  grano  muy  peque- 
ño que  en  él  se  hubiese  metido,  revolviéndolo  lue- 
go, los  circunstantes  se  mirarían  desconcertados 
exclamando:  ¡qué  despropósito!  ¡no  tiene  sentido 
común!  Y  aquí,  como  se  ve,  no  se  trata  si  no  de  un 
caso  de  probabilidad,  sujeto  á  cálculo,  de  la  pro- 
babilidad de  sacar  un  número  dado  entre  uno,  dos, 
tres  ó  mil  millones. 

Aquí  tenemos  á  Cournot,  el  gran  matemático 
especialista  en  el  cálculo  de  probabilidades,  agudo 
economista  y  sutil  y  profundo  pensador  francés;  á 
Cournot,  cuyo  crédito  parece  que  ha  vuelto  á  en- 
trar en  alza.  Oigámosle  lo  que  en  su  libro  Consi- 
deraciones sobre  la  marcha  de  las  ideas  en  los 
tiempos  modernos  nos  dice  acerca  del  sentido 
común. 

En  el  capítulo  V  del  libro  III  de  esta  penetrante 
obra,  hablando  de  la  psicología,  escribía  Cournot: 
«Privado  de  este  medio  de  comprobación,  confina 
do  en  el  estudio  de  una  especie  única  en  su  géne- 


96 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


ro  y  hasta  á  menudo  de  una  variedad  única,  el  psi- 
cólogo se  ve  reducido  á  apelar  en  todo  caso 
(«opportune,  importune»)  á  la  opinión  común.  Pero 
el  sentido  común  dice  que  la  ballena  es  un  pez  ó 
por  lo  menos  que  se  parece  más  á  un  pez  que  no  á 
un  cuadrúpedo,  y  en  esto  el  sentido  común  se  en- 
gaña: la  ciencia  que  se  llama  zoología  lo  demues- 
tra. El  sentido  común  le  encentra trá  á  un  baobá 
más  analogía  con  una  encina  que  con  una  yerba 
como  la  malva,  y  la  botánica  condenará  aquí  la 
opinión  del  sentido  común.  Que  se  nos  cite  un 
caso  en  que  la  psicología  corrija  así  al  sentido  co- 
mún   creeremos  en  la  psicología  científica». 

Acaso  hoy  podrían  citársele  á  Cournot  casos  de 
éstos  que  pide  y  hasta  cuando  escribía  eso,  ha- 
cia 1870,  podía  haberlos  encontrado.  Pero  véase 
cómo  para  Cournot  lo  característico  de  la  ciencia 
es  corregir  al  sentido  común.  Hay  que  hacer  no- 
tar, sin  embargo,  que  si  el  sentido  común  afirma 
que  la  ballena  se  parece  más  á  un  pez  que  no  á  un 
cuadrúpedo,  no  se  equivoca  al  afirmarlo.  Exterior- 
mente,  en  lo  que  con- los  sentidos  comunes  apre- 
ciamos, así  es.  No  es  posible  que  nadie  afirme  que 
la  ballena,  que  no  tiene  patas,  se  parece  más  á  un 
cuadrúpedo  que  á  un  pez.  Cournot  anduvo  torpe 
al  decir  cuadrúpedo  donde  debió  decir  mamífero, 
que  no  es  lo  mismo.  El  error  del  sentido  común 
sería  concluir  de  la  analogía  externa  á  la  interna. 
Como  es  exacto  que  el  baobá  y  la  encina  son  am- 
bos lo  que  llamamos  árboles  y  la  malva  no  lo  es. 
Pero  aun  con  estas  exageraciones  paradójicas,  el 
criterio  dominante  en  Cournot  me  parece  más  pro- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


97 


fundamente  filosófico  que  el  criterio  dominante  en 
Balmes,  esta  especie  de  escocés-catalán. 

He  dicho  exageraciones  paradójicas.  Y  es  que 
lo  que  llamamos  paradoja  es  el  más  eficaz  correc- 
tivo de  las  ramplonerías  y  perogrulladas  del  senti- 
do común.  La  paradoja  es  lo  que  más  se  opone  al 
sentido  común,  y  toda  verdad  científica  nueva 
tiene  que  aparecer  como  paradoja  á  los  del  senti- 
do común  en  seco. 

En  el  segundo  Congreso  científico  de  Ginebra 
de  1905  presentó  G.  Vailati  una  memoria  sobre 
«El  papel  de  la  paradoja  en  el  desarrollo  de  las 
teorías  filosóficas»,  de  la  cual  es  el  siguiente 
párrafo:  «La  paradoja  es  siempre  el  efecto  de  una 
definición  más  exacta  de  los  conceptos,  definición 
que  introduce  un  desacuerdo  entre  estos  concep- 
tos y  la  significación  equívoca  del  término  corres- 
pondiente en  el  lenguaje  común». 

En  el  lenguaje  común...  El  lenguaje  común,  en 
efecto,  es  el  del  sentido  común,  formado  por  las 
necesidades  prácticas  de  la  vida  y  enderezado  á 
servirlas.  No  es  cosa  suya  la  precisión  científica. 
Por  lo  cual  tiene  la  ciencia  que  empezar  por  for- 
marse un  lenguaje  propio  y  hasta  una  especie  de 
álgebra,  como  la  de  la  química,  con  sus  fórmulas. 
Entre  la  palabra  corriente  y  usual  bencina  y  la 
fórmula  química  con  que  se  la  representa  media 
un  abismo. 

Pero  es  claro  que  el  sentido  común  tiene  su 
campo,  como  le  tiene  el  suyo  la  paradoja.  Cuando 
un  bachiller  pedante  enuncia  gravemente  que  el 
frío  no  existe,  no  hace  sino  soltar  una  enorme  ton- 

7 


98 


tería,  porque  el  pueblo  al  hablar  de  frío,  no  ¡supo- 
ne teoría  alguna  ni  menos  que  su  causa  sea  con- 
traria á  la  del  calor,  sino  supone  sencillamente 
una  sensación  y  una  causa,  sea  la  que  fuere,  de 
esta  sensación. 

El  sentido  común  tiene,  sin  duda,  su  campo, 
que  no  es  precisamente  el  filosófico;  pero  la  para- 
doja tiene  también  el  suyo.  Y  si  aquél  es  lo  colec- 
tivo, lo  común,  éste  es  ó  empieza  por  ser  lo  indi- 
vidual, lo  propio.  La  paradoja  es  el  más  genuino 
producto  del  sentido  propio.  Y  es,  por  lo  tan- 
to, el  más  eficaz  elemento  del  progreso,  ya  que 
por  lo  individual  se  progresa.  El  cambio  es  siem- 
pre de  origen  individual;  una  masa,  en  cuanto 
masa,  no  cambia  sino  de  posición  respecto  á  otras 
masas. 

La  historia  toda  del  pensamiento  humano  podría 
reducirse  al  conflicto  y  juego  mutuo  entre  el  sen- 
tido común  y  el  propio,  entre  la  perogrullada  y  la 
paradoja,  entre  el  instinto  práctico  y  la  razón  es- 
peculativa. 

Y  hay  también  una  paradoja  práctica  ó  moral. 
Y  si  el  cristianismo  fué  un  escándalo  para  los  pa- 
ganos, según  San  Pablo,  es  porque  fué  una  enor- 
me paradoja.  Y  á  medida  que  ha  ido  desparadoji- 
zándose,  acomodándose  al  sentido  común  moral, 
ha  ido  descristianizándose,  como  lo  vió  muy  bien 
aquel  terrible  danés  que  se  llamó  en  vida  Kierke- 
gaard. 

Muchas  veces  se  ha  hecho  notar  lo  profunda- 
mente paradójico  del  cristianismo.  Y  sin  entrar  en 
lo  de  <>  credo,  quia  absurdum»,  en  el  mero  campo 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


99 


moral  es  muy  exacta  la  observación  del  profesor 
Bousset,  de  Gotinga,  de  que  no.  entenderemos 
bien  ciertas  palabras  de  Jesús  mientras  no  nos 
demos  cuenta  de  que  tomadas  unilateralmente,  á 
la  letra,  son  paradójicas.  ¿Qué  si  no  paradoja  es 
aquello  de  que  si  el  ojo  derecho  te  hace  tropezar, 
te  lo  saques?  ¿Y  lo  de  presentar  la  otra  mejilla  al 
que  nos  golpeare  en  una?  ¿Y  lo  de  ser  más  difícil 
entrar  un  rico  en  el  reino  de  los  cielos  que  hacer 
pasar  un  camello  por  él  ojo  de  una  aguja,  ó  en- 
hebrar por  éste  un  calabrote  (según  se  traduzca)? 
¿Y  aquello  otro  de  que  no  puede  ser  discípulo  de 
Cristo  el  que  no  odie  á  su  padre  y  á  su  madre  y  á 
su  mujer  y  á  sus  hijos  y  á  sus  hermanos  y  á  sus 
hermanas? 

El  honrado  P.  Scio,  en  las  notas  que  puso  á  su 
traducción  castellana  de  la  Biblia,  dice  al  llegar  á 
este  último  pasaje  (Lucas,  XIV,  26),  que  «abo 
rrecer  á  sus  parientes  no  quiere  decir  quererlos 
mal,  sino  detestar  sus  máximas  y  su  conducta, 
cuando  son  opuestas  al  Evangelio».  Nota  henchi- 
da, sin  duda,  de  sentido  común,  pero  en  la  que  no 
resplandece,  ciertamente,  una  gran  comprensión 
del  terrible  sentido  de  las  palabras  de  Jesús, 
pronunciadas  cuando  se  esperaba  el  próximo  fin 
del  mundo.  Y  la  terribilidad  de  ese  sentido  es 
una  terribilidad  permanente  por  que  el  fin  del 
mundo  está  de  continuo  inminente  para  cada  uno 
de  nosotros.  De  donde  el  principio  de  no  apegar 
nos  á  los  afectos  de  la  carne,  los  que  la  muerte 
rompe. 

¡Adonde  me  ha  traído  el  comentario  de  Bal- 


100 


MIGUEL  DE  UNA  MUÑO 


mesl  El  cual,  por  cierto,  jamás  se  dejó  llevar  á 
semejantes  terribilidades.  Su  fuerte  dosis  de  sen- 
tido común,  práctico  catalán,  le  apartó  de  todo 
misticismo.  No  había  en  él  la  estofa  de  un  San 
Juan  de  la  Cruz,  el  castellano.  Vich  no  es  Fonti- 
veros.  No  hay  sino  leer  en  el  capítulo  XXVIII  de 
la  ética  de  su  Filosof  ía  elemental  las  páginas  que 
dedica  á  la  inmortalidad  del  alma  y  los  premios  y 
penas  de  la  otra  vida.  Todo  es  del  más  sosegado 
sentido  común:  falta  el  soplo  del  misterio  Es  una 
disertación  retórica  y  hasta  elocuente.  «La  inmor- 
talidad nos  encanta»,  dice  con  encantadora  senci- 
llez. Oídle:  «Y  este  deseo  inmenso  que  vuela  á 
través  de  los  siglos,  que  se  dilata  por  las  profun- 
didades de  la  eternidad,  que  nos  consuela  en  el 
infortunio  y  nos  alienta  en  el  abatimiento;  este 
deseo  que  levanta  nuestros  ojos  hacia  un  nuevo 
mundo,  y  nos  inspira  desdén  por  lo  perecedero, 
¿sólo  se  nos  habría  dado  como  una  bella  ilusión, 
como  una  mentira  cruel,  para  dormirnos  en  brazos 
de  la  muerte  y  no  despertar  jamás?  No,  esto  no  es 
posible:  esto  contradice  á  la  bondad  y  sabiduría 
de  Dios;  esto  conduciría  á  negar  la  Providencia, 
y  de  aquí  el  ateísmo». 

Ved  en  este  párrafo,  que  no  carece  de  una  cier- 
ta elocuencia  vulgar  y  de  lugares  comunes  —  los 
propios  del  sentido  común — el  instinto  sustituí- 
do  á  la  razón  para  servir  á  las  necesidades  prácti- 
cas del  orden  moral.  Se  busca  consuelo  más  que 
verdad. 

El  hombre,  al  tratar  de  esto,  se  exalta.  «¿Quién 
nos  mece  con  tantas  esperanzas  si  no  hay  para 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


101 


nosotros  otro  destino  que  la  lobreguez  de  la  tum- 
ba? ¡Ay,  qué  trite  fuera  entonces  el  haber  visto 
la  luz  del  día,  y  el  sol  inflamando  el  firmamento, 
y  la  luna  despidiendo  su  luz  plácida  y  tranquila, 
y  las  estrellas  tachonando  la  bóveda  celeste  como 
los  blandones  de  un  inmenso  festín;  si  al  deshacer- 
se nuestra  frágil  organización  no  hay  para  nos- 
otros nada,  y  se  nos  echa  de  este  sublime  espec- 
táculo para  arrojarnos  á  un  abismo  donde  durma- 
mos para  siempre!...  Entonces  el  mundo  no  sería 
una  belleza,  no  el  «cosmos»  de  los  antiguos,  sino 
el  caos:  una  especie  de  fragua  donde  se  elabora 
en  confusa  mezcla  Jos  placeres  y  los  dolores;  don- 
de un  ímpetu  ciego  lo  lleva  todo  en  revuelto  tor- 
bellino; donde  se  han  reservado  para  el  ser  más 
noble,  para  el  ser  inteligente  y  libre,  mayor  cú- 
mulo de  males,  sin  compensación  ninguna;  donde 
se  han  reunido  en  síntesis  todas  las  contradiccio- 
nes: deseo  de  luz  y  eternas  tinieblas;  expansión 
ilimitada  y  silencio  eterno;  apego  á  la  vida  y  muer- 
te absoluta;  amor  al  bien,  á  lo  bello,  á  Jo  grande 
y  el  destino  á  la  nada;  esperanzas  sin  fin  y  por 
dicha  final  un  puñado  de  polvo  dispersado  por 
el  viento».  Y  acaba  estas  nobles  páginas  últi- 
mas de  su  ética,  henchidas  de  la  elocuencia  del 
sentido  común,  diciéndonos  que  la  existencia 
de  otra  vida  la  enseña  la  razón — lo  que  es  dudo- 
so— nos  lo  dice  el  corazón — lo  que  es  muy  cier- 
to—  lo  manifiesta  la  sana  filosofía  —  ¿cuál  es  la 
sana? — lo  proclama  la  religión,  y  así  lo  ha  creí- 
do siempre  el  género  humano.  Esto  último,  que 
debe  de  ser  lo  de  más  fuerza  para  un  filósofo  de 


102 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


sentido  común,  es  algo  que  la  historia  desmiente, 
¡Pero  con  qué  íntima  y  recogida  emoción,  con 
qué  palpitaciones  de  corazón  y  de  espíritu  leía  yo 
estas  elocuentes  consolaciones  allá,  en  los  melan- 
cólicos albores  de  mi  mocedad,  en  este  mismo 
cuarto  en  que  ahora  escribo  estas  líneas! 


LA  VERTICAL  DE  LE  DANTEC 


Libro  más  divertidamente  cómico  y  á  la  vez  más 
representativo  que  éste  de  Félix  Le  Dantec,  en- 
cargado de  cursos  en  la  Sorbona,  sobre  el  ateísmo 
— «L'Athéisme» — ,  no  espero  poder  volver  á  leer- 
lo en  mucho  tiempo. 

Y  no  es  que  me  escandalice  el  ateísmo  del  se- 
ñor Le  Dantec;  ¡muy  lejos  de  eso!  Es  muy  libre 
de  ser  ateo  y  allá  Dios  se  las  entienda  con  él.  Ni 
voy  á  hablar  de  su  ateísmo,  que  es  como  el  ateís- 
mo de  otra  porción  de  ateos;  y  muy  respetable  sin 
duda.  Voy  á  hablar  del  cientificismo  de  este  for- 
midable biólogo  señor  Le  Dantec,  á  quien  no  le 
faltan  —  ¡y  cómo  habían  de  faltarle!  —  admirado- 
res. Pero  dejemos  los  juicios  para  después  de  nues- 
tro examen. 

Empecé  á  leer  este  libro  para  distraerme  y  ma- 
tar el  rato.  Todo  iba  bien  mientras  el  autor  nos 
explica  cómo  él  es  ateo  y  no  puede  menos  de  serlo 
y  lo  es  de  nacimiento,  casi  ab  ovo,  por  una  espe 
cié  de  determinismo  biológico.  Lo  cual  es  muy 
ameno,  y  no  sé  si  discutible.  Pero  hete  aquí,  que 


104 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


al  llegar  á  la  página  27 ,  me  encuentro  con  este 
párrafo: 

«Descartes,  que  era  matemático,  sabía,  sin  em- 
bargo, que  ciertas  cantidades  pueden  crecer  inde- 
finidamente sin  pasar  jamás  de  un  límite  dado,  ó 
si  se  prefiere,  que  ciertas  curvas  tienen  una  asín- 
tota (asymptota)  horizontal.»  ¡Asíntota  horizon- 
tal!— me  dije.  Creía  no  leer  bien.  ¡Asíntota  hori- 
zontal! 

Invito  á  cuantos  sepan  matemáticas  á  que  me 
indiquen  en  qué  se  diferencia  una  asíntota  hori- 
zontal de  una  vertical  ó  que  viene  de  sesgo.  Sin 
duda  alguna,  el  libro  en  que  el  formidable  señor 
Le  Dantec  estudió  geometría  analítica  tenía  pin- 
tada alguna  rama  de  hipérbole  con  su  asíntota  re- 
presentando la  horizontal  respecto  á  la  posición  en 
que  se  coloca  un  lector.  No  tenía  sino  haber  dado 
un  cuarto  de  vuelta  al  libro  y  hete  ya  la  misma 
asíntota  representada  vertical. 

Pero  lo  divertido  no  es  esto.  Lo  divertido  es  que 
este  publicista  de  biología,  profesor  de  la  Sorbo- 
na,  formidable  ateo  y  más  formidable  cientificista 
— lo  cual  no  quiere  decir  hombre  de  ciencia,  ni 
mucho  menos — ,  ignora,  así,  ignora  que  las  nocio- 
nes de  horizontalidad  y  verticalidad,  así  como  las 
de  arriba,  abajo,  delante,  detrás,  á  la  derecha  y  á 
la  izquierda,  no  son  nociones  geométricas  ni  de 
ellas  se  necesita  en  geometría.  Son  nociones  que 
más  bien  podrían  llamarse  fisiológicas;  dicen  rela- 
ción al  espectador.  Cualquier  chiquillo,  aunque  no 
sea  biólogo  ni  ateo  ni  determinista  ni  haya  estu- 
diado en  la  Sorbona,  sabe  que  aquello  que  teñe- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


105 


mos  ahora  á  la  derecha,  con  sólo  dar  media  vuel- 
ta, se  nos  pone  á  la  izqaierda. 

«¡Pues  si  es  precisamente  lo  que  luego  dice  Le 
Dantec!» — exclamaría  algún  lector  que  le  haya 
leído.  Y  yo  le  replico:  no,  no  es  eso  lo  que  dice. 
El  señor  Le  Dantec  supone  al  vulgo  de  los  morta- 
les unas  nociones  que  no  posee;  el  señor  Le  Dan- 
tec es  uno  de  esos  pedantes  que  andan  diciendo 
que  el  frío  no  existe.  Vamos  á  verlo. 

«¿Diréis  que  el  color  existe,  que  existe  el  soni- 
do?», pregunta  el  ateo.  Y  yo  respondo:  claro  que 
sí,  pues  que  veo  el  uno  y  oigo  el  otro.  Y  me  con- 
testa: «Os  responderé  que  el  color  resulta  del  en- 
cuentro de  ciertas  condiciones  ambiantes  y  de  un 
ser  vivo  capaz  de  ser  impresionado,  pero  que  es 
preciso  que  haya  dos  factores  para  que  el  color 
exista,  á  saber:  un  estado  particular  de  lo  que  los 
físicos  llaman  el  éter  3  un  hombre  que  vea.  Ahora 
bien,  tenemos  una  idea  tan  absoluta  del  color  que 
no  podemos  imaginar  al  color  como  no  existente, 
aun  cuando  todos  los  seres  vivos  se  destruyeran.» 
¿Puede  darse  superficialidad  más  ramplona?  Llá- 
mele usted  á  la  causa  objetiva  ó  externa  del  color 
como  usted  quiera,  y  crea  usted  en  el  éter  más 
que  en  lo  que  ve,  ó  en  Dios,  siendo  así  que  el  éter 
es,  por  lo  menos,  tan  hipotético  como  Éste,  siem- 
pre resultará  que  la  sensación  existe  y  que  la  tal 
sensación  es  tan  real,  y  hasta  tan  objetiva,  como 
el  supuesto  éter.  ¿O  es  que  yo  no  soy  objeto  y  no 
es  objeto  lo  que  en  mí  pasa?  Y  como  si  los  seres 
vivos  se  destruyeran,  podría  continuar  esa  causa 
continuaría  el  color.  Otra  cosa  equivaldría  á  afir- 


106 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


mar  que,  destruida — si  es  que  su  total  y  absoluta 
destrucción  cabe,  cosa  que  no  lo  sé  —  la  concien- 
cia, se  destruiría  todo  lo  que  en  ella  se  refleja. 
¿Quién  sabe  cómo  es  la  realidad  exterior,  en  sí» 
fuera  y  aparte  de  nuestra  representación  de  ella? 
El  formidable  biólogo  ateo  no  ha  pasado  por  Kant; 
su  cientificismo  es  de  lo  más  infilosófico,  es  decir, 
de  lo  más  grosero  que  cabe. 

La  tontería  —  porque  no  es  más  que  una  tonte- 
ría—  es  del  mismo  género  que  aquella  otra  de  que 
el  frío  no  existe  y  parte  de  la  gratuita  suposición 
de  que  el  vulgo  cree  que  el  frío  es  una  cosa  objeti- 
va, independiente  en  absoluto  de  nosotros,  y 
opuesta  á  otra  cosa  que  se  llama  calor.  Y  no  hay 
tal  cosa.  El  vulgo  —  es  decir,  el  vulgo  no  cientifi 
cista  y  no  ateo — no  supone  nada  de  eso.  Se  limita 
á  decir  que  hace  frío  cuando  lo  siente  y  cuando 
siente  calor  á  decir  que  lo  hace;  y  tiene  razón,  y 
no  hay  que  calumniar  al  vulgo.  ¿Que  el  frío  resul- 
ta de  una  diminución  en  tales  ó  cuales  movimien- 
tos moleculares  ó  como  sea?  Bien;  lo  mismo  da.  Es 
como  si  yo  dijese  que  el  hielo  no  existe;  que  no  es 
más  que  agua  congelada.  Pero  hay  que  seguir  con 
Le  Dantec,  porque  ahora  viene  lo  bueno. 

Ahora  entra  en  su  incomparable  ejemplo  de  la 
vertical.  ;Oído  á  la  caja!  Habla  de  la  vertical  abso- 
luta. ¿Absoluta?  ¿qué  es  esto?  Yo  no  lo  sé ,  y  creo 
que  Le  Dantec  tampoco.  Veamos  primero:  ¿á  qué 
llamamos  vertical?  Llamamos  vertical  á  la  línea  de 
la  plomada,  á  la  de  un  grave  cuando  cae.  No  es, 
pues,  una  noción  geométrica,  sino  física,  ó  más 
bien  fisiológica.  La  vertical  dice  relación  á  la  po- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


107 


sición  normal  del  espectador,  cuando  está  de  pie. 
Es  una  cosa  que  se  siente.  Y  llamamos  todos  ver- 
tical á  la  trayectoria  de  un  grave  que  cae  sin  obs- 
táculo, y  á  todas  las  que  íe  sean  paralelas  en 
el  espacio.  Ni  más  ni  menos.  Volvamos  á  Le 
Dantec. 

«Tengo  laidea  innata  de  esta  vertical»,  nos  dice. 
¿Innata?  Luego  este  formidable  biólogo  cree  en  las 
ideas  innatas.  Bueno  es  saberlo.  Pero,  ¿qué  enten- 
derá por  idea  innata?  El  mismo  prevé  la  dificultad, 
y  nos  dice  que  si  no  queremos  disputar  sobre  esto, 
si  esa  idea  no  le  es  innata,  esto  es,  si  no  le  vie- 
ne por  herencia  de  un  error  ancestral  largamente 
acreditado,  ha  nacido  en  él,  naturalmente,  por  la 
constatación  errónea  de  la  superficie  plana  de  la 
Tierra.  ¡Qué  de  cosas,  Dios  mío!  (Perdón  por  ha- 
ber invocado  á  Dios  en  este  caso.)  ¿Qué  tendrá 
que  ver  la  noción  de  verticalidad  con  si  la  Tierra 
es  plana  ó  es  redonda?  El  bueno  de  Le  Dantec 
cree,  sin  duda,  que  para  las  gentes  la  noción  de 
verticalidad  viene  de  la  de  horizontalidad,  que  es- 
timamos ser  vertical  la  perpendicular  á  un  plano 
horizontal.  ¡Pedantería,  pedantería,  pedantería! 

Sea  redonda,  como  parece  ser  que  es,  sea  plana 
la  Tierra,  siempre  será  para  cada  uno  de  nosotros 
vertical  la  línea  de  la  plomada  y  siempre  serán 
horizontales  el  plano  y  las  líneas  de  este  plano 
perpendiculares  á  la  vertical  ó  que  con  él  forman 
ángulo  recto,  siempre  será  horizontal  todo  plano, 
como  el  de  una  mesa  de  billar,  donde  el  nivel  lo 
señale.  Y  ese  plano  horizontal  es  un  plano  ideal. 
El  plano  ideal  del  mar,  el  que  formaría  si  estuvie 


108 


AliGUIiL  DE  UNAMUNO 


se  en  perfecta  y  absoluta  calma,  es  el  de  una  su- 
perficie curva,  convenido;  pero  tenemos,  no  ya 
sólo  la  noción,  sino  el  sentimiento  de  una  super- 
ficie plana,  tangente  al  punto  de  la  curva  terres- 
tre en  que  nos  hallamos,  y  á  esto  le  llamamos 
horizontal. 

Y  ello  es  tan  real  y  tan  objetivo  como  cualquier 
noción  rigurosamente  geométrica. 

«Tal  vez  hay  gentes  —  escribe  el  formidable 
biólogo  —  que  no  conciben  vertical  la  absoluta, 
como  hay  ateos  »  Pero  si  la  vertical  se  siente,  se- 
ñor Le  Dantec,  ¡se  siente' 

Y  Dios  también  se  siente.  Lo  que  hay  es  que  el 
señor  Le  Dantec,  ni  sabe  bien  lo  que  es  una  ver- 
tical, ni  menos  sabe  lo  que  es  Dios.  Porque  esto 
es  lo  que  de  su  libro  resulta;  que  no  tiene  la  más 
remota  idea  de  qué  es  lo  que  llamamos  Dios  mu- 
chos de  los  que  en  El  todavía  creemos. 

«Ahora  bien  —  prosigue — la  idea  de  la  vertical 
absoluta  es  matemáticamente  absurda;  hay  tantas 
verticales  como  puntos  hay  en  la  superficie  de  la 
Tierra...»  ¡Evidente!  Para  cada  observador  hay  su 
vertical,  y  todas  las  líneas,  que  son  infinitas,  á 
ella  paralelas.  ¿Y  por  eso  no  es  absoluta?  ¿Qué  es 
eso  de  absoluto?  Por  ese  procedimiento  me  com- 
prometo á  demostrarle  que  nada  real  es  absoluto. 
Todo  es,  pues,  relativo.  Convenido;  pero,  ¿y  la 
relatividad  misma,  no  es  también  relativa?  ¿No  es- 
tamos, llevados  por  estos  cientificistas  pedantes, 
jugando  con  las  palabras? 

Pero  lo  gordo  es  lo  que  sigue  á  los  puntos  sus- 
pensivos que  dejé  arriba,  y  es  esto;  «La  (vertical) 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


109 


de  mi  antípoda  es  contraria  de  la  mía.»  ¡Estu- 
pendo! El  formidable  biólogo  divide  las  verticales, 
á  lo  que  parece,  en  verticales  que  van  de  arriba 
abajo  y  verticales  que  van  de  abajo  arriba.  Ya  lo  sé 
para  en  adelante,  gracias  á  este  amenísimo  ateo; 
tengo  en  mi  casa  dos  escaleras  contrarias ,  aque- 
llas por  las  que  bajo  y  aquellas  otras  por  las  que 
subo.  A  lo  cual  podrá  decirme  cualquier  Le  Dan- 
tec  de  aun  menor  cuantía,  que  la  escalera  de  mi 
casa  es  algo  real,  concreto,  tangible  y  visible, 
mientras  que  la  vertical  ó  línea  trayectoria  de  un 
grave  que  cae  sin  obstáculo,  no  es  sino  una  línea 
ideal.  Tanto  más  en  mi  favor.  El  grave  cae  de 
arriba  abajo,  claro  está;  pero  la  línea  ideal  que 
recorre,  ni  cae  ni  sube,  ni  va  de  arriba  abajo,  ni 
de  abajo  arriba. 

Casi  me  da  vergüenza,  lectores  míos,  de  entrar 
en  estas  explicaciones,  y  no  lo  haría  si  no  supiese 
los  estragos  que  hace  el  cientificismo,  sobre  todo 
en  los  que  no  tienen  una  sólida  educación  cientí- 
fica y  en  los  que  no  han  disciplinado  su  mente  con 
una  seria  y  austera  filosofía,  con  aquella  filosofía 
perenne  de  que  habló,  creo  que  Leibnitz,  y  viene 
viviendo  y  acrecentándose,  juntamente  con  la 
idea  de  Dios,  á  través  de  los  siglos.  Y  da  pena  ver 
gentes  que  hurtan  su  espíritu  á  las  fecundas  fati- 
gas del  trato  con  esa  filosofía  perenne,  y  se  pren- 
dan de  cualquier  pincha-ranas  que  nos  hable  de 
asíntotas  horizontales  y  no  más  que  porque  va 
contra  Dios  y  contra  las  más  seculares  y  proba- 
das concepciones  humanas.  Al  tan  famoso  odium 
theologicum  hay  un  odium  antitheologicum  ó 


110 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


contratheologicum  que  se  le  contrapone.  Pero 
volvamos  á  Le  Dantec. 

El  cual  dice  más  adelante,  en  la  pág.  31:  «Aun 
admitiendo  que  se  pudiera  demostrar  que  no  hay 
Dios,  como  se  ha  demostrado  que  no  hay  vertical 
absoluta...»  Y  esto  se  me  aparece  como  lo  que 
suelen  hacer  los  predicadores  jesuítas — especie 
de  Le  Dan  tees  de  la  otra  banda,  —  después  que 
disparan  un  argumento,  y  es  que  añaden:  «Que- 
da, pues,  evidentemente  demostrado  que,  etc.», 
por  si  acaso  el  oyente  no  lo  había  advertido.  Lo 
mismo  que  el  pintor  famoso  que  puso  al  pie  de  un 
bicharrajo  mal  perjeñado:  Esto  es  un  gallo. 

Me  he  propuesto  no  seguir  al  formidable  biólo- 
go descubridor  de  las  asíntotas  horizontales  en  su 
tesis  central  de  ateísmo.  ¿Para  qué,  si  empiezo  por 
decir  que  el  señor  Le  Dantec  no  tiene  apenas  idea 
de  qué  es  lo  que  entienden  por  Dios  los  creyentes 
ilustrados?  Con  que  hubiera  dicho:  «no  sé  qué  es 
eso  de  Dios»  y  ello  es  verdad  que  no  lo  sabe,  se 
habría  ahorrado  todo  el  libro.  El  formidable  bió- 
lo  no  sabe  qué  es  Dios,  pero  sabe  en  cambio  que 
«la  conciencia  moral  está  más  desarrollada  en  las 
abejas  ó  en  las  hormigas  que  entre  los  hombres,  á 
juzgar  cuando  menos  por  el  orden  perfecto  de  su 
vida  social»  (pág.  34).  Cuéntase  que  oyendo  un 
discípulo  de  Plinio  decir  á  éste  que  el  elefante  ve 
crecer  la  yerba,  exclamó:  ó  Plinio  ha  sido  elefante 
ó  algún  elefante  se  lo  ha  contado  á  Plinio.  Y  este 
formidable  Le  Dantec  que  del  orden  perfecto  (¿?) 
de  la  vida  social  de  las  abejas  y  las  hormigas  de- 
duce que  tienen  una  conciencia  moral  más  des- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


111 


arrollada  que  la  del  hombre  como  de  los  movi- 
mientos de  los  planetas,  podría  deducir  que  éstos 
conocen  las  leyes  de  Copérnico;  este  mismo  des- 
cubridor de  las  dos  verticales,  la  que  baja  y  la  que 
sube,  nos  dice  poco  más  adelante  (pág.  56)  que 
sus  hermanos  creyentes  «rehusan  á  las  hormigas, 
que  son  tan  pequeñas,  la  idea  misma  de  Dios.»  ¿A 
quién  se  le  ocurre  ni  rehusar  ni  atribuir  á  las  hor 
migas  ni  esa  ni  otra  idea  alguna?  Pero  de  estas 
imputaciones  gratuitas  está  lleno  el  libro  del  ho- 
rizontal biólogo,  que  se  finge  unos  creyentes  fan 
tásticos  ó  sólo  tiene  en  cuenta  los  pobres  aldeanos 
Cándidos  é  ignorantes  de  su  nativa  Bretaña.  (Tie 
ne  buen  cuidado  en  decirnos  que  es  bretón,  pai- 
sano de  Chateaubriand,  de  Lamennais,  de  Re- 
nán...) 

¡Qué  idea  tiene  de  los  creyentes!  «Orar  es  la 
más  importante  ocupación  de  los  creyentes»,  nos 
dice  poco  después,  y  hace  seguir  á  esta  formida- 
ble afirmación  unas  líneas  en  que  demuestra  igno- 
rar qué  es  y  qué  significa  la  oración  para  los  cre- 
yentes que  no  sean  los  aldeanos  sus  coterráneos 
sobre  cuya  mentalidad  no  le  ha  elevado  su  biolo- 
gía toda. 

Y  más  vale  dejar  todo  lo  que  sigue  y  entre  ello 
lo  de  qae  ño  cree  que  el  tigre  tenga  la  idea  de 
Dios  y  otras  amenidades  del  mismo  calibre  ¿Para 
qué  seguir? 

Pues  de  estos  formidables  cientificistas  están 
hoy  llenas  nuestras  bibliotecas  económicas  y  de 
avulgaramiento.  No  hace  mucho  que  en  un  ar- 
tículo, largo  como  suyo,  nos  hacía  saber  el  señor 


112 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Moróte  que  no  existen  ni  la  idea  del  tiempo  ni  la 
del  frío,  que  son...  ¡anticientíficas!  Y  como  no  es 
de  creer  que  nuestro  fecundo  publicista  quisiese 
decir  lo  que  dijo,  esto  es,  que  no  existen  las 
«ideas»  de  tiempo  y  de  frío,  pues  que  de  ellos  ha- 
blamos, habrá  querido  decir,  supongo,  que  no  exis- 
ten ni  el  frío  ni  el  tiempo,  lo  cual  es  más  ameno  y 
más  «ledantequesco»  todavía.  Ya  Marinetti,  el  fu- 
turista, mató  no  hace  mucho,  en  un  célebre  ma- 
nifiesto— amenísimo  también — al  tiempo  y  al  espa- 
cio, diciendo  así:  ¡Ayer  murieron  el  tiempo  y  el 
espacio!  Con  que  ahora  maten  á  la  lógica  ya  que- 
damos libres  de  los  tres  tiranos  del  espíritu,  pues 
eso  de  que  no  pueda  uno  estar  á  la  vez  en  todas 
partes,  que  no  pueda  vivir  á  la  vez  ayer,  hoy  y 
mañana,  y  que  no  pueda  sacar  de  un  principio  la 
conclusión  que  más  le  agrade,  es  decir,  que  no 
podamos  ser  infinitos,  eternos  y  absolutamente  li- 
bres, es  bien  fuerte  cosa.  Pero  no,  á  la  lógica  no 
pueden  matarla,  y  por  bien  clara  razón. 

¿Todo  esto  es  sólo  ameno  y  ridículo!5  No:  todo 
esto  es  triste,  muy  triste.  Debajo  de  ese  cientificis- 
mo nada  científico,  debajo  de  toda  esa  gárrula  y 
ramplona  pedantería  asoma  bien  claro  el  odiitm 
antitheologicum >  no  menos  dañino  que  el  odium 
theologicum,  y,  en  realidad,  la  misma  cosa  que  él. 

Con  esas  patochadas  con  disfraz  de  ciencia  se 
está  envenenando  á  pobres  espíritus  ansiosos  de 
saber  y  halagando  malas  pasiones.  Y  todos  esos 
biólogos  horizontales,  ya  sea  Le  Dantec,  ya  sea 
Haeckel — que  aunque  algo  más  serio  tampoco  lo 
es  mucho  ni  menos  ignorante  de  lo  que  trata  de 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


113 


combatir,  como  puede  verse  por  su  archisuperficial 
libro  sobre  Los  Enigmas  del  Universo — forman 
una  especie  de  asociación  ó  masonería  internado 
nal,  con  aduanas  en  las  fronteras,  se  traducen  y 
celebran  los  unos  á  los  otros  y  prentenden  ceirar 
el  paso  al  conocimiento  de  los  pensadores  serios 
y  bien  intencionados,  libres  de  sectarismos  y  de  ra- 
bias— sea  la  rabia  teológica  ó  sea  la  antiteológica — 
á  los  filósofos  que  se  adhieren  á  la  filosofía  pe- 
renne. Y  así  hay  quien  se  extasía  con  Haeckel  y 
apenas  si  conoce  á  Darwin,  y  admira  á  Le  Dantec 
sin  haber  estudiado  debidamente  á  Claudio  Ber- 
nard.  Verdad  es  que  ni  Darwin  ni  Claudio  Bernard 
se  propusieron  nunca,  que  yo  sepa,  demostrar  que 
no  hay  Dios  ó  que  le  hay. 

Estos  cientificistas  metidos  á  filósofos  y  teólo- 
gos— ó  antiteóiogos,  que  es  igual — están  haciendo 
un  vulgo  cientificista  y  horizontal,  más  vulgo  aún 
que  el  otro.  Porque  el  vulgo  sencillo  y  á  la  bue- 
na de  Dios  dice  que  hace  frío  cuando  le  siente  y 
que  se  va  el  tiempo,  y  no  se  mete  en  filosofías  res- 
pecto á  lo  que  sean  ó  no  sean  objetivamente  el 
frío  y  el  tiempo,  mientras  que  el  otro  vulgo,  el 
vulgo  adulterado  por  malas  lecturas  pésimamente 
digeridas,  cree  creer  en  el  éter  más  que  en  sus 
propias  sensaciones  y  se  traga  cualquier  cosaza, 
más  ó  menos  horizontal,  de  cualquier  biólogo  con 
tal  que  confirme  sus  prejuicios  y  sus  supersticio- 
nes, tanto  ó  más  supersticiosas  que  las  del  otro 
vulgo  y  sin  la  disculpa  de  las  de  éste. 

j.Y  qué  Cándido  es  este  vulgo  adulterado  por  el 
cientificismo!  De  vez  en  cuando  recibo  alguna 

8 


114 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


carta  de  algún  incógnito  lector  cientificista  en  que 
me  dispara,  empleando  tal  vez  para  ello  una  do- 
cena de  pliegos,  los  más  resobados  y  asenderea- 
dos lugares  comunes  de  la  ciencia  y  la  filosofía 
más  baratas.  «No  es  posible  que  este  señor  piense 
así  y  diga  estas  cosas  si  no  porque  ignora  todo 
esto»,  deben  de  pensar.  Porque  hay  personas  tan 
candorosas ,  que  cuando  se  encuentran  con  al- 
guien que  no  piensa  como  ellos  en  un  punto  dado, 
suponen  que  es  porque  no  tiene  los  datos  y  cono- 
cimientos que  tienen  ellos  sobre  el  tal  punto  y  no 
se  les  pasa  por  las  mientes  la  idea  de  que  acaso 
tenga  todos  esos  datos  y  conocimientos  y  otros 
más.  Y  si  llegan  á  sospechar  tal  cosa,  al  punto  le 
piden  á  uno  que  les  ilustre,  como  si  fuese  posible 
dar  todo  un  curso.  El  teorema  121  se  apoya  en  el 
120,  éste  en  el  anterior  y  así  sucesivamente,  y  hay 
veces  en  que  habría  que  explicar  los  120  teore- 
mas. Y  hay  quienes  escriben  obras  doctrinales  de 
conjunto  y  hay  quienes  hacemos  ensayos  sueltos, 
más  para  suscitar  y  sugerir  problemas  que  para 
desarrollarlos. 

Y  conviene  decir,  por  conclusión,  que  si  hay 
una  biología,  y  una  fisiología,  y  una  geometría, 
y  una  sociología,  hay  también  una  teología,  tan 
ciencia  en  su  método  como  otra  cualquiera.  Y  que 
tan  absurdo  es  que  un  Le  Dantec  cualquiera  se 
meta  á  escribir  del  ateísmo  sin  haber  saludado  la 
teología,  como  que  un  teólogo  se  meta  á  hablar 
del  plasma  germinativo  ó  de  la  herencia  biológica 
sin  haber  saludado  la  biología 

Ocasiones  sobradas  tendré,  por  desgracia,  de 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


115 


volver  sobre  este  mismo  tema,  uno  de  mis  favori 
tos.  Y  los  horizontales  todos,  biólogos  y  no  biólo- 
gos, quedan  libres  de  decir  que  no  soy  más  que 
un  redomado  retrógrado,  un  jesuíta  disfrazado. 
¡Como  ellos  saben  lo  que  piensan  las  hormigas!... 


EL  ROUSSEAU  DE  LEMAITRE 


Acabo  de  leer,  y  con  grandísimo  interés  por 
cierto,  las  diez  conferencias  que  dedicó,  creo  que 
en  la  Sorbona,  Julio  Lemaítre  á  Juan  Jacobo  Rous- 
seau (Jules  Lemaítre,  Jean  Jacques  Rousseau. 
París,  Calmann-Lévy). 

Sabido  es  que  las  tales  conferencias  tuvieron 
un  gran  éxito,  y  que  han  dado  lugar  á  no  pocas 
polémicas. 

En  el  fondo,  las  tales  conferencias  han  tenido 
tanto  de  político  como  de  literario,  y  han  sido  un 
acto  más  de  la  reacción  discreta  y  razonada  con- 
tra los  últimos  excesos  del  jacobinismo  francés. 

Debo  declarar  que  me  es  muy  poco  simpático 
este  jacobinismo,  y  que  pareciéndome  muy  bien 
la  labor  de  un  Combes,  un  Waldeck-Rousseau  y 
hasta  la  de  un  Clemenceau,  me  causan  pena  de- 
claraciones como  las  que  lanzó  desde  la  tribuna  el 
ministro  Viviani,  jactándose  de  que  se  le  hubiera 
arrancado  al  pueblo  la  fe  en  otra  vida  ultraterrena. 

Pero  si  el  dogmatismo  racionalista,  la  ridicula 
fe  en  que  la  Ciencia  y  la  Razón  bastan  y  la  falta 
de  espiritualidad  del  jacobinismo  me  son  poco  sim- 


118 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


páticos,  no  me  lo  es  más  el  conservadorismo  ar- 
chidiscreto  y  el  escepticismo  elegante  del  neoca- 
tolicismo literario  francés.  Me  repugnan  esos  ca- 
tólicos volterianos  y  nacionalistas  que  defienden 
el  catolicismo  porque  va  ligado  á  las  grandes  figu- 
ras de  la  literatura  francesa,  y  sobre  todo,  porque 
el  protestantismo  les  parece  germánico.  No  creo 
posible  mayor  mezquidad  de  punto  de  vista. 

He  querido  siempre  á  Rousseau;  le  he  querido 
tanto  cuanto  me  ha  sido  odioso  Voltaire.  He  que- 
rido siempre  al  padre  del  romanticismo,  y  le  he 
querido  por  sus  virtudes  evidentes  y  hasta  por  sus 
más  evidentes  flaquezas;  he  querido  siempre  á  esa 
pobre  alma  atormentada,  que  á  pesar  de  profesar, 
por  defensa  propia,  el  optimismo,  es  el  padre  del 
pesimismo.  Y  en  esto  no  se  para  Lemaitre,  ni  me 
parece  haber  visto  bien  que  á  pesar  de  las  apa- 
riencias, Rousseau,  el  padre  espiritual  de  Ober- 
mann,  fué  siempre  un  sombrío  pesimista,  un  ne- 
gad or  del  valor  de  la  vida. 

Lemaitre  juzga  á  Rousseau  con  gran  severidad, 
hasta  con  dureza,  y  le  carga  en  cuenta  casi  todos 
los  que  él  estima  males  que  han  asolado  á  Fran- 
cia. Y  en  el  fondo,  ¿sabéis  cuál  es  la  acusación 
principal  que  contra  él  dirige?  La  de  ser  extranje 
ro.  No  lo  dice  expresamente  así  más  que  dos  ó 
tres  veces;  pero  se  lee  entrelineas. 

« Esta  sinrazón  —  dice  en  la  conferencia  déci- 
ma—  esta  subordinación  total  del  juicio  á  la  sen- 
sibilidad, le  coloca  en  un  lugar  único  en  nuestra 
literatura.  Comparadle,  no  digo  con  los  grandes 
escritores  del  siglo  xvn,  sino  con  Voltaire,  con 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


119 


Montesquieu,  con  Buffón,  hasta  con  el  aventuroso 
Diderot.  i  Qué  sensatos  se  os  aparecerán!  ¿Por 
qué  no  decirlo?  Innumerables  páginas  de  Rous- 
seau desbordan  de  un  absurdo  ingenuamente  in- 
solente. Os  he  hecho  ya  notar  que  sus  más  decidi- 
dos partidarios  se  ven  á  menudo  obligados  á  inter 
pretarlo  y  á  confesar  que  lo  interpretan;  no  hay 
que  considerar,  dicen,  lo  que  dice,  sino  lo  que 
ha  querido  significar,  y  que  es  profundo  ó  sublime. 
Ahora  bien:  Rousseau  es  el  único  de  nuestros  clá- 
sicos (si  es  que  puede  dársele  este  nombre)  que 
necesite  de  una  interpretación  tan  complaciente 
y  tan  radicalmente  trasformadora  del  texto.  Los 
demás  pueden  engañarse;  dicen  lo  que  dicen  y  no 
otra  cosa.  Entre  sus  audacias  ó  sus  caprichos  les 
queda  su  razón.  Se  mantienen  en  la  tradición  fran 
cesa.  Rousseau,-  este  interruptor  de  tradiciones; 
Rousseau,  este  extranjero,  inserta  en  nuestra  his- 
toria literaria  un  fenómeno,  un  monstruo.» 

Y  más  adelante,  al  final  de  su  última  conferen- 
cia, dice:  «He  adorado  el  romanticismo,  he  creído 
en  la  Revolución.  Y  ahora  pienso  con  inquietud 
que  el  hombre  que  no  sólo  ciertamente,  pero  más 
que  nadie,  creo,  resulta  haber  hecho  ó  preparado 
entre  nosotros  la  Revolución  y  el  romanticismo 
fué  un  extranjero,  un  perpetuo  enfermo,  y  por  úl- 
timo, un  loco. » 

¡Un  extranjero!  He  aquí  el  mayor  delito  para 
este  francés  francisante  Un  extranjero,  es  decir, 
i  un  bárbaro!  Y,  además,  un  loco.  Y  un  loco  en 
cuanto  extranjero. 

¿Qué?  ¿Os  choca  esto  último  que  digo?  Pues  oid 


120 


MIGUEL  DE  ÜNAMUNO 


al  mismo  Lcmaitre,  que  os  dice  que  las  partes  más 
sanas  de  Rousseau  son  aquellas  en  que  hubiera 
reconocido  á  sus  abuelos  parisienses  y  católicos. 
Es  decir,  que  la  locura  de  Rousseau  le  venía  de 
lo  que  tenía  de  no  francés.  Sabido  es,  en  efecto, 
que  la  razón  es  un  privilegio  de  la  raza  francesa — 
M.  Pierre  Lassere  os  dirá  que  es  privilegio  del 
francés  ser  entusiasta  sin  hacer  el  primo,  sin  ser 
«dupe» — y  que  los  demás  pueblos  no  gozan  de 
ella  sino  en  cuanto  se  dejan  influir  por  el  espíritu 
francés. 

Y  estos  hombre-,  henchidos  de  la  más  ridicula 
petulancia  colectiva,  petulancia  que  se  nutre  de 
la  ignorancia  de  los  demás  y  hasta  de  la  incapaci- 
dad de  comprenderlos;  estos  hombres  nos  habla- 
rán del  orgullo  de  Juan  Jacobo. 

M.  Lemaitre  se  cuida  del  lugar  que  Rousseau 
ocupa  en  la  literatura  francesa  y  duda  de  si  puede 
ó  no  llamársele  un  clásico  de  ella;  pero  no  se  le 
ocurre  pensar  cuál  sea  su  lugar  en  la  literatura 
universal,  y  si  es  posible  que  signifiquen  muy  poco 
ó  no  signifiquen  nada  en  ello  tal  ó  cual  clásico 
francés,  su  Bossuet,  verbigracia,  que  á  los  no  fran- 
ceses nos  resulta  sencillamente  insoportable. 

Al  final  de  su  sétima  conferencia  dice  Lemai- 
tre: «Pues  este  hombre,  que  ha  escrito  él  solo  más 
tonterías,  mucho  más  que  todos  los  demás  grandes 
clásicos  juntos,  es  también  el  que  ha  abierto  á  la 
literatura  y  al  sentimiento  más  caminos  nuevos...» 
Y  es  natural.  Leed  entre  los  maravillosos  ensayos 
de  William  James  («The  will  to  believe  and  other 
essys»)  el  titulado  Los  grandes  hombres  y  su  am- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


121 


tiente  («Great  raen  and  their  environment»),  y 
veréis  cómo  os  explica  que  la  absurda  física  de 
Aristóteles  y  su  lógica  inmortal,  fluyen  de  la  misma 
fuente.  En  cambio,  no  he  encontrado  ni  una  sola 
tontería  en  las  diez  conferencias  de  Lemaitre; 
pero,  en  cambio,  tampoco  me  ha  abierto  una  sola 
senda  y  no  me  ha  servido  más  que  para  admirar- 
me de  cómo  el  «bon  sens»  puede  ahogar  tocio  pro- 
fundo sentido  de  comprensión  íntima. 

En  otro  pasaje  nos  dice  que  sí,  que  Roseau  es- 
taba loco,  sin  duda,  y  en  seguida  añade  con  su 
buen  sentido  habitual:  «¡Y  cuántos  hombres  no 
lo  estarían  á  nuestros  ojos,  Dios  mío,  si  los  cono- 
ciéramos, si  escribieran  libros  y  si  entre  su  desva- 
río tuvieran  algún  genio!»  Y  he  aquí  por  qué  no 
se  le  puede  conocer  á  Lamaitre  su  locura:  porque 
no  tiene  ni  un  átomo  de  genialidad. 

Leéis  las  diez  conferencias,  rebosantes  de  «bon 
sens¿,  y  no  podéis  por  menos  de  ir  diciendo:  ¡es 
verdad,  tiene  razón  este  señor  profesor!;  pero  al 
concluirlas  y  traer  á  vuestra  memoria  al  Rousseau 
de  vuestros  años  juveniles,  exclamáis:  «¡e  pur  si 
muove!» 

Cuando  Lemaitre  quiere  explicarse  cómo  Rous- 
seau, á  pesar  de  sus  contradicciones,  de  sus  para- 
dojas, de  sus  absurdos,  despertó  el  entusiasmo  de 
tantos  y  llegó  á  ser  un  ídolo  como  no  pudo  serlo 
el  antipático  y  razonable  Voltaire;  cuando  ve  todo 
esto  no  se  le  ocurre  sino  acudir  á  la  estupidez,  á 
lá  «bétise»  humana,  que  no  se  entusiasma  ni  con 
Bossuet  ni  con  Augusto  Comte,  que  parecen  ser 
dos  de  Los  santones  de  Lemaitre  y  sus  congéne- 


122 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


res.  Y  esto  de  la  «bétise»,  ó  ele  la  estupidez,  es 
una  explicación  de  una  profundidad  inaudita ;  es 
una  explicación  sencillamente  «béte». 

¡Pobre  Rouseau!  En  el  fondo  de  los  ataques  que 
á  este  protestante  ginebrino  dirige  el  profesor  pa- 
risiense y  catolizante  —  no  me  atrevo  á  llamarlo 
católico, —  no  hay  sino  un  horror  ála  pasión  y  un 
culto  á  la  razón.  Aunque  el  buen  hombre  proteste 
de  lo  primero  y  nos  quiera  hacer  ver  que  la  sen- 
sibilidad no  es  la  sensiblería  romántica,  ni  la  pa- 
sión el  desenfreno. 

Siempre  en  el  seno  del  catolicismo  ha  habido 
dos  tendencias.  Una,  la  genuinamente  religiosa, 
la  cristiana,  la  mística  si  se  quiere,  la  no  perverti- 
da por  el  moralismo  mundano,  la  que  floreció  en 
los  jansenistas,  en  Francia  — en  aquellos  nobles, 
profundos  y  santos  jansenistas, —  la  que  muestra  el 
lado  por  donde  el  catolicismo  puede  entenderse  y 
concordarse  con  las  demás  confesiones  cristianas, 
y  de  otra  parte  la  tendencia  política,  la  específica- 
mente católica,  la  escéptica.  Los  católicos  de  la 
primera  tendencia  han  sentido  simpatía  por  Rous- 
seau, aun  deplorando  los  que  estiman  sus  horrores 
y  aversión  á  Voltaire,  mientras  que  los  católicos  de 
la  segunda  tendencia  han  temido  á  Rousseau  y  se 
han  recreado  con  las  «polissoneries»  de  Voltaire. 

M.  Lemaitre  p^re:e  acercarse  á  este  segundo  y 
horrendo  catolicismo  volteriano,  resucitado  por 
motivos  políticos,  y  sobre  todo  por  francesismo,  á 
este  catolicismo  nacionalista  que  es  la  ruina  de 
toda  verdadera  piedad.  Y  este  catolicismo  se  está 
poniendo  en  moda  en  Francia. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


123 


Cuando  hace  poco,  en  respuesta  á  la  «enquéte» 
que  ha  abierto  el  Mercure  de  France  sobre  si  asis- 
timos á  una  disolución  ó  á  una  evolución  de  la  idea 
y  del  sentimiento  religioso,  vi  que  el  poeta  Fran- 
cis  Jammes  contestaba:  «Asistimos  á  la  disolución 
de  todo  lo  que  no  es  el  catolicismo»,  no  se  me 
ocurrió  sino  exclamar:  «farceur!  poseur»!  Y  en  el 
mismo  número— en  el  cual  iba  también  mi  respues- 
ta—  contestaba  Lemaitre:  «Confieso  que  no  sé 
nada  de  ello».  Lo  cual  puede  ser  verdad  y  puede 
ser  «pose»  de  escepticismo. 

Por  supuesto,  á  pesar  de  estos  «dilettanti»  de 
catolicismo  y  de  estos  execradores  del  romanticis- 
mo y  de  la  Revolución,  la  obra  del  «affaire»,  la 
obra  de  la  separación  de  la  iglesia  y  del  Estado,  la 
obra  de  la  Revolución,  en  fin,  sigue,  Y  en  esa 
obra  alienta  el  espíritu  del  ginebrino,  del  descen- 
diente espiritual  de  la  Reforma,  y  á  esa  obra  han 
contribuido  los  hijos  de  la  Reforma,  esa  animosa  y 
austera  minoría  de  nietos  de  hugonotes  que  son  la 
sal  del  espíritu  religioso  francés.  Y  es  de  esperar 
que  salvarán  á  Francia  del  catolicismo  escéptico  y 
del  racionalismo  agnóstico  y  que  Francia  será 
cristiana. 

La  lectura  del  «Rousseau»  de  Lemaitre,  la  lec- 
tura de  «Le  romantisme  francais»  de  Lasserre,  que 
Lemaitre  recomienda,  me  han  llenado  el  ánimo  de 
tristeza  y  de  irritación;  de  tanta  tristeza  y  tanta 
irritación  como  me  llena  la  lectura  de  cualquiera 
de  los  libros  de  Jules  de  Gaultier  ó  de  otro  de  la 
secta.  Es  el  nihilismo  católico  que  avanza,  y  un  ni- 
hilismo frío,  seco,  raciocinante.  La  suprema  preo- 


124 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


capación  de  estos  desdichados  parece  no  ser  «du- 
pes»,  no  dejarse  coger  de  primos. 

Y  me  acuerdo  de  nuestro  Don  Quijote,  de  aquel 
glorioso  Caballero  de  la  Fe,  honrosísimo  blanco  de 
todas  las  burlas,  ludibrio  de  las  gentes  todas  y  á 
quien  un  niño  podía  engañar,  de  aquel  prodigio  de 
valor  que  supo  arrostrar  impávido  el  ridículo. 

Cuando  el  temor  de  hacer  el  ridículo  se  apode- 
ra de  un  individuo  ó  de  un  pueblo  están  perdidos 
para  toda  acción  heroica. 

Pilatos  quiso  hacer  un  saínete  del  juicio  de  Je- 
sús de  Nazaret  y  convertir  su  pasión  en  farsa,  le 
puso  cetro  de  caña  y  manto  y  le  presentó  al  pue- 
blo, diciéndole:  «¡He  aquí  el  hombre!»  Pero  el  pue 
blo  necesitaba  tragedia,  y  aulló:  «¡Crucifícale!»  Y 
Pilatos  es  hoy  la  execración  de  las  gentes. 

Las  conferencias  de  Lemaitre  están  henchidas 
de  ironías  fáciles,  pero  no  hay  en  ellas  un  sólo 
acento  de  profunda  indignación  ó  de  profunda  pie- 
dad, de  odio  verdadero  ó  de  verdadero  amor.  Y 
se  ve  desde  luego  que  el  buen  señor  es  capaz  de 
todo  menos  de  sentir  á  Rousseau,  el  extranjero. 

¡El  extranjero!  Sí,  el  extranjero  fué  el  principal 
promotor  de  la  Revolución.  Y  así  sucede  siempre, 
la  vida  nos  viene  de  fuera.  Incluso  á  los  fran- 
ceses. 


ROUSSEAU,  VOLTAIRE 
Y  NIETZSCHE 


Las  conferencias  de  M.  Lemaitre  sobre  Rous- 
seau, de  que  ya  aquí  mismo  tengo  tratado,  y  el 
libro  de  M.  Lasserre  sobre  el  romanticismo  fran- 
cés, han  tenido  la  virtud  de  poner  una  vez  más 
poco  menos  que  de  moda  entre  ciertos  intelectua- 
les al  inagotable  ginebrino. 

Todos  cuantos  aman  el  recuerdo  de  Rousseau, 
reconocen  que  no  están  destituidos  de  fundamento 
los  reproches  que  se  le  dirigen,  pero  creen,  por 
otra  parte,  que  no  es  la  buena  fe  la  que  de  ordi- 
nario los  dicta.  Y  esto  es  claro  en  el  caso  de  Le- 
maitre. 

En  el  número  del  Mercare  de  France,  corres- 
pondiente al  15  de  este  mes  de  Junio,  acabo  de 
leer  un  trabajo  de  Luis  Dumur  sobre  los  detracto- 
res de  Juan  Jacobo,  y  en  él  encuentro,  como  no 
podía  menos  de  ser,  no  pocos  de  los  puntos  de 
vista  que  indiqué  en  la  correspondencia  que  al 
mismo  asunto  dediqué  en  estas  columnas.  M.  Du- 
mur hace  hincapié  en  el  hecho  de  que  los  detrac- 
tores franceses  de  Rousseau  le  echan  en  cara, 


126 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


sobre  todo,  el  haber  sido  suizo  y  no  francés,  y 
protestante  y  no  católico  de  origen. 

Por  lo  que  al  primer  punto  respecta,  hace  notar 
M.  Dumur  que  el  francés  es  un  producto  del  cru- 
zamiento de  un  celta,  un  romano  y  un  germano,  y 
que  el  ginebrino  es  un  producto  análogo,  descen- 
diente de  una  tribu  celta  (los  alóbrogos),  de  una 
colonia  romana  y  de  un  pueblo  germano  (los  bur- 
gundos).  Añade  que,  por  el  contrario,  un  bearnés, 
un  bretón,  un  provenzal  y  hasta  un  gascón,  no 
tiene  esta  triple  ascendencia,  entrando  en  ellos 
razas  desconocidas  al  resto  de  Francia,  como  son 
los  ligures,  los  íberos,  los  griegos  y  los  fenicios,  y 
que  son  mucho  menos  franceses  que  un  ginebri- 
no, un  valdense  ó  un  walón. 

He  aquí  una  cuestión  delicadísima,  como  todas 
las  que  se  refieren  á  etnología.  En  cuanto  se  habla 
de  razas  y  sangres,  y  de  su  pureza  ó  su  mezcla, 
reclamo  siempre  en  mi  ayuda  todo  el  repuesto  de 
escepticismo  que  en  mí  puede  haber.  Rara  vez  se 
fundan  en  verdadera  ciencia  las  consideraciones 
que  de  la  raza  se  sacan,  siendo  casi  siempre  con- 
sideraciones basadas  en  pasión.  Creo  que  en  pocas 
cosas  tenemos  el  camino  más  expedito  que  lo  te- 
nemos en  cuestiones  de  razas,  porque  aquí  pode- 
mos estar  seguros  de  una  cosa,  y  es  de  que  no  se 
sabe  nada  de  cierto.  Y  no  es  poco  sab.er.  En  el 
caso  de  Rousseau,  sin  embargo,  se  sabe  que  des- 
cendía de  una  familia  parisiense. 

Acostumbro  sustituir  la  consideración  de  la 
raza  con  la  de  la  lengua,  porque  si  es  difícil,  acaso 
imposible,  determinar  la  raza  á  que  un  europeo 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


127 


pertenezca,  es  una  cosa  facilísima  la  de  averiguar 
en  qué  lengua  piensa.  Y  la  lengua  es,  he  de  repe- 
tirlo una  vez  más,  la  sangre  del  alma,  el  vehículo 
de  las  ideas,  y  Rousseau  pensaba  y  se  expresaba 
en  francés  correcto  y  genuino. 

En  cuanto  á  lo  de  haber  sido  protestante.  M.  Du- 
mur  se  revuelve  contra  la  especie  de  que  la  Re- 
forma no  fuera  francesa  y  hace  notar  cómo  eran 
franceses  cuantos  llevaron  el  protestantismo  á  Gi- 
nebra, exceptouno.  Francés  fué  el  primero:  Farrel; 
francés  fué  Froment,  y  francés  fué  sobre  todo,  el 
gran  Calvino,  una  de  las  cabezas  de  la  Reforma.  Y 
Calvino,  como  hace  notar  muy  bien  M.  Dumur,  fué 
uno  de  los  franceses  más  franceses,  con  todas  las 
cualidades  que  distinguen  á  la  inteligencia  y  al 
temperamento  franceses.  Francés  fué  aquel  picar- 
do  de  espíritu  claro,  lógico,  artista,  aquel  dialécti- 
co y  aquel  organizador,  aquel  político  admirable  y 
admirable  escritor  «que  renovó  la  lengua  con  la 
misma  maestría  con  que  renovó  la  teología»  y 
ciertamente,  su  libro  de  la  «Institución»  es,  á  la 
vez  que  un  monumento  á  la  teología  cristiana,  un 
monumento  de  la  lengua  francesa. 

Esto  que  sucede  en  Francia,  en  que  unos  cuan- 
tos señores  que  se  han  declarado  católicos — cató- 
licos volterianos  que  no  creen  en  Dios  ni  el  Dia- 
blo— por  «chauvinisme»  ó  patriotería,  por  france- 
sismo, por  estimar  que  lo  protestante  es  germáni- 
co y  antilatino,  esto  mismo  sucede,  aunque  en  me- 
nor escala,  también  en  España.  Pues  en  España 
también  hay  quienes  maldicen  del  protestantismo, 
no  por  lo  que  tenga  de  heterodoxo,  desde  el  pun- 


128 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


to  de  vista  de  la  iglesia  católica  romana,  sino  por  lo 
que  dicen  que  tiene  de  no  español,  de  exótico,  de 
extranjerizante.  Y  si  en  Francia  el  protestantismo 
tiene  una  tradición  nobilísima — recuérdese  á  Cal- 
vino,  á  Coligny,  á  Guizot,  á  tantos  otros  —  no  deja 
de  tenerla  también  en  España.  Yo  creo  que  nues- 
tros místicos  españoles  del  siglo  XVI  preludiaron 
una  verdadera  Reforma  española,  indígena  y  pro- 
pia, que  fué  ahogada  en  germen  luego  por  la  in- 
quisición. 

Claro  está  que  al  hablar  así  del  protestantismo 
no  me  refiero  á  ese  protestantismo  de  secta  y  de 
capilla  abierta,  con  sus  pastores  á  sueldo  de  cual- 
quier sociedad  más  ó  menos  bíblica.  Los  adheren- 
tes  de  este  protestantismo  suelen  ser,  entre  nos- 
otros, más  fanáticos  y  más  estrechos  de  criterio 
que  los  católicos.  Acostumbran  negar  el  dictado 
de  cristianos  á  los  que,  como  los  unitarianos,  no 
admiten  la  divinidad  de  Jesucristo,  y  en  punto  á  la 
autenticidad  de  los  libros  sagrados  llegan  á  extre- 
mos verdaderamente  ridículos  Están  tan  cerrados 
como  los  católicos,  si  es  que  no  más,  á  las  conse- 
cuencias obtenidas  por  la  exégesis  verdaderamen- 
te científica  y  por  los  trabajos  bíblicos  que  han 
ilustrado  hombres  como  Baur,  Strauss,  Harnack, 
Holtzmann,  etc. 

Pero ,  dejemos  esto  y  volvamos  á  Rousseau. 

Es  un  hecho  que  á  los  ojos  de  esos  neocatólicos 
literarios  franceses  de  la  laya  de  los  Coupée,  Ba- 
rrés,  Maurras,  Lemaítre,  etc.,  halla  Voltaire  mu- 
cha más  gracia  que  Rousseau.  Y  en  el  fondo,  el  ca- 
tolicismo de  los  intelectualistas  modernos  es  de 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


129 


fondo  volteriano,  esto  es,  conservador.  Entre  nos- 
otros mismos,  aquí  en  España,  el  catolicismo  polí- 
tico de  los  moderados  y  conservadores  —  de  un 
Moyano  ó  un  Cánovas  del  Castillo — fué  un  catoli- 
cismo volteriano. 

A  este  respecto  creo  conveniente  trasladar  aquí 
lo  que  el  gran  Carducci  escribía  en  su  estudio  so- 
bre el  Dante,  Petrarca  y  Boccaccio.  Escribía  así: 

«Considerando,  por  vía  de  parangón,  cuál  fuese 
el  poder  de  Petrarca  en  su  tiempo  y  cuál  la  dife- 
rencia entre  su  ingenio  y  el  del  Dante,  veremos 
que  el  paso  dado  por  Boccaccio  no  estaba  exento 
de  riesgos  y  dificultades.  Imaginaos  que  D'Alem- 
bert,  en  vez  de  soplar  el  fuego  de  la  discordia  en- 
tre los  dos  hombres  más  grandes  del  siglo  xvill, 
hubiese  escrito  á  Voltaire  para  animarlo,  dejando 
de  lado  sarcasmos,  á  que  admirase  y  alabase  á 
Juan  Jacobo;  que  Melanchthon  hubiese  escrito  algo 
parecido  á  Erasmo  cuando  éste  rompió  con  Lute- 
ro,  espantándose  su  elegancia  por  la  dura  audacia 
del  fraile.  Imaginaos  algo  de  esto,  lectores,  y  fi- 
guraos las  respuestas  que  probablemente  habrían 
recibido.  Verdad  es  que  Dante  había  muerto  y  el 
Petrarca  no  era  culpable,  si  es  que  lo  era,  más  que 
de  silencio.  Sin  embargo,  la  respuesta  de  Petrar- 
ca es  tal,  que  parecería  yo  injusto  al  dudar  de  que 
Erasmo  y  Voltaire  la  hubieran  hecho  igual  en  se- 
mejante caso.  Pero,  antes  de  leerla,  entendámo- 
nos un  poco,  si  os  agrada.  Dante,  Lutero,  Juan  Ja- 
cobo,  son  como  los  grandes  rebeldes  de  sus  res- 
pectivos siglos,  hasta  cuando  parece  que  se  obsti- 
nan en  defender  la  autoridad.  Petrarca,  Erasmo  y 

9 

{fe-/  i 


130 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Voltaire  son,  en  el  fondo,  conservadores,  si  se  me 
permite  aplicar  á  ingenios  tan  elegantes  estas  me- 
táforas de  la  revolución,  y  lo  son  hasta  cuando 
llegan  á  la  parte  tribunicia  ó  de  demolición.  Entre 
los  unos  y  los  otros  hay  antipatía  de  naturaleza,  y 
los  segundos  guardan  un  secreto  miedo  de  los  pri- 
meros, de  donde  procede  su  recato,  su  suspicacia 
y  las  restricciones  en  el  modo  de  tratarlos  y  de 
discurrir  sobre  ellos» 

En  este  pasaje  de  Carducci  está  perfectamente 
indicada  la  diferencia  entre  los  verdaderos  revo- 
lucionarios y  los  que  sólo  lo  son  de  apariencia.  De 
un  lado  los  espíritus  religiosos,  los  hombres  de  pa- 
sión y  de  fe,  los  de  entusiasmo:  el  Dante,  Lutero 
y  Rousseau;  y  del  otro  lado  los  espíritus  escépti- 
cos,  los  hombres  de  raciocinio  y  de  duda:  Petrar- 
ca, Erasmo  y  Voltaire. 

Y  es  que  el  elemento  más  genuina  y  eficazmen- 
te revolucionario,  es  decir,  progresista,  el  resorte 
más  enérgico  de  todo  progreso  es  el  entusiasmo 
religioso,  es  la  fe,  y  el  elemento  más  genuina  y 
eficazmente  conservador,  cuando  no  reaccionario, 
la  rémora  más  grande  á  todo  progreso  espiritual,  es 
el  sentido  racionalista.  Es  la  ilusión  lo  que  hace 
avanzar  á  los  pueblos. 

Todos  los  volterianos  enemigos  de  Rousseau 
son,  en  el  fondo,  tan  conservadores  como  lo  era 
Voltaire  mismo.  Faltos  de  toda  creencia  religio- 
sa, de  toda  fe  en  la  trascendentalidad  de  la  vida, 
creen,  sin  embargo,  que  la  religión  puede  ser  un 
arma  política  y  que  es  un  medio  de  contener  á  las 
muchedumbres. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


131 


Se  me  dirá  que  también  los  racionalistas  pueden 
ser  hombres  de  fe  y  que  hay  quienes  la  tienen  en 
la  razón  misma.  Sin  duda  alguna,  pero  éstos,  en 
el  fondo,  no  son  tales  racionalistas.  La  razón  en 
que  ellos  creen  no  es  razón,  como  no  es  ciencia  la 
ciencia  en  que  creen  los  cientificistas. 

Conozco  adorador  de  Nietzsche — y  ¡qué  estra- 
gos ha  hecho  este  hombre  funesto  en  la  legión  de 
espíritus  faltos  de  cultura  filosófica! — que  se  cree 
libre  de  toda  ilusión  trascendente,  cuando  no  hace 
sino  vivir  de  ilusiones  y  de  los  fantasmas  que  le 
sugirió  aquel  desgraciado  poeta  y  soñador  que, 
para  defenderse  de  su  ingénita  y  jamás  vencida 
debilidad,  inventó  la  sofistería  de  la  fortaleza. 

En  el  tercer  volumen  de  su  gran  obra  sobre  la 
Reconciliación  y  la  Justificación,  decía  Ritschl, 
que  la  oposición  entre  la  ciencia  materialista  y  el 
cristianismo  no  es  sino  la  oposición  «entre  el  ins- 
tinto de  la  religión  natural  fundido  en  la  observa- 
ción científica,  y  de  otro  lado,  la  concepción  cris- 
tiana del  universo».  Lo  cual  quiere  decir,  que  no 
es  la  ciencia  lo  que  se  opone  á  la  religión,  sino  que 
es  la  religión  pagana,  ó  más  bien,  el  sentimiento 
religioso  pagano,  disfrazado  de  ciencia,  lo  que  se 
opone  á  la  religión  cristiana. 

En  rigor,  no  hay  nada  más  menos  científico  que 
los  ataques  que  á  nombre  de  la  ciencia  se  dirigen 
al  cristianismo.  A  los  dogmas  de  éste — del  cristia- 
nismo dogmático,  se  entiende — se  oponen  otros 
dogmas,  no  menos  dogmas,  y  no  menos  extrarra- 
cion al men t e  construidos . 

Un  libro  como  el  famoso  Fuerza  y  materia,  de 


132 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Büchner,  pongo  por  caso,  es  de  lo  menos  científico 
y  de  lo  más  religioso — religioso  pagano — que  pue- 
de darse,  empezando  porque  los  conceptos  mismos 
de  fuerza  y  de  materia,  tal  y  como  Büchner  los 
concibe  y  los  aplica,  son  conceptos  místicos  y  muy 
poco  racionales. 

Y  no  vengamos  á  hombres  como  Nietzsche,  por- 
que sus  calumnias  gratuitas  y  absurdas  contra  el 
Cristo  y  el  cristianismo  no  han  podido  hallar  aco- 
jida  y  asenso  más  que  entre  personas  profunda- 
mente ignorantes  de  lo  que  es  y  lo  que  significa 
el  Cristo,  y  que  jamás  se  han  tomado  la  molestia 
de  leer  con  atención  y  sin  prejuicios  los  Evangen- 
1  lios.  El  desdichado  soñador  llamó  ladrón  de  ener- 
gías al  Cristo,  que  es  quien  más  energías  ha  des- 
pertado, y  él,  por  su  parte,  ha  contribuido  más 
que  nadie  á  que  se  crean  genios  no  pocos  ma- 
jaderos y  que  se  figuren  tener  almas  de  leones, 
por  haber  aprendido  sus  aforismos,  legión  de  bo- 
rregos que,  por  espíritu  rebañego,  se  han  aparta- 
do del  grueso  del  rebaño. 

En  el  breve,  pero  sustancioso  estudio  que  de- 
dica Papini  á  Nietzsche  en  su  libro  que  ya  antes 
os  he  recomendado,  II  crepúsculo  dei  filoso fi, 
después  de  poner  de  manifiesto,  citando  pasajes 
evangélicos,  lo  gratuito  y  arbitrario  de  los  ataques 
de  Nietzsche  al  Cristo,  añade:  «Pero  su  odio  al 
cristianismo  derivaba,  en  parte,  de  una  especie  de 
rivalidad  ó  de  miedo  que  se  puede  sorprender  en 
ciertos  de  sus  pensamientos.  Lo  combatía  por  una 
especie  de  rencor  contra  aquella  tentativa  de 
sustituir  nuevos  vencedores  á  los  antiguos.  Por 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


133 


una  extraña  y  anacrónica  solidaridad,  Nietzsche 
gustaba  de  los  fuertes  de  tipo  pagano ,  y  me  atre- 
vo á  insinuar  que  las  críticas  que  dirigió  contra  el 
cristianismo  tienen  un  motivo  semejante  á  aquel 
que  atribuye  al  cristianismo,  y  es  el  miedo». 

Siempre  he  creído  que  Nietzsche  fué  un  hombre 
dominado  por  el  miedo,  por  el  miedo  de  morirse 
del  todo,  miedo  que  le  hizo  inventar  lo  de  la  vuel- 
ta eterna  y  miedo  que  le  hizo  arremeter  contra  el 
cristianismo,  ya  que  no  lograba  ser  cristiano.  El 
fué  quien  dijo  que  en  el  fondo  sólo  ha  habido  un 
cristiano,  y  éste  murió  en  la  cruz.  Y  antes  que  él, 
otro  hombre  que  se  le  parecía  en  ciertas  cosas, 
pero  que,  en  conjunto,  le  era  muy  superior,  Kier- 
kegaard,  el  gran  teólogo  y  soñador  danés,  alma 
atormentada  y  heroica ,  había  escrito  que  la  cris- 
tiandad está  jugando  al  cristianismo.  Pero  Kierke- 
gaad  fué  un  hombre  demasiado  sincero  para  ha- 
berse popularizado. 

Pero  todavía  puede  uno  simpatizar  con  el  alma 
de  Nietzsche  aun  abominando  de  sus  enseñanzas  y 
cobrar  cariño  y  admiración — hijos  de  piedad  una 
y  otra  —  á  aquel  espíritu  de  torturas  que  vivió  en 
lucha  perpetua  con  la  Esfinge,  hasta  que  la  mirada 
de  ésta  le  derritió  el  sentido  arrebatándole  la  ra- 
zón. Pero  con  quienes  es  muy  difícil  simpatizar, 
es  con  los  nietzschenianos,  sobre  todo  con  los  na- 
cidos y  criados  en  nuestros  países  católicos,  donde 
la  ignorancia  en  materias  religiosas  es  la  ley  ge- 
neral. 

Y  desgraciado  del  pueblo  en  que  se  agosta  ó  se 
hiela  el  hondo  sentimiento  religioso  que  ha  produ 


134 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


cido  esos  grandes  rebeldes  como  el  Dante,  Lutero 
y  Juan  Jacobo.  La  causa  del  progreso  espiritual 
está  perdida  en  tales  pueblos  y  muy  pronto  las  cla- 
ses cultas  de  ellos  pierden  el  apetito  de  vivir, 
cayendo  en  las  formas  del  tedio  disfrazado  y  en 
toda  clase  de  deportes,  entre  los  que  se  cuenta  la 
política.  Porque  la  política  en  estos  desgraciados 
pueblos,  cuando  no  es  un  medio  de  medrar  y  de 
satisfacer  concupiscencias  ó  codicias  personales, 
es  un  deporte,  un  verdadero  juego.  El  ideal  ha 
desaparecido  por  completo. 

Mi  buen  amigo,  el  joven  uruguayo  Alberto  Nin 
y  Frías,  que  no  siente  vergüenza  de  profesar  á 
todos  vientos  su  cristianismo,  se  me  lamenta  de  la 
indiferencia  con  que  es  acojida  la  labor  suya  y  de 
otros  animosos  compañeros  suyos,  y  déla  rabia 
con  que  le  atacan  los  nietzschenianos  y  anticris- 
tianos de  por  allá.  Y  yo  le  aconsejo  que  no  haga 
caso  de  los  espíritus  rebañegos  que,  no  encon- 
trando su  humanidad  se  han  agarrado  á  lo  de  la 
sobrehumanidad,  y  que  siga  tranquilo  y  confiado 
su  labor  constante.  Esa  moda  pasará  y  en  cam- 
bio hace  ya  veinte  siglos  que,  en  una  ú  otra  for- 
ma, no  ha  dejado  de  estar  de  moda  siempre  el 
Cristo.  Y  los  que  más  abominan  de  El  están,  sin 
saberlo  ni  quererlo,  más  vivificados  de  lo  que 
creen  por  su  doctrina. 

Lo  horrible,  lo  verdaderamente  horrible,  es  el 
escepticismo  volteriano,  el  que  ha  hecho  esos  con" 
vertidos  franceses  á  los  que  tan  justamente  fusti- 
gaba Gourmont  en  el  «Epílogo»  del  número  de 
primero  de  este  mes  de  junio,  del  «Mercure  de 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


135 


France».  Son  convertidos  que  se  convierten  para 
vender  un  libro.  Eso  no  es  más  que  literatura  y 
cristianismo  á  lo  Chateaubriand ,  es  decir,  come- 
dia. Se  prendan  de  la  Virgen.  Y  á  este  propósito 
dice  Gourmont,  que  no  sabe  si  Pascal,  que  tenía 
inteligencia  de  hombre,  nombra  una  vez  siquiera, 
con  reverencia  particular,  á  la  Virgen  Santísima. 
Y  como  en  mi  «Vida  de  Don  Quijote  y  Sancho»  he 
discurrido  sobre  lo  que  este  culto  idolátrico  á  la 
Madre  de  Jesús  significa  y  vale  en  su  fondo ,  no 
me  parece  bien  repetirlo  ahora  aquí. 

Y  así  los  individuos  y  los  pueblos,  después  de 
errabundas  divagaciones  por  los  más  extraños 
campos,  vuelven  siempre  á  los  eternos  principios 
de  la  eterna  fe  y  de  la  esperanza  eterna  que  son  la 
sustancia  de  la  vida  espiritual. 


ISABEL  Ó  EL  PUÑAL  DE  PLATA 


Una  de  las  mayores  desgracias  que  á  una  nación 
cualquiera  puede  sobrevenirle  es  la  de  que  se 
ponga  en  moda  literaria.  Y  esta  desgracia  le  está 
cayendo,  no  sé  en  expiación  de  qué  culpas,  á  Es- 
paña. Desde  hace  algún  tiempo  verbenean,  que 
es  una  desolación,  los  libros  escritos  en  el  extran- 
jero, en  la  «docta»  (!!!)  Europa,  sobre  nuestra 
España.  Unos  son  impresiones  de  viaje,  otros  es- 
tudios sociólogos — y  éstos  los  más  terribles,  por- 
que nada  hay  tan  desecante  como  ese  galimatías 
de  vulgaridades  á  que  se  da  el  pomposo  nombre 
de  ciencia  (!!!)  sociológica — y  otros,  en  fin,  nove- 
las y  hasta  poemas.  Han  caído  sobre  nuestra  le- 
yenda, ó  mejor  sobre  nuestras  múltiples  leyendas, 
con  frecuencia  contradictorias  las  unas  de  las 
otras,  toda  casta  de  literatos  impotentes  á  la  hus- 
ma de  lo  exótico.  ¡Y  qué  de  cosas  se  escriben, 
cielos  santos!  Voltaire  puso  en  moda  á  los  chinos, 
Montesquieu  á  los  persas,  Chateaubriand  á  los  na- 
chez  y  no  sé  quiénes  nos  están  poniendo  en  moda 
á  los  españoles.  Y  ponerlo  á  uno  en  moda,  es  que- 
rer ponerle  en  ridículo.  Menos  mal  que  nos  reímos 


138 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


de  ellos  más  aun  que  ellos  puedan  reírse  de  nos- 
otros. 

Mas  entre  los  engendros  ultrapirenaicos,  á  costa 
de  nuestro  pueblo,  dudo  que  se  haya  podido  pro- 
ducir otro  más  deliciosamente  disparatado  que  el 
que  acaba  de  perpetrar  un  tal  Pascal  Forthuny 
bajo  el  título  de  «Isabel  ou  le  poignard  d'argent», 
novelucha  truculenta,  donde  hay  muertes  repen- 
tinas, incendios,  asesinatos,  jesuítas  y  conventos. 
Un  verdadero  modelo  en  su  género. 

El  apellido  Forthuny,  á  pesar  de  la  hache  que 
á  la  te  se  sigue,  es  un  apellido  genuinamente  ca- 
talán, y  el  nombre  Pascal,  ó  Pascual,  también  tie- 
ne mucho  de  ello.  Además,  el  libro  va  dedicado  á 
un  Domingo  Solé,  que  sin  duda  será  quien  más  le 
haya  sugerido  al  autor  los  cien  mil  desatinos  de 
que  ha  llenado  su  libre] o.  Pero  aunque  catalán  al 
parecer,  en  realidad  el  Forthuny  es  francés,  y 
muy  francés,  aunque  no  en  lo  bueno,  sino  más 
bien  en  lo  malo.  Ha  estado  en  España,  no  cabe 
duda,  y  en  esta  pecadora  Salamanca,  donde  pone 
el  escenario  de  su  novelucha,  y  ha  aprendido  al- 
gunas palabras  españolas  conque  empedra  su  pro- 
sa francesa,  sin  traducirlas  ni  subrayarlas,  ó  más 
bien  «cursivearlas».  Así  vemos  que  sabe  lo  que 
quieren  decir  alcarraza,  conserjería,  peluquería, 
paseo,  ventana,  corral,  aguardiente,  feria,  corrida, 
criada,  navaja,  etc.,  etc.,  aunque  ignore  que  en 
español  no  se  dice  ni  Guilhem  de  Castro,  ni  Te- 
resia,  ni  otras  cosas  por  el  estilo.  Aunque  la  ver- 
dad es  que  á  un  «artista»  del  fuste  de  Forthuny 
(Pascal)  no  se  le  pueden  exigir  conocimientos  lin- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


139 


güísticos.  Le  es  muy  lícito,  pues,  presentarnos  á 
su  héroe,  el  salmantino  Lorenzo  Sánchez,  premia- 
do por  un  trabajo  de  comparación  entre  los  idio- 
mas vasco,  bretón  y  céltico,  y  un  dicccionario  de 
las  raíces  comunes  á  los  «tres«  idiomas.  Si  se  tra- 
tara de  un  lingüista  habría  que  echarle  al  corral — 
es  una  de  las  palabras  españolas  que  el  autor  co- 
noce— por  ignorar  que  el  bretón  es  una  rama  de 
los  idiomas  célticos  y  que  hablar  del  celta  como 
de  un  idioma  distinto  del  bretón  es  hablar  del  in- 
do-europeo como  distinto  del  alemán  ó  de  la  len- 
gua romántica  como  distinta  del  italiano,  del  es- 
pañol ó  del  provenzal,  y  lengua  por  sí.  Y  en  cuan 
to  á  esa  misteriosa  comunidad  de  raíces  que  Pascal 
Forthuny,  y  no  Lorenzo  Sánchez,  ha  descubierto 
entre  el  vascuence  y  el  bretón,  obra  es  tal  descubri- 
miento, no  ya  moderno,  de  un  razonamiento  que  no 
tiene  vuelta  de  hoja.  Cual  es  éste:  En  Francia  no 
se  hablan  sino  dos  idiomas  que  no  sean  de  origen 
latino,  dos  solos  idiomas  de  que  un  francés  que  no 
sea  de  los  países  en  que  se  hablan  no  logre  enten- 
der ni  palabra  apenas,  y  son  el  bretón  y  el  vas- 
cuence, «ergo»  el  bretón  y  el  vascuence  son  her- 
manos. ¿Cómo  van  á  poder  diferenciarse  profun- 
damente dos  cosas  que  yo  no  diferencio  porque 
no  las  entiendo?  ¿Cómo  van  á  poder  hablarse  en 
Francia  dos  lenguas  igualmente  ininteligibles  para 
un  francés  puro,  sin  que  sean  en  el  fondo  la  misma 
lengua?  Fuera  de  mí  no  hay  sino  la  confusión. 

Y  no  vaya  á  creerse  el  lector  que  esta  conside- 
ración sobre  el  fantástico  parentesco  entre  el  bre- 
tón y  el  vascuence  sea  algo  episódico  y  digresivo 


140 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


aquí,  i  no!  En  este  detalle  se  denuncia  la  psicolo- 
gía toda  del  autor,  cuya  incapacidad  no  ya  para 
sentir,  pero  ni  aun  para  comprender  el  alma  espa- 
ñola es  notoria.  Para  el  señor  Forthuny  no  hay 
más  vida,  ni  más  progreso,  ni  más  cultura,  ni  más 
alegría,  ni  más  porvenir  que  el  suyo,  el  que  cree 
ser  el  de  su  pueblo;  todo  lo  demás  es  muerte,  in- 
movilidad, atraso,  tristeza  y  tradición.  No  se  le  ha 
pasado  siquiera  por  la  mollera  que  pueda  haber 
otro  desarrollo  de  vida,  es  decir,  otra  vida  que  la 
suya.  El  potro  está  condenado  á  muerte,  á  inmo- 
vilidad y  á  vegetar  en  la  memoria  del  pasado,  por- 
que va  derecho  á  hacerse  caballo  en  vez  de  ir, 
como  debiera,  á  hacerse  toro;  por  lo  menos,  así 
piensa  el  ternero. 

La  acción  de  «Isabel  ó  el  puñal  de  plata»  tras- 
curre, como  os  decía,  en  esta  pecadora  Salaman- 
ca en  que  habito  y  vivo  y  trabajo  hace  ya  veinte 
años  y  á  la  que  no  conocía  hasta  que  el  señor  For- 
thuny ha  venido  á  descubrírmela.  Trascurre  en 
esta  Salamanca  «madre  de  las  virtudes,  de  las 
ciencias  y  de  las  artes»,  repite  el  autor,  en  esta  Sa- 
lamanca, que  si  hiciera  caso  á  los  Lorenzo  Sán- 
chez, ó  sea  á  los  Forthunys,  «podría  constituir  aca- 
so un  día  en  el  cuerpo  español,  con  la  Barcelona 
del  este,  las  dos  meninges  de  inteligencia  y  de 
progreso  á  que  todos  los  otros  miembros  obede- 
cieran». Gracias,  señor  Forthuny,  gracias,  muchas 
gracias  en  nombre  de  Salamanca,  pero...  no  me- 
recemos tanto.  Y  no  es  modestia. 

El  señor  Forthuny  ha  estado  en  Salamanca  y 
por  ciertos  detalles  se  deduce  que  en  época  de  fe- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


141 


6 

rías,  de  fines  de  Agosto  á  mediados  de  Setiem- 
bre, en  época  en  que  yo  no  estoy  aquí.  Os  juro 
que  no  le  conozco  y  os  juro  también  que  si  hubie- 
se estado  conmigo  se  habría  tal  vez  ahorrado  los 
disparates  de  su  libro,  es  decir,  se  habría  ahorra- 
do el  libro.  Pero...  ¡quiá!  ¿venir  á  España  y  no  es- 
cribir un  libro  sobre  ella?  y  un  libro  conforme  á  la 
idea  preconcebida  que  de  España  se  tenía,  por  su- 
puesto, ya  que  sólo  se  vino  á  corroborar  esa  idea, 
cerrando  los  ojos  á  cuanto  no  lo  confirme.  Es  de- 
cir, cerrándolos  no,  antes  más  bien  no  viendo  aún 
con  ojos  abiertos. 

El  señor  Forthuny  estuvo  en  Salamanca,  en 
efecto,  y  tomó  ciertos  datos  y  noticias  en  su  «car- 
net» de  viaje.  Sabe  que  el  tren  de  Medina  llega  á 
las  4,33  de  la  mañana,  aunque  esta  hora  pueden 
cambiarla  antes  que  publique  la  segunda  edición 
de  su  novelita;  sabe  que  hay  un  hotel  del  Pasaje, 
una  señora  rica  y  soltera  á  la  que  se  le  conoce  por 
el  nombre  de  la  Pollita  de  Oro,  un  diario  que  se 
llama  El  Adelanto,  de  cuyo  sentido  se  informó 
bastante  bien,  una  calle  del  Doctor  Riesco;  el  se- 
ñor Forthuny  sabe  respecto  á  Salamanca  bastan- 
tes detalles  que  también  sabemos  su  vecinos  y 
moradores ,  pero  sabe  también  otras  varias  cosas 
que  ignoramos,  como  que  Alfonso  Rodríguez — su- 
pongo será  el  P.  Alonso  Rodríguez,  jesuíta  y  uno 
de  los  primeros  prosistas  de  nuestro  siglo  clásico — 
fué  jefe  de  la  universidad;  que  fray  Luis  de  León 
— ¡y  este  sí  que  es  descubrimiento! — fué  fundador 
de  ella,  que  son  frailes  los  colegiales  del  colegio 
de  Irlandeses,  que  la  iglesia  de  San  Esteban  tiene 


142 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


torres,  que  los  dominicos  anclan  descalzos,  que  la 
catedral  vieja  tiene  criptas,  que  hay  aquí  una  gi- 
ralda... etc.,  etc.  Pero  estas  son  menudencias. 
Puede  el  visitante  de  un  pueblo  equivocarse  en 
cien  detalles  y  cojer  el  alma  del  pueblo,  así  como 
un  libro  de  historia  cabe  sea  una  gran  mentira 
siendo  verdaderos  sus  datos  todos  y  ser  una  gran 
verdad  plagada  de  inexactitudes  de  detalles.  Y  en 
esto  de  haber  sorprendido  el  alma  de  Salamanca 
sí  que  es  portentoso  Forthuny. 

En  este  libro  que  lleva  por  subtítulo  «La  trage 
dia  de  las  dos  Españas»,  había  que  escojer  la 
ciudad  española  más  trágica  y  más  atrasada,  la 
más  reaccionaria,  la  más  levítica.  Y  es  claro,  en 
toda  España  «cindadela  arcaica  de  los  prejuicios, 
de  los  enceguecimientos,  de  los  enervamientos,  de 
los  entorpecimientos,  de  las  incuriosidades,  trin- 
chera de  las  fes  que  han  muerto ,  último  baluarte 
en  que  se  obstinan  en  no  conocer  nada  del  mundo 
exterior,  pueblo  nacido  demasiado  tarde  en  un  si- 
glo demasiado  joven»,  en  una  España  tal,  la 
ciudad  muerta  por  excelencia  tenía  que  ser  Sala- 
manca. Isabel  le  dijo  al  autor  que  no  creía,  fuera 
de  los  malditos  catalanes,  en  la  sinceridad  de  un 
español  que  invoque  los  tiempos  nuevos.  ¡Esto  de 
tiempos  nuevos  tiene  la  mar  de  gracia!  La  pobre 
Isabel,  la  del  puñal  de  plata,  la  que  después  de 
matar  con  él  á  su  amante,  nadie  sabe  por  qué  y 
menos  que  nadie  el  señor  Forthuny,  se  mete  monja 
en  Alba  de  Tormes,  la  pobre  Isabel  no  había  sali- 
do nunca  de  Salamanca,  que  si  hubiese  salido  de 
ella  habría  visto  que  cualquier  otra  ciudad  españo- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


143 


la  es  mucho  más  levítica  y  más  reaccionaria  y  más 
presa  de  eso  que  Forthuny  entiende  por  pasado 
que  ésta  su  ciudad  natal,  y  desde  luego  muchísimo 
más  que  ella  cualquier  ciudad  catalana. 

Al  bueno  de  Forthuny  le  tomaron  aquí  de  primo 
y  se  quedaron  con  él  dándole  la  castaña.  (Tres 
giros  que  á  pesar  de  sus  conocimientos  en  caste- 
llano de  seguro  no  entiende).  Y  es  que  se  fió,  sin 
duda,  de  algún  viajante  ó  comisionista  catalán  que 
resultó  ser  su  compañero  de  posada.  Y  ese  comi- 
sionista le  hizo  creer  que  en  las  librerías  de  Sala 
manca  sólo  se  vende  lo  que  los  jesuítas  quieren, 
cuando  se  vende  hasta  las  obras  de  otros  Forthu- 
ny; que  los  nobles  irlandeses,  unos  pacíficos  estu- 
diantes que  con  nadie  se  meten,  ocupándose  sólo 
en  seguir  sus  estudios,  paseai  y  jugar  al  «foot- 
ball»,  intrigan  para  comprar  librerías  (!!!);  que  los 
jesuítas — ¡oh,  el  coco!  ¡el  coco! — compran  á  des- 
dichados para  que  asesinen  á  otros;  que  un  guar- 
dia civil  se  mete  en  una  taberna  á  echar  unas  co- 
pas— en  Francia  se  ve  alguna  vez  soldados  borra- 
chos, en  España  ¡jamás!; — que  al  que  manifiesta 
aquí  ideas  racionalistas  se  le  aisla  y  huye  la  gente 
de  él  como  de  un  apestado;  que  la  mayoría  de  los 
obreros  de  esta  ciudad  comulgan  todos  los  años  y 
precisamente  el  25  de  Diciembre;  que...  ¡Le  hizo 
creer  tantas  cosas!  Y  en  Salamanca,  precisamente 
en  Salamanca,  en  esta  Salamanca  que  creo  cono- 
cer algo  por  habitar,  vivir  y  trabajar  en  ella  hace 
veinte  años,  y  que  es  una  de  las  ciudades  de  es 
píritu  más  abierto,  de  mayor  tolerancia  para  todas 
las  ideas,  una  de  las  ciudades  de  España  en  que 


144 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


más  se  lee  y  de  todo,  una  ciudad  en  que  desde 
hace  tiempo,  desde  los  tiempos  del  cantón,  la  ma- 
yoría es  republicana.  Esto  último  lo  sabe  Forthu- 
ny,  se  lo  dijo  el  comisionista,  su  lazarillo,  pero  le 
dijo  también  que  el  ejército,  la  guardia  (¿cuál?),  la 
iglesia,  la  mujer,  la  tradición,  la  pereza  neutralizan 
el  número  y  que  si  «esta  banda  de  imbéciles» — 
así  llama  Lorenzo  á  los  republicanos  salmantinos — 
no  estuvieran  desunidos,  hace  tiempo  que  se  ha- 
bría visto  algo  nada  menos  que  en  la  Península. 
¡Aquí  de  la  meninge  aquélla! 

¿El  argumento  de  Isabel?  ¿Para  qué  os  he  de 
contar  ese  argumento?  No  le  tiene.  Todos  aque- 
llos horrores  melodramáticos,  jesuítas  que  com- 
pran un  asesino,  un  dominico  «descalzo»  (!!)  que 
en  plena  iglesia  denuncia  por  su  nombre  á  Lorenzo 
Sánchez — ,  cosa  absolutamente  inverosímil,  y  más 
tratándose  de  los  dominicos  de  Salamanca — muer- 
tes repentinas,  asesinatos,  noches  de  pasión  en 
que — prepárense  á  oir  un  delicioso  galimatías — 
los  amantes  «quedaban  suspendidos  en  medio  del 
infinito,  desencarnados,  reencarnados  en  el  éter 
imponderable  del  maravilloso  himen» — ¿qué  tal? — 
todo  eso  no  es  argumento.  Todo  es,  en  el  fondo 
tenebroso  y  secreto  como  aquellos  caminos  «se 
cretos»  también,  que  en  el  templo  dominicano  d 
San  Esteban,  llevan  por  galerías  del  claustro  a 
coro,  y  cuyo  secreto  conoce  aquí  todo  el  mundo 

Y  todos  estos  males  que  nos  asedian,  y  de  cuy 
existencia  ni  nos  habíamos  dado  cuenta,  ¿por  qu 
los  tenemos  así  encima?  Por  obstinarnos  en  seguir 
siendo  españoles;  ni  más  ni  menos.  Si  España  ve- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


145 


geta  aparte,  «la  pobre  y  magnifica  España,  entera- 
mente desnuda,  apartada  por  sus  amos  del  mara- 
villoso banquete  de  ideas  en  que  los  pueblos  ase- 
guran, en  una  porfía  de  emulación,  el  renacimien- 
to de  su  genio»;  si  España  es  y  será  «el  convento 
inaccesible  donde  unas  viejas,  en  la  sombra,  im- 
plorando á  Dios,  hacen  abortos»;  si  España  no 
tiene  porvenir  es  porque  en  Arapiles,  en  vez  de 
derrotar  lord  Wéllington  á  Marmont,  no  derrotó 
Marmont  á  lord  Wéllington.  Los  Arapiles  figuran 
también  en  esta  novela;  en  el  que  fué  campo  de 
batalla,  tiene  lugar  una  entrevista  nocturna  entre 
Isabel  y  Lorenzo,  entre  las  dos  Españas.  Qué  pro- 
fundo simbolismo,  no  sé  si  desencarnado  ó  reen- 
carnado y  si  suspenso  en  medio  del  infinito,  en 
el  éter  imponderable  del  maravilloso  himen! 

Esta  pobre  y  «magnífica» — ¿á  qué  conduce  jun- 
tar estos  dos  epítetos? — España  está  perdida,  irre- 
misiblemente perdida,  «es  un  cuerpo  sin  pensa- 
miento», está  muerta,  «est  morte,  bien  morte»,  si 
no  se  echa  en  brazos  de  los  republicanos  y  de  los 
catalanes.  Tal  es  la  moraleja.  Los  republicanos  y 
los  catalanes  son  los  que  saben  admirar  á  Francia 
y  tomarla  por  modelo;  ellos  son  los  verdaderos 
patriotas.  El  pobre  Lorenzo  Sánchez,  víctima  del 
puñal  de  plata  de  Isabel,  su  amante,  sufría  en  esta 
España  de  las  pelotas  vascas,  de  los  «banderillos» 
(¡sic!)  y  de  las  bebidas  frescas,  ¡horror!  ¿Cómo  va- 
mos á  tener  porvenir,  cómo  vamos  á  entrar  en 
el  concierto  de  las  naciones  cultas,  con  Francia 
la  cabeza,  si  nos  entercamos  en  seguir  jugando 
á  la  pelota  y  en  beber  refrescos,  «des  boissons 

10  . 


146 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


fraiches»,  en  vez  de  ajenjo,  cuando  hace  calón 

Oídle  á  Lorenzo  Sánchez,  es  decir,  oíd  á  For- 
thuny,  ó  mejor  dicho,  oíd  al  comisionista,  proba- 
blemente catalán  y  republicano,  que  sirvió  aquí  de 
lazarillo  ciego  al  autor  de  «Isabel»;  oídle: 

«Es  en  Francia,  es  en  Inglaterra,  donde  he  sa- 
bido que  era  un  buen  español.  He  visto  el  mundo, 
verdad,  y  vosotros  habéis  vivido  bajo  las  torres  de 
la  catedral  nueva.  Os  lo  juro  por  Dios,  soy  más 
castellano  que  vosotros.  Porque  conozco  la  sonri- 
sa socarrona — «le  sourire  narquois» — de  los  otros, 
de  los  extranjeros  cuando  hablan  de  España;  por- 
que he  oído  cómo  se  burlaban  de  nuestra  patria 
de  guitarras,  de  seguidillas  y  de  toreros,  por  esto 
es  por  lo  que  sueño  en  una  resurrección  de  nues- 
tra vieja  raza  española...» 

¡La  sonrisa  burlona! — «¡le  sourire  narquois!» — 
¡Pobre  Lorenzo!  Pero  yo  le  aseguro  á  Lorenzo,  ó 
á  Forthuny,  ó  á  su  lazarillo,  que  ahora  que  empe- 
zamos á  conocer  mejor  á  Europa,  empezamos  tam- 
bién á  reimos  de  ella,  y  que  acabaremos  riéndo- 
nos, no  con  la¡  sonrisa  burlona  de  Voltaire,  sino 
con  la  terrible  risa  de  Cervantes.  El  pobre  Loren- 
zo Sánchez,  llevando  clavada  en  el  corazón  como 
un  puñal,  aunque  no  de  plata,  como  el  de  su  aman- 
te, esa  sonrisa  burlona,  miraba  al  puente  de  hierro 
de  la  Salud,  «por  donde  se  va  á  otros  países». 

Fíjense  bien  en  esto,  en  un  puente  áe  hierro  de 
un  ferrocarril  por  donde  se  va  á  otros  países.  ¡Y 
por  ese  puente  de  la  Salud  se  va  ante  todo  al  ex- 
reino, y  hoy  República  de  Portugal,  á  Oporto,  á 
Lisboa,  donde  se  puede  tomar  un  barco  de  vapor 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


147 


que  le  lleve  á  uno  á  Londres,  á  Hamburgo,  á  Ná- 
poles,  á  Buenos  Aires,  á  Nueva  York,  al  Havre  y 
de  allí  á  París  ó  á  Babia!  Sí,  por  ese  puente  puede 
ir  uno  á  celebrar  una  entrevista  con  Pascual  For- 
thuny,  descubridor  de  la  tragedia  de  las  dos  Espa- 
ñas  que  se  representa  en  esta  muerta  ciudad  de 
Salamanca,  que  podría  llegar  á  ser,  con  Barcelona 
en  el  este,  una  de  las  dos  meninges  de  inteligen- 
cia y  de  progreso  á  que  todos  los  otros  miembros 
obedecieran.  ¿Y  si  luego  suspendiésemos  esa  me- 
ninge en  medio  del  infinito,  en  el  éter  impondera- 
ble del  maravilloso  himen? 

La  que  llamaremos  novela  acaba  con  una  visita 
de  los  reyes  á  Salamanca  y  una  aclamación  popu- 
lar en  la  Plaza  Mayor.  Y  entonces,  hasta  Hernán- 
dez, catedrático  de  francés  y  de  historia  y  uno  de 
!os  progresistas  afectos  á  Lorenzo — por  algo  era 
catedrático  de  francés— grita:  «¡Viva  el  rey!  ¡Viva 
Carlos  Quinto!  ¡Viva  Felipe  Tercero!  ¡Viva  María 
Cristina!  ¡Viva  Alfonso  Trece!  ¡Viva  el  Escorial! 
¡Viva  España!  ¡Viva  el  rey!»  Lo  que  faltaba  allí  era 
alguien  que  gritara:  «¡Viva  la  meninge!  ¡viva  el 
éter  imponderable!  ¡viva  el  hímen  maravilloso! 
¡viva  Marmont!». 

Acabemos.  Al  frente  de  este  libro,  y  como  dig- 
nísimo pórtico  de  él,  aparecen  retraducidas  al 
francés  unas  palabras  de  Salmerón,  en  que  este 
funestísimo  repúblico  calumnió  una  vez  más  á  su 
patria  diciendo  que  es  hostil  al  progreso  —  ¿á  qué 
progreso?  —  palabras  que  recuerdan  las  de  aquel 
triste  discurso  que  dejó  caer  en  el  Congreso  el 
4ía  9  de  Junio  de  1902  y  en  que  pedía  que  nos 


14S 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


pongamos  á  la  cola  y  al  servicio  de  Francia ,  con- 
tentándonos con  que  nos  dé,  «no  lo  que  constituye 
un  hueso,  que  no  tenemos  ya  ni  dientes  para  roer, 
sino  algo  en  lo  cual  la  carga  se  compense  con  el 
beneficio»,  y  recordaba,  con  la  oportunidad  que  lo 
distinguió  siempre,  la  expulsión  de  los  moriscos. 

De  «Isabel  ó  el  puñal  de  plata»  no  hay  sino  to- 
marlo á  chacota  y  reirse  con  algo  más  que  sonrisa 
burlona  entre  sorbo  y  sorbo  de  esos  refrescos  que 
nos  tienen  tan  á  mal;  pero  de  discursos  como  aquel 
incalificable  que  el  9  de  Junio  de  1902  pronunció 
el  que  de  seguro  ha  sido  el  patriota  español  mode- 
lo según  los  Forthunys,  de  éstos  no  cabe  reirse.  Si 
oímos  con  calma  tales  cosas  en  casa,  ¿qué  no  dirán 
fuera  de  nosotros?  Y  esto,  lo  que  digan,  es  lo  que 
menos  debe  importarnos.  Hay  algo  peor. 


LA  CIUDAD  Y  LA  PATRIA 


Otra  vez  he  de  apoyarme  en  hechos  históricos 
leídos  en  la  Historia  Constitucional  de  Vene- 
zuela,  del  señor  Gil  Fortoul.  Leyéndola  tomó  for- 
ma concreta  en  mi  mente,  saliendo  de  la  nebulosa 
en  que  se  revolvía  por  concretarse  y  aclararse, 
una  suposición  respecto  á  un  problema  político  que 
ha  tenido  que  preocupar  á  cuantos  hayan  medita- 
do en  las  visicitudes  del  desarrolla  político  de  las 
naciones  hispanoamericanas.  ¿Por  qué  las  repúbli- 
cas americanas  de  lengua  española  son  hoy — con 
Panamá  y  Cuba  —  diez  y  ocho  y  no  diez  y  seis  ó 
veinte?  En  pocos  años,  muy  pocos,  se  formaron 
diez  y  seis  naciones.  ¿Y  por  qué  no  más? 

La  historia  nos  explica  cómo  la  Banda  Oriental 
del  Uruguay  se  hizo  una  nación  independiente  y 
no  se  hizo  tal  Entre  Ríos;  pero  la  historia  no  nos 
pone  muy  en  claro  la  razón  íntima  de  eso.  Un  car- 
lyliano,  uno  que  rinda  culto  á  los  héroes,  podrá 
explicarlo  por  la  superioridad  de  tal  caudillo  sobre 
tal  otro,  y  asegurar  que  el  Uruguay  fué  obra  de 
Artigas  y  el  Paraguay  del  doctor  R.  Francia;  pero 
siempre  habrá  muchas  gentes'que  no  se  satisfarán 


150 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


con  tal  explicación.  Otros  acudirán  á  razones  de 
geografía,  de  clima  y  suelo,  pero  tampoco  tales 
razones  convencen  siempre.  Soy  de  los  que  rinden 
más  sincero  homenaje  de  admiración  y  simpatía 
ni  talento  brillarte  y  á  la  imaginación  cálida  y  á  la 
par  fresca — dos  cosas  que  en  la  imaginación  no  se 
excluyen — del  gran  poeta  Zorrilla  de  San  Martín; 
pero  no  me  pueden  convencer  aquellos  ingeniosos 
y  patrióticos  esfuerzos  que  hizo  en  su  discurso  al 
inaugurarse  la  estatua  ecuestre  del  general  Lava- 
lleja,  para  demostrarnos  que  el  Uruguay  tiene  que 
ser  una  nación  independiente  con  la  voluntad,  sin 
la  voluntad  y  hasta  contraía  voluntad  de  los  orien- 
tales, por  ser  una  patria  subtropical  y  atlántica. 

Hoy,  después  de  más  de  tres  cuartos  de  siglo 
que  las  naciones  hispanoamericanas  están,  en  su 
mayoría,  constituidas,  la  historia  ha  creado  en 
ellas  tradiciones  haciéndolas  patrias,  pero  siempre 
queda  en  pie  para  la  mayor  parte  de  ellas  el  pro- 
blema sociológico  y  político  del  origen  de  su  cons-  * 
titución.  Y  no  creo  que  ayude  á  resolverlo  del  todo 
el  remontarnos  á  la  constitución  de  las  colonias. 

Claro  está  que  tanto  la  acción  de  los  caudillos, 
y  el  que  unos  fuesen  más  fuertes  que  otros,  como 
la  geografía  y  otras,  explican  en  parte  el  hecho, 
pero  siempre  queda  margen  para  otras  explicacio- 
nes. Y  la  lectura  del  primer  tomo  de  la  Historia 
Constitucional  de  Venezuela,  del  señor  Gil  For- 
toul,  me  ha  hecho  fijarme  en  un  factor  al  que  de 
ordinario  no  se  le  da  todo  el  relieve  que  á  mi  jui- 
cio merece. 

La  gran  Colombia  que  formó  Bolívar  el  Liber- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


151 


tador  se  dividió,  ya  en  su  vida,  en  la  actual  Co- 
lombia, Venezuela,  el  Ecuador  y  aun  Bolivia,  así 
como  más  tarde  se  deshizo  la  confederación  perú- 
boliviana  de  Santa  Cruz.  El  señor  Gil  Fortoul  nos 
cuenta  cómo  Páez,  el  llanero  venezolano,  no  se 
formaba  idea  exacta  de  la  «patria  grande»,  pre- 
ocupándose ante  todo  de  los  asuntos  caseros  de 
su  «patriecita» — como  decía  Soublette — de  los  lla- 
nos de  Barinas  y  Apure.  Lo  mismo  les  pasaba  á 
no  pocos  de  los  caudillos  argentinos. 

Y  eso  es  enteramente  natural.  El  sentimiento 
de  patria,  de  patria  grande,  de  patria  histórica, 
con  una  bandera  y  una  historia  común  y  una  re- 
presentación ante  las  demás  patrias,  siendo  por 
ellas  reconocida  como  tal,  es  un  sentimiento  de 
origen  ciudadano.  Nace,  y  si  no  nace,  se  robuste- 
ce en  las  ciudades.  El  campo  no  engendra  sino 
sentimientos  regionales,  de  agrupación  informe. 
El  federalismo  es  rural  en  su  origen,  ó  si  no  ru- 
ral enteramente,  producto  de  pequeñas  villas,  de 
burgos  reducidos;  el  unitarismo  nace  en  las  gran- 
des metrópolis. 

Aun  hay  más,  y  es  que,  contra  un  prejuicio  muy 
generalizado,  aseguran  observadores  agudos  y 
desapasionados  que  los  pueblos  de  los  campos,  los 
aldeanos,  campesinos,  llaneros,  etc.,  se  diferen- 
cian entre  sí  menos  que  el  pueblo  bajo  de  las  ciu- 
dades, que  un  labriego  castellano  y  un  peasant 
inglés  ó  un  paysan  francés  se  parecen  más  que  el 
chulo  de  Madrid,  el  cockney  de  Londres  y  el  obre- 
ro parisiense.  Lo  que  distingue  á  dos  pueblos  son 
sus  grandes  ciudades,  y  en  torno  á  una  gran  ciu- 


152 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


dad  es  como,  ante  todo  y  sobre  todo,  se  forma  una 
patria. 

El  patriotismo  nacional  es  civil,  es  un  sentimien- 
to de  origen  ciudadano.  Y  no  se  olvide  que  civili- 
zación deriva  de  civis ,  de  donde  deriva  también 
ciudad,  civitas. 

En  la  citada  obra  del  Sr.  Gil  Fortoul  puede 
verse  cómo  el  elemento  más  activo  en  la  separa- 
ción de  Venezuela  de  la  gran  Colombia  fué  Cara- 
cas, la  ciudad,  donde  se  formó  un  partido  «des- 
contento de  ver  la  capital  en  Bogotá  y  adversario 
de  la  forma  centralista  de  la  constitución  de  Cúcu- 
ta»  (pág.  390).  A  lo  que  hace  observar  el  autor 
(pág.  394):  «Obsérvese  que  este  espíritu  de  inde- 
pendencia de  la  municipalidad  de  Caracas,  imitado 
después  por  otras,  revela  que  renacía  bajo  la  re- 
pública la  tradición  de  los  ayuntamientos  españo- 
les... Ulteriormente  veremos  que  la  vida  política 
regional  tiende  á  concentrarse  en  la  capital  de  la 
provincia  ó  estado,  ó  más  bien  en  su  gobernador  ó 
presidente;  de  tal  suerte  que  el  régimen  federati- 
vo, según  el  concepto  especialísimo  que  de  él  se 
forman  los  pueblos  sudamericanos  (lo  mismo  Ve- 
nezuela que  Nueva  Granada,  y  Méjico  y  la  Re- 
pública Argentina),  contribuye  al  fin  á  substi- 
tuir la  autonomía  municipal  con  un  vigoroso  y 
tenaz  centralismo  en  el  gobierno  regional.»  Si- 
gue narrando  los  sucesos  y  mostrándonos  cómo  la 
opinión  de  la  clase  oligárquica,  porque  el  pue- 
blo era  pasivo,  sólo  se  preocupaba  de  lograr  la 
autonomía  de  la  antigua  capitanía  general,  lle- 
gando la  municipalidad  de  Caracas ,  en  2  de  Oc- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


153 


tubre  de  1826,  á  convertirse  en  verdadero  parla- 
mento político. 

Sigue  contándonos  cómo  el  partido  revolucio- 
nario de  Caracas  y  Valencia  estaba  resuelto  á  no 
cejar  en  su  empeño  de  dividir  la  república,  y  en 
la  página  414  llega  al  fondo  del  problema  con  estas 
palabras:  «Apenas  había  ley  de  la  república  que 
se  cumpliese  eficazmente  en  Venezuela;  y  puede 
afirmarse  que  á  este  respecto,  su  unión  con  Nueva 
Granada  fué  más  bien  motivo  de  atraso  que  de 
progreso.  La  universidad  de  Caracas  y  las  escue- 
las— no  obstante  la  protección  que  Bolívar  quiso 
dispensarles  á  las  últimas  cuando  desde  el  Perú 
subvencionó  á  Lancaster  para  plantear  aquí  su  sis- 
tema de  educación  —  vivían  de  un  modo  precario, 
por  la  irregularidad  con  que  se  pagaban  los  suel- 
dos de  los  profesores  y  porque  los  fondos  de  que 
podía  disponer  Colombia  para  fomentar  la  instruc- 
ción científica  se  empleaban  casi  todos  en  los  ins- 
titutos de  Colombia»  Y  en  otro  pasaje  dice  el  se- 
ñor Gil  Fortoul,  hablando  de  Bolívar:  «Quiso  tor- 
narse árbitro  de  los  destinos  de  la  América  espa- 
ñola, y  fracasó  en  su  empresa  de  juntar  en  un  haz 
político  países  separados  por  distancias  inmensas, 
sin  caminos,  casi  desiertos.»  Y  aquí,  en  esto  de  las 
distancias  inmensas,  de  la  falta  de  caminos  y  de 
los  desiertos,  aquí  estriba  el  peso  todo  del  proble- 
ma. Los  caminos  son  tan  necesarios  á  la  unidad  de 
una  nación  como  las  venas  y  las  arterias  al  cuerpo 
humano. 

Sarmiento,  en  su  «Facundo»,  libro  lleno  de  vis- 
lumbres, dijo  que  el  mal  de  la  República  Argenti- 


154 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


na  era  su  extensión ,  pero  esto  dicho  así,  en  seco, 
necesita  ser  aclarado.  Porque  extensos  son  los  Es- 
tados Unidos.  El  mal  de  la  Argentina  en  tiempo 
de  Sarmiento  era  más  que  su  extensión,  lo  poco 
poblada  de  ésta  y  la  dificultad  y  largura  de  las 
comunicaciones.  Cuando  las  comunicaciones  de 
los  distintos  lugares  de  una  nación  con  su  capital, 
con  la  residencia  del  gobierno,  son  difíciles,  la 
vida  nacional  se  hace  difícil  también,  Y  he  aquí  la 
conclusión  á  que  quería  llegar,  y,  es  que  uno  de 
los  factores  capitales  en  la  formación  de  las  nacio- 
nalidades americanas  fué  la  esfera  de  acción  de  las 
grandes  ciudades.  Toda  región  ó  territorio  cuya 
ciudad  capital  tuviera  que  depender  para  su  vida 
económica  y  social  de  otra  capital  colocada  en 
mejores  condiciones,  tenía  que  ser  región  ó  terri- 
torio dependiente.  Y  de  aquí,  el  que  yo  crea,  con- 
cretándome para  ejemplificar  mi  aserto  al  caso  de 
la  Argentina  y  el  Uruguay ,  que  el  haberse  hecho 
la  Banda  Oriental  una  nación  independiente  se 
debe  más  que  á  Artigas  ó  Lavalleja  y  á  los  Treinta 
y  Tres,  y  más  que  á  ser  ella  subtropical  y  atlánti- 
ca, á  Montevideo.  Montevideo  hizo  el  Uruguay, 
porque  Montevideo,  con  su  puerto  en  el  Atlántico 
y  á  la  boca  del  Plata,  no  dependía  para  su  vida 
económica  y  social  de  Buenos  Aires.  Por  el  puerto 
de  Montevideo  podían  y  pueden  entrar  y  salir 
mercancías  de  toda  clase  sin  tener  que  pasar  por 
Buenos  Aires.  Y  reconociendo  el  valor  de  otros 
factores  —  en  algunos  casos  grandísimo  —  puede 
decirse  que  Buenos  Aires  hizo  la  Argentina,  Mon- 
tevideo el  Uruguay,  Valparaíso  y  Santiago  Chile, 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


155 


Lima  el  Perú,  Bogotá  Colombia,  Caracas  Vene- 
zuela, Guayaquil  el  Ecuador,  etc. 

¿De  qué  proviene  aquí,  en  España,  la  fuerza  del 
regionalismo  catalán,  lindero  á  las  veces  con  el  se 
paratismo ,  sino  de  que  Barcelona  tiene  más  vida 
propia  que  Madrid,  más  población  y  verdadera 
independencia  económica? 

Si  las  ciudades  del  interior  de  la  República  Ar- 
gentina no  hubiesen  necesitado  del  puerto  de 
Buenos  Aires  para  su  más  perfecta  vida  económi- 
ca, tal  vez  hubiésemos  tenido  alguna  ó  algunas  re- 
públicas más,  y  Güemes,  López  ú  otros  habrían 
hecho  lo  que  hizo  Artigas.  Obsérvese  que  las  na- 
ciones americanas  se  formaron  casi  todas,  á  lo 
largo  de  las  costas,  supeditadas  á  algún  puerto, 
excepto  cuando  un  vasto  «hinterland»  les  permitía 
crearse  una  capital  interior ,  ó  cuando  su  vida  era 
muy  sencilla,  muy  «robinsoniana  » ,  como  sucedía 
con  el  Paraguay. 

La  influencia  de  las  grandes  ciudades  en  la  for- 
mación y  cimentación  de  las  nacionalidades  es  de- 
cisiva. Una  vez  más  he  de  repetir  que  el  patriotis- 
mo es  ante  todo  ciudadano.  Y  hasta  en  el  caso 
de  un  Rosas,  que  puede  á  primera  vista  parecer 
un  símbolo  de  la  campiña  y  un  representante 
de  los  rurales ,  hay  que  ver  que  era  un  ciudada- 
no de  origen  y  que  asentando  su  dictadura  en 
la  ciudad,  asentó,  de  hecho,  la  dictadura  de  la 
ciudad.  Y  cuanto  más  una  capital  se  diferencia 
de  otra  capital,  más  se  diferencian  dos  naciones. 
Los  ayuntamientos  de  dos  capitales  pueden  hacer 
por  la  inteligencia  cordial  de  dos  naciones  tanto, 


156 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


por  lo  menos,  como  sus  gobiernos  respectivos. 

En  el  libro  mismo  que  suscita  estas  líneas  se  dice 
que  la  «municipalidad»  de  Quito  envió  á  Bolívar 
al  Perú,  en  Julio  de  1826,  comisionados  con  ins- 
trucciones reservadas  contra  la  constitución  de 
Cúcuta  y  la  unión  con  Colombia;  y  el  28  de  Agos 
to  el  pueblo  de  Guayaquil  reasume  su  soberanía  y 
entrega  su  suerte  á  Bolívar.  Es  decir,  que  así  como 
Caracas  hizo  Venezuela,  Quito  y  Guayaquil,  su 
puerto,  hicieron  el  Ecuador. 

Y  hay  más,  y  es  que  si  las  grandes  ciudades — 
grandes  relativamente — con  vida  independiente 
hicieron  las  naciones  americanas,  el  no  ser  lo  bas- 
tante grandes  y  el  haber  entre  aquéllas  otras  que 
les  estaban  supeditadas  en  mayor  ó  menor  grado 
no  pocas  con  cierta  vida  propia  y  radio  de  acción 
propio  también,  fué  lo  que  produjo  aquel  especia- 
lísimo  federalismo  sudamericano  de  que  tanto  se 
ha  disertado  y  sobre  el  cual  un  folleto  publicado 
en  Caracas  ya  en  1828,  decía:  «¿Por  qué  delirio 
quieren  algunos  extinguir  el  gobierno  central  de 
la  nación,  para  multiplicar  este  mismo  sistema 
«unitario»,  según  la  denominación  de  moda,  en  di- 
versos puntos  de  la  república?...  La  federación 
vendría  á  ser  el  mismo  centralismo,  no  sólo  res- 
pecto de  la  nación  con  los  estados,  sino  de  éstos 
con  las  provincias,  ciudades  ó  pueblos  que  los 
compongan...  Podríamos  llevar  hasta  el  infinito 
la  multiplicación  del  gobierno  central,  y  jamás 
llegaría  á  realizarse  la  federación.»  A  lo  que  aña- 
de el  señor  Gil  Fortoul,  como  comentario,  que  en 
ese  párrafo  se  prevé  el  sistema  que  adoptaría  Ve- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


157 


nezuela  en  1864:  «Federalismo  en  la  constitución 
y  centralismo  en  la  práctica».  O  sea  una  descen- 
tralización del  unitarismo,  que  es  á  lo  que  viene 
á  reducirse  el  federalismo  hispanoamericano,  hijo 
del  español. 

Las  ciudades  han  hecho  las  patrias.  Hablaba 
como  un  sabio,  creo,  Mosquera,  cuando  en  la  se- 
sión del  21  de  Abril  de  la  convención  de  Ocaña, 
en  1822,  contesta  á  Santander  que  hablaba  de  que 
la  diversidad  de  climas  y  costumbres  se  oponía 
al  centralismo,  diciéndole  que  la  diversidad  de 
costumbres  es  pura  imaginación,  que  en  América, 
de  Méjico  á  Buenos  Aires,  todo  es  igual,  hasta  los 
resabios  (v.  pág.  429).  Podrá  haber  en  esto  más  ó 
menos  hipérbole,  pero  en  el  fondo  lo  creo  exacto. 

Aquí,  en  España,  ponderamos  las  diferencias  de 
carácter,  costumbres  y  modo  de  ser  que  separa  á 
unas  regiones  de  otras,  y,  sin  embargo,  los  ex- 
tranjeros declaran  que  no  las  ven  tan  marcadas 
como  nosotros  las  vemos.  Y  ahí  pasará  algo  pare- 
cido entre  las  distintas  naciones.  Y  eso  que  ahí 
todas  hablan  en  castellano,  y  en  un  castellano, 
pese  á  argucias,  muy  uniforme,  mientras  aquí  sub- 
sisten el  vascuence,  el  catalán  y  el  gallego.  Como 
que  por  fuerza  han  de  ser  más  uniformes  pueblos 
formados  por  la  mezcla  de  los  mismos  elementos. 
Claro  está  que  la  influencia  de  la  sangre  negra 
dará  un  tono  especial  á  ciertas  naciones  en  que 
abundaron  los  esclavos  africanos  y  que  las  dife- 
rencias entre  los  diversos  elementos  indígenas 
influirán  algo,  pero  estos  factores  creo  sean  de 
menos  peso  que  se  les  supone. 


158 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


En  esas  naciones  en  formación,  el  elemento  ca- 
racterizador  y  diferenciador  tiene  que  ser  la  ciu- 
dad. Y  á  la  ciudad,  se  me  dirá,  ¿qué  la  diferencia? 
Esto  merece  ya  capítulo  aparte.  Y  antes  de  poner- 
me á  tratar  de  ello  he  de  recomendar  á  mis  lecto- 
res que  sepan  el  inglés,  la  lectura  del  ensayo  de 
W.  James,  el  gran  pensador  norteamericano,  sobre 
los  grandes  hombres  y  su  ambiente  —  «The  great 
men  and  its  environment» — ensayo  publicado  en 
el  libro  que  lleva  por  título:  The  will  to  believe 
and  other  essays. 

Y  antes  de  terminar  he  de  advertir  á  alguno  de 
mis  lectores  que  no  soy  un  tan  hombre  de  libros 
como  él  se  figura,  que  no  he  vivido  mi  vida  toda 
metido  en  Salamanca — de  donde  no  soy — ,  que  he 
corrido  un  poquito  el  mundo,  y  que  el  ir  á  Madrid 
y  meterme  en  eso  que  llaman  la  vida — no  sé  por 
qué — sospecho  no  habría  de  acrecentar  mi  expe- 
riencia ni  hacerme  variar  de  puntos  de  vista  esen- 
ciales. Y,  por  último,  que  al  llamar  buen  hombre 
al  gran  Sarmiento — á  quien  pocos  han  hecho  más 
justicia  que  yo — arguye  que  mi  admiración  á  su 
genio  no  empece  mi  cariño  al  hombre,  tal  como  á 
través  de  sus  escritos  se  revela.  Y  es  por  lo  que\ 
empleé  esa  frase  que  suena  cariñosa  y  familiar. 


«LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS» 


«La  Epopeya  de  Artigas;  Historia  de  los  tiem- 
pos heroicos  del  Uruguay»;  así  se  titula  esta  última 
y  tal  vez  la  más  hermosa  obra  de  Zorrilla  de  San 
Martín,  que  me  ha  acompañado  en  estas  últimas 
noches  de  este  crudo  invierno.  Al  amor  de  la  ca- 
milla, y  alternándola  con  el  viejo  Herodoto,  la 
he  leído. 

Epopeya...  y  así  es,  una  epopeya,  un  poema  épi- 
co en  prosa,  pero  en  prosa  poética.  Como  tal  poe- 
ma hemos  de  considerarla  primeramente,  para  de- 
jar al  examen  de  subsiguientes  artículos  sus  aspec- 
tos más  genuinamente  históricos  y  sociológicos, 
su  doctrina  sobre  la  lucha  de  la  democracia  arti- 
guista  contra  el  patriciado  unitario  porteño,  y  su 
doctrina  sobre  el  origen  y  justificación  de  la  patria 
oriental  que  es  toda  una  doctrina  sobre  las  patrias 
en  general. 

Como  epopeya,  como  obra  de  poesía  y  arte  ante 
todo,  ya  que  para  guiar  fantasías  y  manos  de  ar- 
tistas fué  principalmente  escrita  y  á  los  artitas  está 
dedicada. 

Al  frente  de  la  obra  figura  un  decreto  del  presi- 


160 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


dente  de  la  República  Oriental  Williman,  de  fecha 
10  de  Mayo  de  1907,  en  que  éste  acuerda  se  erija 
en  la  Plaza  de  la  Independencia  un  monumento  á 
la  inmortal  memoria  del  general  José  Artigas, 
«precursor  de  la  nacionalidad  oriental,  procer  in- 
signe de  la  emancipación  americana»,  llamando  á 
ello  á  los  escultores  uruguayos  y  extranjeros,  y  en 
el  art.  40  del  decreto  se  designa  al  doctor  Juan 
Zorrilla  de  San  Martín  para  que  de  acuerdo  con 
las  instrucciones  del  gobierno,  prepare  una  memo- 
ria sobre  la  personalidad  del  general  Artigas  y  los 
datos  documéntanos  y  gráficos  que  «puedan  nece- 
sitar los  artistas». 

Se  ha  escrito,  pues,  esta  obra  ante  todo  páralos 
artistas,  para  los  escultores,  si  bien  sea  ello  un 
pretexto  para  haberla  escrito.  Con  la  sacramental 
fórmula  de  «amigos  artistas»  empiezan  las  confe- 
rencias que  constituyen  la  epopeya. 

Y  la  epopeya  es  ya  un  monumento,  «aere  peren- 
nius»,  más  duradero  que  el  bronce.  Dudo  mucho 
que  artista  alguno  del  cincel  pueda  erigir  á  la  me- 
moria y  al  culto  de  Artigas  un  monumento,  en 
mármol  ó  bronce,  más  sólido  y  más  poético  que 
éste.  El  monumento  que  el  presidente  Villiman 
decretaba  está  ya  en  pie.  Y  canta  como  una  esta- 
tua no  puede  cantar. 

Y  este  monumento  pretende  ser  una  guía  para 
el  otro. 

Precisamente  en  estos  mismos  días  he  estado 
leyendo  otra  obra  miliar,  de  hito,  sólo  que  ésta 
en  el  campo  de  la  estética,  Es  el  «Laoconte  ó  so- 
bre los  límites  entre  la  pintura  y  la  poesía»,  de 


CONTRA  ESTO  Y  AQEELLO 


161 


Lessing,  una  obra  de  que  habrán  oído  hablar  casi 
todos  mis  lectores,  que  conocerán  muchos  de  ellos. 
El  libro  de  Lessing  se  abre  con  unas  observacio- 
nes de  Winckelmann  y  una  discusión  de  si  el  fa- 
mosísimo grupo  escultórico  de  Laoconte  y  sus  dos 
hijos  ahogados  por  la  serpiente  se  inspiró  en  la 
descripción  que  del  caso  nos  hace  Virgilio  en  la 
Eneida,  ó  si  Virgilio  se  inspiró  en  esa  ú  otra  aná- 
loga obra  de  arte,  ó  ambos  independientemente 
uno  de  otro,  en  la  leyenda  viva.  Y  de  aquí  se  si- 
gue una  doctísima  y  muy  aguda  disertación  sobre 
los  límites  respectivos  entre  las  artes  plásticas  y 
las  de  la  palabra.  Pues  ni  la  pintura  es  poesía 
muda,  ni  la  poesía  pintura  que  habla. 

Debo  haceros  gracia  de  los  penetrantes  análisis 
de  Lessing,  aunque  no  estará  de  más  que  los  leáis, 
ó  volváis  á  leerlos  quienes  los  hayáis  ya  leído, 
puesto  que  aún  persigue  á  la  poesía  el  descripcio- 
nismo  y  á  la  pintura  el  literatismo,  aún  se  pretende 
hacer  poesía  pictórica  y  pintura  ó  escultura  lite- 
raria. 

Y  esto  no  lo  traigo  aqui  á  despropósito.  Al  mis- 
mo Zorrilla  de  San  Martín,  excelso  poeta,  lo  que 
á  las  veces  le  perjudica  es  una  cierta  confusión 
entre  los  límites  infranqueables  de  los  campos  de 
los  diversos  sentidos  estéticos.  Gusta  de  mezclar 
los  términos  del  mundo  auditivo  y  del  visual.  Apli- 
ca con  harta  frecuencia  el  epíteto  musical  á  cosas 
visibles  y  no  sonoras,  y  aunque  metafórico,  puede 
desviar  la  recta  percepción  artística,  no  ya  vulgar. 
Nos  habla  de  «pensamiento  musical»,  de  «corazón 
sonoro»,  de  «silencio  que  mira»,  de  «músicas  in- 

11 


102 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


visibles  al  oído  de  los  corazones  armoniosos»,  de 
llenar  el  tallado  mármol  con  palabras  melodiosas. 
Todo  lo  cual  es  muy  poético  y  muy  sugerente, 
pero ... 

Al  final  de  esta  su  obra,  nos  da  Zorrilla  una  de- 
finición del  arte,  definición  poética  más  que  esté- 
tica, pero  definición  al  fin.  «Fundir  palabras  viejas 
en  aleación  vibrante»,  para  infundirles  la  juven- 
tud de  los  dioses;  «cincelar  ó  laminar  esa  divina 
substancia  hasta  transformarla  en  instrumento  so- 
noro, capaz  de  acordarse  al  diapasón  de  un  alma 
melodiosa,  eso  es  arte».  ¿Lo  ves?  Fundir.'.,  cince- 
lar... laminar...  y  luego  lo  sonoro,  el  diapasón  y  la 
armonía. 

Y  aun  admitido  esto,  ¿es  el  Artigas  de  Zorrilla, 
siendo  tan  poético  cual  es — y  no  digo  que  tan  ver- 
dadero—  es,  digo,  escultórico?  Propendo  á  creer 
que  es  más  bien  pictórico.  El  arte  literario  de  Zo- 
rrilla tiene  más  de  pictórico  que  de  escultórico, 
más  colorido  que  línea. 

Le  ayuda,  además,  á  un  escultor  una  obra  así, 
por  excelsa  que  ella  sea?  y  la  de  Zorrilla  lo  es  en 
altísimo  grado.  Dudo  mucho  que  á  Rodín,  para  ha- 
cer su  Sarmiento,  le  sirviera  gran  cosa  el  conoci- 
miento del  hombre  espiritual.  Debió  de  ver  su 
rostro  inconfundible,  su  expresión  corporal  llena 
de  vida,  y  esto  le  bastaría.  Es  la  de  Sarmiento  una 
hermosa  cabeza  para  un  artista.  Y  basta.  En  ella 
y  sólo  en  ella  debe  de  ver  el  escultor  su  alma. 

«La  palabra  humana — escribe  Zorrilla  en  la  con- 
ferencia XIX — tiene  que  ser  sucesiva,  y  la  suce- 
sión, hija  del  tiempo,  es  el  atributo  de  la  limita- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


163 


ción,  de  la  impotencia.  Lo  infinito  es  simultáneo; 
el  tiempo  y  el  espacio  son  apariencias».  Y  dice 
Lessing  en  su  «Leoconte»  que  en  la  poesía  se  des- 
arrolla una  acción  sucesiva  en  la  serie  del  tiempo 
y  que  en  esto  consiste  su  preeminencia  sobre  la 
pintura  y  la  escultura.  Precisamente  por  desarro- 
llarse la  palabra  humana  en  tiempo  se  puede  ex- 
presar con  ella  lo  que  con  la  pintura  no  se  expre- 
sa, si  bien  ésta  expresa  á  su  vez  cosas  á  aquélla 
negadas. 

El  monumento  escultórico  á  un  héroe  no  puede 
sino  recordarnos  su  historia,  su  heroísmo.  El  que 
lo  contemple  sin  saber  nada  de  esa  historia  no 
puede  ver  en  él  lo  heroico  del  hombre. 

El  heroísmo  es  acción  más  que  actitud:  aunque 
dé  raíces  eternas  se  manifiesta  en  tiempo.  El  de- 
fecto principal  de  las  figuras  históricas  que  nos  ha 
dejado  Taine  es,  lo  he  dicho  antes  de  ahora,  que 
están  concebidas  en  un  cierto  modo  escultórica- 
mente, esto  es,  estáticamente,  en  un  momento 
dado.  Falta  en  ellas  proceso  evolutivo,  vida,  á  pe- 
sar del  evolucionismo  de  su  autor.  Parten  de  una 
definición ;  apenas  tienen  contradicciones  íntimas. 
Son  una  ecuación  psicológica  desarrollada,  no  una 
vida. 

Afortunadamente  para  Zorrilla,  su  héroe,  «su» 
Artiga?,  no  resulta,  á  pesar  de  sus  esfuerzos,  es- 
cultórico. Hay  en  él  acción,  más  que  actitud.  Por 
mucho  que  prodigue  los  epítetos  de  eternidad  y 
quietud,  aquel  hombre  se  mueve,  aspira,  vive. 

Al  final  de  la  obra,  al  hablar  Zorrilla  de  la  muer- 
te solitaria  de  Artigas  en  el  Paraguay,  nos  dice 


164 


MíGUEL  DE  UNA  MUÑO 


que  es  la  muerte  de  un  impasible  y  estampa  este 
hermosísimo  pensamiento!  «la  esperanza  es  atri- 
buto del  tiempo;  en  la  eternidad  no  existe».  Muy 
hermoso,  ¿no  es  verdad?  Pero,  ¿es  así?  ¡Ah,  tal  vez 
no!  Tal  vez  la  eternidad  misma -no  es  más  que  es- 
peranza, esperanza  sustancial,  y  ésta  madre  de  la 
fe  y  la  fe  madre  de  Dios.  Esperemos,  pues,  aun- 
que sólo  sea...  ¡á  la  esperanza  misma! 

¿Pero  todo  esto  qué  importa?  ¡Importa,  sí!  Le 
mandó  á  Zorrilla  su  patria  que  escribiese  la  guía 
para  un  monumento  escultórico  al  padre  Artigas  y 
ha  escrito  el  monumento  mismo,  ;pero  no  escultó- 
rico, no!  ¿Que  ha  de  servir  de  poco  ó  de  nada  á  los 
escultores?  Acaso  mejor.  ¡Mejor,  sí! 

El  modo  de  hacer  Zorrilla  su  Artigas  en  nada  se 
parece  al  modo  de  hacer  Taine  su  Napoleón.  Taine 
era  un  crítico  y  un  filósofo  sistemático,  muy  gran- 
de en  su  campo,  pero  no  en  rigor  un  historiador; 
Zorrilla  es,  ante  todo  y  sobre  todo,  un  poeta.  ¿Y  un 
historiador?  Paréceme  que  con  poesía  se  llega 
mejor  á  la  entraña ,  á  la  verdad  verdadera  de  la 
historia,  que  no  con  filosofías  sistemáticas.  Miche- 
let  es  más  verdadero  que  Taine.  No  depende  de 
la  documentación. 

El  guía  principal  de  Zorrilla  en  su  técnica,  y  él 
no  nos  lo  oculta,  es  Carlyle,  otro  poeta,  el  de  los 
héroes  y  el  culto  al  heroísmo.  Alguna  vez  le  llama 
«el  inglés» ,  así  á  secas.  Esta  obra  del  gran  poeta 
en  lengua  castellana  está  llena  de  frases  carlyles- 
cas.  Unas  veces  es  el  hombre  real ,  otras  el  dios 
interior;  ya  el  ancángel  rojo,  ya  el  dragón  alado 
que  pasa  por  el  aire  como  un  meteoro,  ya...  ¿A 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


165 


qué  seguir?  ¡Y  no  me  extraña,  no!  Esas  frases  re- 
sonantes se  os  quedan  prendidas  á  la  memoria 
como  la  hiedra  al  muro.  Yo  he  sufrido  su  fascina- 
ción. Cuando  acabé  de  traducir  su  «Historia  de  la 
Revolución  Francesa»,  traducción  en  que  procuré 
respetar  la  retórica  toda — porque  es,  sí,  retórica — 
de  Carlyle,  casi  todo  lo  que  yo  escribía  me  resul- 
taba carlyüano.  Salí  de  aquello,  como  he  salido  de 
otras  cosas ,  pero  aun  le  llevo  dentro.  Y  sea  á  la 
buena  de  Dios. 

De  frases  carlylescas  está  llena  esta  Epopeya  de 
Artigas,  pero  está  mucho  más  llena  de  frases  san- 
martinescas ,  de  frases  del  mismo  Zorrilla  de  San 
Martín ,  de  aquellas  sonoras  y  henchidas  que  vie- 
nen rodando  por  sus  escritos  desde  el  «Tabaré». 
Hay  frases  de  esas  que  valen  por  todo  un  poema. 
Y  descripciones...  digo,  no,  narraciones,  narracio- 
nes poéticas  que  justifican  ampliamente  lo  de  epo- 
peya. Aquella  marcha  de  Artigas  con  su  pueblo  al 
Hervidero ,  aquellos  sus  últimos  años  en  el  Para- 
guay, aquel  retrato  poético,  no  pictórico,  de  don 
Gaspar  Rodríguez  de  Francia. 

Este  misterioso  don  Gaspar  Rodríguez  de  Fran- 
cia, esta  esfinge...  pero  dejemos  ahora  lo  de  la  es- 
finge paraguaya,  porque  tenemos  que  hablar  muy 
largo  de  ella.  Es  casi  toda  una  filosofía;  es  desde 
luego  toda  una  sociología.  Volvamos  á  las  poéticas 
frases  sanmartinescas . 

Y  no  os  choque  el  que  así  me  detenga  en  las 
frases.  El  mérito  de  una  obra  poética  ni  el  de  una 
meramente  literaria,  no  depende  de  las  frases,  si 
no  más  bien  de  su  enlace;  pero  los  más  grandes 


1G6 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


poetas,  y  hasta  los  más  grandes  pensadores,  han 
sido  forjadores  de  frases.  Por  una  frase  vive  la  me- 
moria de  un  hombre;  por  una  «frase  inconsútil» 
como  llama  Zorrilla  á  aquella  de  Artigas:  con  li- 
bertad ni  ofendo  ni  temo.  Cada  uno  de  los  siete 
ya  legendarios  sabios  de  Grecia  era  autor  de  una 
sentencia  que  iba  para  siempre  unida  á  su  nombre. 

Y  esta  sentencia  pasaba  á  ser  proverbio,  que  co- 
rría de  boca  en  oído  y  de  oído  en  boca  á  través  de 
las  generaciones  de  los  hombres.  El  que  deja  á  su 
pueblo  un  proverbio,  un  proverbio  inmortal,  una 
frase  inconsútil,  le  deja  más  que  un  poema,  el  ger- 
men de  muchos  poemas.  Arvers  vive  en  la  litera- 
tura francesa  no  más  que  por  un  soneto,  el  llama- 
do soneto  de  Arvers.  Y  este  Arvers  es  Arvers  el 
del  soneto,  el  del  soneto  de  Arvers.  Pero  yo  os  di- 
go que  muchas  veces  una  frase ,  un  verso  de  un 
soneto,  es  más  que  el  soneto  entero ;  pues  éste  no 
se  escribió  sino  para  sustentarla,  para  que  le  sirva 
de  marco.  Lo  sé  muy  bien  porque  lo  sé  de  expe- 
riencia propia. 

Y  los  grandes  forjadores  de  frases ,  de  frases  in- 
consútiles, de  expresiones  únicas  é  indestructibles, 
han  sido  los  grandes  apasionados,  los  grandes  poe- 
tas. A  dos  de  ellos  cita  en  su  obra  nuestro  autor  y 
son  dos  hombres  de  fuego ,  San  Agustín  y  Pascal. 

Y  las  frases  inmortales  del  uno  y  del  otro  son  como 
las  frases  que  la  pasión  irrumpe,  bloques  de  lava, 
frases  hechas  de  antítesis,  paradojas  para  el  común 
de  los  mortales. 

Zorrilla  es  un  gran  forjador  de  frases.  Y  las 
suyas  brotan  del  contexto  de  su  narración  y  son 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


167 


como  el  coronamiento  de  ella ,  y  no  superpuestas 
ó  añadidas.  No  viene  el  contexto  á  justificar  la 
frase,  sino  que  ésta  lo  resume  y  corona.  O  son  to- 
ques pintorescos.  Cuando  nos  habla  de  los  pesares 
domésticos  de  Artigas,  del  dolor  que  la  muerte  de 
su  mujer  le  causara,  nos  dice  que  «Artigas  había 
perdido  para  siempre  á  su  esposa;  pero  no  la  espe- 
ranza de  recobrarla.  Y  ésta  no  hacía  otra  cosa  que 
diluir  en  los  años  el  dolor  de  las  horas  aciagas».  Y 
agrega:  «las  horas  nos  quedan  para  llorar  los  ins- 
tantes». ¡Oh,  para  los  que  nos  pasamos  la  vida  me- 
ditando en  la  esperanza  y  esperándola! 

Otra  vez  nos  dice  que  desdeña  «los  templos  sin 
más  dios  que  la  muchedumbre»,  más  allá  que  «el 
que  vence  con  morir  es  invencible»,  frase  de  cris- 
tiano, tal  vez  que  «el  pasado  no  está  detrás  de  nos- 
otros como  suele  creerse,  sino  delante;  lo  que  ha 
muerto  nos  precede,  no  nos  sigue».  Exacto;  acaso 
el  presente,  la  realidad,  no  es  sino  el  pasado  pug- 
nando por  hacerse  porvenir. 

Y  otras  veces  son  frases  descriptivas,  pero  de 
descripción  poética,  como  la  quería  Lessing.  En  el 
retrato  que  Zorrilla  nos  hace  de  aquel  hombre  es- 
fíngico,  de  aquel  doctor  Francia  que  durante  tan- 
tos años  guardó,  fiel  perro  vigilante,  la  siesta  de 
su  pueblo  velando  por  que  nadie  se  la  cortara,  nos 
dice  que  tenía  unos  ojos  «sin  patria  ni  sexo»,  y 
luego,  que  muerto  ya,  su  mirada  estaba  «más  llena 
de  muerte  que  cuando  estaba  viva».  Pero  de  esta 
esfinge  paraguaya,  cuyo  retrato  es  de  lo  mejor  que 
«La  Epopeya  de  Artigas»  contiene,  ya  os  hablaré. 
Y  al  retratar  en  otra  parte  al  gaucho— del  que  tan 


168 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


egregio  retrato  nos  dejó  ya  en  su  discurso  al  inau- 
gurarse la  estatua  de  Lavalleja — nos  dice  de  él  que 
«como  se  ven  las  alas  en  el  pájaro  que  camina,  se 
percibe  el  caballo  en  el  gaucho  que  anda  á  pie». 

Y  ésta  es  una  de  esas  descripciones  poéticas  tales 
cuales  Lessing  las  quería,  de  las  que  no  pretenden 
ser  pictóricas.  Leed  la  agudísima  crítica  que  Les- 
sing hace  de  la  descripción  de  una  hermosa  mu- 
jer en  el  Ariosto. 

Guerra  Junqueiro  nos  habla  una  vez  de 

prados  tao  mimosos,  que  quizera  a  gente 
convertirse  en  ave  para  os  nao  calcar. 

Y  esto  vale  por  cien  descripciones  de  inventa- 
rio, como  aquellas  que  con  su  característico  senti- 
do antipoético  hacía  aquel  Zola  á  quien  tan  en  ex- 
ceso leímos  y  admiramos  hace  unos  años  y  á  quien, 
acaso  con  no  menos  exceso,  tan  poco  leemos  y 
nada  admiramos  hoy  ya.  Su  descripcionismo  se  ha 
hundido  como  se  han  hundido  sus  ridiculas  pre- 
tensiones de  hacer  la  novela...  experimental.  Lo 
que  no  se  tiene  sobre  su  propio  pie  se  cae  pronto. 

Mas  si  execro  así  del  descripcionismo,  de  la  ma- 
nía de  describir  por  describir,  pretendiendo  acaso 
rivalizar  con  la  pintura,  no  es  que  condene  la  des- 
cripción ni  mucho  menos.  Zorrilla  tiene  en  ésta  su 
«Epopeya  de  Artigas»  espléndidas  descripciones, 
como  aquella  del  éxodo  del  pueblo  oriental  si- 
guiendo á  Artigas  al  campamento  de  Purificación. 
«El  cuadro  es  homérico»,  no¿  dice  á  la  mitad  de  su 
espléndida  descripción,  y  así  es. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO  169 


Estoy  considerando  esta  obra  de  Zorrilla  de  San 
Martín  como  una  obra  poética,  como  lo  que  ella  se 
titula,  una  epope}'a,  una  epopeya  en  prosa,  con  un 
valor  sustantivo  é  intrínseco  en  sí  y  por  sí  y  no 
como  una  guía  para  los  escultores.  Pero  esta  obra 
es  á  la  vez  obra  de  historiador,  obra  de  sociólogo 
y  obra  de  patriota.  Y  en  cierta  parte  también  —  la 
justicia  es  el  supremo  homenaje  —  obra  de  aboga- 
do. Zorrilla  en  ella  sustenta  sus  tesis,  Así  es  y  así 
tiene  que  ser. 

Hay  primero  una  tesis  histórica  y  es  la  de  la 
lacha  de  Artigas,  encarnación  de  la  democracia 
americana,  según  su  cantor,  contra  el  patriciado 
unitario  porteño,  los  Rivadavia,  Posadas,  Alvear, 
Pueyrredón,  Sarratea...  los  mismos  Belgrano  y 
San  Martín,  en  el  fondo  monárquicos  y  poco  ó 
nada  creyentes  en  la  capacidad  de  su  propio  pue- 
blo para  gobernarse,  republicana  y  democrática- 
mente, por  sí  mismo.  Y  luego  otra  tesis,  tesis  his- 
tórica y  sociológica,  sobre  la  existencia  de  la  Ban- 
da Oriental  del  Uruguay  como  nación  indepen- 
diente. Y  de  una  y  de  otra  tesis  quiero  deciros 
algo  para  sacar  de  ello  enseñanzas  generales. 
Puedo  considerarlas  no  sólo  á  través  de  mis  lec- 
turas de  historia  americana  y  argentina  en  espe- 
cial, sino  también  á  través  de  lo  que  hoy  pasa  en 
esta  mi  patria.  Porque  aquí,  desde  hace  un  siglo  y 
algo  más,  desde  aquel  tiempo  del  afrancesamien- 
to  de  nuestros  intelectuales,  desde  aquellos  tiem- 
pos en  que  Belgrano  estudió  en  esta  Universidad 
de  Salamanca,  foco  entonces  de  enciclopedismo 
afrancesado,  y  San  Martín  y  Alvear  se  educaron  y 


170 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


formaron  en  nuestro  ejército  español,  desde  en- 
tonces subsisten  los  «europeizantes»,  nuestros  uni- 
tarios, los  que  no  creen  en  la  capacidad  de  nues- 
tro pueblo  para  gobernarse  por  sí.  «Mire  con  rece- 
lo á  ese  Rivadavia,  que  no  en  vano  ha  pasado  tan- 
tos años  en  Europa»,  cuenta  Zorrilla  que  escribió 
Adams,  el  ministro  de  Monroe  en  los  Estados  Uni- 
dos, á  su  cónsul  en  Buenos  Aires.  Y  esto  lo  com- 
prendo muy  bien,  ¿no  he  de  comprenderlo?  Creo 
que  en  más  de  un  respecto  acaso  esta  vieja  Espa- 
ña está  más  cerca,  mucho  más  cerca  de  esa  Amé- 
rica que  del  resto  de  Europa,  á  la  que  geográfica- 
mente dicen  que  pertenecemos. 

Y  también  esa  otra  tesis  patriótica  uruguaya 
puedo  verla  á  través  de  nuestras  cosas.  Y  no  te- 
máis que  hiera  sentimientos  sagrados. 

En  este  otro  problema,  además,  creo  tener  un 
cierto  mayor  derecho  á  intervenir  ya  que  Zorrilla 
de  San  Martín  me  hace  el  honor  de  discutir,  y 
aceptar  en  parte,  completándola,  una  tesis  que  en 
estas  mismas  columnas  sostuve,  la  de  la  formación 
de  las  nacionalidades  hispano-americanas  en  tor- 
no á  grandes  núcleos  urbanos  económica  y  social- 
mente  independientes. 

Mas  una  y  otra  cosa,  y  acaso  alguna  más,  exi- 
gen correspondencias  aparte. 


TAINE,  CARICATURISTA 


De  las  varias  revistas  que  recibo  de  la  América 
de  lengua  española,  una  de  las  que  hojeo  siempre 
con  más  interés  y  complacencia,  es  la  Revista  de 
letras  y  ciencias  sociales,  de  Tucumán,  que  diri- 
ge Don  Ricardo  Jaimes  Freyre,  y  redactan  los 
doctores  Julio  López  Mañán  y  Juan  B.  Terán. 
Debo,  además,  no  pocas  deferencias  á  esa  revista, 
donde  con  frecuencia  se  reproducen  y  comentan 
frases  mías. 

En  el  número  de  esta  revista,  correspondiente 
al  10  de  Enero  de  este  año,  se  comenta  el  que  yo 
llamara  á  Hipólito  Taine  un  «portentoso  falsifica- 
dor y  sistemático  caricaturista»,  y  se  oponen  á 
esta  juicio  mío  reparos  muy  discretos.  «Taine, 
dice  el  redactor  T.  de  la  revista  de  Tucumán,  era 
un  generalizador  y  un  filósofo,  un  filósofo  y  no  un 
biógrafo,  un  modelo  de  filósofo  de  la  historia». 

grega  que  yo  encuentro  que  la  síntesis  de  Taine 
ha  mondado  lo  pintoresco,  lo  irregular  de  las  im- 
presiones concretas. 

No,  no  es  esto.  Taine  no  sintetiza,  sino  que  es- 
coje  los  rasgos  que  concuerdan  con  la  idea  aprio- 


172 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


rística  que  se  ha  forjado  de  un  individuo  y  los 
pone  de  relieve,  dejando  en  la  penumbra  ó  en  la 
sombra  los  demás.  Los  hombres  no  son  para  Taine 
hombres,  sinos  casos  de  ejemplificación  de  teorías 
abstractas.  En  su  libro  de  De  V  intellingence,  está 
la  clave  de  sus  trabajos  históricos  y  críticos. 

En  rigor,  Taine  no  creía  en  la  individualidad  ni 
en  el  alma  personal,  y  sus  personajes,  si  bien  se 
mira,  carecen  de  alma. 

No  hay  sino  compararlos  con  los  de  Michelet, 
aquel  historiador  portentoso,  lleno  de  visión  y  de 
entusiasmo,  ó  con  los  de  Carlyle.  Michelet,  sí,  Mi- 
chelet sentía  á  los  hombres  y  los  resucitaba  ante 
nuestros  ojos.  Claro  está,  como  que  es  suya  aque- 
lla enérgica  y  entrañable  exclamación:  ¡mi  yo,  que 
me  arrebatan  mi  yo! 

Casi  ninguno  de  los  llamados  filósofos  de  la  his- 
toria es  buen  historiador.  Para  historiar  es  menes- 
te  dejarse  de  un  lado  la  filosofía  y  que  los  hechos 
mismos  hablen  y  filosofen  ellos:  y  mucho  más  tra- 
tándose de  una  filosofía  tan  seca,  tan  geométrica, 
tan  fríamente  cartesiana,  tan  poco  histórica  como 
era  la  filosofía  de  Taine. 

Caricaturista,  sí.  ¿Qué  es  lo  propio  de  la  carica- 
tura? Lo  propio  de  la  caricatura  es  acentuar  los 
rasgos  diferenciales  de  un  individuo ,  atenuando  y 
hasta  haciendo  desaparecer  los  demás.  Y,  sin  em- 
bargo, un  hombre  es  humano  y  es  vivo,  por  lo 
que  tiene  de  común  con  los  demás.  El  hombre 
triste  sin  sus  alegrías  no  sería  hombre,  como  no  lo 
sería  el  alegre  sin  sus  tristezas.  Las  flaquezas  de 
los  fuertes,  las  decisiones  de  los  indecisos,  los 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


173 


rasgos  de  valor  de  los  cobardes  y  los  momentos 
de  cobardía  de  los  valientes ,  las  simplezas  de  los 
genios,  y  las  genialidades  de  los  simples,  todo 
esto,  las  contradicciones  íntimas  de  los  hombres, 
es  lo  que  hace  que  nos  parezcan  hermanos  y  se 
atraigan  nuestra  simpatía.  Nunca  late  nuestro 
corazón  con  más  amor  hacia  el  Cristo  que  al  leer 
el  relato  de  su  desaliento  en  el  olivar.  Sin  eso,  no 
sería  hombre. 

Y  en  los  personajes  de  Taine  suelen  estar  siste- 
máticamente excluidas  estas  diferencias.  Le  sirven 
para  demostrar  una  tesis.  Sus  biografías ,  sus  re- 
tratos de  personas,  hacen  parangón  con  los  tra  - 
bajos  de  psicología  de  Ribot.  El  mismo  rígido  é 
implacable  mecanismo,  la  misma  lógica  de  concep- 
tos abstractos.  Los  hechos  que  expone  Taine  son 
un  revestimiento  de  conceptos  previos:  no  salen 
las  ideas  de  los  hechos  sino  que  vienen  éstos,  há- 
bilmente seleccionados,  á  corroborar  aquéllas. 

Y  no  es  que  allí  falte  lo  pintoresco  ni  la  impre- 
sión concreta,  no.  Taine,  que  era  á  su  modo  un 
soberano  artista,  sabía  dar  la  pincelada  pintores- 
ca, sabía  reproducir  la  impresión  concreta.  Pero 
es  cuando  concurrían  á  corroborar  su  tesis;  en 
otro  caso  prescindía  de  ellas. 

Taine  nos  ha  dejado  magníficas  esculturas  lite- 
rarias, pero  la  escultura  no  es  la  verdad.  La  escul- 
tura nos  presenta  á  un  hombre  en  una  edad  de  su 
vida,  en  una  posición,  en  un  gesto,  en  un  momen- 
to. Y  el  hombre  pasa  por  diversas  edades,  posi- 
ciones, gestos  y  momentos.  Cierto  es  que  Taine 
traza  la  vida  de  sus  personajes  siguiéndolos  á  tra- 


174 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


vés  de  sus  vicisitudes,  pero  si  se  le  lee  atentamen- 
te se  verá  que  va  á  tiro  hecho,  á  fijarlos  en  una 
actitud  y  en  un  momento.  Sus  hombres  son  ideas 
encarnadas,  ideas  más  ó  menos  complejas,  pero 
ideas,  en  fin. 

«Era  un  filósofo  y  no  un  biógrafo»,  dice  el  redac- 
tor de  la  revista  tucumana.  Pues  quien  no  es  un 
biógrafo  mal  puede  ser  un  buen  historiador,  y 
Taine  escribió  historia.  Con  muy  profundo  senti- 
do,— lo  he  dicho  antes  de  ahora, — agrupó  Sarmien- 
to en  torno  á  la  figura  de  Facundo  la  historia  de  la 
lucha  entre  la  civilización  y  la  barbarie  en  la  Ar- 
gentina, y  agrupó  Mitre  en  torno  á  las  figuras  de 
Belgrano  y  San  Martín  la  historia  de  la  emancipa* 
ción  sudamericana. 

Aprovecho  el  recuerdo.  Ahí  está  Sarmiento,  que 
en  visión  histórica  y  fuerza  de  expresión  plástica 
no  es  inferior  á  Taine,  superándole  en  otros  con- 
ceptos así  como  cede  ante  él  en  muchos.  También 
Sarmiento  era  un  caricaturista ,  también  su  « Fa- 
cundo» es  una  caricatura,  como  lo  es  siempre,  en 
mayor  ó  menor  grado,  todo  retrato  verdadera- 
mente artístico.  También  Sarmiento  acentuó  unos 
rasgos  de  su  héroe  y  atenuó  otros.  Y  así  es  como  en 
su  Facundo  nos  ha  dejado  un  retrato  imperece- 
dero de  Rozas,  pero  un  retrato  caricaturesco. 

Y  aquí  he  de  hacer  una  breve  digresión,  para 
hacer  notar  que  la  caricatura  no  implica  necesaria- 
mente lo  grotesco  y  lo  cómico.  Hay  deformaciones 
épicas,  que  engrandecen  al  deformado. 

Los  retratos  que  Sarmiento  nos  ha  dejado  de 
Facundo,  de  Rozas,  de  Aldao,  del  cura  Castro,  de 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO  175 


don  Domingo  de  Oro,  son,  sin  duda,  soberanas  de- 
formaciones, son  verdaderas  caricaturas,  pero  ¡qué 
diferencia  con  las  deformaciones  de  Taine!  Este, 
el  francés,  deformaba  fríamente,  con  regla  y  com- 
pás, según  un  sistema  de  coordenadas,  con  arreglo 
á  una  psicología  mecanicista ,  mientras  que  el  ar" 
gentino  deiormaba  con  calor,  por  amor  ó  por  odio, 
por  pasión.  El  uno  deformaba,  caricaturizaba  con 
la  cabeza;  el  otro  con  el  corazón.  Y  yo  me  quedo 
con  el  segundo. 

Y  aquí  está  de  otra  parte  Mitre,  cuya  «Historia 
de  San  Martín»  estoy  ahora  leyendo  con  singular 
agrado.  No  tiene  Mitre  la  genialidad  bravia  y  ro- 
busta de  Sarmiento,  pero  su  labor  de  marcha  más 
lenta  y  más  apacible,  acaba  por  ponernos  ante  los 
ojos  figuras  vivas.  Figuras  crepusculares,  un  poco 
borrosas  de  suyas,  figuras  de  menos  relieve,  pero 
de  más  simpática  humanidad.  Ni  Belgrano  ni  San 
Martín  se  prestaban  á  la  caricatura;  uno  y  otro 
eran  héroes  plutarquianos ,  modelos  de  serenidad 
moral,  pero  no  de  genialidad  mental,  como  el  mis 
mo  Mitre  lo  reconoce.  Si  recordamos  el  paralelo 
que  Taine  precisamente  estableció  entre  los  proce- 
deres de  Shakespeare  y  de  Balzac,  veremos  que, 
guardadas  proporciones,  Sarmiento  se  valía  del 
primero  y  Mitre  del  segundo. 

Pero  uno  y  otro,  los  argentinos,  escribían  movi- 
dos por  patriotismo  pasional  y  era  la  pasión,  impe- 
tuosa y  bravia  en  el  uno,  contenida  y  serena  en  el 
otro,  lo  que  guiaba  sus  plumas.  Eran  de  raza  es- 
pañola al  cabo.  Mientras  que  Taine  es  un  per- 
fecto ejemplar  del  espíritu  intelectualista  fran- 


176 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


cés,   frío,  geométrico,  «desabusé»,  cartesiano. 

Ad  virtiéndole  en  cierta  ocasión  á  Taine  de  los 
peligros  que  podían  seguirse  de  las  consecuencias 
que  los  franceses  sacasen  de  sus  «Orígenes  de 
la  Francia  contemporánea»,  dicen  que  contestó: 
«cuando  yo  escribo  no  pienso  que  haya  franceses 
en  el  mundo*.  (Pudo  añadir  que  ni  hombres).  He 
aquí  una  frase  que  no  concibo  ni  en  boca  de  Sar- 
miento ni  en  boca  de  Mitre.  No  puedo  figurárme- 
los escribiendo  sin  tener  en  cuenta  que  hubiese 
argentinos  en  el  mundo. 

Cita  luego  el  redactor  de  la  revista  tucumana 
un  juicio  de  Lecombe  que  dice  de  Taine  que  es  el 
prosador  más  animado  é  imaginativo  que  haya 
entre  los  franceses.  Imaginativo,  sí,  mucho,  pero.. . 
¿animado?  Alma  es  lo  que  encuentro  que  les  falta 
á  sus  personajes.  Hablan,  razonan— como  razonar, 
razonan  demasiado  acaso — obran,  pero  el  alma  no 
se  les  descubre. 

«Es  en  prosa  el  equivalente  de  Hugo»,  añade 
Lecombe.  ¡Por  Dios!  no  tanto,  no,  no  tanto.  To- 
mándolo con  cautela  puede  uno  fiarse  de  Taine; 
de  Hugo  no.  Taine  deformaba  por  sistema,  Hugo, 
por  ignorancia.  Precisamente  estoy  leyendo  la 
«Leyenda  de  los  siglos»  y  regocijándome  con  la 
acumulación  de  despropósitos  históricos  del  padre 
Hugo.  Tenía  una  radical  impotencia  para  com- 
prender la  historia.  Sentía  predilección  por  los 
asuntos  españoles  y,  en  efecto,  no  puede  hablar 
de  España  sin  soltar  algún  disparate.  Su  geogra- 
fía, su  historia,  su  toponimia  españolas  son  diverti- 
dísimas de  puro  desatinadas.  Baraja  nombres,  su- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


177 


cesos  y  lugares  con  la  mayor  desaprensión.  Y  en 
el  fondo  Hugo  es  tan  frío  y  tan  sistemático  como 
Taine,  aunque  aquél  sea  un  ignorante  y  éste  no. 
Porque  Taine  se  enteraba  bien  antes  de  hablar  de 
algo,  y  Hugo  no  se  tomaba  la  molestia  de  ente- 
rarse. 

Nadie  pone  en  duda  las  severas  virtudes  de  es- 
tudioso y  de  hombre  de  Taine,  ni  la  acendrada 
sinceridad  de  sus  ideas.  Puede  un  hombre  ser  es- 
tudioso, sincero  y  amante  de  la  verdad,  y  ser  fal- 
sificador y  caricaturista.  Su  genio  mismo  le  impul- 
saba á  ello.  No  creo  que  Taine  se  pusiera  adrede 
unas  gafas  verdes  ó  rojas  para  ver  los  objetos  de 
uno  ó  de  otro  color,  no;  sino  que  su  especial  dalto- 
nismo le  impulsaba  á  ver  como  veía.  Es  un  escri- 
tor profundamente  subjetivo,  pese  á  su  objetivis- 
mo profesional.  Lo  mismo  que  le  pasa  á  Flaubert. 

Y  esto  es  muy  frecuente  en  escritores  franceses. 
Preocupados  de  no  dejarse  cojer  de  primos,  que 
decimos  en  España,  «de  n'étre  pas  dupes»,  de  ver 
las  cosas  sin  ilusiones  ni  prejuicios  pasionales,  de 
salirse  de  sí  mismos,  de  hacer  obra  severamente 
impersonal  y  científica,  caen  en  un  profundo  pre- 
juicio y  son  presa  de  una  ilusión;  de  la  ilusión  de 
la  objetividad.  Su  facultad  hipercrítica  acaba  por 
destruir  la  realidad  concreta,  y  en  vez  de  hechos 
nos  dan  ó  leyes  congeladas  ó  polvo  de  hechos. 
Cuajan  en  témpanos  la  corriente  fugitiva  ó  redu- 
cen á  polvo  el  hecho  bruto.  Y  de  aquí  la  singular 
sensación  de  vacío  y  de  desaliento  que  su  litera- 
tura nos  deja.  Y  es  que  en  ella,  con  pocas  y  muy 
nobles  excepciones,  falta  pasión. 

12 


178 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Algo  diría  sobre  el  juicio  —  juicio  muy  discreto 
y  complaciente — que  de  mí  hace  el  redactor  de  la 
revista  tucumana  y  algunos  reparos  le  pondría  á 
lo  de  considerarme  moralista  y  comentador — fun- 
dado, creo,  en  mi  «Vida  de  Don  Quijote  y  San- 
cho», mi  obra  cardinal  hasta  hoy — algo  diría  de 
esto  si  no  fuese  porque  me  he  trazado  como  regla 
de  conducta  el  no  juzgar  los  juicios  que  de  mí, 
como  escritor,  se  hagan,  ni  aun  cuando  sean  tan 
razonados  y  tan  de  buena  fe  y  benévola  simpatía 
como  es  el  juicio  á  que  me  refiero.  Tomo  de  ellos 
cuenta  é  influyen  en  mi  ulterior  producción,  pero 
jamás  los  ratifico  ni  los  rectifico. 

De  paso  habla  el  redactor  de  la  revista  tucu- 
mana de  la  originalidad  sustancial  de  Spencer. 
¡Cuánto  habría  que  reparar  á  esto!  Spencer  es 
otro  pensador  tan  peligroso  como  Taine,  por  ser 
igualmente  sistemático.  Tuve  yo  también  mi  épo- 
ca de  spencerismo,  y  sin  duda  me  enseñó  mucho 
el  ingeniero  filósofo  inglés;  pero,  afortunadamen- 
te, salí  pronto  de  su  encanto.  Y  como  no  es  cosa 
de  alargar  este  comentario,  no  me  detengo  á 
desarrollar  un  punto  que  acaso  sorprenda  á  mu- 
chos, y  es  el  de  la  incapacidad  metafísica  de  Spen- 
cer. Basta  compararle  con  Stuart  Mili;  basta  cote- 
jar las  superficialísimas  críticas  de  Kant,  conteni- 
das en  los  Primeros  principios  —  obra  en  lo  fun- 
damental de  una  endeblez  é  inconsistencia  mani- 
fiestas— con  las  profundas  disquisiciones  de  Stuart 
Mili  en  su  Examen  de  la  fisonomía  de  Hámilton* 

Ocasiones  tendré  de  volver  sobre  esto  y  sobre 
los  estragos  que  creo  ha  hecho  en  la  mentalidad 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


179 


hispanoamericana — lo  mismo  que  en  la  española  — 
ese  positivismo  mecanicista  y  geométrico  que  es- 
tuvo en  moda  hace  veinte  años  y  fué  el  credo  de 
la  mesocracia  intelectual.  Sólo  se  salvaron  acá  y 
allá  los  que  sentían  arder  pasiones  en  su  pecho, 
pasiones  que  mantuvieron,  en  una  ú  otra  forma,  el 
fuego  sagrado  de  la  ilusión  trascendental. 

Ni  la  de  Taine  ni  la  de  Spencer  pueden  ser  filo- 
sofías para  pueblos  que  vierten  su  pensar  en  len- 
gua española.  Estos  tienen  otra  alma,  alma  que  en 
pocas  obras  habrá  sido  mejor  analizada  que  en  la 
Historia  da  civilisagao  Ibérica,  del  portugués 
Oliveira  Martins. 

Yo  sé  que  muchos  de  mis  lectores  de  allende  el 
océano  se  revolverán  á  esto  de  que  meta  en  un 
mismo  cuño  de  alma  á  los  pueblos  todos  de  len- 
gua española,  y  acaso  alguno  hasta  á  que  llame 
española  á  la  lengua  en  que  les  hablo  y  me  entien- 
den perfectamente;  pero  yo  sé  á  qué  atenerme  y 
sé,  como  lo  he  dicho  muchas  veces,  que  pocas 
veces  se  me  aparecen  los  americanos  más  radical 
y  profundamente  españoles,  ó  si  se  quiere  ibéri- 
cos, que  cuando,  como  en  el  caso  del  gran  Sar- 
miento, gustan  de  renegar  de  España.  ¿No  rene- 
gamos acaso  de  ella  siete  veces  al  día  los  españo- 
les estrictos? 

Repito  que  ahora  está  poniendo  ante  mi  vista, 
vivo  y  actuante,  á  San  Martín  su  eminente  bió- 
grafo Mitre,  y  ¡cómo  me  acuerdo  de  nuestros 
héroes  castizos  ante  ese  castizo  héroe  que  des- 
pués de  haber  hecho  aquí  la  guerra  contra  los 
fianceses  invasores,  fué  á  su  patria  á  libertarla  y 


180 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


hacerla  campo  libre  á  la  actividad  de  los  hijos  de 
los  pueblos  todos,  incluso  el  español!  Y  el  héroe 
se  me  aparece  en  toda  su  apacible  complejidad, 
sin  salientes  violentos,  sin  relieves  pronunciados, 
pero  con  todo  su  sano  equilibrio  y  con  todo  el  ca- 
lor de  humanidad  con  que  ha  sabido  presentárnos- 
lo su  ilustre  historiador. 


A  PROPÓSITO  DE  JOSUÉ  CARDUCCI 


Ya  lo  sabéis,  ha  muerto  Josué  Carducci,  el  más 
grande  poeta  italiano  que  quedaba  vivo  y  el  más 
grande  acaso  del  mundo  entero  en  el  tránsito  del 
siglo  xix  al  XX.  Somos,  por  lo  menos,  muchos  en 
creerlo. 

El  duelo  que  Italia  ha  ofrecido  á  la  memoria  de 
su  poeta,  ha  sido  digno  de  Italia  y  digno  de  Car- 
ducci.  Pocas  veces,  ni  en  lugar  ni  en  tiempo  al- 
guno, se  habrá  visto  una  manifestación  más  con- 
corde y  más  grandiosa. 

Para  juzgar  la  obra  poética  y  la  obra  crítica  de 
Carducci,  será  menester  que  pase  algún  tiempo  y 
que  se  haya  asentado  el  polvo  que  levantó  con  su 
soplo  airado,  serenándose  el  cielo.  Para  Italia  era 
el  poeta  civil  por  excelencia,  el  poeta  de  la  patria, 
el  poeta  de  la  unidad  italiana,  Será  menester  que 
lo  juzguen  extranjeros  y  que  su  obra  acabe  de  ha- 
cerse universal. 

Al  entusiasmo  patriótico  de  los  italianos  que 
han  llegado  á  ponerlo  en  su  panteón  al  lado  del 
Dante,  se  ha  unido  la  pasión  sectaria  y  hasta  la 
manía  anticristiana,  manía  que  se  alimenta  del 


182  MIGUEL  DE  UNAMÜNO 


más  lamentable  desconocimiento  de  lo  que  en  su 
espíritu  y  esencia  el  cristianismo  es  En  estos  días 
ha  llegado  á  decirse  en  Italia  que  el  himno  á  Sa- 
tanás, de  Carducci,  es  el  exponente  de  su  obra 
toda  poética,  y  que  quien  rechaza  aquél,  tiene  que 
rechazar  éste,  No  se  me  ocurre  rechazar  el  himno 
á  Satanás,  que  sólo  pudo  escandalizar  á  los  sim- 
ples que  no  quisieron  penetrar  en  su  fondo  —  un 
fondo  nada  anticristiano  —  pero  sí  conviene  re- 
cordar que  el  mismo  Carducci  dijo  de  ese  su  him- 
no, escrito  á  sus  veinticinco  años,  que  jamás  salió 
desús  manos  «guitarrada»  («chitarronata»)  más 
vulgar,  salvo  cinco  ó  seis  estrofas. 

Todo  poeta,  todo  escritor,  atrae  la  atención  de 
sus  contemporáneos,  no  por  lo  mejor  suyo,  no  por 
sus  producciones  más  íntimas  y  más  personales, 
sino  por  aquellas  otras  que  á  razón  de  circunstan^ 
cias  del  momento  producen  más  escándalo  ó  más 
entusiasmo  pasajero.  A  raíz  de  la  muerte  de  Leo- 
pardi,  de  lo  que  más  se  hablaba  era  de  su  canto  á 
Italia,  y  hoy  estamos  de  acuerdo  todos  en  que  no 
es  ese  su  canto  más  leopardiano.  Lo  mismo  suce- 
derá con  Carducci. 

¡  Qué  modelo  de  carrera  la  de  este  ardiente  y 
noble  poeta!  Hay  que  seguirla  desde  que  en  1856, 
siendo  profesor  de  retórica  en  el  Liceo  de  San  Mi- 
niato  al  Tedesco,  publicó,  á  sus  veintiún  años,  la 
primera  edición  de  sus  rimas,  con  el  honrado  pro- 
prósito  de  pagar  sus  deudas,  hasta  que  frisando  en 
los  setenta  y  dos  acaba  de  dormirse  en  la  sombra 
que  no  acaba,  en  su  querida  Bolonia,  en  cuyo  cam- 
posanto deseó  descansar  de  la  vida. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO  183 


Cuando  publicó  aquél  su  primer  libro  de  rimas, 
hubo  crítico  que  lo  acusó  de  «falta  absoluta  de 
toda  posible  facultad  poética».  Y  de  hecho  el  libro 
no  gustó.  Carducci  tuvo  que  fraguarse  su  gloria 
golpe  á  golpe,  contra  la  indiferencia  primero,  con- 
tra la  hostilidad  después.  Su  espíritu  rebelde  y 
desdeñoso  no  se  plegaba  á  acomodamientos  fáci- 
les, y  su  poesía  alta,  serena  y  fuerte,  no  era  de  las 
que  entran  fácilmente  en  un  público  que  rehuye 
manjares  jugosos. 

Carducci,  desdeñoso  y  fuerte  como  el  Dante, 
despreciaba  la  blandenguería  romántica  que  do- 
minaba el  ambiente  espiritual  cuando  su  alma  em- 
pezó á  respirar.  No  podía  resistir  el  manzonis- 
mo,  aunque  siempre  respetó  la  noble  figura  de 
Manzoni.  Y  como  el  cristianismo  se  le  aparecía  en 
torno  bajo  la  investidura  católica  manzoniana,  se 
revolvió  contra  el  cristianismo  también.  De  aquí 
su  paganismo . 

Siendo  estudiante  saltó  una  vez  de  la  camas 
para  salir  á  la  puerta  á  gritar:  «¡viva  Giove!» 
«¡abasso  il  successore!»  en  respuesta  á  un  amigo 
que  le  cantaba  lo  de 

«Dormi,  fanciul,  non  piangere, 
Dormi,  fanciul  celeste,.  » 

Y  toda  su  vida  permaneció  fiel  á  esto  que  podría 
llamarse  su  paganismo,  rechazando  á  los  curas, 
pidiendo  morir  bajo  los  cantos  del  padre  Homero. 
¿Quién  no  conoce  su  famosa  poesía  «En  una  iglesia 
gótica»  donde  se  lee  aquello  de  que  los  templos 


184 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


cristianos  excluyen  al  sol  y  que  el  cristianismo  faja 
de  tedio  al  alma?  ¿Quién  no  conoce  su  canto  á  las 
fuentes  de  Clitumno  en  que  pide  que  el  sauce  llo- 
rón, «il  pian  gente  salcio»,  sea  sustituido  por  la 
negra  encina,  «l'ilice  ñera»,  símbolos  el  uno  del 
cristianismo  y  el  otro  del  paganismo? 

Habría,  sin  embargo,  mucho  que  hablar  de  ese 
paganismo  y  de  ese  cristianismo.  Por  ahora  he  de 
limitarme  á  indicar  que  cuanto  en  el  cristianismo 
repelía  á  Carducci — y  lo  mismo  pasa  con  Nietzs- 
che — era,  sobre  todo,  el  elemento  de  origen  paga- 
no que  se  ha  introducido  en  él.  Carducci  amaba  á 
Francisco  de  Asís,  y  Carducci,  en  su  hermosa  poe- 
sía á  la  iglesia  de  Polenta,  ha  engarzado  en  ritmo 
suavísimo  la  salutación  del  Ave  María.  ¿Contradic- 
ción, diréis?  ¡No,  contradicción  no!  En  las  alturas 
serenas  y  luminosas  de  la  poesía  no  hay  contradic- 
ciones posibles.  Allí  todos  los  grandes  espíritus  se 
abrazan. 

He  citado  á  Nietzsche  al  hablar  de  Carducci; 
mas  esto  no  se  interprete  en  el  sentido  de  que  los 
junto.  Aprecio  al  poeta  italiano  mucho  más  que  al 
desesperado  pensador  germánico.  En  el  fondo  las 
razones,  ó  mejor  dicho,  los  sentimientos  porque 
uno  y  otro  se  revolvieron  contra  el  cristianismo, 
son  muy  diversos.  Y  contra  el  cristianismo  de  hoy, 
oficial  y  ritual,  se  revolvió  antes  que  ellos,  con 
otros  muchos,  aquel  excelso  espíritu  danés  que  se 
llamó  Kierkegaard,  alma  profundamente  cristiana. 
Este  dijo  aquella  terrible  frase:  la  cristiandad  jue- 
ga al  cristianismo. 

Mas  dejando  ahora  esta  cuestión  espinosa  y  vol- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


185 


viendo  á  Carducci ,  hay  que  hacer  notar  el  carác- 
ter de  su  lírica. 

Carducci,  el  poeta  civil,  no  es  el  egoísta  que  se 
encierra  en  su  torre  de  marfil  á  cantar  sentimien- 
tos personalísimos  ni  á  molestarnos  con  cosucas 
que  sólo  á  él  le  importan.  Este  gran  poeta  moder- 
no, el  más  grande,  el  más  poeta  y  el  más  moderno 
de  los  poetas  modernos,  es  el  menos  modernista, 
en  el  sentido  que  ordinariamente  se  da  á  este  mote 
tan  poco'envidiable.  Carducci,  que  odiaba  la  «usa- 
da poesía»  y  que  odiaba  sobre  todo  y  ante  todo  la 
vulgaridad,  es  un  poeta  popular  en  el  sentido  alto 
y  duradero  de  esta  palabra.  No  que  sus  poesías 
anden  en  boca  de  lo  que  suele  llamarse  por  anto- 
nomasia pueblo ,  no ;  sino  que  con  ellas  ha  contri- 
buido á  fraguar  un  pueblo.  Cantó  sentimientos  de 
su  patria.  Su  alma  vibraba  con  el  alma  de  lo  mejor 
de  su  pueblo. 

A  raíz  de  nuestro  desastre,  aquí  en  España,  me 
decía  el  gran  poeta  portugués  Guerra  Junqueiro: 
«Ustedes  no  tienen  un  poeta,  porque  han  recibido 
un  golpe  y  no  se  ha  oído  la  queja  melodiosa;  el 
reponerse,  la  cura,  es  cuestión  de  tiempo,  pero  el 
quejido,  el  grito  de  dolor,  esto  es  del  momento». 
Y  diciéndole  yo :  «  Acaso  tengamos  poetas ,  pero 
no  son  patriotas»,  me  replicó:  «No,  no  es  posible; 
si  un  hombre  no  siente  lo  que  tiene  en  derredor, 
lo  concreto,  lo  tangible,  la  patria,  podrá  ser  un  gran 
filósofo,  un  gran  pensador,  un  gran  sociólogo,  pero 
un  poeta  no».  Y  él,  el  mismo  Guerra  Junqueiro, 
acaso  nunca  ha  llegado  á  mayor  intensidad  poéti- 
ca que  en  su  poema  «Patria»,  grito  de  indignación 


186 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


y  de  sinceridad  que  le  arrancó  la  vergüenza  de 
Portugal. 

Ya  sé  que  andan  por  ahí  jóvenes  rimadores,  más 
ó  menos  melenudos,  que  sonríen  compasivamente 
cuando  de  patria  se  habla  y  que  no  se  les  cae  de 
la  boca  la  palabreja  «emoción»  y  la  torre  de 
marñl.  Hacia  estos  tísicos  del  alma  sintió  siempre 
un  soberano  desdén  Carducci,  y  basta  leer  sus  in- 
vectivas á  un  heiniano  de  Italia. 

Sí,  á  Carducci  se  le  ha  acusado  de  desdeñoso 
hacia  la  juventud.  ¿Acusarlo?  Eso  no  es  una  acu- 
sación. Tenía  motivos  sobrados  al  ver  cómo  deser- 
tando del  «maiora  canamus!»  se  ponen  á  cantar  no 
ya  las  cosas  menores,  sino  las  mínimas,  y  se  nos 
vienen  con  la  milésima  sonata  á  los  pies  de  Laura 
ó  con  elegías  á  Pierrot  ó  á  Colombine,  ó  con  insí- 
pidos y  pálidos  recuerdos  versallescos  ó  con  unos 
faunos,  sátiros  y  centauros  anémicos  traducidos 
del  francés  bulevardero,  ó  con  cualquier  otra  gan- 
sada por  el  estilo.  Ese  hombre  que  esculpía  sus 
pensamientos  en  estrofas  severas,  las  mejores  de 
ellas  sin  rima,  ¿cómo  iba  á  deleitarse  en  esos  juegos 
malabares,  de  versos  vacíos  de  sentido  en  que  sólo 
se  busca  un  fugitivo  halago  al  oído  carnal? 

De  buena  gana  os  diría  algo  respecto  á  la  técni- 
ca carducciana  y  á  sus  tan  discutidos  metros;  pero 
tengo  en  prensa  un  tomo  de  poesías  —  os  lo  anun- 
cio ya;  creo  me  ha  de  ser  permitido  esto — y  como 
entre  ellas  hay  más  de  una  compuesta  en  la  misma 
horma,  por  ahora  me  callo.  Y  en  ese  mismo  tomo, 
en  el  que  á  mis  poesías  originales  hago  seguir 
cinco  ó  seis  traducidas ,  van  dos  de  Carducci. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


187 


¿Cómo  este  poeta,  el  más  grande,  repito,  según 
muchos  creemos ,  de  la  segunda  mitad  del  pasado 
siglo,  ha  influido  tan  poco  en  España  y  en  la  Amé- 
rica de  lengua  española?  Siendo  como  es  el  italia- 
no mucho  más  afín  que  no  el  francés  al  castellano, 
y  siendo  su  prosodia  nuestra  prosodia,  parecía  lo 
natural  que  los  grandes  poetas  italianos  hubiesen 
influido  en  los  nuestros  más  que  los  franceses. 
Además,  la  poesía  italiana,  es,  por  lo  común,  más 
poesía,  quiero  decir,  más  poética  que  no  la  france» 
sa.  A  ésta  le  sobran  ciencia,  habilidad,  artificio  y 
espíritu  lógico  formal.  Son  demasiado  buenos 
geómetras  y  demasiado  buenos  críticos  para  ser 
buenos  poetas. 

¿Cómo  es,  podría  uno  preguntarse,  que  para  una 
vez  que  veamos  citado,  comentado  ó  imitado  en- 
tre nosotros  Carducci,  vemos  diez,  quince  ó  veinte 
veces  citados,  comentados  ó- imitados  Musset  ó 
Verlaine?  Yo  lo  atribuyo  sobre  todo  á  la  debilidad 
de  nuestros  estómagos  mentales ,  y  permitidme  lo 
rudo  de  la  frase.  Entre  nosotros  adquieren  más 
favor  los  que  nos  obligan  menos  á  fijarnos  y  los 
que  menos  nos  dicen;  los  que  nos  mecen  en  vago- 
rosos  ensueños  sin  consistencia  y  á  las  veces  sin 
forma. 

Carducci  es  un  poeta  discursivo,  ilativo.  En  sus 
cantos  hay  un  argumento  lírico,  en  sus  cantos  hay 
una  idea  dominante,  clara  y  precisa,  que  va  des- 
arrollándose procesionalmente  y  con  soberana 
pompa.  Por  esto  pudo  prescindir  de  la  rima;  por- 
que la  asociación  poética  de  las  imágenes  y  pensa- 
mientos es  interna  y  es  robusta. 


188 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


Fijaos,  en  efecto,  en  que  hay  poetas  que  necesi- 
tan de  la  rima  para  no  perderse  en  la  más  absolu- 
ta incoherencia,  en  el  cinematografismo  más  des 
cosido,  en  una  cháchara  deshilvanada.  Conozco 
poesías  en  castellano — y  de  las  que  citan  corno 
ejemplo  los  adeptos  de  cierta  escuela — en  que  si 
se  quitan  las  lañas  de  la  rima,  se  desparrama  todo 
aquello. 

Carducci,  como  verdadero  gran  poeta,  es  un 
poeta  traductible.  No  le  ocurre  lo  que  á  nuestro 
Zorrilla.  Poned  á  Zorrilla  en  inglés,  alemán  ó 
francés,  despojándole  del  halago  del  sonsonete,  y 
decidme  cuánta  poesía  queda  en  aquel  aluvión  de 
lugares  comunes  literarios  y  en  aquel  desfile  de 
imágenes  imprecisas  ó  revenidas  de  purb  viejas. 
En  cambio  Campoamor,  por  ejemplo,  sean  cuales 
fueren  sus  fallas  en  otro  respecto,  es  traductible. 
Y  Carducci  lo  es  enteramente,  como  es  traducti- 
ble el  Dante,  como  lo  es  Homero,  como  lo  es  Sha- 
kespeare, como  lo  es  Goethe.  Lo  que  cantan  es 
de  suyo  poético;  sus  cantos  están  formados  con 
materia  poética.  Y  es  poética  la  forma  interna  de 
ellos/ 

Lo  cual  no  quiere  decir  ¡claro  está!  que  no  sea 
bellísima  y  armoniosa  la  versificación  carducciana. 
No  tiene,  sin  duda,  esas  cadencias  arrastradas  y 
muelles  que  se  canturrean,  más  que  se  recitan, 
lánguidamente  á  la  hora  de  tomar  el  ajenjo.  Su 
música  es  una  música  robusta.  Ni  violines  versa- 
lleses  ni  caramillos  pánicos. 

Y  no  vaya  á  creerse  por  esto  que  Carducci  no 
tiene  delicadezas.  Las  tiene  y  de  las  más  delica- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


189 


das,  como  lo  son  siempre  las  de  los  fuertes.  No 
hay,  en  efecto,  ternuras  más  tiernas  ni  blanduras 
más  dulcemente  blandas  que  las  de  los  vigorosos 
y  recios.  Las  flores  más  fragantes  son  las  del  de- 
sierto ó  las  que  crecen  bravias  entre  las  rendijas 
de  las  rocas.  El  toque  más  delicado  es  el  de  un 
gigante.  Si  Oto  ó  Efialte  os  cogieran  y  os  levan- 
taran en  sus  manos,  no  sentiríais  el  toque;  tan  sin 
esfuerzo  lo  harían.  Los  niños  se  sienten  mejor, 
más  á  sus  anchas,  en  los  brazos  de  los  hombres 
robustos  que  no  tienen  que  hacerse  violencia  al- 
guna ni  tienen  que  apretarlos  para  mantenerlos 
seguros. 

Leed  la  bellísima  composición  de  Carducci  á  la 
boda  de  su  hija,  aquélla  en  que  habla  del  «vulgo 
vil  de  Italia»,  y  ved  si  el  amor  paterno  puede  hablar 
un  lenguaje  más  robustamente  tierno.  Y  como  és~ 
Las  otras  composiciones. 

La  labor  de  Carducci  no  es  muy  copiosa.  No  ha 
sido  poeta  tan  fecundo  como  Víctor  Hugo,  pongo 
por  caso  de  fecundidad.  Y  sus  composiciones  son 
todas  relativamente  cortas.  Nada  de  poemas  en 
varios  cantos  ó  de  novelas  en  verso,  nada  de  dra- 
mas. La  verdadera  inspiración  lírica  es  de  vuelo 
alto  y  firme,  sí,  pero  corto. 

Y  además,  y  esto  no  debe  olvidarse,  Carducci 
no  se  constituyó  en  un  profesional  de  la  poesía, 
no  fué  un  literato  de  esos  quq  se  creen  obligados 
á  escribir  versos  con  cierta  regularidad  de  tiempo. 
Su  ocupación  principal  y  primaria  fué  su  cátedra 
de  literatura  italiana  en  la  universidad  de  Bolonia, 
y  después,  sus  trabajos  de  crítica  é  investigación 


190 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


de  textos  antiguos  Y  sólo  cuando  se  sentía  hen- 
chido de  concepción  poética  era  cuando  hacía 
versos. 

De  aquí  su  posición  respecto  á  la  poesía,  á  la  li- 
teratura y  al  arte  en  general,  tan  distinta  de  la  po 
sición  ordinaria  en  aquellos  que  por  haber  hecho 
rimas  que  han  obtenido  algún  aplauso,  se  creen 
con  derecho  á  menospreciar  otras  actividades.  De 
una  carta  que  Carducci  dirigió  en  1887  al  director 
del  «Resto  del  Carlino»,  traduzco  este  sustancio 
so  párrafo: 

«Dije  que  está  bien  que  Italia  no  tenga,  al  me- 
nos por  ahora,  una  producción  literaria  conforme 
la  pretenden  muchos.  Me  explicaré.  Creo  firme- 
mente ser  dañosa  para  el  vigor  moral  de  un  pueblo 
la  demasiada  literatura;  creo  que  la  demasiada  li- 
teratura perdió  á  Grecia  y  enerva  hoy  á  Francia; 
creo  que  Italia,  teniendo,  como  tiene,  que  cobrar 
fuerzas,  necesita  de  muy  otras  cosas  que  de  exci- 
tantes ó  deprimentes  neuróticos,  y  la  literatura  mo- 
derna no  puede  dar  otra  cosa.  La  imposibilidad  de 
que  saliese  en  Italia  una  novela  que  se  pueda  leer 
era  para  mí  una  prueba  y  un  consuelo,  prueba  de 
que  á  este  pueblo  le  queda  aún  una  fibra  de  los 
antiguos  ríñones,  y  era  una  esperanza  para  el  por- 
venir. Ahora  siento  que  aquella  querida  imposibi- 
lidad va  disminuyendo  de  día  en  día.  Me  disgusta. 
Nuestros  padres  pusieron  barra  á  la  caponera  de 
la  arcada;  ¿por  qué  queremos  mantener  abierto  en 
demasiados  periódicos  un  mercado  de  vulgariza- 
ción de  los  últimos  excrementos  del  romanticismo 
en  prosa  y  en  verso?» 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


191 


El  que  escribía  estas  palabras  tan  sensatas  era 
el  primer  literato  de  Italia,  ó  mejor  dicho,  el  pri- 
mer humanista. 

Esta  noble,  nobilísima  palabra,  esta  palabra  de 
abolengo  que  parece  trasportarnos  al  siglo  XVI, 
entre  los  esplendores  del  Renacimiento,  esta  pala- 
bra de  humanista  es  la  que  mejor  cuadra  á  Car- 
ducci. 

Muerto  este  robusto  luchador  prometeico,  le  su- 
cede en  su  cátedra,  y  somos  muchos  los  que  cree- 
mos que  en  su  primacía  en  la  poesía  italiana,  Pas- 
coli,  cuyos  cantos,  sin  el  vigor  herculino  de  los 
cantos  carduccianos,  tienen  en  cambio  más  morbi- 
dez acaso  y  más  serenidad  tranquila.  Pascoli  se  in- 
clina á  las  veces  más  á  Leopardi  que  á  Carducci. 
Pero  mientras  este  dulcísimo  y  sereno  Pascoli,  que 
parece  ser  uno  de  los  que  han  encontrado  la  fuen- 
te homérica,  es  casi  desconocido  entre  nosotros,  á 
todas  horas  nos  están  restregando  los  oídos  con  el 
nombre  de  guerra  de  Gaetano  Rapagneta,  cono- 
cido por  Gabriele  d'Annunzio.  Este  insoportable 
comediante,  vano  y  hueco,  es  el  que  para  nuestro 
vulgo  literario — y  es  el  peor  de  los  vulgos — cubre 
con  su  nombre  el  nombre  de  Pascoli,  del  cual  dijo 
una  vez  Carducci  que  era  capaz  de  escribir  cantos 
que  podría  firmar  Ariosto. 

Es  una  cosa  vista  la  de  que  no  son  los  poetas,  ni 
en  general  los  escritores  mejores,  más  jugosos  y 
más  hondos,  los  que  antes  consiguen  salvar  las 
fronteras  de  su  patria.  Una  cosa  son  los  escri- 
tores universales  y  otra  los  internacionales,  ni  se 
traduce  primero  lo  mejor  sino  lo  más  fácil  de  com- 


192 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


prensión.  Pero  de  esto  de  lo  universal  y  lo  inter- 
nacional en  literatura  os  hablaré  otro  día  y  es- 
pero entonces  engarzar  á  mis  propias  reflexiones 
y  observaciones,  observaciones  y  reflexiones  de 
Carducci. 


SOBRE  EL  AJEDREZ 


Nunca  olvidaré — me  contaba  una  vez  un  cura  de 
aldea,  socarrón  y  malicioso  —  nunca  olvidaré  mi 
primera  visita  á  un  pueblo  «civilizado».  Habíame 
criado  yo  en  mi  aldea  nativa,  con  un  tío  cura  que 
me  enseñó  el  latín ,  y  que  cierto  día  me  advirtió 
me  preparase  para  ir  con  él  á  la  villa  próxima.  Era 
á  Guernica.  Llegamos  á  ella  y  me  llevó  al  casino, 
donde  él  tenía  que  avistarse  con  un  amigo.  Me 
dejó  por  mi  cuenta.  Empecé  á  recorrerlo,  todo  en- 
cogido y  medroso,  y  hubo  de  llamarme  la  atención 
un  grupo  de  cuatro  personas,  agrupadas  en  silen- 
cio en  torno  á  una  mesita  y  sin  levantar  sus  cabe- 
zas de  ella.  Su  mutismo  y  su  recojimiento  atraje- 
ron mi  atención.  Me  acerqué  al  grupo  y  oí  rom- 
perse el  silencio  para  que  uno  de  los  cuatro  ca- 
balleros exclamara:  «¡Si  hace  usted  eso,  le  como 
el  caballo! »  y  otro  le  replicó:  «en  ese  caso,  le  co- 
meré yo  la  torre».  Estas  palabras  me  trastornaron. 
¡Un  señor  que  dice  va  á  comerse  un  caballo  y  otro 
que  le  replica  que  comerá  una  torre!  Me  aparté  de 
allí,  no  sin  cierto  temor  no  fuese  que  de  mansa  se 
les  convirtiese  en  furiosa  y  me  tirasen  por  el  bal- 

13 


194 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


cón  á  la  calle,  pero  pudo  más  mi  curiosidad  y 
volví  á  acercarme  al  grupo.  «¡Este  peón  será 
reina!»  —  exclamó  triunfalmente  uno  de  aquellos 
señores,  y  yo  miré  á  todas  partes.  Me  aquietó  un 
poco  el  que  los  demás  asistentes  al  Casino  no  pa- 
recían dar  importancia  al  caso.  Me  acerqué  más 
aun  y  pude  ver  que  tenían  un  tablero  de  madera 
con  cuadrados  blancos  y  negros,  y  unas  piececi- 
tas,  algunas  en  forma  de  castillos  y  otras  con  ca- 
bezas de  caballo  que  movían  de  tiempo  en  tiempo 
de  un  sitio  á  otro.  No  quise  ver  más,  sino  que  me 
fui  á  mi  tío  y  asiéndolo  por  la  sotana,  le  dije:  «¡tío, 
vámonos  de  aquí,  vamos  á  casa!»  y  todavía  al  salir 
del  Casino  de  Guernica  volvía  mi  mirada  á  él  te- 
miendo no  saliese  con  un  cuchillo ,  frenético  ya, 
el  comedor  de  caballos,  ó  el  de  torres.  — Tal  fué 
mi  primera  impresión  de  lo  que  es  una  sociedad 
civilizada — acabó  diciéndome  el  socarrón  y  mali- 
cioso cura  de  aldea. 

Y  entonces  me  tocó  el  turno  de  contarle  á  mi 
vez  cómo  yo,  en  mis  mocedades,  había  caído  bajo 
la  seducción  de  la  mansa  é  inofensiva  locura  del 
ajedrecismo  y  cómo,  durante  mis  años  de  carrera, 
en  Madrid,  hubo  domingo  en  que  invertí  lo  menos 
diez  horas  en  jugar  al  ajedrez.  Este  juego,  en 
efecto,  llegó  á  constituir  para  mí  un  vicio,  un  ver- 
dadero vicio.  Pero  como  soy,  gracias  á  Dios, 
hombre  de  recia  voluntad,  conseguí  dominarlo.  Y 
hoy  no  lo  juego  sino  de  higos  á  brevas,  ó  sea  de 
año  á  San  Juan,  y  las  pocas,  poquísimas  veces  en 
que  lo  juego,  no  paso  de  un  par  de  partidas,  ó  á  lo 
sumo  tres.  Se  me  pasan  meses  sin  tomar  un  alfil  á 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


195 


la  mano.  Y  es  que  tengo  siempre  presente  aquel 
aforismo  de  que  el  ajedrez  para  juego  es  demasia- 
do y  para  estudio  demasiado  poco .  Y  eso  que  lle- 
gué á  jugarlo  bastante  bien. 

Recuerdos  y  reflexiones  son  estos  que  se  me 
ocurren  al  leer  la  carta  que  don  José  Pérez  Men- 
doza, presidente  del  Club  Argentino  de  Ajedrez, 
dirige  á  don  Enrique  de  Vedia,  consocio  suyo  y 
rector  del  colegio  nacional  central,  carta  que  apa- 
rece en  el  número  correspondiente  al  primer  tri- 
mestre de  este  año,  de  la  «Revista  del  Club  Ar- 
gentino de  Ajedrez». 

El  señor  Pérez  Mendoza  se  dirige  al  señor  Ve- 
dia con  objeto  de  que  se  introduzca  el  ajedrez  en 
los  colegios.  La  carta  honra  á  quien  la  ha  escrito, 
pues  que  demuestra  cuán  en  serio  toma  su  ajedrez, 
y  siempre  es  digno  de  todo  respeto  y  todo  elogio 
el  que  toma  algo  en  serio,  y  más  en  los  días  que 
corremos.  Y  el  que  se  tome  muy  en  serio  un  jue- 
go, un  deporte,  es  una  enseñanza,  una  adverten- 
cia y  un  reproche  para  tantos  como  hay  que  to- 
man en  juego  las  cosas  más  serias. 

No  se  le  oculta  al  señor  presidente  del  Club  Ar- 
gentino de  Ajedrez  lo  arduo  de  llevar  á  la  prácti- 
ca su  propósito,  lo  difícil  que  es  encontrar  «quien 
tenga  valor  suficiente  para  desafiar  la  crítica  de 
los  que  sonríen  burlonamente  cuando  no  tienen 
nada  de  fundamento  que  oponer  á  un  propósito», 
y  recuerda  á  este  efecto  la  conmiseración  con  que 
en  una  época  no  lejana  se  les  motejaba  con  aque- 
llo de  «es  miv  mbro  de  la  Protectora  de  Animales». 
Pero,  como  dice  muy  bien  el  señor  Pérez  Mendo- 


196 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


za,  «el  tiempo  ha  transcurrido  y  todos  hacen  jus- 
ticia á  los  propósitos  de  Sarmiento,  reverendo 
Thompson  y  otros». 

Esta  actitud  del  presidente  del  Club  Argentino 
de  Ajedrez  me  es  altamente  simpática. 

Siempre  aplaudo  á  los  que,  sea  por  lo  que  fuere, 
afrontan  la  crítica  de  los  que  sonríen  burlonamen- 
te.  Un  ejemplo  así  es  siempre  fecundo  en  país 
donde  la  propensión  á  la  burla,  al  choteo,  hace  es- 
tragos. Eso  no  es,  en  el  fondo,  sino  quijotería,  y 
sabido  es  que  me  he  constituido  en  el  aplaudidor 
profesional  de  todo  quijote. 

«Las  ideas  hacen  camino»,  dice  muy  bien  el  se- 
ñor Pérez  Mendoza.  Y  para  demostrarlo  se  limita 
á  citar  el  caso  de  la  señorita  Elina  Paso,  que  se 
matriculó  para  médica  en  el  colegio  que  el  señor 
Vedia  rige.  «Hubo  resistencia  tenaz  para  impedir- 
lo por  los  retrasados  en  ideas,  pero  más  fuerte  fué 
el  empeño  y  la  buena  doctrina  triunfó,  siendo  ;al 
fin!  admitida».  Es  evidente:  las  ideas  hacen  ca- 
mino . 

«Y  usted,  que  es  educacionista  y  por  ende  aje- 
drecista de  raza...» — sigue  diciendo  al  rector  del 
colegio  nacional  central  el  presidente  del  Club  Ar- 
gentino de  Ajedrez.  Pero  aquí  tenemos  que  dete- 
nernos. Ese  «por  ende»  me  ha  herido  la  mente 
como  una  flecha  silenciosa  en  la  oscuridad.  Eso 
de  que  un  educacionista  tenga  que  ser  ajedrecis- 
ta, la  verdad,  no  acabo  de  comprenderlo.  Yo  que, 
como  he  dicho,  fui  ajedrecista  y  hasta  maniático 
del  ajedrez  en  mi  juventud,  no  veo  las  relaciones 
entre  el  juego  del  ajedrez  y  la  pedagogía.  Pensaré 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


197 


en  ello,  sin  embargo.  Aunque  por  ahora  temo  tra- 
tar á  mis  alumnos  y  discípulos  como  peones,  alfi- 
les, caballos  y  torres  de  ajedrez. 

Sigue  la  carta  y  en  ella  pide  su  autor  que  se 
desarrolle  en  la  juventud  argentina  la  afición  al 
ajedrez  «que  ennoblece,  porque  es  caballeresco 
en  sus  propósitos;  que  es  culto  porque  da  motivo 
á  desarrollar  la  sociabilidad;  que  es  el  más  intelec- 
tual y  educador,  porque  para  practicarlo  es  nece- 
sario poner  en  ejercicio  funciones  múltiples  de 
observación,  orden,  previsión  y  tantas  otras  que 
desarrollan  la  intelectualidad,  y  sobre  todo,  más 
arriba  que  todo,  que  es  un  medio,  si  no  de  extir- 
par, de  oponerse  á  la  ola  que  avanza»  y  que  por 
desgracia  «es  difícil,  bien  que  no  imposible  de  con- 
tener y  que  tantos  perjuicios  trae  aparejados  en  su 
propagación:  me  refiero  á  las  varias  formas  de  jue- 
go con  apuestas». 

Vamos  por  partes. 

Y  empezemos  por  la  última:  lo  de  los  juegos  de 
apuestas.  En  esto,  como  en  aquello  otro  de  afron- 
tar las  sonrisas  burlonas,  estoy  enteramente  al 
lado  del  presidente  del  Club  Argentino  de  Ajedrez. 
Todo  lo  que  en  bien  de  la  cultura  se  haga  para 
combatir  los  juegos  de  envido  y  azar,  incluyendo 
en  ellos  la  lotería  y  las  carreras  de  caballos,  sería 
poco.  Y  no  es  lo  peor  de  tales  juegos  el  que  arrui- 
nen á  unos  y  enriquezcan  á  otros  sin  trabajo,  ense- 
ñándoles á  fiar  de  la  fortuna;  lo  peor  de  la  afición 
á  los  juegos  de  azar  y  envido  es  que  revela  una 
gran  pobreza  imaginativa.  Suelen  caer  en  ese  vicio 
aquellas  personas  que  sin  una  base  de  educación 


198 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


intelectual  se  encuentran  con  dinero.  No  saben 
qué  hacer,  la  lectura  les  fastidia,  el  arte  está  para 
ellos  cerrado,  y  el  único  modo  que  tienen  de  no 
aburrirse  es  jugar.  Puede  asegurarse  que  donde  el 
juego  hace  estragos  la  cultura  es  superficial  y  más 
de  apariencia  que  de  fondo.  Las  emociones  del 
juego  llenan  un  vacío  espiritual  que  no  se  llena 
con  emociones  de  arte,  de  ciencia  ó  de  una  acti- 
vidad útil  y  culta.  Cuando  se  reúnen  personas  de 
cultura,  de  ingenio,  de  ilustración,  y  sobre  todo  de 
espíritu,  conversan,  cambian  ideas  é  impresiones, , 
no  cartas  de  baraja.  Los  tontos,  dice  Schopen- 
hauer,  no  teniendo  ideas  que  cambiar,  inventaron 
unos  cartoncitos  con  figuras,  y  los  cambian. 

Pero  de  este  mal  del  juego,  que  es  para  mí  lo 
peor  de  él,  ¿está  acaso  enteramente  exento  el 
ajedrez? 

«Ennoblece,  porque  es  caballeresco»,  dice  el 
señor  Pérez  Mendoza.  Sí,  no  lo  dudo,  pero  he  pre- 
senciado disputas  muy  agites  ocasionadas  por  el 
ajedrez.  Y  se  comprende.  Como  los  dos  jugadores 
juegan  con  los  mismos  elementos,  dispuestos  del 
mismo  modo,  no  cabe  atribuir  al  acaso  la  derrota. 
El  que  pierde,  pierde  porque  se  descuidó  más  que 
el  otro,  ó  porque  juega  menos  que  él.  Y  así  suce- 
de que  en  ningún  juego  se  interesa  más  el  amor 
propio  que  en  el  ajedrez.  Al  que  pierde  un  día  al 
tresillo  le  queda  el  recurso  de  decir  que  le  dió  mal 
el  naipe.  No  así  al  que  pierde  al  ajedrez.  Y  de  aq[üí 
todo  eso  de  jugar  á  cara  de  perro,  sin  volver  las 
jugadas,  aquello  de  pieza  tocada,  pieza  jugada.  Es 
muy  caballeresco  este  juego,  sí,  pero  llega  á  en- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


199 


gendrar  verdaderas  antipatías,  así  como  engendra 
simpatías.  El  amor  propio  queda  muy  al  descu- 
bierto en  él,  y  lo  más  educativo  que  tiene  es  el  en- 
señarnos á  dominarlo.  Pero  esto  se  consigue  lo 
mismo  en  una  conversación  en  que  juega  el  in- 
genio. 

«Es  culto  porque  da  motivo  á  desarrollar  la  so- 
ciabilidad», añade  el  señor  Pérez  Mendoza.  Según 
lo  que  por  sociabilidad  se  entienda.  En  mi  época 
de  ajedrecimanía  solía  yo  jugar  con  un  ancianito 
que  no  parecía  vivir  sino  para  el  ajedrez.  Todas  las 
tardes  me  pasaba  dos  ó  tres  horas  jugando  con  él. 
Y  jamás  supe  sino  su  nombre,  que  hoy  ya  no  lo  re- 
cuerdo. No  sé  de  dónde,  ni  cómo  era,  ni  qué  ideas 
tenía,  ni  nada  de  su  vida  pasada  No  nos  unía  más 
que  la  común  afición  al  ajedrez.  Y  así  se  ve  que 
dos  hombres  pueden  reunirse  todos  los  días,  dos, 
tres  ó  más  horas,  en  torno  á  un  tablero,  á  comer- 
se caballos  y  torres  y  convertir  á  peones  en  reinas 
y  desconocerse  profundamente  el  uno  al  otro, 
manteniéndose  mutuamente  extraños.  Y  en  tal 
sentido  no  fué  tan  falsa  como  parece  la  visión  que 
de  la  civilización  tuvo  mi  amigo  el  cura  de  aldea 
socarrón  y  malicioso. 

Mucho  de  la  sociedad  civilizada  no  es  más  que 
la  sociabilidad  que  con  el  juego  del  ajedrez  se  en- 
gendra y  desarrolla.  Dos  hombres  pueden  pen- 
sar y  sentir  del  modo  más  opuesto,  ser  en  el  fondo 
incompatibles  el  uno  con  el  otro,  y  juntarse  á  jugar 
al  ajedrez.  Un  día  falta  uno  de  los  jugadores,  dura 
su  ausencia  unos  días  y  al  cabo  de  ellos  vuelve  á 
su  hábito,  pero  vestido  de  luto  y  con  aspecto  de 


200 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


cierta  tristeza.  En  esos  días  ha  quedado  viudo.  Y 
puede  muy  bien  ocurrir  que  su  competidor  lo  ig- 
nore. No;  no  es  esa  sociedad  la  que  debemos  pro- 
mover, sino  otra  más  íntima,  más  espiritual,  más 
comunicativa.  Es  comunión,  comunión  de  ideas 
y  sentimientos,  no  sociabilidad  lo  que  nos  hace 
falta.  Un  club  ajedrecista  es  lo  más  opuesto  á  una 
iglesia  cualquiera,  á  un  centro  de  comunión  espi- 
ritual. El  ajedrez  puede  llegar  á  ser  uno  de  los 
medios  de  juntarse  las  personas  sin  comprometer 
en  esta  junta  sus  almas. 

Lo  que  hay  que  promover  y  fomentar  es  la  con- 
versación íntima  y  libre,  el  cambio  de  ideas.  Hay 
quehacer  de  los  casinos  verdaderos  hogares  de 
ideas.  Hogares,  y,  á  la  vez,  templos.  Dicen  que  es 
de  muy  buen  tono,  de  la  más  profunda  urbanidad 
y  cortesía  el  que  en  una  «reunión  de  confianza» — 
son  las  reuniones  en  que  menos  confianza  cabe — 
en  una  sociedad,  en  un  casino,  no  se  hable  de  lo 
más  íntimo  y  vital:  de  religión.  Para  mí  ese  buen 
tono,  esa  urbanidad  y  esa  cortesía,  no  son  sino 
signo  de  muerte.  Sociedad  en  que  privan  máximas 
semejantes  no  es  sino  un  hormiguero  de  egoístas, 
de  aventureros,  de  superficiales,  de  escépticos  y 
de  aburridos.  Y  he  aquí  por  qué  odio  esas  so- 
ciedades y  huyo  de  ellas.  No  quiero  ser  un  hom- 
bre de  sociedad,  un  hombre  de  mundo.  El  saber 
llevar  el  frac  puede  llegar  á  ser  una  inferioridad 
manifiesta. 

Paréceme,  pues,  que  para  defender  á  los  jóve- 
nes estudiantes  de  la  «ola  que  avanza»,  mejor 
aun  que  aficionarlos  al  ajedrez,  y  aun  no  siendo 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


201 


del  todo  malo  este  remedio,  es  aficionarlos  á  otras 
cosas,  y  ante  todo  al  estudio;  es,  sobre  todo,  pro- 
vocar en  ellos  las  eternas  y  tradicionales  inquie- 
tudes de  espíritu,  las  que  no  dejan  vacío  que  tenga 
que  llenarse  con  apuestas  al  juego  de  azar. 

Y  por  lo  que  hace  á  las  funciones  de  observa- 
ción, de  orden,  previsión,  etc.,  con  que  el  ajedrez 
desarrolla  la  intelectualidad,  cedo  la  palabra  al  su- 
tilísimo Edgar  Alian  Poe,  que  en  la  introducción 
á  su  cuenta  sobre  Los  asesinos  de  la  calle  de  la 
Morgue,  decía  así: 

«Es  muy  posible  que  la  facultad  de  resolución 
se  robustezca  con  el  estudio  de  las  matemáticas  y 
especialmente  de  aquella  su  más  elevada  rama  que 
no  más  sino  á  causa  de  sus  operaciones  retrógra- 
das ha  sido  llamada,  injustamente,  análisis  por  ex- 
celencia. Pero  calcular  no  es  lo  mismo  que  anali- 
zar. Un  jugador  de  ajedrez,  por  ejemplo,  cumple 
lo  uno  sin  esfuerzo  alguno  para  lo  otro.  De  donde 
se  sigue  que  el  juego  del  ajedrez  ha  sido  muy  mal 
entendido  en  sus  efectos  sobre  el  carácter  mental. 
No  estoy  escribiendo  un  tratado,  sino  simplemen- 
te un  prefacio  á  un  relato,  prefacio  con  observa- 
ciones sobre  el  azar.  Aprovecho,  pues,  la  ocasión 
para  afirmar  que  las  potencias  más  elevadas  del 
intelecto  reflexivo  se  ejercitan  más  decidida  y 
útilmente  con  el  modesto  juego  de  damas  que  no 
con  la  complicada  frivolidad  del  ajedrez.  En  éste 
último,  en  que  las  piezas  tienen  diferentes  y  ex- 
traños movimientos,  con  varios  y  variables  valo- 
res, se  confunde  lo  que  no  es  sino  complejo  con  lo 
profundo,  error  nada  raro.  La  atención  entra  aquí 


202 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


poderosamente  enjuego.  Si  marra  por  un  instante, 
se  comete  un  descuido,  de  que  resulta  pérdida  ó 
derrota.  Como  los  movimientos  posibles  son,  no 
sólo  múltiples,  sino  complicados,  las  probabilida- 
des de  tales  descuidos  se  multiplican  y  en  nueve 
casos  por  cada  diez  el  que  vence  es  el  jugador 
más  concentrado  (concentrative)  y  no  el  más  inte- 
ligente (acute).  En  las  damas,  por  el  contrario, 
donde  los  movimientos  son  «únicos»  y  no  sufren 
sino  leves  variaciones,  disminuyen  las  probabili- 
dades de  inadvertencia,  y  quedando,  relativamen- 
te, sin  empleo  la  mera  atención,  las  ventajas  que 
obtenga  una  de  las  partes  las  obtiene  por  un  supe» 
rior  ingenio  (acumen).  Para  ser  menos  abstracto, 
supongamos  un  juego  de  damas  en  que  las  piezas 
se  reducen  á  cuatro  damas,  y  en  que,  por  supues- 
to, no  cabe  esperar  descuido.  Es  obvio  que  la  vic- 
toria en  este  caso  no  puede  decidirse  á  jugadores 
iguales,  sino  por  algún  movimiento  rebuscado, 
efecto  de  fuerte  trabajo  intelectual.  Privado  de 
recursos  ordinarios,  el  analista  se  mete  en  el  espí- 
ritu de  su  contrario,  se  identifica  con  él,  y  no  ra- 
ras veces  ve  así,  de  una  mirada,  los  únicos  méto- 
dos— á  las  veces  absurdamente  sencillos — por  los 
que  puede  inducirle  á  error  ó  empujarle  á  un  mal 
cálculo.» 

Esto,  como  todo  lo  de  Poe,  es  más  ingenioso 
que  sólido,  y  en  el  fondo  un  tanto  paradójico.  Pero 
la  paradoja  es  la  más  excelente  forma  de  la  ver- 
dad desconocida.  El  mismo  Poe  reconoce,  por  lo 
demás,  que  el  ajedrez  desarrolla  la  atención.  Sólo 
que  le  faltaba  añadir  que  desarrolla  la  atención,,. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


203 


para  el  ajedrez.  Es  como  las  carreras  de  caballos 
que  desarrollan  la  cría  de  caballos...  de  carrera,  y 
los  juegos  florales  que  promueven  el  cultivo  de  la 
poesía...  jocoso-floral. 

Hay  que  reconocer,  por  otra  parte,  que  el 
ajedrez  es  una  escuela  de  psicología  práctica. 
Viendo  jugar  á  uno  varios  días  me  comprometo  á 
dar  un  bosquejo  de  su  psicología.  Uno  juega  por 
jugar,  otro  por  inventar  jugadas,  otro  para  ganar, 
uno  se  distrae,  otro  cuenta  con  las  distracciones 
ajenas,  éste  charla  para  confundir  á  su  adversario 
y  engañarle,  aquél  parece  atender  á  un  lado  del 
tablero  cuando  en  realidad  se  fija  en  otro,  etc.,  et- 
cétera. Pero  esto  pasa  con  todo  juego.  Y  aun  hay 
más,  y  es  que  creo  que  el  tresillo  exige  mucha 
mayor  agudeza,  dotes  más  finas  de  observador,  de 
psicólogo,  que  no  el  ajedrez.  Hay  que  adivinar  lo 
que  no  se  ve.  Y  hay  quien  á  las  primeras  jugadas 
sabe  ya  las  cartas  que  tiene  el  contrario,  siempre 
que  conozca  á  éste.  En  el  tresillo  cabe  jugar  una 
jugada  mirando  á  los  ojos  del  contrario;  en  el 
ajedrez  hay  que  mirar  al  tablero.  Como  en  el  tre- 
sillo entra  por  algo  el  az^r  entra  también  por  más 
el  elemento  psíquico,  espiritual.  Saber  servirse  del 
azar  es  el  supremo  arte  de  la  vida. 

«¿Conque  saber  servirse  del  azar  es  el' arte  su- 
premo de  la  vida? — me  dirá  aquí,  interrumpiéndo- 
me, algún  lector  avisado; — pues  entonces  lo  atrapé 
en  contradicción.  Porque  si  el  arte  supremo  de 
vivir  es  aprovecharse  del  azar,  ¿por  qué  condenar 
los  juegos  de  azar  y  envite,  los  juegos  de  apues- 
ta?» No  te  falta  alguna  razón,  lector  avisado,  que 


204 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


así  me  objetas,  pero  de  eso  ya  hablaremos.  Y  ha- 
blaremos de  la  parcial  justificación,  y  más  aparen 
te  que  real,  que  de  esos  juegos  puede  darse... 
Porque,  en  efecto,  los  juegos  de  azar  responden  á 
algo  más  que  á  llenar  un  vacío  de  espíritu;  la 
pasión  por  el  azar  tiene  hondas  y  muy  vivaces 
raíces.  Y  bien  dirigida,  entiéndelo  bien,  bien  diri- 
gida, puede  dar  frutos  provechosos. 

Y  lo  que  salva  al  ajedrez  de  ser  una  cosa  pura- 
mente mecánica  es  precisamente  el  elemento  de 
azar  que  su  complicación  misma  lleva  consigo:  el 
poder  contar  con  los  descuidos  del  adversario. 
Pero  es  indudable  que  hace  falta  más  cálculo  para 
idear  el  modo  de  dar  mate  con  rey,  alfil  y  caballo, 
sin  más,  no  habiéndolo  aprendido  antes,  que  no 
para  empezar  y  desarrollar  un  juego.  La  simplici- 
dad del  caso  abona  lo  que  Poe  dice. 

El  ajedrez  tiene,  sin  duda,  alguna  de  las  venta- 
jas, pero  tiene  casi  todos  los  inconvenientes  de 
las  matemáticas.  Y  yo  no  encomendaría  un  asunto 
delicado  á  un  puro  matemático.  Las  matemáticas, 
dadas  sin  compensación  ni  contraveneno,  son  fu- 
nestísimas para  el  espíritu.  Son  como  el  arsénico, 
que  en  debida  proporción  fortifica  y  en  pasando 
de  ella  mata.  Los  matemáticos  puros,  se  acostum- 
bran á  discurrir  con  el  encerado  ó  el  papel  y  no 
con  la  cabeza.  Obsesiónales  una  falsa  idea  de  la 
exactitud.  Es,  sin  duda,  mucho  más  educadora 
cualquier  ciencia  de  observación,  de  laboratorio, 
la  biología  sobre  todo,  porque  en  ella  hay  que 
aprender  á  doblegarse  al  hecho,  que  sólo  en  pe-  ' 
queña  parte  nos  es  conocido.  Toda  célula,  por 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


205 


muy  conocida  que  nos  sea,  cela  un  misterio:  el 
triángulo,  por  el  contrario,  ó  la  elipse,  como  no 
es  sino  un  concepto,  lo  tenemos  todo  entero  en  el 
espíritu.  El  que  los  rumiantes  tengan  la  pezuña 
partida,  no  se  sabe  bien  por  qué,  además  de  ser 
tan  exacto  como  (a-}-b)2  =  a2-f-2ab-{-b2  es  mu- 
cho más  educador.  Y  en  cuestión  de  juegos,  el 
tresillo,  pongo  por  caso,  es  más  biológico  que  el 
ajedrez,  que  tiene  más  de  matemático.  El  azar  es 
el  misterio,  y  la  fuerza  del  hombre  es  saber  domi- 
nar el  azar,  es  saber  servirse  del  misterio. 

He  conocido  muchos  jugadores  de  ajedrez  y  he 
jugado  á"su  juego  con  muchos  de  ellos.  Y  debo  de- 
clarar que  la  mayor  pericia  en  el  juego  no  coin- 
cidía necesariamente  con  la  mayor  inteligencia. 
Junto  á  hombres  muy  inteligentes  y  grandes  ju- 
gadores de  ajedrez,  he  conocido  ajedrecistas  dis 
tinguidísimos  que  eran  hombres  de  una  menta- 
lidad menos  que  ordinaria,  y  he  conocido,  en 
cambio,  hombres  de  ingenio  torpísimo,  de  pési- 
mas dotes  de  observación,  de  inteligencia  confusa 
y  tarda  que  jugaban  admirablemente  bien  al  aje- 
drez. El  ser  un  coloso  en  el  ajedrez,  como  un  Phi- 
lidor,  un  Morphy,  un  Steinitz,  un  Tchigorin,  un 
Golmayo,un  Martínez, un  Mackenzie, un  Lasker..., 
no  prueba  sino  que  se  es  un  coloso  en  el  ajedrez. 
En  todo  lo  demás  puede  ser  coloso,  hombre  ordi- 
nario, ó  pigmeo. 

Una  cosa  me  ha  llamado  la  atención  en  los  ma- 
nuales de  ajedrez  y  en  los  libros  de  partidas  famo- 
sas— muchas  de  ellas  las  he  vuelto  á  jugar,  libro  y 
tablero  á  mano  —  y  es  que  entre  los  nombres  de 


206 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


los  jugadores  famosos,  de  los  grandes  maestros 
del  ajedrez,  figura  un  número  de  apellidos  espa- 
ñoles— como  Martínez,  Golmayo,  Ponce,  Váquez, 
etcétera, — mayor  que  el  que  figura  entre  los  nom- 
bres famosos  en  ciencias,  artes  y  letras.  ¿En  qué 
consiste  esto? 

Algo  se  me  ocurre  á  este  respecto,  pero  el  haber 
alargado  ya  lo  bastante  este  escrito,  me  impide, 
afortunadamente,  el  decirlo  aquí.  Tal  vez  es  mejor 
para  callado. 


ARTE  Y  COSMOPOLITISMO 


Mi  óptimo  amigo  y  paisano  Grandmontagne 
creyó  bien,  á  lo  que  parece,  publicar  una  de  las 
cartas  que  en  privado  le  he  dirigido,  carta  en  que 
con  la  franqueza  que  nuestra  buena  amistad  otor- 
ga, declaraba  yo  ciertas  opiniones  que  respecto  al 
estado  de  la  literatura  argentina  abrigo,  y  que  no 
he  hecho  públicas  por  falta  de  los  comprobantes 
todos  que  creo  necesarios.  Pero  debo  felicitarme 
de  ese  amistoso  celo  de  mi  Grandmontagne, 
porque  la  tal  carta  me  ha  valido  otra  interesantísi- 
ma (inédita  ésta),  del  Sr.  Martiniano  Leguizamón, 
y  el  hacer  con  este  insigne  literato  conocimiento, 
pudiendo  así  haber  saboreado  sus  Recuerdos  de  la 
tierra ,  su  Calandria  y  su  Montaraz  con  que  ha 
tenido  la  bondad  de  obsequiarme.  Y,  como  lo  que 
tales  obras  y  la  carta  de  Leguizamón  me  sugieren 
podría  interesar  á  los  habituales  lectores  de  La 
Nación,  allá  van  algunas  reflexiones  acerca  del 
cosmopolitismo  en  el  arte. 

Díceme  Leguizamón  que  se  sintió  molestado  por 
el  chaguarazo  (¡linda  palabreja!)  que  en  tal  carta 


208 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


les  asesté.  Lo  siento  de  todas  veras,  pero  ocasión 
se  me  brinda  que  ni  pintada  de  remediarlo. 

Soy  uno  de  tantos  españoles  que  al  cojer  una 
obra  americana  queremos  nos  traiga  soplo  de  la 
vida  de  la  tierra  y  de  la  gente  en  que  brotó,  in- 
tensa y  verdadera  poesía,  y  no  literatura  envuelta 
en  tiquis-miquis  decadentistas  y  en  exóticas  flores 
de  trapo.  Hace  años  que  leí  el  hermosísimo  Mar- 
tín Fierro ,  al  que  dediqué  un  estudio ,  y  Carmelo 
Uriarte ,  mi  paisano  y  entrañable  amigo  de  la  in- 
fancia, me  proveyó  de  no  pocas  silvestres  flores  de 
la  literatura  gauchesca.  Remitióme  últimamente 
las  populares  novelas  de  Eduardo  Gutiérrez,  tan 
ricas  en  primera  materia  poética,  sin  desbastar 
apenas,  y  leyendo  Juan  Moreira^  me  decía:  ¡que 
cantera!  Mi  buen  amigo,  el  autor  del  hermoso 
Nastasio,  Soto  y  Calvo,  me  regaló,  por  su  parte, 
sus  obras  y  dióme  á  la  vez  á  conocer  las  de  otros 
escritores  criollos,  Fray  Mocho  entre  ellos.  (¡Qué 
buenos  ratos  debo  á  Un  viaje  al  pais  de  los  ma- 
treros!) Y  de  todo  ello  nació  en  mí  el  deseo  de  de- 
dicar una  obra  á  la  actual  literatura  genuinamente 
argentina.  Y  ahora  la  carta  de  Leguizamón  me 
induce  á  anticipar,  á  reserva  de  ulteriores  rec- 
tificaciones, algo  acerca  de  las  dos  principales 
tendencias  que  creo  se  disputan  el  campo  ahí,  algo 
acerca  de  la  lucha  entre  el  nacionalismo  y  el  cos- 
mopolitismo en  literatura. 

En  una  mi  carta  dirigida  á  Soto  y  Calvo,  que 
este  buen  amigo  ha  puesto  al  frente  de  su  «evoca- 
ción de  un  poema  argentino»  El  genio  de  la  raza, 
expuse  lo  más  condensado  que  me  fué  posible  mi 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


209 


concepto  acerca  del  cosmopolitismo  en  poesía,  y 
como  en  contestación  de  ello,  el  crítico  que  en  El 
genio  de  la  raza  se  ocupó  desd^  las  columnas  de 
El  Pais,  del  25  de  Junio  último,  repetía  aquello 
de  que  la  poesía  no  tiene  límites  ni  fronteras,  no 
sabe  de  razas,  de  religión,  de  lengua  ni  de  patria, 
que  como  hija  de  la  sensación,  de  la  imaginación 
y  del  sentimiento  es  universal,  y  que  el  patriotis- 
mo en  arte  es  una  ficción  peligrosa  que  puede 
ocasionar  incurable  raquitismo  en  las  literaturas 
jóvenes  y  sin  tradiciones.  ¡Peregrina  psicología  y 
profunda  concepción  del  arte! 

De  lo  que  más  sabe  la  poesía  de  todos  los  tiem- 
pos y  de  los  países  todos,  es  de  razas,  de  religio- 
nes, de  lenguas  y  de  patrias,  como  que  éstas  nu- 
tren, abrevan  y  visten  á  la  imaginación  y  al  sen- 
timiento, ni  hay  cosa  que  encanije  á  la  poesía  más 
que  un  estéril  y  abstracto  cosmopolitismo,  lo  más 
opuesto  que  cabe  á  la  honda  y  positiva  universa- 
lidad. Decíame  en  cierta  ocasión  el  gran  poeta 
portugués  Guerra  Junqueiro,  que  en  España  no 
debemos  de  tener  poetas,  discurriendo  así:  Han 
recibido  ustedes  un  gran  golpe;  el  curar  y  repo- 
nerse de  él,  cosa  es  de  tiempo,  de  régimen,  de 
paciencia  y  de  trabajo;  pero  la  queja,  el  grito  de 
dolor,  es  del  momento,  y  puesto  que  aquí  nadie 
se  ha  quejado  con  alguna  fuerza,  que  yo  sepa,  es 
que  no  tienen  ustedes  poetas  en  España.  Y  como 
yo  le  contestara,  por  vía  de  argumentación:  «ó 
que  no  son  patriotas»,  replicóme  al  punto: — «No, 
no  es  posible;  un  pensador,  un  filósofo,  un  soció- 
logo, puede  no  ser  patriota;  pero  un  poeta,  si  no 

14 


210 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


siente  lo  que  en  derredor  tiene,  lo  concreto  y 
vivo,  con  mayor  fuerza  que  lo  lejano  y  abstracto, 
será  cualquier  otra  cosa,  pero  poeta  no.»  Algo  es- 
trecho es,  sin  duda,  este  concepto,  pero  encierra 
una  mayor  alma  de  verdad  que  el  opuesto  con- 
cepto del  crítico  de  El  País. 

Aunque  lo  he  dicho  y  repetido,  á  repetirlo  vuel- 
vo: «es  dentro  y  no  fuera  donde  hemos  de  buscar 
al  Hombre;  en  las  entiañas  de  lo  local  y  circuns- 
crito, lo  universal,  y  en  las  entrañas  de  lo  tempo- 
ral y  pasajero,  lo  eterno».  Fuera  de  cada  particu- 
lar recinto  no  hay  sino  el  espacio  geométrico, 
abstracción  de  frías  teorías  euclidianas  ó  metaeu 
clidianas;  fuera  de  nuestra  hora  de  dolor  ó  goce 
no  hay  sino  el  tiempo  matemático;  la  infinitud  y 
la  eternidad  hemos  de  ir  á  buscarlas  en  el  seno 
de  nuestro  recinto  y  de  nuestra  hora,  de  nuestro 
país  y  de  nuestra  época.  Eternismo  y  no  moder- 
nismo es  lo  que  quiero;  no  modernismo,  que  será 
anticuado  y  grotesco  de  aquí  á  diez  años,  cuando 
la  moda  pase. 

Así  como  no  conozco  doctrina  que  más  ahogue 
la  individualidad  que  eso  que,  por  antítesis  tal 
vez,  llaman  individualismo,  tampoco  conozco  cre- 
do que  más  desconozca  la  universalidad,  la  huma- 
nidad más  bien,  que  el  credo  cosmopolita  al  uso. 
Trátase  de  llegar  por  él  á  un  hombre  común,  hom- 
bre-tipo, pero  es  á  un  hombre  esquemático,  logra- 
do por  vía  de  remoción,  que  diría  un  escolástico, 
á  un  pobre  bípedo  implume  que  se  vista  por  el  mis- 
mo patrón  en  todas  partes,  á  la  última  moda  de 
París  y  de  Nueva  York,  y  con  el  inevitable  tubo 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO  211 


sobre  la  sesera.  Es  decir,  el  hombre  para  el  traje 
y  no  el  traje  para  el  hombre,  principio  este  último 
á  que  obedece  el  atavío  del  charro  á  quien  desde 
un  balcón  miro  con  su  gorrilla,  sus  ceñidos  calzo- 
nes, su  cinto  de  media  vaca  y  sus  polainas  para 
montar  garboso  su  jaca,  tras  la  vacada  ó  el  gaucho 
de  ahí  con  el  traje  que  su  vida  le  hizo. 

Humanidad,  sí,  universalidad,  pero  la  viva,  la 
fecunda,  la  que  se  encuentra  en  las  entrañas  de 
cada  hombre,  encarnada  en  raza,  religión,  lengua 
y  patria  y  no  fuera  de  ellas,  no  en  el  abstracto 
contratante  social  de  los  jacobinos.  El  genio  mis- 
mo ¿es  otra  cosa  que  lo  universal  revelándose  en 
lo  individual  y  en  lo  temporal  lo  eterno?  Shakes- 
peare, Dante,  Cervantes,  Ibsen,  son  humanos  en 
fuerza  de  ser  inglés,  florentino,  castellano  y  norue- 
go, respectivamente. 

Dante  ha  cobrado  la  ciudadanía  del  mundo  y  de 
los  siglos  porque  en  puro  ser  el  más  italiano  de  los 
trecentistas  italianos  y  el  más  trecentista  de  los 
italianos  trecentistas,  llegó  á  la  roca  eterna  del 
hombre  de  Italia  en  el  siglo  XIII,  al  hombre  de  to 
dos  los  tiempos  y  países,  al  Hombre. 

Juzgando  Enrique  D.  Davray  en  el  Mercnre  de 
France — revista  grata  á  los  cosmopolizantes  ar- 
gentinos, creo — las  obras  de  Rudyard  Kipling,  ha- 
cía constar  que  sus  mejores  relatos  son  aquellos 
cuya  acción  en  las  Indias  pasa  ó  que  se  refieren  de 
algún  modo  á  las  Indias,  donde  vivió  Kipling  los 
años  de  su  infancia  y  de  que  ha  conservado  impre- 
siones extremadamente  vivas.  Y  añadía  estas  no- 
tables palabras:  «Pero  no  cabe  ser  niño  en  dos  paí- 


212 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


ses  diferentes,  lo  que  se  comprende  bien  leyendo 
las  otras  novelas  que  á  cualquier  otro  asunto  se 
refieran.  Adviértese  en  ellas  en  demasía  el  esfuer- 
zo del  autor  y  el  aprovechamiento  de  notas  que 
yendo  de  excursión  ha  tomado,  y  de  observacio- 
nes cuidadosamente  apuntadas  en  el  cuaderno  de 
bolsillo».  No  cabe  ser  niño  en  dos  países  dife- 
rentes, ¡admirable  comentario!  No  cabe  ser  niño 
en  dos  países,  y  hay  que  haberlo  sido  en  alguno 
y  seguir  en  él,  en  cierto  modo,  siéndolo  para  ser 
poeta,  pues  es  el  poeta  quien  más  á  flor  de  alma 
tiene  su  infancia.  Payró,  en  el  precioso  prólogo 
que  á  Montaraz  de  Leguizamón  ha  puesto,  nos 
recuerda  muy  á  propósito  que  «el  escritor  nacio- 
nal, con  el  alma  de  niño  que  pedía  Corot  para 
ver  la  naturaleza,  debe  inspirarse  en  las  cosas  que 
le  rodean,  libre  é  ingenuamente.»  Libre  é  inge- 
nua, infantilmente. 

Cuando  quise  yo  hacer  una  obra  de  arte  y  poe- 
sía, una  obra  en  que  vertí  diez  años  de  medita- 
ciones y  contemplaciones  y  amores,  busquéla  en 
mi  país  nativo,  en  la  tierra  de  mi  niñez,  en  mis 
montañas  vascas,  y  en  aquella  lucha  entre  carlis- 
tas y  liberales,  con  cuyos  ecos  resuena  mi  infan- 
cia cuando  me  sube  á  flor  de  alma  cantándome 
recuerdos.  Mis  estudios,  mi^  lecturas,  mis  filoso- 
fías, sirviéronme  para  ver  mejor  aquel  bombardeo 
de  Bilbao,  de  que  fui  testigo  y  que  mi  memoria, 
como  vivísima  visión,  me  pone  delante  de  la  ima- 
ginativa. 

Universalidad,  sí,  pero  la  rica  universalidad  de 
integración,  la  que  brota  del  concurso  y  choque 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO  213 


de  las  diferencias.  Aquí  abajo,  en  medio  de  la  or- 
questa, apenas  oímos  más  que  las  disonancias;  pero 
allá  arriba,  en  el  cielo  del  arte,  óyese  la  sinfonía 
armónica  que  producen  las  razas,  las  religiones, 
las  lenguas  y  las  patrias,  dando  sendas  notas,  vi- 
brando en  su  cuerda  propia  cada  una,  con  su  es- 
pecífico timbre. 

Dé  el  pueblo  argentino,  como  los  demás  pue- 
blos, su  nota,  la  que  él  sólo  puede  dar,  y  como 
canta  Soto  y  Calvo  en  El  genio  de  la  raza: 

Un  grano  habrá  de  tu  metal  nativo 
En  el  venero  inmenso  de  las  almas 
Que  añada  gloria  á  nuestra  nueva  gloria. 

Lo  que  así  no  sea  acaba  en  literatura,  en  el 
mal  sentido  de  esta  palabra,  en  literatismo  más 
bien,  en  arte  libresco  de  profesionales  y  para  pro- 
fesionales tan  sólo.  El  libro  es  bueno;  pero  lo  es 
como  el  lente,  cuando  no  estando  empañado,  nos 
hace  ver  mejor  la  naturaleza  á  través  de  él,  sin 
que  á  él  mismo  le  veamos. 

¡Mezquina  cosa  la  literatura  de  literatura,  al- 
quimia de  biblioteca,  específico  de  escuela  con  su 
esotérica  receta  acaso!  De  toda  la  inmensa  labor 
alejandrina,  labor  genuinamante  decadentista,  en 
la  gran  literatura  universal  de  los  siglos,  ¿qué 
queda?  ¿No  es  acaso  la  mayor  utilidad  de  la  pintu- 
ra de  paisajes  enseñarnos  á  embellecer  con  la  mi- 
rada el  paisaje  real?  Y  en  tal  sentido,  el  decaden- 
tismo y  el  exotismo  ahí,  como  en  todas  partes,  han 
llevado  á  cumplimiento  una  tarea  meritoria,  justo 


214 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


es  confesarlo,  y  es  la  de  educar  los  ojos  de  no 
pocos  poetas,  para  que  los  vuelvan  al  campo  y  á 
la  vida  que  les  rodea  y  los  descubran,  Pero,  ¿quién 
va  á  pretender  que  prefiramos  los  estudios,  por 
sabios  que  sean  y  por  complicada  prestidigitación 
que  exijan  del  virtuoso  sobre  el  teclado,  á  las 
sonatas  en  que  vibra  el  aire  de  la  tierra;  ahí  no  el 
céfiro  helénico,  hiriendo  la  lira  eolia,  sino  la  brisa 
pampera  cernida  en  el  ombú,  haciendo  sonar  la 
vieja  guitarra  de  los  payadores  mentaos?  Bueno 
es  hacer  ejercicios,  pero  para  ejercitarse,  nada 
más.  Al  pueblo  se  le  da  una  higa  de  los  esfuerzos 
profesionales  por  vencer  la  dificultad  creada. 

Nadie  ha  olvidado  aquello,  creo  que  del  Tarta- 
rin  en  los  Alpes,  de  que  los  souvenirs  suizos,  las 
baratijas  con  países  alpestres,  son  en  París  más  ba- 
ratas que  en  la  Suiza  misma,  ¡claro,  como  que  está 
en  París  la  fábrica!  ni  nadie  ignora  que  hay  dibu- 
jantes japoneses  que  á  París  han  ido  á  aprender  á 
dibujar  á  la  japonesa  aparisiensada.  Es  natural,  el 
esfuerzo  del  Cerebro  del  Mundo  por  unlversalizar- 
se es  vano,  y  más  de  afectación  que  de  sustancia. 
No  hay  con  más  apariencias  de  vasta,  comprensión 
más  estrecha  que  la  del  francés;  hoy,  como  en 
tiempo  de  Voltaire,  digan  lo  que  quieran  y  crean 
lo  que  creyeren,  siguen  en  el  fondo  de  su  alma  te- 
niendo á  Shakespeare  por  un  bárbaro.  Léase  á 
Zola,  á  Faguet,  á  Lemaitre,  léaseles  con  cuidado, 
léase  sobre  todo  á  Taine,  el  francés  que  más  ha 
luchado  acaso  por  ensanchar  su  comprensión, 
léasele  juzgando  á  Carlyle,  á  Walter  Scott,  á  Dic- 
kens,  á  Wordsworth,  y  compárese  lo  que  de  ellos 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


215 


dice  con  su  espontáneo  entusiasmo  por  el  gaulois 
Lafontaine,  por  Racine,  por  Condillac.  Mas  esto 
me  llevaría  á  otro  punto ,  cual  es  el  de  la  influen- 
cia perniciosa,  por  lo  casi  exclusiva,  de  la  literatu- 
ra francesa  en  las  literaturas  americanas.  El  hu- 
guismo  hizo  estragos,  el  mercurialismo  los  hace 
ahora.  Puestos  á  traducir,  ¿por  qué  no  verter  la 
Inocencia  de  Tonay,  v.  gr.,  mejor  que  ese  inso- 
portable Belkiss  de  Eugenio  de  Castro,  libro  que 
huele  á  polvillo  de  biblioteca  amasado  en  aceite 
lámpara,  y  á  orientalismo  de  enésima  mano? 

Claro  es  que  hay  una  poesía  cosmopolita,  sin 
aparente  sabor  de  raza,  ni  de  religión,  ni  de  patria, 
— sin  sabor  de  lengua,  no  sé  que  pueda  haberla 
como  no  esté  en  esperanto  —  como  hay  flores  de 
cultivo  de  estufa,  hermosas  de  verdad  y  aun  fra- 
gantes. Líbreme  Dios  de  excluirla.  Pero  esa  poesía 
sólo  vive  á  la  sombra  de  la  otra;  dejada  sola,  mo- 
riría al  cabo,  porque  es  infecunda.  Es  injerto  de 
viejo  olivo  en  acebuche.  Pero  ¡ojo  con  llamar  cos- 
mopolita á  lo  específicamente  francés  más  ó  menos 
de  potencializado! 

Parece  como  que  en  algunos  americanos  ha  ha- 
bido algo  así  como  vergüenza  de  presentarse  ante 
el  mundo  tales  como  son,  temor  de  que  les  tomen 
por  bichos  raros,  por  una  especie  de  avechucho 
peregrino  bueno  para  contemplarlo  un  momento, 
objeto  de  curiosidad,  que  es  lo  que  los  críticos  pa- 
risienses suelen  hacer  cuando,  en  vena  de  exotis- 
mo, se  dignan  Ajar  su  atención  en  un  extranjero, 
en  un  bárbaro.  Por  otra  parte,1  lo  populoso  de  las 
ciudades  y  lo  ralo  de  la  población  campesina  han 


216 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


hecho  que  no  pocos  literatos  argentinos,  criados 
en  ciudad,  padezcan  de  urbanismo.  ¡Cuanto  más 
que  en  sus  quintesenciados  tipos  y  sus  sutilezas 
decadentistas  veo  eterno  fondo  humano  y  poético 
en  la  genuina  literatura  criolla,  popular! 

Y  cuidado  que  al  decir  popular  no  digo  popula- 
chera. A  cuyo  respecto  es  de  leer  lo  que  Payró  dice 
en  su  ya  citado  prólogo  á  Montaraz:  «Una  obra 
nacional  no  exige  para  serlo  estar  escrita  en  nues- 
tra jerga  vulgar...  la  descripción  de  lugares  y  es- 
cenas, la  pintura  de  sentimientos  y  pasiones,  no 
requieren  elementos  extraños  al  idioma— mientras 
no  se  trate  de  cosas  no  ya  sólo  peculiares,  sino 
únicas — y,  por  el  contrario,  ostentan  más  brillo, 
plenitud  y  eficacia,  si  para  su  ejecución  ha  servido 
el  instrumento  perfeccionado  y  afinado  por  el  uso 
de  siglos».  Así  nos  presenta  Leguizamón  en  su 
Montaraz  la  vida  de  sus  campos  patrios,  en  caste- 
llano genuino,  fluido,  corriente,  limpio,  literario 
en  el  mejor  sentido  de  la  palabra.  Sí,  ya  lo  sé,  con 
genuino  y  naturalísimo  zumo  de  vid  aireada  y  so- 
leada al  campo  abierto,  hácense,  merced  á  delica- 
das decantaciones  y  á  fermentaciones  prolijas,  vi- 
nos exquisitos  y  raros,  mientras  el  vinazo  peleón 
con  que  se  regodean  los  borrachos  de  taberna  ó 
pulpería  puede  no  ser  más  que  alcohol  de  suelas, 
palo  campeche  y  drogas  indigestas.  Ni  olvido  lo  de 
Schiller  en  su  hermosa  Canción  del  ponche:  «tam- 
bién el  arte  es  don  del  cielo».  Pero  ¿y  la  materia 
sobre  el  arte  opera?  El  arte  intenámca  lo  vivo, 
pero  no  da  vida  á  lo  muerto,  dígase  lo  que  se  quie- 
ra, ni  lo  resucita;  puede  hacer  un  Aquiles  de  Mar- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


217 


tín  Fierro,  pero  no  de  un  homunculus  de  retorta; 
depura  y  decanta  el  zumo  de  la  vid,  pero  no  hace 
champaña,  ni  jerez,  ni  oporto,  en  un  laboratorio 
con  simples  nada  más  y  por  síntesis  de  química 
orgánica,  mediante  reactivos.  Y  en  laboratorio, 
con  simples,  por  síntesis  químico-orgánica  litera- 
ria, con  reactivos  cosmopolitas  quieren  hacernos 
iliadas.  Más  cerca  está  de  ellas  el  Martin  Fierro. 

No  sé  si  habrá  ahí  como  aquí  original  que,  re- 
pitiendo á  D'Annuncio,  hable  del  «divino  César 
Borgia»,  refiriéndose  á  aquel  famoso  tirano  del  Re- 
nacimiento italiano,  pero  en  tiranos — ya  que  hasta 
lo  moralmente  malo  puede  ser  objeto  de  arte — 
dramatizables,  la  historia  americana  nos  los  ofrece 
que  dan  quince  y  raya  á  los  Sforzas,  Borjas  y  Mé- 
dicis,  y  en  héroes  y  patriotas  rico  tesoro.  La  guerra 
del  Paraguay,  ¿no  fué  homérica? 

El  asunto  es  en  realidad  inagotable;  dejemos 
cortada  tela,  que  para  una  sesión  creo  que  ya 
basta. 


SOBRE  LA  CARTA  DE  UN  MAESTRO 


Recibo  una  carta  de  mi  amigo  y  compañero  don 
Antonio  González  Garbín ,  profesor  hoy  de  la  Fa- 
cultad de  letras  de  la  universidad  central  de  Ma- 
drid y  que  durante  muchos  años  lo  ha  sido  de  la 
de  Granada. 

Es  el  señor  González  Garbín  un  anciano  vene- 
rable y  benemérito,  hoy  casi  ciego,  que  durante 
una  larga  vida  ha  estado  educando  silenciosa  y 
pacientemente  á  generaciones  de  jóvenes,  en  el 
amor  y  el  gusto  de  las  culturas  clásica ,  griega  y 
romana. 

Al  leer  esto  es  fácil  que  se  encoja  de  hombros  y 
deje  diseñarse  en  sus  labios  una  sonrisa  alguno  de 
esos  que  se  figuran  que  el  conocimiento  directo  y 
el  trato  con  aquellos  escritores  que  han  amaestra- 
do á  tantas  generaciones  es  hoy  por  lo  menos  su- 
perfluo.  Pero  como  yo  creo  que  aunque  el  conoci- 
miento y  el  cultivo  de  la  antigüedad  clásica  no  con- 
tribuyan desde  luego  á  aumentar  las  rentas  de  un 
país,  contribuye  y  mucho,  á  apartar  á  lo  más  flori- 
do de  sus  intelectuales  de  los  fáciles,  pero  funes- 


220 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


tos  caminos  de  la  superficialidad,  me  atengo  á  creer 
que  González  Garbín  ha  hecho  no  poco  por  formar 
caracteres. 

Aquel  hombre  singular,  de  recio  temple  y  espí- 
ritu comprensivo;  aquel  hombre  que  parecía  arran- 
cado al  marco  del  Renacimiento  italiano  y  que  se 
llamó  Angel  Ganivet,  discípulo  fué  de  González 
Garbín  y  muchas  veces  le  oí  hablar  de  éste  con 
gran  dísima  veneración  y  corno  del  hombre  que 
más  había  contribuido  á  formar  su  espíritu. 

Y  ahora  viene  lo  de  la  carta  á  la  que  en  la  pri- 
mera línea  de  este  escrito  me  refiero.  Y  es  que  en 
ella,  hablándome  González  Garbín  de  ciertas  sen- 
tencias y  originales  observaciones  —  es  su  frase — 
de  un  escritor  español  contemporáneo  cuyo  nom- 
bre callo  por  razón  que  me  reservo,  aunque  deján- 
dola adivinar  á  los  agudos,  añade:  «Ellas  me  hacen 
recordar  á  aquel  discípulo  amadísimo  mío  Angel 
Ganivet  en  el  que  perdió  la  patria  española  un 
gran  pensador  y  un  consejero  de  gran  valía,  de 
nobilísimo  corazón.  Los  maestros  pasamos  por 
ignorados  días  de  luto  y  de  gran  aflicción.  ¡Yo  en 
un  corto  período  de  tiempo  he  llorado  á  mi  querido 
Angel;  á  Rafael  Torres  Campos,  que  se  había  con- 
quistado merecida  nombradía  como  científico  y 
pedagogo;  y  al  culto  elegante  escritor  Atienza, 
que  enaltecía  el  nombre  de  España  más  allá  de  los 
mares!» 

Pocas  veces  he  encontrado  en  carta  alguna  con 
pasaje  tan  conmovedor  en  su  severa  sencillez  clá- 
sica, y  ha  de  permitirme  el  venerable  maestro  que 
lo  saque  al  público. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


221 


Llevo  unos  veintitrés  años  dedicado  al  magiste- 
rio— en  esta  universidad  diez  y  siete — y  son  ya  bas- 
tantes los  jóvenes  que  por  mí  han  pasado  y  creo 
estar  en  tan  buena  disposición  como  el  que  más 
para  comprender  toda  la  íntima  amargura,  toda  la 
intensidad  de  afectos  que  late  bajo  esta  sencillísi- 
ma frase:  Los  maestros  pasamos  por  ignorados 
días  de  luto  y  de  gran  aflicción. 

Yo,  que  sé  cuánto  quería  Ganivet  á  su  maestro 
Garbín  y  de  cuánto  se  le  confesaba  deudor,  com- 
prendo todo  lo  profundo  de  la  aflicción  que  debió 
de  embargar  el  alma  del  maestro  al  saber  la  tem- 
prana y  malograda  muerte  del  discípulo  que  más 
y  mejor  había  de  reflejarla.  Es  un  dolor  compara- 
ble, creo,  al  del  padre  que  ve  morir  á  su  hijo 
cuando  éste  empieza  á  formar  familia  y  á  conti- 
nuar en  ella  la  sangre  y  el  nombre  de  aquél,  antes 
de  que  á  su  vez  tenga  hijos. 

Porque  la  existencia  de  nietos  que  perpetúan  su 
nombre  y  su  sangre,  ha  de  templar  en  cierto  modo 
la  pena  por  la  muerte  del  hijo. 

¿En  el  prestigio  de  tantos  hombres,  cuyos  nom- 
bres la  fama  lleva  y  exalta,  hasta  qué  punto  entra 
la  labor  oscura  de  sus  maestros? 

A  las  veces  salva  los  mares  del  olvido  en  la  his- 
toria algún  maestro  venerable,  que  nada  nos  dejó 
escrito,  pero  cuyo  nombre  pronuncian  con  respeto 
los  que  fueron  sus  discípulos.  Así,  el  nombre  de 
Sócrates  que  Platón  y  Jenofonte,  sobre  todo,  nos 
lo  han  trasmitido  rodeado  de  inmarchitable  gloria 
y  que  con  ella  persiste  á  pesar  de  las  fáciles  rechi- 
flas de  Aristófanes.  Porque  el  «titeo»,  como  tiene 


22 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


origen  tan  miserable  y  mezquino,  se  hunde  pronto. 

No  nos  damos  bien  siempre  cuenta  de  lo  que  es 
esa  labor  oscura  y  tenaz,  de  lo  que  es  la  obra  de 
¡a  palabra  viva  vertida  un  día  y  otro  día  en  la  in- 
timidad del  afecto  que  crea  el  trato,  mirándose 
maestro  y  discípulo  á  los  ojos,  sintiéndose  mutua- 
mente la  respiración  cálida. 

He  escrito  mucho  en  los  años  que  llevo  de  vida 
— tal  vez  demasiado — pero  puede  ser  que  si  bien 
mi  nombre  se  salve,  si  es  que  se  salva,  del  olvido, 
merced  á  esos  mis  escritos,  mi  espíritu,  ó  mejor 
dicho,  aquella  parte  del  espíritu  común  que  se  me 
confió  en  depósito,  perdure  vivo  después  de  yo 
muerto  ,  gracias  á  esa  labor  oscura  y  paciente, 
de  pecho  á  pecho,  gracias  á  mis  discípulos  por  Es- 
paña y  fuera  de  ella  derramados. 

La  frase  sencillamente  afectuosa  de  la  carta  de 
Garbín,  me  trajo  á  la  memoria  lo  que  con  un  dis- 
cípulo me  pasó: 

Llegó  acá,  hace  ya  algunos  años,  cuando  em- 
pezaba yo  mi  magisterio  universitario,  un  mucha- 
chito de  Arévalo,  Mamerto  Pérez  Serrano, —  no 
quiero  callar  su  nombre,  ya  que  su  alma  descansa 
en  el  eterno  descanso  —  que  venía  á  estudiar  filo- 
sofía y  letras.  Era  muy  vivo  y  muy  despierto  el 
mozo,  pero  muy  pobre.  Pretendió  una  beca  y  no 
la  consiguió.  Tuvo  que  seguir  su  carrera  con  no 
pequeños  apuros.  Era  en  mi  clase  el  más  adelan- 
tado y  el  que  más  progresos  hacía,  y,  sin  embargo, 
no  me  cabía  duda  alguna  de  que  apenas  estudiaba 
fuera  de  ella.  Todo  lo  tomaba  á  oído,  y  había  que 
verle  oir.  Verle,  digo,  porque  oía  hasta  con  los 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


223 


ojos.  Pasábase  buena  parte  del  tiempo  libre,  ju- 
gando al  dominó  en  el  café. 

Como  yo  en  mi  clase  he  procurado  siempre  no 
sólo  enseñar  aquella  disciplina  para  cuya  ense- 
ñanza me  tiene  aquí  el  Estado,  sino  además  des- 
pertar con  esa  misma  enseñanza  el  espíritu  de  mis 
discípulos  y  educarles  el  gusto  y  la  aspiración  á 
lo  serio,  hondo  y  clásico,  me  fijé  en  el  jovencito 
de  Arévalo  y  puse  en  su  porvenir  grandes  espe- 
ranzas. Y,  después  que  acabó  la  carrera,  siguién* 
dolo  con  el  pensamiento  y  el  afecto,  como  sigue 
siempre  todo  maestro  á  todo  discípulo  aventajado, 
me  preguntaba;  ¿qué  se  habrá  hecho  de  Mamerto? 

El  pobre  Mamerto  no  tuvo  suerte.  Tuvo  que  ir 
al  servicio  militar  y  se  fué  con  nuestro  desgraciado 
ejército  á  Cuba,  y  después  de  aquella  triste  de- 
rrota volvió  derrotado  también,  con  el  alma  y  el 
cuerpo  enfermos. 

Volvió  á  su  pueblo  natal,  Arévalo,  y  volvió  á 
morir.  Y  cuando  yo  supe  su  temprana  muerte, 
pasé  por  uno  de  esos  ignorados  días  de  luto  y  de 
gran  aflicción  por  que  los  maestros  pasamos. 

El  lector  habrá  de  perdonarme  el  que  le  ponga 
delante  de  estos  recuerdos  tan  íntimos  y  tan  per- 
sonales; pero  ¿es  posible  acaso  dar  fuerza  á  las 
reflexiones  que  estoy  ahora  exponiendo,  como  no 
sea  ungiéndolas  con  la  unción  de  la  intimidad? 

Es  nuestro  egoísmo  y  nada  más  que  nuestro 
egoísmo,  es  el  egoísmo  ingénito  y  connatural  en 
todo  hombre;  pero  agravado  y  exacerbado  en  el 
escritor,  es  el  egoísmo,  y  sólo  el  egoísmo,  el  que 
nos  hace  agarrarnos  más  á  esta  labor  de  publicis- 


224 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


ta  que  va  unida  á  nuestro  nombre,  que  no  á  esa 
otra  labor  silenciosa  de  maestros  orales  en  que 
derramamos  nuestro  espíritu. 

Y  este  nombre  de  maestros  no  implica  en  este 
caso  nada  de  petulancia,  sino  que  es,  por  el  con- 
trarío, el  más  sencillo  y  el  más  humilde,  pudiendo 
á  la  vez  llegar  á  ser  el  más  sublime.  Maestro  es 
el  que  enseña  las  primeras  letras,  y  ni  él  las  in- 
ventó ni  para  trasmitir  su  enseñanza  hace  falta 
ni  una  inteligencia  poderosa  ni  menos  conocimien- 
tos extraordinarios.  Pero  puede  enseñarse  á  leer 
con  tal  espíritu  y  poniendo  en  ello  tanta  alma  y 
tanto  amor  y  tanta  dedicación  religiosa,  que  llegue 
á  verdadera  sublimidad  de  magisterio  la  enseñan- 
za de  las  primeras  letras. 

No,  el  llamarse  maestro  no  implica  petulancia. 
Un  maestro  no  es  un  sabio.  Por  maestro  me  tengo 
y  en  mi  enseñanza  he  procurado  siempre  poner 
todo  el  ahínco  y  todo  el  amor  de  tal:  pero  en 
cuanto  á  lo  de  sabio,  no  una,  sino  mil  veces  he 
rechazado  semejante  calificativo,  que,  creyendo 
por  lo  demás  muy  honroso,  sé  que  no  puede  apli- 
cárseme sino  por  una  ingenua  benevolencia  ó  por 
un  miserable  «titeo»  de  raíces  emponzoñadas. 

Ya  sé  yo  lo  extraño  que  hoy  resulta  escribir 
dejando  que  el  corazón  mueva  la  mano;  ya  sé  que 
á  muchos  les  parece  no  ya  impúdico,  sino  hasta  an- 
tipático, el  que  en  vez  de  andar  escojiendo  las 
palabras  y  puliendo  los  párrafos  se  deje  abierta  la 
corriente  de  los  afectos;  pero  aun  así  y  todo,  no 
dejaré  de  decir  que  si  creo  haber  merecido  la  vida 
no  es  por  los  conocimientos  que  haya  podido  tras- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


225 


mitir  á  otros,  sino  por  ánimos  que  haya  logrado 
levantar.  « Cuando  hayan  pasado  algunos  años 
después  de  haber  dejado  los  bancos  de  mi  clase, — 
suelo  decir — los  más  de  mis  discípulos  habrán  ol- 
vidado casi  todas  las  doctrinas  que  les  trasmití, 
pero  de  mí  no  se  habrán  olvidado». 

Y  hablando  ya  menos  personalmente  he  de  de- 
cir que  sucede  no  una,  sino  muchas  veces,  que  un 
escritor  se  apodera  del  ánimo  de  sus  lectores  y 
éstos  creen  que  es  por  su  ciencia,  pe  r  la  novedad 
ó  la  profundidad  de  sus  pensamientos  y  observa- 
ciones, y  no  es  por  eso,  sino  por  cierto  calor  íntimo 
que  circula  por  den  ti  o  de  sus  escritos.  Y  en  cam- 
bio, hay  otros  que  quieren  poner  calor  y  sólo  ponen 
vistosidad  de  llamarada. 

Y  volviendo  á  mí,  he  de  añadir  que  estoy  seguro 
de  que  cuando  hayan  desaparecido  los  ingenuos  y 
los  maliciosos,  que  me  motejan  de  sabio — aquéllos 
por  benevolencia  y  por  malevolencia  y  pequeñas 
pasioncillas  rastreras  éstos — habrá  muchos  que  me 
harán  la  justicia  de  comprender  y  sentir  que  si 
logré  alguna  vez  algo,  es  por  haber  escrito  con  el 
corazón. 

¿González  Garbín  es  acaso  un  sabio?  No  digo 
que  no  lo  sea  en  cierto  respecto,  pero  su  nombre 
no  va  unido  á  ningún  descubrimiento  importante 
en  la  rama  de  los  estudios  de  humanidades  clásicas 
á  que  viene  dedicado.  No  se  le  cita  como  á  un  eru- 
dito de  nota  ni  como  autor  de  trabajos  fundamen- 
tales. Todo  lo  que  de  él  conozco,  fuera  de  alguna 
cosa  suelta,  es  un  manual  de  literaturas  griega  y 
latina,  muy  bien  escrito,  como  todo  lo  que  él  es- 

15 


226 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


cribe,  pero  que  no  pasa  de  ser  un  manual  como 
otro  cualquiera,  un  sencillo  libro  de  texto  de  en- 
señanza sin  pretensiones. 

Pero  conozco  de  él  algo  que  vale  más  que  todos 
los  manuales  habidos  y  por  haber,  por  muy  buenos 
que  ellos  sean,  y  son  las  palabras  de  Angel  Gani- 
vet,  cuando  hablaba  de  su  maestro,  de  aquel  á 
quien  tenía  por  su  maestro  por  excelencia. 

No  fué  mucho,  hay  que  confesarlo,  el  griego  que 
de  él  aprendió,  como  no  fué  mucho  el  que  aprendí 
yo  de  mi  maestro,  don  Lázaro  Bardón;  pero  nunca 
pronunciaba  Ganivet  el  nombre  de  Garbín,  sin  la 
profunda  reverencia  envuelta  en  el  más  cálido  ca- 
riño con  que  pronuncio  yo  el  nombre  de  mi  maes- 
tro Bardón.  Porque  éste  era  no  un  catedrático  de 
lengua  griega,  sino  todo  un  hombre,  y  jamás  su  re- 
cuerdo se  borrará  de  mi  memoria. 

Leyendo  hace  poco  el  excelente  libro  que  sobre 
Walt  Whitman,  ha  publicado  León  Bazalgette, 
me  detenía  á  reflexionar  sobre  lo  que  nos  dicen 
acerca  del  efecto  de  presencia  que  el  noble  maes- 
tro de  Camden  producía  sobre  todos  los  que  se  le 
acercaban,  de  aquella  especie  de  magnética  in- 
fluencia que  irradiaba  de  su  persona.  He  conocido 
hombres  así,  aunque  tal  vez  no  he  tenido  la  dicha 
de  conocerlos  en  el  grado  de  Walt  Whitman,  y 
uno  de  esos  hombres  era  Bardón.  No  eran  las  cosas 
que  decía  las  que  nos  impresionaban,  sino  su  modo 
de  decirlas:  el  gesto,  el  tono  de  su  voz,  la  autori- 
dad, en  fin,  con  que  las  pronunciaba.  Las  cosas 
más  vulgares  se  trasformaban  en  nobilísimas  en 
sus  labios. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


227 


Esta  acción  personal  de  don  Lázaro  la  experi- 
mentó también  Rizal,  el  tagalo,  como  he  podido 
observar  leyendo  sus  notas  de  estudiante  en  Ma- 
drid, y  encontrando  alguna  reminiscencia  de  cosas 
de  Bardón  en  sus  escritos. 

Creo  saber  el  secreto  de  aquella  su  autoridad,  y 
es  el  secreto  mismo  de  la  autoridad  intima.de  Walt 
Whitman.  Estriba  en  que  estos  hombres,  aunque 
no  faltos  de  un  cierto  dulce  y  humano  humorismo, 
son  serios,  fundamentalmente  serios,  profunda- 
mente serios.  Lo  toman  todo  en  serio,  hasta  la 
broma  misma,  y  si  saben  jugar  es  seriamente.  Son 
todo  lo  contrario  de  los  necios  señoritos  más  ó 
menos  estetas  enamorados  de  superficialidades  y 
aficionados  al  «titeo.» 

Y  por  almas  así,  que  irradian  noble  seriedad, 
¡cuántos  ignorados  días  de  luto  y  de  gran  aflicción 
no  han  de  pasar! 

Si  el  párrafo  de  la  carta  del  maestro  de  Ganivet, 
que  me  ha  inspirado  este  escrito,  me  ha  llegado 
tan  adentro,  es  porque  en  medio  de  tanto  meque- 
trefe que  busca  unir  su  nombre  á  garambainas  li- 
teratescas  y  cuando  barrunta  no  poder  lograrlo, 
se  venga  de  su  suerte  «titeándose»  de  todo  lo  que 
no  siente,  levanta  el  ánimo  el  encontrarse  con  es- 
píritus nobles,  cuyo  ahínco  fué  hacer  sentir  á  los 
demás  la  augusta  seriedad  de  la  vida. 


HISTORIA  Y  NOVELA 


Con  relativa  frecuencia  recibo  de  la  Argentina, 
así  como  de  otras  naciones  americanas,  libros  de 
historia  y  junto  á  ellos  son  pocas,  muy  pocas,  po- 
quísimas, las  novelas  que  recibo.  Y  además,  aqué 
líos,  los  libros  históricos,  suelen  ser,  por  lo  gene- 
ral, muy  superiores  á  los  novelescos. 

Esto  podría  darme  ocasión  para  desarrollar  una 
idea  que  des  le  hace  algún  tiempo  se  va  arraigan- 
do cada  vez  más  en  mi  espíritu,  y  es  idea  referen 
te  á  la  forma  de  imaginación  más  propia  hasta  hoy 
de  los  ingenios  americanos,  según  en  la  literatura 
se  revela 

Me  parece  que  á  este  respecto  domina  la  misma 
preocupación  que  respecto  á  la  imaginación  de  los 
andaluces.  Y  es  que  llamamos  imaginación,  más 
bien  que  á  la  facultad  de  «crear»  imágenes,  de 
hallar  imágenes  nuevas,  á  la  facilidad  de  traer 
prontamente  á  expresión  y  de  cambiar  de  diver- 
sos modos  las  imágenes  hechas,  sacadas  del  común 
y  tradicional  acervo.  De  la  selva  ya  ingente  de  la 
poesía  hispanoamericana,  son  muy  pocas  las  imá- 
genes realmente  nuevas  que  se  pueden  sacar.  Sus 


230 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


novedades  suelen  ser  meras  novedades  de  técni 
ca,  de  artiñcio.  La  imitación,  más  ó  menos  disfra- 
zada, reina  allí  en  soberano. 

En  tesis  general,  prefiero  los  trabajos  de  los 
americanos  cuando  versan  sobre  materia  dada, 
sobre  fondo  objetivo,  que  cuando  se  ejercen  bus- 
cando ese  fondo,  y  creo  que  hay  más  aptitud  para 
la  investigación  científica  que  para  la  imaginación 
poética,  juicio  que  ha  de  parecer,  estoy  seguro  de 
ello,  paradójico.  De  la  literatura  americana  —  en 
lengua  española,  se  entiende, — prefiero  las  obras 
de  historia,  de  política,  de  jurisprudencia,  hasta 
de  ciencia,  á  las  obras  de  pura  y  vaga  amena  lite 
ratura. 

Este  es  un  punto  que  he  de  tratar  algún  día  con 
extensión  y  con  ejemplos,  mostrando  cómo  cuan- 
do algún  poeta  americano  se  ha  metido  á  historia- 
dor ha  ganado. 

Hay  dos  libros  argentinos,  famosos  ya,  y  típicos: 
el  uno  es  una  historia  anovelada  y  el  otro  una  no- 
vela histórica.  Claro  está  que  me  refiero  al  «Fa- 
cundo», de  Sarmiento,  y  la  «Amalia»,  de  Mármol. 
En  el  primero  halló  ancho  campo  el  genio  de  Sar- 
miento, ejerciendo  su  imaginación,  con  más  ó 
menos  realidad,  sobre  hechos  históricos  compro- 
bables, y  en  la  «Amalia»,  es  indudable  que  lo  más 
flojo  es  lo  puramente  novele-co  y  lo  de  más  valor 
el  cuadro  histórico. 

Imaginar  lo  que  sucedió  realmente  exige  mayor 
contracción  de  espíritu  que  inventar  sucesos  fan- 
tásticos, y  en  rigor  las  novelas  que  perduran  son 
las  que  de  un  modo  ó  de  otro  tienen  un  fondo  his- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


231 


tórico  ó  autobiográfico.  Esto  cuando  la  novela  no 
es  más  que  un  mero  pretexto  para  disertaciones 
filosóficas,  sociológicas  ó  morales. 

Hay  novelas,  en  efecto,  en  que  la  novela  misma, 
el  cuento,  lo  que  se  llama  el  argumento,  es  lo  de 
menos,  y  lo  demás  son  sus  disertaciones.  Y  hay,  en 
cambio,  lo  que  se  ha  llamado  la  novela  novelesca, 
la  novela  por  la  novela  misma,  el  cuento  por  el 
cuento,  como  los  de  las  «Mil  y  una  noches».  Estas 
son  las  populares,  pero,  por  lo  general,  no  entran 
en  el  dominio  de  la  elevada  literatura. 

Se  ha  podido  observar  que  la  novela  y  la  histo- 
ria tienden  á  aproximarse  la  una  á  la  otra,  es  de- 
cir, que  á  medida  que  !a  novela  se  hace  más  do- 
cumentada, más  histórica,  va  haciéndose  la  histo- 
ria más  imaginada,  más  reconstructiva,  más  nove- 
lesca. Y  así  se  llega  á  que  una  historia  tenga  tan- 
to ó  más  atractivo  que  una  novela 

La  «Historia  del  pueblo  inglés»,  de  Green;  la 
«Historia  de  la  revolución  francesa»,  de  Carlyle; 
la  de  la  decadencia  y  caída  de  Roma,  de  Gibbon; 
la  de  Inglaterra,  de  Macaulay, — para  no  atenerme 
sino  á  la  literatura  inglesa,  que  estimo  la  literatu- 
ra modelo, — son  libros  tan  amenos  como  las  nove- 
las históricas  de  Walter  Scott,  y  tan  imaginativos 
como  ellas  Y  lo  mismo  puede  decirse  de  Miche- 
let,  Taine,  Boissier,  etc.,  comparados  con  Zola, 
Daudet  ó  los  Goncourt.  He  encontrado,  no  diré 
más  instrucción  tan  sólo,  sino  más  deleite  y  ame- 
nidad en  los  trabajos  históricos  de  Gastón  Bois- 
sier, que  en  cualquier  novela  francesa,  sobre  todo 
si  se  trata  de  esas  noveluchas  á  la  moda  del  bule- 


232 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


vár  con  su  salsa  de  voluptuosidades  artificiosas. 
Y  en  la  literatura  portuguesa,  ¿hay  acaso  novela 
de  Ega  de  Queiroz  que  nos  despierte  más  interés 
y  más  profundo  que  la  maravillosa  «Historia  de 
Portugal»,  de  Oliveira  Martins? 

Claro  está  que  á  este  efecto  contribuye  mucho 
la  idea  de  que  estamos  leyendo  algo  que  pasó  real 
y  verdaderamente,  que  aquellos  sujetos  cuyos  di- 
chos y  hechos  se  nos  narran,  existieron  de  carne 
y  hueso  y  dijeron  é  hicieron  lo  que  de  ellos  se  nos 
cuenta. 

Se  ha  dicho  que  el  gusto  por  la  historia  es  un 
gusto  tardío  y  que  no  se  desarrolla  sino  con  la  ma- 
durez del  espíritu.  Los  jóvenes  prefieren  la  nove- 
la, las  personas  maduras  se  deleitan  más  con  la 
historia.  Yo  de  mí  sé  decir  que  en  mis  mocedades 
gustaba  muy  poco  de  leer  historias, — cierto  es  que 
las  más  de  cuantas  en  mis  manos  cayeron  eran 
detestables — pero  hoy  cada  vez  me  cuesta  más 
leer  novelas,  que  me  hastían  pronto,  y  encuentro 
más  gusto  en  las  historias.  Estoy  leyendo  el  «Port- 
Royal»,  de  Sainte-Beuve,  y  os  aseguro  que  no  se- 
ría capaz  de  leer  una  cualquiera  de  las  novelas  de 
Zola  que  no  haya  leído. 

La  novela  es  un  género  moderno,  se  ha  dicho,  y 
la  historia  un  género  antiguo,  clásico.  En  realidad, 
la  novela  es  un  género  pasajero,  y  la  historia  per- 
manente. La  novela,  en  efecto,  apenas  tuvo  sino 
indecisos  ensayos  en  la  antigüedad;  la  epopeya  le 
sustituía.  Junto  á  los  nombres  de  Heródoto,  Tucí- 
dides,  Jenofonte,  Tito  Livio,  Tácito,  no  pueden 
ponerse  nombres  de  novelistas  que  les  igualen. 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


233 


No  trato  de  hacer  un  ensayo  sobre  el  origen  y 
las  vicisitudes  de  la  novela,  ¡Dios  me  libre  de 
ello!,  sino  de  indicar  que  acaso  el  papel  más  hondo 
que  á  la  novela  ha  cabido  en  el  proceso  literario, 
ha  sido  el  de  impulsar  el  género  histórico  hacia 
una  forma  más  imaginativa. 

Dejo  á  salvo,  claro  está,  aquellas  novelas  en  que 
el  cuento  es  soporte  de  pensamientos  más  hondos, 
como  sucede  en  el  «Quijote».  ¿Quién  que  lea  esta 
obra  inmortal  con  admiración  y  fervor  crecientes, 
puede  soportar  el  «Persiles  y  Sigismunda»  del 
mismo  Cervantes,  ejemplar  típico  de  la  novela 
novelesca? 

El  gusto  por  la  novela  novelesca  me  parece  de- 
nunciar en  un  individuo  ó  en  un  pueblo  cierto 
cansancio  espiritual  ó  cierta  endeblez  de  espíritu. 
No  puede  esperarse  gran  cosa  de  los  que  se  delei- 
tan leyendo  á  A.  Dumas,  padre,  ó  á  Pérez  Escrich, 
si  bien  haya  diferencia  grande  de  uno  á  otro,  que 
no  lo  sé,  pues  apenas  los  conozco.  Aborrezco  las 
novelas  de  folletín,  y  una  de  mis  jactancias  es  no 
haber  leído  el  «Rocambole». 

Claro  está  que  tampoco  puedo  resistir  esos  li- 
bros de  historia,  que  no  son  sino  comentarios  de 
hombres  y  de  sucesos,  en  que  todo  puede  ser  muy 
exacto,  muy  bien  comparado,  muy  circunstancia- 
do, pero  donde  no  hay  ni  poesía  ni  filosofía.  En 
mi  vida  he  podido  leer  la  «Historia  contemporá- 
nea de  España»,  de  Pirala,  ó  la  de  Chile,  de  Ba- 
rros Arana.  Podrán  ser  buenas  canteras,  pero  no 
son  edificios. 

Creo  poco  ó  nada  en  la  historia  como  ciencia  y 


234 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


no  andaría  lejos  de  Schopenhauer  que  estimaba 
que  quien  ha  leído  á  Heródoto  no  necesita  leer 
más  historia,  si  no  creyese  que  hay  algo  más  que 
la  ciencia  propiamente  dicha  y  que  acaso  es  la 
historia  la  más  honda,  más  intensa  y  más  dramá- 
tica poesía. 

Es  indudable  que  un  libro  de  historia  puede  no 
contener  ni  un  solo  dato  falso,  ni  una  referencia 
equivocada,  y  ser,  sin  embargo,  una  pura  mentira 
en  su  conjunto  y  que,  por  el  contrario,  puede  dar- 
nos un  fiel  reflejo  de  la  verdad  y  estar  plagado  de 
inexactitudes.  Lo  cual  no  es  defender  éstas. 

En  esta  especie  de  preferencia  que  los  escrito- 
res americanos  parecen  mostrar  á  la  historia  res- 
pecto á  la  novela, — aunque  el  público  prefiera 
ésta  á¿quélla — ha  de  entrar,  además  de  una  ten- 
dencia específica  de  su  clase  de  imaginación,  el 
deseo  de  tener  historia  que  domina  á  los  pueblos 
jóvenes.  Aquí,  donde  el  peso  de  la  historia  llega 
á  abrumarnos  y  donde  los  recuerdos  son  más  que 
las  esperanzas  y  más  fuertes,  descuidamos  la  me- 
moria de  no  pocos  de  nuestros  héroes  y,  en  cam 
bio,  en  esa  Argentina,  que  como  nación  indepen- 
diente no  cuenta  un  siglo  de  existencia,  se  exaltan 
figuras  hasta  de  segundo  orden,  se  ponen  de  relie- 
ve los  méritos  de  los  más  modestos  luchadores 
por  la  patria  y  se  escudriñan  sus  menores  actos. 
Lo  cual,  sin  duda,  es  laudabilísimo. 

Ahí  se  nota  sed  de  historia,  sed  de  glorias  his- 
tóricas, anhelo  de  héroes,  por  lo  menos  en  los  que 
tienen  una  noble  y  fecunda  noción  de  la  patria. 
Se  nos  repite  todos  los  días  que  son  los  pueblos 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


235 


del  mañana,  del  porvenir,  los  pueblos  sin  peso  de 
tradiciones;  pero  es  el  caso  que  en  pocas  partes  se 
escudriñan  con  más  afán  el  pasado,  el  ayer,  y.  se 
escarba  más  en  los  recuerdos.  Más  que  un  sano 
instinto,  una  clara  visión  de  lo  que  es  la  vida  de 
una  nación,  advierte  á  los  directores  espirituales 
de  esos  pueblos  jóvenes, — á  los  que  son  algo  más 
que  puros  políticos — que  necesitan  extraer  de  una 
tradición  nacional,  más  ó  menos  larga  y  más  ó  me- 
nos formada,  un  ideal  colectivo.  Una  nación  sub- 
siste como  tal  nación  cuando  se  forma  un  concep- 
to de  su  papel  en  el  mundo.  Un  hecho  espiritual 
del  orden  de  la  cultura,  como  la  doctrina  Drago, 
verbi  gracia,  significa  más  para  el  afianzamiento 
de  la  Argentina,  que  una  buena  cosecha  de  trigo, 
piensen  lo  que  pensaren  los  materialistas,  que  no 
ven  el  progreso  de  una  nación  más  que  en  sus 
adelantos  materiales 

Carlyle  decía  que  Inglaterra  debe  dejar  perder 
antes  el  imperio  de  la  India,  que  á  Shakespeare — 
bien  que  éste  es  imperdible  y  tal  es  el  privilegio 
de  las  cosas  del  espíritu, — y  yo,  parafraseándolo, 
he  dicho  que  el  «Quijote»  le  ha  valido  á  España 
más  que  la  hoy  perdida  por  ella  isla  de  Cuba.  Y 
ahora  os  digo:  á  la  Argentina  le  ha  valido  más  el 
«loco»  Sarmiento  que  unas  leguas  cuadradas  más 
en  la  Patagonia.  Es  más  fácil  conseguir  con  espí- 
ritu tierra  que  no  con  tierra  espíritu. 

Estos  principios  son  los  que  incuba  en  el  alma 
de  los  pueblos  la  historia  enseñada  con  alma  y  con 
imaginación. 

La  influencia  de  las  lecturas  históricas  en  la  for- 


230 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


mación  de  los  caracteres  es  grandísima.  ¿Quién 
que  haya  leído  la  historia  de  la  revolución  fran- 
cesa no  ha  visto  la  enorme  influencia  en  ella  del 
recuerdo  de  la  historia  romana?  Y  en  los  movi- 
mientos revolucionarios  actuales,  ¡qué  grande  es 
la  influencia  de  la  historia  de  la  revolución  fran- 
cesa! 

También  las  novelas  influyen,  sin  duda,  pero 
por  lo  común,  más  que  impulsando  á  la  acción  y  á 
la  vida  pública  disuadiendo  de  ella.  Así  como  en 
el  joven,  que  se  lanza  á  la  vida  pública,  que  anhe- 
la hacer  algo  por  su  patria,  que  sueña  en  aumen- 
tarle la  gloria,  veréis  á  menudo  un  fanatizado  por 
la  historia,  así  en  el  joven  misántropo,  desprecia- 
dor  de  los  hombres,  predicador  del  vanidad  de  va- 
nidades y  de  la  inutilidad  de  todo-esfuerzo,  en- 
contraréis con  frecuencia  al  devorador  de  novelas. 

Me  parece  que,  por  regla  general,  las  novelas 
nos  llevan  á  la  vaga  é  inactiva  soñación,  á  la  in- 
determinación de  propósitos,  á  la  misantropía,  y 
las  historias  á  la  acción  viril. 

Estimo  que  el  más  grave  cargo  que  habrá  de 
hacerse  algún  día  á  esa  literatura,  llamada  con 
más  ó  menos  propiedad  modernista  ó  decadente, 
que  ha  soplado  como  un  vendaval  devastador  so- 
bre los  espíritus  en  América,  será  su  neutralidad 
frente  á  la  patria,  su  poco  ó  ningún  calor  patrióti- 
co, su  ignorancia  de  la  historia,  su  vaciedad  liri- 
conoyelesca.  Afortunadamente,  parece  que  eso 
está  pasando  ó  ha  pasado  ya.  Y  cuando  se  hayan 
hundido  en  merecido  olvido  todas  esas  paganerías 
de  tercera  mano,  todas  esas  superficialidades  ver- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


237 


sallescas,  todo  ese  gorjeo  de  canario  enjaulado, 
volverá  á  levantarse  ahí  la  voz  noble  y  severa  de 
un  Olegario  Andrade,  cantando  á  la  patria  recién 
nacida. 

Y  basta  por  hoy,  que  el  tema  es  vastísimo  y  me 
brotan  nuevos  aspectos  bajo  la  pluma. 


LITERATURA  Y  LITERATOS 


Alguien  me  escribe  desde  esa  América  de  mis 
cuidados  llamándome  la  atención  sobre  el  hecho 
de  que,  habiéndome  yo  dedicado  al  cultivo  de  las 
letras  y  escribiendo  mis  periódicas  corresponden- 
cias á  La  Nación  desde  España,  rara,  rarísima 
vez,  ó  por  mejor  decir,  nunca,  me  haya  ocupado 
en  ellas  del  movimiento  literario  contemporáneo 
español.  Y  hay  en  la  carta  de  ese  alguien  tales  y 
tan  solapadas  malicias,  que  he  llegado  á  sospechar 
si  le  habrá  dirigido  la  pluma  desde  aquí  y  como 
por  una  especie  -de  sugestión  telepática  alguno 
de  nuestros  literatos  más  ó  menos  jóvenes.  (Y 
aquí  debo  advertir,  entre  paréntesis,  que  esto  de 
la  juventud  es  entre  los  literatos,  por  lo  menos  en 
España,  una  profesión.  Dicen  «nosotros,  los  jóve- 
nes», como  podrían  decir:  nosotros,  los  abogados  ó 
los  sastres). 

Lo  que  parece  darle  más  que  pensar  á  mi  mali- 
cioso corresponsal  espontáneo  es  que  habiendo  ci- 
tado yo  más  de  una  vez  á  escritores  americanos, 
parezca  poner  un  especial  cuidado  en  no  apoyar 
mis  aseveraciones  con  la  corroboración  de  escrito- 


240 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


res  españoles  de  hoy  en  día  y  que  no  cite  á  éstos 
ni  para  rebatirlos.  La  cosa  tiene,  sin  embargo, 
una  explicación  naturalísima,  aunque  no  habrá  de 
creérmela,  estoy  de  ello  seguro,  el  curioso  denun- 
ciador. Y  la  explicación  es  que  no  leo  á  mis  com- 
pañeros los  escritores  contemporáneos  españoles. 
Y  no  los  leo  porque  estoy  escarmentado  de  que 
me  digan  lo  que  ya  me  sé. 

Hace  aquí  estragos,  mi  insidioso  monitor,  una 
plaga  terrible,  cual  es  la  del  literatismo.  Nuestros 
literatos  no  son,  por  lo  común,  nada  más  que  lite- 
ratos y  en  el  peor  sentido  en  que  este  término 
pueda  usarse.  Son  gentes  del  oficio,  despreocupa- 
das de  todo  lo  más  hondamente  humano  y  lo  más 
universal  y  sólo  atentas  á  cosas  del  oficio.  Y  el 
oficio  de  literato,  como  tal  oficio,  me  parece  una 
cosa  muy  poco  digna  de  aprecio. 

Se  pasan  la  vida  estos  señores  menospreciando 
la  política  y  la  ciencia  y  la  industria  y  la  religión 
y  creyéndose,  ó  por  lo  menos  fingiendo  creer,  que 
lo  único  importante  en  este  mundo  es  la  produc 
ción  de  la  belleza.  Es  decir,  de  lo  que  ellos  llaman 
belleza.  Tienden  á  constituir  casta. 

¿No  ha  conocido  acaso  mi  insidioso  consejero  á 
alguno  de  esos  «orfebres»  encerrado  en  su  torre 
de  marfil  cincelando  cualquier  chuchería  literaria? 
Pues  si  lo  ha  conocido  habrá  visto  que  no  hay 
nada  más  ridiculamente  vanidoso  que  los  tales 
orfebres. 

Estos  señoritos  han  dado  á  la  palabra  estilo  una 
significación  completamente  arbitraria  y  en  el 
fondo  inhumana.  Para  ellos  es  estilo  una  cierta 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


241 


quisicosa  puramente  formal  y  técnica  que  se  tra- 
baja á  fuerza  de  escoplo,  legra,  papel  de  lija  y 
barniz.  Y  resulta  que  con  todas  sus  recetas  no 
llegan  á  tener  estilo  y  que  le  tiene,  y  muy  brio- 
so y  muy  propio,  aquel  otro  hombre,  no  litera- 
to tan  sólo,  que  jamás  se  cuidó  de  que  en  un  pá- 
rrafo suyo  hubiera  ó  no  asonancias  ni  estuvo  fra- 
guando su  decir  en  el  molde  de  voluptuosidades 
acústicas.  Y  así  —  vuelvo  á  citar  un  americano  y 
el  más  grande  de  ellos  entre  los  que  escribieron — 
Sarmiento  que  nunca  se  paró  en  tecniquerías, 
tiene  estilo  y  no  le  tienen  esos  señoritos  que  se 
pasan  la  vida  piropeándose  los  unos  á  los  otros.  Y 
Sarmiento  le  tuvo  porque  no  se  preocupó  de  te- 
nerlo, ni  fué  un  orfebre,  sino  un  recio  forjador  que 
batió  el  hierro  en  caliente,  sobre  un  yunque  levan- 
tado en  medio  del  campo,  al  aire  abierto,  y  no  en 
torre  de  marfil.  Y,  sobre  todo,  porque  fué  un  hom- 
bre patriota,  preocupado  por  problemas  que  impor- 
taban á  su  pueblo. 

No  está  mal  que  un  hombre-poeta,  uno  que  can- 
ta íntimos  y  hondos  sentimientos  de  su  pueblo, 
cosas  universales  y  eternas,  exclame  alguna  vez: 
«¡Minora  canamus!»  «¡Cantemos  cosas  más  peque 
ñas!»  Pero  aquí  parece  quiere  convertirse  en  nor- 
ma el  «¡minima  canamus!»,  ó,  dicho  de  otro  modo, 
el  ¡viva  la  bagatela! 

«¡Odi  profanum  vulgus!»,  «¡odio  al  vulgo  pro- 
fano!», dijo  una  vez  Horacio;  y  Carducci,  siglos 
más  tarde,  añadió:  «¡Odio  1£  usata  poesía!»,  abo- 
rrezco la  poesía  corriente  y  ordinaria.  Y  yo  abo- 
rrezco, más  que  al  vulgo  profano,  á  los  conven - 

16 


242 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


tículos  y  cotarrillos  de  literatos  en  que  se  discute, 
invariablemente,  si  este  vate  vale  menos  que  el 
otro  y  si  tal  frase  debió  de  decirse  de  esta  ó  de  la 
otra  manera,  y  odio  más  aún  que  la  poesía  corrien- 
te y  ordinaria  la  literatura  profesional. 

He  citado  á  Carducci.  ¡Ese  era  un  hombre!  Un 
hombre  de  Italia,  un  italiano  y  en  fuerza  de  ser 
italiano,  un  ciudadano  del  mundo  todo.  Su  cora- 
zón latió  con  todas  las  grandes  alegrías  y  las 
grandes  penas  de  su  pueblo,  con  todas  las  espe- 
ranzas de  Italia.  No  fué  un  orfebre  en  torre  de 
marfil  ese  robusto  forjador  de  la  italianidad  eterna 
y  universal.  Tiempo  hubo  en  que  el  decir  «¡cives 
romanus  sum!»,  «¡soy  ciudadado  romano!»,  equi- 
valía á  proclamarse  hombre  libre  y  dueño  con- 
ciente  de  sí  mismo,  y  Carducci  pudo  siempre  decir 
que  era  el  ciudadano  de  Italia. 

Y  antes  que  él,  en  su  nobilísima  patria  alen- 
tó aquel  otro  hombre,  todo  fuego  y  luz,  aquel 
gibelino  de  Florencia,  que  se  llamó  el  Dante, 
tampoco  un  orfebre  en  torre  de  marfil,  tampoco 
un  estilista,  él,  el  maestro  de  estilo,  tampoco  un 
literato. 

¿Y  cree  mi  insidioso  consejero  que  esos  jóvenes 
literatos  á  quienes  no  tomo  en  cuenta,  se  encien- 
den el  alma  leyendo  al  Dante  ó  á  Carducci?  No, 
no  les  deja  tiempo  para  ello  el  enterarse  de  la  úl- 
tima preciosidad  orfebresca  del  último  literato  bu- 
levardero despreciador  del  vulgo  profano. 

Aquí,  en  España,  hizo  fortuna  no  hace  muchos 
años  una  frase  brutal  atribuida  á  Ventura  de  la 
Vega,  el  argentino  españolizado,  de  quien  se  dice 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


243 


que  á  la  hora  de  la  muerte,  reuniendo  á  sus  hijos, 
les  dijo  que  iba  á  descargarse  de  un  peso  que  le 
había  abrumado  toda  la  vida,  de  un  secreto  hasta 
entonces  inconfesado.  Y  añadió:  «Hijos  míos, 
me  «carga»  el  Dante!  »  Sólo  que  en  vez  del  ver- 
bo cargar — que  aquí,  en  España,  es  tolerable  en 
tal  respecto  —  empleó  otro  mucho  más  enérgico, 
pero  tan  brutal  que  no  puedo  yo  estamparlo  aquí 
por  ser  uno  de  los  que  nunca  se  ven  escritos  aun- 
que brote  de  las  bocas  con  lamentable  frecuencia. 
Y  esa  tremenda  frase  de  Ventura  de  la  Vega  tuvo 
eco  é  hizo  fortuna  por  responder  á  un  deplorable 
estado  de  la  conciencia  nacional.  Sí,  á  las  gentes 
de  letras  en  España,  por  lo  común,  les  carga  el 
Dante;  el  Dante  y  todos  los  que  como  él  son  altos 
y  hondos  les  resultan  unos  «lateros». 

Así  son  estos  «scriptores  minimi»  que  merecen 
todo  el  desdén  con  que  el  Dante  y  Carducci,  dos 
grandes  desdeñosos,  perseguían  á  sus  semejantes. 
¿Quién  no  conoce  las  frases  del  soberano  desdén 
del  Dante  hacia  los  que  no  toman  parte  en  la  con 
tienda  humana?  y  ¿quién  que  sea  culto  no  conoce 
lo  que  Carducci  escribió  contra  aquellos  poetillos 
«tisicuzzi»,  esmirriados,  que  imitaban  en  sus  ban- 
dolines los  suspirillos  germánicos  de  Heine,  sin  lle- 
gar á  la  grandeza  de  éste,  como  hace  poco  los  ca- 
belludos tabernarios  acompañaban  á  la  bandurria 
los  suspirillos  parisienses  de  Verlaine,  sin  lograr 
la  triste  sinceridad  de  éste? 

¿Desdén?  sí,  ¡desdén!  Toda  pasión  bien  dirigida 
es  fecunda.  Iracundos  fueron  Moisés  y  Pablo  de 
Tarso,  el  apóstol  de  los  gentiles,  y  desdeñosos  el 


241 


MIGUEL  DE  UN  A  MU  NO 


Dante  y  Carducci  y  el  saboyano  José  de  Maistre. 
;  Y  qué? 

Desdén,  sí,  desdén  y  nada  más  me  inspiran  los 
más  de  esos  pobres  diablos  que  se  proponen  ser 
mínimos,  lijeros,  bagatelescos ,  estilistas  ú  orfe- 
bres. No  resisto  que  se  haga  profesión  de  la  su- 
perficialidad y  hasta  de  la  ignorancia. 

De  la  ignorancia,  sí,  porque  conozco  más  de 
uno  de  esos  mocitos  que  hacen  gala  y  alarde  de  no 
leer,  dicen  que  para  mejor  conservar  la  originali- 
dad, ignorando  que  uno  es  tanto  más  original  y 
propio  cuanto  mejor  enterado  está  de  lo  que  han 
dicho  los  demás.  Y  así  les  resulta  que  por  no  que- 
rer dejarse  influir  de  muchos  imitan  á  uno  y  lo 
que  es  peor,  no  directamente,  sino  de  tercera, 
cuarta  ó  quinta  mano.  Hay  por  ahí  cada  helenizan- 
te  incapaz  de  entender  cuatro  palabras  de  grie- 
go!... Y  cada  neopagano  que  no  tiene  la  menor 
noción  clara  de  lo  que  el  paganismo  es.  A  al- 
guno de  esos  les  basta  con  lo  que  ha  leído  en 
Nietzsche. 

Claro  está  que  no  todos  son  así ,  gracias  á  Dios. 
(Sí,  gracias  á  Dios,  aunque  esto  de  Dios  no  se 
lleve  ya  mucho  entre  esta  gente;  pero  ya  volverá 
á  estar  de  moda  y  aun  empieza  á  estarlo  de  nue- 
vo.) Y  me  parece  que  esa  plaga  va  pasando,  su- 
pongo que  para  dejar  el  campo  á  alguna  otra. 

No  todos  son  así,  no;  y  cuando  se  presenta  en 
liza  alguno  que  sea  como  Dios  manda,  soy  el  pri- 
mero en  darle  la  bienvenida  así  que  le  veo.  ¡Lo 
malo  es  que  son  tan  pocos,  tan  pocos!... 

Ahora  precisamente  tenemos  uno:  Enrique  Diez- 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


245 


Cañedo,  que  acaba  de  publicar  un  tomo  de  poesías 
«La  visita  del  sol»,  que  son  muy  otra  cosa  que  or- 
febrerías trabajadas  en  frío  en  torre  de  marfil.  He 
ahí  un  poeta,  este  Díez-Canedo,  de  pelo  corto  y 
de  espíritu  largo,  como  lo  es,  verbigracia,  Eduardo 
Marquina,  un  joven  cuyas  «Elegías»  son  algo  hon- 
rado, hondo,  sincero  y  noble. 

Díez-Canedo  empieza  por  ser  una  buena  perso- 
na. ¿Y  eso  qué  tiene  que  ver?,  exclamarán,  de  se- 
guro, al  leer  esto  algunos  estetas.  Pues  bien;  sí, 
tiene  que  ver  y  tiene  que  ver  mucho.  Si  se  pene- 
tra con  ahínco  y  cuidado  en  la  endeblez  de  ciertas 
obras  literarias,  en  lo  que  las  hace  poco  duraderas 
y  artificiosas  y  falsas,  se  verá  que  es  el  reflejo  de 
una  deficiencia  moral  del  autor.  No  de  una  pasión, 
no,  sino  de  un  defecto  moral.  La  ira,  el  desdén,  la 
soberbia  misma  puede  inspirar  en  ciertos  casos 
grandes  obras;  pero  el  egoísmo  voluptuoso,  la  co- 
bardía moral,  la  vanidad,  la  envidia  —  aunque 
haya,  quien  como  Carlos  Reyles,  trate  de  poeti- 
zar esta  última  plaga  —  no  pueden  producir  nada 
grande. 

Digo,  pues,  que  Díez-Canedo,  pongo  por  caso, 
es  un  alma  limpia,  honrada  y  noble,  y  por  eso  su 
poesía,  la  de  «La  visita  del  sol»,  es  verdadera  y 
duradera  poesía.  No  huele  ni  á  aceite  ni  á  vino. 

Ya  ve  mi  insidioso  corrector,  cómo  en  cuanto 
encuentro  ocasión  de  alabar  alabo,  sintiendo  en 
el  alma  no  encontrarla  más  á  menudo.  Pero  ¡qué 
le  voy  á  hacer! 

Se  nos  ha  dicho  y  repetido  mucho,  traduciéndo- 
lo del  francés,  que  los  españoles  y  americanos 


246 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


propendemos  á  lo  enfático  y  á  lo  improvisado  ó 
«primesautier»,  y  bajando  la  cabeza  ante  el  espí- 
ritu de  Boileau,  que  dígase  lo  que  se  quiera  reina 
siempre  en  la  literatura  de  nuestros  vecinos,  nos 
hemos  puesto — es  decir,  se  han  puesto  otros,  que 
no  yo  —  á  querer  evitar  el  énfasis  natural  y  á  ras- 
par con  legra  e]  estilo.  Y  por  huir  del  énfasis  y  de 
lo  abrupto  y  de  lo  «primesautier»,  han  dado  en 
unas  garambainas  orfebrescas  que  no  hay  quien 
las  resista.  Es  lo  que  tiene  querer  disciplinarse  en 
una  estética  hecha  para  otros,  que  á  ellos  les  está 
muy  bien  y  á  nosotros  muy  mal. 

Y  no  se  me  venga  con  que  también  «ellos»  abo- 
minan de  Boileau,  porque  no  es  sino  con  la  boca 
chiquita,  como  suele  decirse.  En  el  fondo  de  su  co- 
razón estiman  y  creen  que  Shakespeare  es  un  bár- 
baro que  ha  dado  la  primera  materia  para  que  pue- 
da un  Racine  ú  otro  análogo  hacer  dramas  perfec- 
tos. Los  demás  pueblos  producen  primera  materia 
literaria,  y  ellos  la  refinan  y  la  hacen  artística. 

El  señor  Zola  sostuvo  muy  serio,  con  toda  la 
petulancia  de  su  ignorancia  de  literaturas  extran- 
jeras, esta  peregrina  teoría.  Y  yo  me  he  encontra- 
do con  un  amigo  mío  y  paisano  del  señor  Zola  que 
se  sorprendió  de  que  prefiera  yo  «Las  mocedes  del 
Cid»,  de  Guillén  de  Castro,  al  «Cid»  de  Corneille, 
inspirado  en  aquella  obra.  Y  ¿quién  que  conozca 
ese  amenísimo  y  originalísimo  libro  «picaresco» 
que  se  llama  «Lavengro»  de  George  Borrow,  no 
recuerda  lo  que  su  maestro  de  francés,  aquel  cura 
normando  emigrado  en  Londres,  le  dijo  respecto 
á  «monsieur»  Dante  y  á  Boileau  ? 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


247 


Yo  sé  que  dirán  algunos  que  á  fuer  de  buen  es- 
pañol saco  la  oreja  del  misogalismo  ó  francofobia; 
pero  esto  no  es  verdad.  Pocos  deberán  más  que 
yo  á  esa  literatura  francesa,  verdaderamente  edu- 
cadora, y  confieso  que  en  ella  he  aprendido  mu- 
cho; pero  ni  de  sus  juicios  respecto  á  otros  pue- 
blos hago  gran  caso  porque  son  poco  capaces  de 
penetrar  en  espíritus  distintos  del  suyo,  ni  he  que- 
rido nunca  someterme  á  su  estética ,  que  es  la  que 
tiene  más  echada  á  perder  nuestra  literatura.  En 
España,  por  regla  general,  lo  que  es  de  imitación 
inglesa  ó  italiana,  resulta  más  español,  más  pro- 
pio y,  por  lo  tanto,  más  hermoso  que  lo  de  imita- 
ción francesa.  Esta  es  la  verdad. 

Y  ahí,  en  América,  digan  lo  que  quieran  los  que 
á  todo  trance  se  empeñan  en  diferenciar  esa  lite- 
ratura déla  nuestra,  sucede  lo  mismo.  Es  más;  se 
podría  hacer  un  estudio  —  y  acaso  lo  emprenda 
algún  día  —  demostrativo  de  que  en  las  incipien- 
tes literaturas  hispanoamericanas  la  tendencia  es- 
pañolizante encaja  mejor  con  la  índole  de  esos 
pueblos  que  no  la  otra.  Muchos  hay  que  pasan 
por  imitadores  de  unos  y  lo  son  de  los  otros. 

Tema  éste  vastísimo  y  que  volveré  á  tener  oca- 
sión de  tratar. 


PROSA  ACEITADA 


Hace  algunos  años  llegó  á  mi  tierra  vasca  un 
fraile  agustino,  el  en  un  tiempo  famoso  niño  Mor- 
tara, que  tanto  dió  que  hablar  cuando  el  Papa 
Pío  IX  era  todavía  soberano  temporal  de  los  es- 
tados pontificios. 

Tuvo,  en  efecto,  grandísima  resonancia  en  toda 
Europa  el  hecho  aquel  de  que  una  sirviente  cató- 
lica de  una  familia  judía,  la  familia  Mortara,  hu- 
biese bautizado  á  un  niño  á  hurtadillas  de  sus  pa- 
dres, y  el  que  fundándose  en  este  bautismo  clan- 
destino se  arrancara  al  niño  del  poder  de  sus  pa- 
dres. Y  el  niño  fué  educado  en  la  religión  católica 
y  luego  se  hizo  fraile,  y  rodando  mundo  fué  á  pa- 
rar á  mi  tierra  vasca  convertido  en  P.  Mortara. 

Era  un  genuino  israelita  y  un  israelita  italiano, 
vivo  y  sagaz,  ingenioso  y  emprendedor.  Todavía 
me  acuerdo  cuando  en  el  balneario  de  Cestona 
recojía  dinero  para  un  seminario  que  su  orden — la 
de  canónigos  regulares  de  San  Agustín  —  estaba 
levantando  en  Oñate.  Cada  donante  sería  dueño 
de  una  piedra  ó  de  más ,  ó  de  media  piedra  del 
edificio,  según  el  donativo,  y  esa  propiedad  le 


250 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


daba  derecho  á  la  intención  de  una  misa  á  cada 
tanto  tiempo. 

Otra  aptitud  tenía  de  genuino  israelita,  y  era 
su  facilidad  para  aprender  idiomas.  Era  un  verda- 
dero políglota;  hablaba  una  porción  de  lenguas  y 
predicaba  en  algunas  de  ellas.  Y  en  llegando  ámi 
país  se  propuso  hablar  vascuence  y  llegó  á  conse- 
guirlo, cosa  muy  hacedera;  pues  el  vascuence, 
como  otro  idioma  cualquiera,  lo  sabe  el  que  lo  sepa 
por  haberlo  aprendido,  sea  en  la  cuna,  sea  des- 
pués en  una  cualquiera  edad.  (Esto,  que  no  es  más 
que  una  perogrullada,  lo  digo  enderezándolo  á  al- 
gún paisano  mío,  que  por  no  haber  sido  el  vas- 
cuence la  lengua  que  aprendí  en  la  cuna,  se  figura 
que  no  he  podido  aprenderlo,  como  en  efecto  lo 
aprendí,  siendo  ya  bastante  mayor,  del  mismo 
modo  que  he  podido  aprender  otros  idiomas  no 
más  fáciles.) 

En  cuanto  el  padre  Mortara  sabía  algo  del  idio- 
ma del  país  en  que  estuviese,  lo  suficiente  para 
darse  á  entender  en  él,  se  lanzaba  á  predicar  en 
el  tal  idioma ,  diciendo  que  era  el  medio  de  per- 
feccionarse. 

Sí,  dicen  que  para  enseñarle  á  uno  á  nadar  no 
hay  como  echarle  á  un  río.  Y  eso  hizo  al  poco  de 
saber  algo  de  vascuence,  y  es  que  se  lanzó  á  pre- 
dicar en  él. 

Yo  le  oí  un  sermón  predicado  en  vascuence  en 
Guernica,  y  os  digo  que  se  sufría  oyendo  á  aquel 
hombre  intrépido.  Porque  sus  esfuerzos,  y  esfuer- 
zos enormes,  no  eran  para  buscar  ideas  y  pensa- 
mientos— éstos  eran  los  vulgares  y  corrientes  en 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


251 


un  sermón  católico ,  y  de  los  más  triviales  de 
ellos, — sino  que  eran  para  buscar  la  forma  de  ex- 
presarlos para  cazar  las  voces  eusquéricas  en  qué 
encerrarlos.  Daba  apuro  el  espectáculo  de  aque- 
lla lucha  á  brazo  partido  con  un  idioma  que  no  se 
domina. 

Pues  bien,  un  apuro  parecido  me  sobrecoje 
cada  vez  que  leo  á  los  jóvenes  y  más  recientes 
prosistas  españoles  é  hispano-americanos.  Su  lu- 
cha no  es  por  buscar  pensamientos  claros  ú  hon- 
dos ó  brillantes  ó  sugerentes,  sino  por  buscar  una 
lengua  nueva,  original  y  preciosa.  No  piensan  en 
lo  que  escriben,  sino  que  piensan  en  cómo  han  de 
escribirlo,  y  claro  está,  la  cosa  les  resulta  artísti- 
camente detestable. 

Sí,  artísticamente  detestable.  Porque  no  hay 
nada  más  deplorable,  desde  el  punto  de  vista  es- 
tético, que  eso  que  llaman  estilo  los  estilistas.  Por 
regla  general,  da  sueño. 

Sueño  y  un  sueño  profundísimo  me  da  la  prosa 
de  hamaca  de  cierto  prosista  nuestro,  cuya  pre- 
ocupación es  ayuntar  por  primera  vez  dos  palabras 
que  antes  no  se  han  visto  juntas. 

Cuando  he  tenido  que  aguantar  algo  de  esta 
prosa  aceitada,  prosa  de  ebanistería,  me  vuelvo  á 
leer  Platón  ó  Benvenuto  Cellini  en  aquellos  sus 
párrafos  negligentemente  sueltos,  llenos  de  ana- 
colutos ó  cabos  sueltos,  de  repeticiones,  de  cons- 
trucciones según  sentido  y  no  según  gramática, 
me  vuelvo  á  leer  esa  prosa  «hablada»,  hastiado  de 
la  prosa  escrita. 

Porque,  en  efecto,  aquello  parece  dictado  de 


252 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


palabra  á  un  escribiente — y  á  un  escribiente  ta- 
quígrafo no  pocas  veces — ó  escrito  al  correr  de  la 
pluma,  sin  volver  atrás  los  ojos,  olvidando  una  lí- 
nea cuando  se  está  en  la  siguiente,  en  libre  char- 
la. Y  es  lo  único  que  da  la  sensación  de  la  vida. 

Cuando  me  dicen  de  un  hombre  que  habla  como 
un  libro,  contesto  siempre  que  prefiero  los  libros 
que  hablan  como  hombres. 

Y  este  es  uno  de  los  encantos  que  para  mí  tiene 
Sarmiento,  su  prosa,  su  prosa  hablada,  y  á  las  ve- 
ces gritada. 

Ya  sé  que  á  muchos  de  esos...  ¿les  llamaré  mo- 
dernistas? les  parecerá  una  herejía  literaria  el  que 
trate  de  presentar  á  Sarmiento  como  un  prosista, 
y,  sin  embargo,  así  es.  Le  tengo  por  un  gran  pro  - 
sista,  inmensamente  superior  á  todos  los  que  an- 
dan tachando  de  los  párrafos  asonancias  y  repeti- 
ciones, y  buscando  discordancias  gramaticales,  y 
no  digo  superior  á  los  que  vuelcan  el  diccionario 
en  sus  escritos  y  hacen  un  artículo  para  colocar 
una  palabreja,  porque  éstos  no  son  prosistas,  ni 
buenos  ni  malos.  Son  otra  cosa. 

Lo  que  hay  es  que  la  buena  prosa,  quiero  decir, 
la  prosa  natural  y  viva,  la  prosa  hablada,  hay  que 
saberla  leer  y  la  inmensa  mayoría  de  los  lectores 
no  saben  leer. 

No  han  perdido  el  tonillo  que  cojieron  en  la 
escuela  ni  son  capaces  de  leer  de  modo  que  uno 
que  no  les  vea  que  lo  hacen  ignore  si  es  que  leen 
ó  que  dicen. 

Diciéndome  un  día  un  amigo  que  ciertos  ver- 
sos— míos,  por  cierto, — no  le  sonaban,  hube  de 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


253 


replicarle:  si  los  has  leído  tú  mismo,  no  lo  extraño. 
Cierta  música,  si  ha  tardado  en  entrar  en  los  gus- 
tos del  público,  es  porque  la  cantaban  ó  la  toca- 
ban en  un  principio  cantores  y  tocadores  educa 
dos  á  cantar  y  tocar  otra  música.  Y  así  pasa  con 
el  verso  y  con  la  prosa.  Y  aquí,  en  España  por  lo 
menos — y  supongo  sucederá  ahí  lo  mismo — priva 
un  sistema  de  recitación  verdaderamente  deplo- 
rable. 

Es  un  canturreo  que  da  sueño.  Y  de  ello  tienen 
mucha  culpa  los  actores. 

Decíame  en  cierta  ocasión  un  sujeto  que  no  ha- 
bía entendido  bien  un  artículo  mío,  y  entonces  le 
invité  á  que  leyéndoselo  yo,  cuando  llegase  al  pa- 
saje ó  pasajes  oscuros,  me  lo  advirtiera,  para 
procurar  yo  aclarárselos.  Empecé  á  leer  mi  artícu- 
lo, continué  leyéndolo  y  lo  terminé  sin  que  el  buen 
señor  hubiese  chistado,  y  como  al  concluir  le  di- 
jera: «y  bien,  ¿qué  es  lo  que  usted  no  ha  entendí 
do?»,  me  replicó:  «No,  no;  esta  vez  lo  he  entendido 
todo  muy  bien.»  Y  entonces  yo:  «¿sabe  usted  lo 
que  es  esto?  Que  usted,  como  tantos  otros,  no  sabe 
leer.» 

Estoy  completamente  convencido  de  que  si  se 
recojiesen  con  toda  fidelidad  taquigráfica  los  dis- 
cursos y  se  publicaran  luego,  impidiendo  que  sus 
autores  los  corrigiesen,  como  acostumbran  hacer, 
habrían  de  parecer  á  muchos  confusos  y  oscuros 
párrafos  que  al  ser  pronunciados  fueron  entendi- 
dos perfectamente  por  los  oyentes.  Y  si  se  hiciese 
un  estudio  de  sintaxis  castellana  «hablada»,  es 
decir,  viva  y  natural,  sobre  la  base  de  discursos 


254 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


así  recojidos  y  de  conversaciones  tomadas  á  fonó- 
grafo, se  vería  cuánto  discrepa  de  la  sintaxis  pre- 
ceptiva á  que  ajustan  los  estilistas  su  prosa  acei- 
tada. 

La  prosa  de  Platón  no  resiste  la  crítica  de  un 
maestro  de  escuela  ó  de  un  prosista  modernista. 
(Después  de  leído  esto,  me  ha  asaltado  por  un 
momento  el  prurito  de  cambiar  la  voz  «prosista» 
por  la  de  «prosador»,  para  evitar  así  que  se  sigan 
dos  palabras  aconsonantadas;  pero  luego  he  des- 
echado la  tentación,  ateniéndome  á  mi  sistema  de 
ir  en  lo  posible  hablando  lo  que  escribo.) 

En  lo  posible,  digo,  porque  la  lengua  escrita  ó 
literaria— literario  deriva  de  «littera»,  letra,  equi- 
valiendo, por  lo  tanto,  literatura  á  escritura — es 
insinúa  y  mete  en  la  lengua  hablada  ó  conversa- 
cional, querámoslo  ó  no. 

Coleridge,  en  aquella  su  «Biographia  literaria» 
de  la  que  dice  Arturo  Symons  que  es  el  libro  más 
grande  de  crítica  que  hay  en  inglés  y  uno  de  los 
más  aburridos  que  haya  en  cualquier  idioma,  nos 
dice:  «Dudo  de  si  es  siquiera  posible  conservar 
nuestro  estilo  enteramente  limpio  de  la  viciosa 
fraseología  que  se  nos  cuela  de  todas  partes,  des- 
de el  sermón  al  periódico,  desde  la  arenga  del 
legislador  al  brindis  de  un  banquete.  Rechinan 
nuestras  cadenas  mientras  estamos  quejándonos 
de  ellas». 

Y  así  tal  vez  rechine  en  esta  mi  prosa  la  cadena 
literaria,  mientras  me  estoy  quejando  de  ella. 

Y  al  hablar  de  literario  y  de  literatura  con  un 
cierto  desdén,  no  vaya  á  creer  el  lector  que  des- 


CONTRA  ESTO  Y  AQULLEO 


255 


deño  la  belleza,  la  hermosura  y  la  poesía,  no.  Es 
que  son  cosas  muy  diversas  y  hay  excelentes, 
excelentísimos  literatos,  tanto  en  prosa  como  en 
verso,  y  hasta  artistas  que  tienen  muy  poco  ó  nada 
de  poetas.  Y,  en  cambio,  en  no  pocas  de  las  más 
rudas  é  incorrectas  décimas  del  «Martín  Fierro» — 
para  poner  un  ejemplo  de  esa  tierra — hay  mucha 
más  poesía,  muchísima  más  que  en  tantas  compo 
siciones  de  eso  que  llaman  rima  rica  y  llenas  de 
garambainas  artificiosas  y  de  musiquilla  de  ban- 
dolín. 

El  literatismo,  tal  es  la  plaga  de  la  actual  litera- 
tura española  é  hispanoamericana,  ó  si  se  quiere 
la  literatura,  es  hoy  entre  nosotros  el  verdugo  de 
la  poesía.  O  por  otro  nombre,  eso  que  con  vocablo 
de  origen  italiano  se  llama  el  «virtuosismo». 

El  pianista  «virtuoso»  se  presenta  al  público  á 
ejecutar  difíciles  «estudios»  y  los  pianistas,  buenos 
y  malos  y  medianos  que  hay  en  el  público,  salen 
exclamando:  ¡qué  ejecución!  ¡qué  dedos!  ¡qué  ar- 
tistazo!  Y  el  resto  del  público  se  aburre  sobera- 
namente al  oir  prestidigitación  en  vez  de  música. 
Y  yo  digo:  «á  estudiar  á  casa;  aquí  no  se  debe  ve- 
nir á  darnos  estudios  ni  á  mostrarnos  la  dificultar* 
vencida,  sino  á  recrearnos  el  ánimo  ó  á  excitár- 
noslo. » 

Y  es  lo  más  curioso  que  esos  señores  virtuosos 
de  las  letras  se  entretienen  en  crear  dificultades 
nada  más  que  para  darse  luego  pisto  por  haber- 
las vencido.  No  son  otra  cosa  las  más  de  las  reglas 
de  nuestra  preceptiva  llamada  poética,  y  las  más 
de  las  reglas  del  arte  de  escribir. 


256 


MIGUEL  DE  UNAMUNO 


En  el  fondo  de  todo  esto  que  nos  está  pasando 
no  hay  sino  una  completa  carencia  de  ideales,  no 
ya  éticos,  sino  estéticos  y  aun  puramente  litera- 
rios. Los  más  están  haciendo  literatura  de  litera- 
tura, novelas  sacadas  de  otras  novelas,  dramas 
extraídos  de  dramas,  lírica  que  no  es  sino  eco  de 
otras  líricas.  Y  lo  que  hacen  falta  son  bárbaros. 

El  ser  bárbaro  no  implica  el  ser  ignorante  ni 
indocto,  no.  Un  bárbaro  puede  ser  doctísimo  y 
hasta  sapientísimo.  El  bárbaro  es  el  que  irrumpe 
en  un  campo  desde  otro  campo,  con  otias  pre- 
ocupaciones, con  otros  prejuicios — ¿pues  quién  no 
los  tiene?  —  con  otra  visión  y  otro  sentimiento  de 
la  vida,  que  aquellos  que  privan  en  el  campo  por 
él  irrumpido.  Juan  Jacobo  Rousseau  irrumpió  en 
el  campo  del  derecho  y  la  jurisprudencia  como  un 
bárbaro ,  como  un  extraño  á  las  ciencias  jurídicas 
y  las  reanimó  con  nuevo  soplo  de  vida. 

La  literatura  ha  caído  entre  nosotros  casi  por 
completo  en  manos  de  profesionales  de  ella,  y  las 
profesiones  se  hacen  en  manos  de  los  profesiona- 
les terriblemente  conservadoras.  Lo  cual,  si  bien 
tiene  sus  ventajas,  tiene  muchos  más  inconvenien- 
tes. Ellos  imponen  ó  tratan  más  bien  de  imponer 
una  cierta  quisicosa  que  llaman  buen  gusto  y  no 
es  más  que  la  consigna  de  los  profesionales  agre- 
miados. Porque  se  agremian. 

¡  Vaya  si  se  agremian !  Aunque  luego  los  veáis 
riñendo  unos  con  otros  y  mordiéndose  y  arañán- 
dose como  mujerzuelas  que  pelean  por  unos  tra- 
pos. Hay  dentro  del  gremio  prácticas  y  doctrinas 
libres ,  y  en  éstas  puede  cada  cual  hacer  y  decir 


CONTRA  ESTO  Y  AQUELLO 


257 


lo  que  se  le  antoje,  pero  hay  principios  sagrados  é 
intangibles.  Y  al  que  los  quebranta  se  le  hace 
el  vacío  y  se  le  declara  indigno  de  pertenecer  al 
gremio. 

Hay  que  haber  entrado  en  un  cotarro  literario 
para  ver  todo  lo  que  en  él  rebosa  de  vanidad,  de 
tontería  y  de  vulgaridad  disfrazada.  Dios  os  libre, 
lectores,  de  chocar  con  un  literato,  con  un  genui- 
no y  estricto  literato,  con  un  profesional  de  las  le- 
tras, con  un  ebanista  de  prosa  barnizada.  Será 
una  de  las  mayores  desgracias  que  pueda  sobre- 
veniros. 

Me  explico  que  Plutarco,  en  el  prólogo  á  su  vida 
de  Pericles,  nos  diga  que  ningún  joven  bien  naci- 
do desearía  ser  Anacreonte,  Filetas  ó  Arquílo- 
co,  por  mucho  que  se  recreara  con  sus  composi- 
ciones. 


FIN 


i 


ÍNDICE 


Páginas. 

Advertencia  previa   5 

Algo  sobre  la  crítica   7 

Leyendo  á  Flaubent   17 

La  Grecia  de  Carrillo,.   27 

José  Asunción  Silva   37 

La  imaginación  en  Cochabamba   47 

De  cepa  criolla   59 

Educación  por  la  histotia   71 

Sobre  la  argentinidad   81 

Un  filósofo  del  sentido  común   91 

La  vertical  de  Le  Dantec   103 

E'l  Rousseau  de  Lemaitre   117 

Rousseau,  Voltaire  y  Nietzsche   125 

Isabel  ó  el  puñal  de  plata   137 

La  ciudad  y  la  patria   149 

La  epopeya  de  Artigas   159 

Taine,  caricaturista   171 

Á  propósito  de  Josué  Carducci   181 

Sobre  el  ajedrez     193 

Arte  y  cosmopolitismo   207 

Sobre  la  carta  de  un  maestro   210 

Historia  y  novela   229 

Literatura  y  literatos.   239 

Prosa  aceitada   249 


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